¿Por qué debe importarnos tanto Tariquía?

Gaya Makaran y Pavel López / Foto: Claudia López
¿Por qué debería importarnos Tariquía, más allá de una simple solidaridad o identificación con la lucha de los/las comunarios de este territorio otrora área protegida? ¿Qué pertinencia tiene aquel puntito en las cartografías sociopolíticas de Bolivia y de América Latina?

Tariquía1, en la geografía boliviana parecía un lugar recóndito, alejado de nuestras preocupaciones cotidianas, ni céntrico ni estratégico en los mapas geopolíticos del continente, y de repente emerge, gracias a la lucha de las comunidades que lo habitan, como un nuevo referente de resistencia al extractivismo y al autoritarismo estatal que pretende imponerse en nombre de un interés general, “nacional” abstracto por sobre la opinión, voluntad y autodeterminación social de quienes allá reproducen sus vidas. Los planes estatales de explotación petrolera en esta reserva natural, presentados como “necesarios”, son muy claramente concebidos en el brutal, maquiavélico y ya evidente tablero neocolonial del despojo territorial promovido por un gobierno que hace rato ya se muestra en contubernio y genuflexo ante las fauces de la actual fase de acumulación capitalista con su cara neoextractivista en la región. Pero ¿por qué debería importarnos Tariquía, más allá de una simple solidaridad o identificación con la lucha de los/las comunarios de este territorio otrora área protegida? ¿Qué pertinencia tiene aquel puntito en las cartografías sociopolíticas de Bolivia y de América Latina?

Es que Tariquía no es la única, forma parte de una extensa red de resistencias y defensas comunitarias que tienen lugar en Bolivia y en toda Latinoamérica, resistencias ante un enemigo común que, independientemente de las banderas partidarias y los colores ideológicos, acosa a los territorios, pueblos, comunidades y formas de vida, las que, precisamente se resisten a la voracidad de la acumulación capitalista y sus proyectos de muerte.

Podríamos decir, parafraseando a Boaventura de Sousa Santos, que el colonizador retorna, montado en un buldócer, sembrando carreteras, represas y torres petroleras o desquiciadas tuberías para el fracking. Su bandera es la del “progreso”, “desarrollo” y “combate a la pobreza”, su cruz es la del capital transnacional que en alianza con el Estado arremete contra las últimas fronteras que le puso la naturaleza a la acumulación capitalista.

Esta nueva conquista, en la última década y media ha sido impulsada por los gobiernos “progresistas” o autodenominados “de izquierda”, los que en nombre del bienestar social y la soberanía nacional han emprendido proyectos de “desarrollo” y “modernización” capitalista, aunque lo que se ha evidenciado haya resultado, en la realidad de sus alcances y bestialidad de sus efectos, en “proyectos de muerte” para los territorios y para sus poblaciones y ecosistemas, en una inocultable reprimarización de modelos económicos con base extractivista, en contra principalmente de comunidades rurales y pueblos indígenas que desde los años 80 han resistido el embate neoliberal y han ido recuperando y resguardando sus territorios y sus modos de vida en un esfuerzo por su r-existencia (Porto Gonçalves) y autodeterminación social.

Este retorno del colonizador se inscribe en una larga historia de conquista y colonización de las tierras y poblaciones de América Latina, Abya Yala, que según las épocas, cambiaba de discurso legitimador, pero siempre respondía al proyecto de acumulación originaria del capital unido a la homogeneización cultural que tenía como objetivo asegurar la hegemonía plena de la empresa colonizadora. Se trata de someter la tierra y al ser humano que la habita para que sea “útil” y “productivo”; combatir lo otro y al otro como incompatible con el propósito de un monopolio epistémico planetario del capitalismo en tanto orden civilizatorio; quemar la selva “salvaje” con el fuego de la civilización, puesto que la Tierra no es madre, sino una virgen que hay que poseer, penetrar y domar violentamente; son pautas del ethos del colonizador que ha pervivido hasta nuestros días.

La colonización puede ser física y simbólica, violenta y sutil, se lleva contra los territorios y los cuerpos, contra los modos diversos de pensar el mundo y de reproducir la vida, su objetivo es su destrucción o subordinación a las lógicas “modernas” que viabilizan la acumulación del capital. La expropiación del ser humano de su capacidad multidimensional de decidir sobre su vida en colectivo, es una característica de la esclavitud moderna, donde la libertad se vuelve ilusoria: los caminos del colonizador llevan siembre al mismo lugar, no permiten el caminar libre en la selva de senderos comunitarios, clausuran espacios, trazan los límites de líneas rectas que cortan los territorios, liquidan pensamientos, compran conciencias, imponen costumbres. Nos convencen que no hay alternativas, que hay que adaptarse o morir. El espacio-tiempo del capital pretende imponerse sobre espacios-tiempos de los pueblos y comunidades y, por supuesto, a los espacios-tiempos de la naturaleza y sus ciclos bio-reproductivos con una lógica utilitarista y racionalista que de racional tiene muy poco.

