¡Gracias flaco! Por Fernando García

Mi memoria salta a la lucha colectiva de aquellos años de empuje y de búsqueda, de descubrimientos y definiciones, de sentirse parte de una complicidad en la necesidad de colocar las cosas en su sitio después de once años de apagón.

Fui descubriendo a Daniel por etapas. Primero mi padre, por supuesto, siempre me lo mencionaba, pero no había podido conservar nada de él. Después aquella compañera de liceo me prestó un disco con mucha puntería, claro, porque también eso era resistir, y cuando terminé de escuchar los 29 minutos de Canciones chuecas sentí que me había pasado una aplanadora. La musicalidad de los arreglos, la calidad de grabación, la perfección en la ejecución, la voz segura, cálida y nítida, y el compromiso de lo que allí se cantaba y decía no tenían –no tienen ni tendrán nunca- comparación posible. Luego vendría el encuentro con 30.000 más en el Franzini, cuando volvió. Más tarde decenas de conciertos, la mayoría de ellos solidarios con causas justas. Miles de tímpanos, párpados, artículos, algunos encuentros personales y una búsqueda de la belleza que en sí misma terminó siendo siempre ejemplarizante y formadora.
   
Daniel fue uno de los primeros, sino el primero, en musicalizar poetas hispanos y contemporáneos uruguayos; fue el primero que grabó un álbum conceptual, con ritmos folclorizantes autóctonos, transformando todo el conjunto en un proyecto cultural identitario; fue el primero en trabajar junto a poetas creando varios productos culturales de gran calidad estética donde la austeridad y economía de recursos estaban puestas adrede en favor del arte; fue único en el tratamiento de la dinámica entre texto y música, aportando soluciones originalísimas en materia métrica y rítmica -¡a quién se le hubiera ocurrido acelerar una vidalita!-; innovó a nivel textual creando neologismos e inventando palabras a partir de situaciones, nombres y regiones geográficas y profundizó el universo de los textos esdrujulados; fundó sellos editoriales y escuelas de música cuando el establishment le cerró las puertas; aportó miles de horas de investigación periodístico-cultural, uniendo un trabajo de divulgación y respaldo de la palabra hablada y cantada como pocos; innovó en la utilización de instrumentos aerófonos precolonialistas indoamericanos y efectos guitarrísticos de vanguardia en radioteatros literarios durante su época de exilio.
   
Por emitir su opinión fue expulsado del Sodre, fue censurado por los medios, fue preso y fue obligado por las circunstancias a permanecer fuera del territorio nacional por once años y cuatro meses, porque si pisaba una aduana los milicos literalmente lo cazaban. Fueron once años en los que el Flaco anduvo chueco, con su guitarra a cuestas y con el compromiso militante con el país desmembrado que quedaba atrás. Quizá su único delito haya sido ese, no dejarse apresar ni torturar, ni ser candidato a una desaparición forzada, ni estar en lista de espera para que lo matasen. Quizá su único delito haya sido salvarse a costa de estar tanto tiempo lejos de sus seres queridos, tanto que no pudo estar presente cuando murió su padre, el coronel retirado e investigador del folclore Cédar Viglietti. Si salvarse es la medida del delito, también muchos de nosotros podríamos incluirnos en esa lista. Pues bien, cada uno hará su mea culpa, pero hay muchas formas de salvarse y yo sostengo que no es más consecuente con su ideología quien tiene más coraje sino quien se preserva para poder seguir defendiéndola. Y nadie puede negar que eso es algo que hizo Daniel Viglietti hasta el final, porque si hay un par de rasgos que siempre lo caracterizaron fueron la honestidad, el actuar como sentía y hablar como pensaba, y la coherencia, convirtiéndose involuntariamente en ejemplo de una actitud firme y decidida que denunciaba las injusticias de un sistema que excluye la vida. Hace unos años, mirando el vidrio del Memorial de los Desaparecidos en el Cerro le dijo a un amigo “falta mi nombre aquí” y enseguida, con bronca, “pero nunca más, ¡nunca más!”.

No creo que esté desalambrando el cielo, tocando la guitarra con su padre, el piano con su madre y todas esas cosas lindas en las que a veces quisiera creer. Realmente me gustaría mucho imaginármelo de ese modo, pero no se me da, no puedo llegar hasta ahí. Perdón, pero para mí se fue y desde entonces todos hemos quedado un poco más huérfanos. Cuando abrieron el estuche para que también su guitarra lo acompañase en el último viaje descubrieron que se había roto la cuarta cuerda, la del re, la del comienzo de esa linda palabra que a él siempre le gustaba afinar.
   
Ya no está y ¡la puta cómo se lo extraña y qué difícil se me hace escribir estas líneas! Pero como su arte y su mensaje no merecen el olvido ni el silencio, yo prefiero seguir viéndolo en un plano más terrenal, en la hermosura de un gurisito pobre, marchando en silencio cada 20 de mayo, emocionándose y emocionándonos en el Memorial de Soca, denunciando y acusando a la injusticia, y apuntando, siempre apuntando al futuro.
   
Una noche inhóspita de fines de setiembre, en una carpa de la avenida 18 de julio, fue que lo vi por última vez. Estuvimos hablando de viajes, de proyectos, de un nuevo contacto. Después él nos regaló su arte inigualable y siempre comprometido. Al final nos saludamos con un apretón a cuatro manos y todavía sigo sin saber por qué apreté tan fuerte, más fuerte que otras veces…

¡Gracias flaco!

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