La nueva empresa colonizadora se presenta hoy, sin embargo, más ambiciosa que las de antaño, puesto que esta vez pretende expandirse más allá de sus lugares tradicionales, que en el contexto latinoamericano corresponden en gran medida con enclaves extractivistas, e imponerse de manera irreversible y definitiva, imposibilitando la disputa por el espacio-tiempo, al subsumir todo el territorio y todas las formas de vida a la lógica del capital y a su espacio-tiempo único. Esta ambición totalizadora del capitalismo actual que trasciende la dimensión meramente económica y permea todos los aspectos de la vida humana, desde la organización política, reproducción cultural, relación con la naturaleza, etc., encuentra todavía resistencias que se “empeñan” a defender sus modos particulares de vida más allá, aunque difícilmente fuera, del binomio Estado-capital, apostando por la comunidad como base de una posible autonomía social. Estas luchas, aunque muchas veces invisibilizadas, criminalizadas y perseguidas por el aparato estatal, siguen siendo una importante señal de la vitalidad de los sujetos comunitarios y marcan al mismo tiempo los límites de la empresa extractivista.

El gobierno del Movimiento al Socialismo en Bolivia revela en este y otros tantos casos su apuesta ultra-extractivista que se caracteriza por la continuidad con varias de las apuestas del modelo neoliberal y el reforzamiento de la dependencia del capital transnacional, pero esta vez con un despliegue estatal incuestionable dirigido contra la autonomía social de aquel subsuelo político rebelde que hizo posible su arribo al poder. De hecho, el “Estado Plurinacional” en manos del masismo constituye un muro de contención y un aparato de desarticulación de las resistencias de “los de abajo”, impensable siquiera en la época neoliberal y como tal es una herramienta perfecta de dominación capitalista en servicio de las oligarquías nacionales (viejas y nuevas) y mundiales. En este sentido, la actual tendencia gubernamental/estatal también apunta re-subalternizar a los sujetos políticos autónomos, al dividir y destruir las grandes organizaciones indígenas y populares, expresión de un proyecto político propio, que tanto tiempo y con tanto esfuerzo se han ido articulando en el país. De ese modo, el gobierno del MAS como fuerza política y como fuerza monopólica estatal, a pesar de sus ambiciones de presentarse como representante del proyecto indígena-popular y de una supuesta refundación plurinacional se ubica, más bien, como una fuerza, primero de contención y cooptación, y luego de desmovilización, fragmentación y represión, cuya única ambición parece ser la “modernización” capitalista del país en base a la expansión extractivista proyectada sobre el despojo y la destrucción socioterritorial, a la vez que va acentuando cada vez más sus rasgos estadocéntricos, nacionalistas, caudillistas, patrialcales y autoritarios.

De esta manera, en nombre de un proceso “revolucionario”, hace ya tiempo desmentido y desenmascarado por la contundencia de la realidad, mediante el cual se pretendía supuestamente desactivar las formas coloniales, republicanas y capitalistas del Estado y su modo de relación con la sociedad, desde hace algún tiempo en Bolivia, como vimos, se estaría asistiendo más bien a su antítesis, al afianzar en alianza con las viejas élites el modelo del Estado-nación monopolizador, capitalista, extractivista y neocolonial, que promueve una neocolonización de espacios que históricamente fueron visto como “territorios baldíos” o de conquista, y que en las últimas décadas han venido desarrollado procesos de resistencia frente a las políticas avasalladoras del Estado-capital. Por lo que la estrategia gubernamental estaría acaso proyectada y desplegada para pacificar a los sujetos rebeldes ya sea a través de cooptación, la fragmentación o la represión, sobre todo de sujetos sociocomunitarios y de base territorial.

En ese sentido, con el conflicto entorno a la defensa comunitaria de Tariquía queda claramente evidenciada la demanda de autodeterminación social como derecho colectivo de decidir y definir la vida en común, a partir, por un lado, de la defensa de sus formas de producción y reproducción social y económica y, por otro lado de las formas comunitarias de relación con su entorno, es decir de eco-territorialidades frente a una asonada extractiva. Nos muestra que un horizonte contra-hegemónico en Bolivia hoy se presentaría básicamente en torno a las manifestaciones de estas resistencias comunitarias, indígenas como en el caso TIPNIS, campesinas como en Tariquía, o articuladas entre ambos actores como vemos en la lucha contra el proyecto hidroeléctrico Rositas en el Chaco boliviano.

Un aspecto central de estas luchas, es que están protagonizadas de manera significativa por las mujeres que destacan por su firmeza y coraje, al posicionarse como referentes de la resistencia, más allá de sus organizaciones tradicionales, ocupando espacios hasta hace poco monopolizados por dirigentes únicamente varones, como sindicatos regionales. ¿Cómo se explica este fenómeno? Ellas mismas lo explican, evocando su papel que desempeñan como mujeres en sus comunidades: son las encargadas de reproducir la vida, de cuidar y alimentar, de asegurar el agua fresca, la leña y los alimentos que les da la naturaleza, incluidos proyectos como la apicultura en Tariquía. Ellas saben que la destrucción del bosque supondrá un peligro directo para el sustento de sus hogares, el futuro de sus hijos y sobre todo su autonomía productiva. Son justo las mujeres que primeras sufren la violencia, tanto directa como estructural del ethos colonizador, derivada del capitalismo, en sí patriarcal, que históricamente ha apuntado tanto a la subordinación de la mujer a través del despojo de los medios de reproducción de vida, de sus conocimientos y del control sobre su cuerpo2. Así, las mujeres de Tariquía, del TIPNIS, de Rositas y de otros tantos frentes de lucha y resistencia responden con una “digna rabia”, decididas a defender su dignidad, junto con los territorios donde sustentan y reproducen la vida, a decir de Arturo Escobar los “territorios de vida”, frente a los proyectos de muerte que asedian cada vez con más brutalidad.

¿Cuál sería el desenlace de esta tensión entre el proyecto recolonizador del MAS y las resistencias comunitarias? El escenario puede parecer negro: las históricas organizaciones indígenas quedaron fragmentadas y debilitadas, los horizontes emancipatorios estrechados o incluso borrados, los márgenes de la autonomía social se vuelven cada vez menores y la penetración simbólica y física de la modernidad capitalista, por más barroca que sea, en los espacios “otros” es considerable. Sin embargo, el gobierno del MAS, aunque quiera aparentarlo, tampoco es un buldócer arrollador invencible, y actualmente parece más bien el coloso con pies de barro, sumido en una crisis aguda, multidimensional e insostenible, desde la pérdida de legitimidad y credibilidad por las inconsistencias entre la práctica y el discurso, el descontento social por el malfuncionamiento de los servicios básicos como la educación y la salud, el hastío generalizado por los groseros niveles de la corrupción, hasta la protesta contra sus ambiciones de perpetuación en el poder del Estado y sus métodos autoritarios e impositivos que sustituyeron hace tiempo ya la negociación y el diálogo, todo esto con las simultáneas dificultades con mantener el control centralizado y discrecional de excedentes, así como la consecuente red clientelar de apoyos, ante la baja de los ingresos de los commodities.

No obstante, de la tierra quemada por el proyecto neocolonizador están brotando nuevas o, más bien, renovadas formas de resistencia comunitaria que con el tiempo podrían crecer y entretejerse para hacerle frente a este panorama gris o un horizonte poco esperanzador que se avecina. Son espinas y piedras en el camino del capital y aunque muchos vean su lucha como condenada al fracaso, allá siguen como las lianas que envuelven y penetran el motor de la locomotora capitalista, frenando cuanto pueden el galopar planetario hacia el precipicio. Nos invitan a retomar el caminar milenario por los senderos inciertos, pero hermosos, donde la reproducción de la vida más allá del Estado-capital no es una utopía, sino una práctica cotidiana y necesaria para defender la vida. ¡Por eso nos debe importar Tariquía, por eso debemos defenderla!

 

Ciudad de México, abril del 2018

 




1. La Reserva Nacional de Flora y Fauna de Tariquía se encuentra en la región suroeste de Bolivia, en el departamento de Tarija que forma parte de un corredor ecológico Tariquía-Baritú. Su ecosistema corresponde a la subregión biogeográfica de bosque húmedo montañoso. Consituye una reserva natural de una notable diversidad de recursos biogenéticos y de fuentes de agua para la región. Historicamente ha enfrentado grandes amenazas provenientes principalmente del avance de la frontera agrícola, explotación maderera, la ganadería extensiva, y ahora la explotación petrolera. Está habitada comunidades campesinas dedicadas principalmente a la agricultura de subsistencia, apicultura (mujeres) y aprovechamiento sustentable del bosque. Fue declarada Reserva Natural mediante Ley 1328 en 1992 a petición explícita de sus habitantes. El gobierno de Evo Morales mediante del Decreto Supremo 2366 del 20 de mayo de 2015 legaliza la exploración y explotación de hidrocarburos en áreas protegidas del país, incluida la Reserva de Tariquía, lo que reactivó la movilización de las comunidades en defensa de este territorio. En marzo de 2018 el MAS aprobo leyes para  la  exploración  y  explotación  de  hidrocarburos  en  las  áreas  de  San  Telmo  Norte,  Astillero que son parte de la Reserva, a cargo de la petrolera Petrobras junto con la estatal YPFB (la inversión del proyecto sería de 700 millones de dólares y abarcaría una superficie de 21.093 ha). A esto se suma lo que el año pasado se conoció por parte de un estudio de CEDIB sobre el proyecto hidroeléctrico Cambarí, que sería construido en el núcleo de la Reserva. En abril de 2018 en el encuentro en Tarija entre el gobierno de Bolivia y los representantes de las petroleras, la empresa estatal YPFB declaró abrirse al fracking.

2. Véase Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de Sueños, 2010.