¿Por qué Venezuela es tan importante para la izquierda?

Emiliano Tuala - Foto: Marina Terra/Opera Mundi
Con una mirada puesta en el largo plazo del proceso bolivariano, Emiliano Tuala analiza por qué la discusión sobre Venezuela se ha convertido en un hierro candente para la izquierda latinoamericana que se debate entre abandonar las pretensiones de transformación radical de la sociedad o rehusar la discusión en torno a los principios constitutivos de la institucionalidad democrática, más allá de la centralidad del estado.

Desde que Chávez llegó al gobierno, Venezuela se convirtió en una referencia innegable para buena parte de la izquierda del mundo, así como en uno de los principales blancos de la derecha global. Por eso, la Revolución Bolivariana nunca salió de las tapas de los diarios ni dejó ocupar lugares centrales en los debates políticos y académicos.

Hoy, a casi dos décadas de iniciado el proceso, el país caribeño enfrenta toda clase de problemas sociales, políticos y económicos. Una institucionalidad que, en el mejor de los casos, genera muchas dudas, sumada a la creciente militarización de la vida nacional y a la injerencia extranjera, conforman una realidad explosiva y sumamente compleja.

La derecha y las izquierdas socialdemócrata y ultrista, naturalmente cuestionarán el devenir de un fenómeno político en el cual nunca confiaron.

Ahora, ¿qué rol nos cabe a quienes hemos defendido a la Revolución Bolivariana desde las primeras horas? ¿Una defensa cerrada? ¿Una crítica despiadada y escéptica?

Lo que sigue son una serie de reflexiones sobre la importancia de la crítica y la autocrítica, así como sobre el valor de la democracia en un proceso transformador.

Son apuntes críticos desde el compromiso; una mirada nada complaciente sobre temáticas que han dividido a la izquierda a través del tiempo, y en las que se juega buena parte de la suerte del chavismo.

La izquierda, crítica y la autocrítica

Desde cierta izquierda se esgrimen una serie de argumentos en defensa de Venezuela, los cuales suelen funcionar más como una anulación de la posibilidad del debate, que como un intercambio de ideas.

Creer que la realidad venezolana está configurada por un chavismo mayoritario, pulcro y apoyado en todo por el pueblo trabajador, enfrentando solamente a una casta oligárquica dirigida por Estados Unidos, implica desconocer la complejidad del asunto. Este tipo de relatos, cerrados de forma perfecta, se parecen más a una arenga religiosa que a un análisis político.

Indudablemente, en Venezuela existe una vieja oligarquía que se ha resistido y se resiste al chavismo, así como es evidente que la OEA, Almagro, Estados Unidos y la Unión Europea continúan realizando una injerencia despreciable en contra de la Revolución Bolivariana. Pero desde ya hace un tiempo, la difícil situación social y económica que atraviesa el país ha ensanchado las filas de los descontentos, siendo injusto decir que todos ellos son agentes del imperialismo o millonarios. Nos guste más o menos, una parte del pueblo venezolano saltó la tranquera y abandonó la Revolución.

También es cierto que la crisis que vive el país es parte de una guerra económica impulsada por viejos enemigos del chavismo. Pero ello no explica todo. De hecho, el origen de la crisis reside más bien en la dependencia absoluta que presenta la economía respecto al precio del barril del petróleo; dependencia que el chavismo no supo revertir.

Tampoco parecen argumentos contundentes la enumeración de otros escenarios con debilidades e irregularidades institucionales, ni mencionar la intencionalidad reaccionaria de la gran prensa.

Lo primero es una chicana que se agota en sí misma, porque desnuda al instante nuestras propias contradicciones. El segundo argumento, por cierto, parte de una realidad inocultable: la prensa ataca a la Revolución Bolivariana desde sus orígenes. Pero ante ello no resulta ventajoso construir un relato idílico del chavismo, ni apelar a las agencias oficiales de noticias como si fuesen las portadoras de una verdad inapelable. Desnudar las operaciones mediáticas contra Venezuela es un paso necesario, pero demasiado insuficiente a la hora de dar un debate sobre lo que ocurre en el país.

Es decir: la incondicionalidad, vendida como un valor positivo en distintos órdenes de la vida, es, en verdad, una actitud muy peligrosa. Y el arte de la justificación permanente, lejos de sumar, resta.

Quienes sistemáticamente justifican todas las acciones de un líder o de un proyecto, no sólo se mantienen distantes de la realidad, sino que, además, se vuelven poco creíbles para el resto, siendo escasa su capacidad de convencimiento.

En resumen, la defensa absoluta de todo lo que ocurre en Venezuela no sólo implica omitir o directamente negar parte del proceso, sino que, para peor, redunda en una postura estéril.

Venezuela puede ser criticada por izquierda sin que el crítico sea necesariamente blando, ignorante o fascista. Desde luego, la socialdemocracia en todas sus formas, el público fiel de los mass media y la derecha más rancia volcarán ahora, como lo han hecho siempre, toda su ira contra el chavismo. Pero flaco favor le hacen a la causa quienes meten en esta bolsa a toda voz discordante.

La izquierda no necesita fanáticos ni soldados, porque se basa en el pensamiento crítico, porque es compromiso en la reflexión permanente; la izquierda surge de las dudas y no de los dogmas (y sí, puede llegar a necesitar soldados, pero defendiendo a las mayorías y nunca dominándolas).

Es imperioso que las verdades incómodas no las monopolice el adversario; que la misma izquierda pueda verbalizarlas, procesarlas y apostar a corregirlas.

Seamos nosotros mismos capaces de decir lo que consideramos una deuda, un error o un horror de la Revolución Bolivariana. No desde la soberbia, no desde posiciones puristas, sino desde el más franco y auténtico espíritu crítico que, algún día, nos hizo de izquierda.

La izquierda y la democracia

Cierto que una izquierda radical debe pensar la superación de ese orden que, con toda justicia, se ha dado en llamar “democracia burguesa”. Ahora bien, los problemas de la democracia no se solucionan con menos democracia, sino con más: más justicia social, más transparencia, más educación y más participación ciudadana, incluyendo, naturalmente, a quienes piensan distinto.

Y si quienes piensan distinto nos superan en número, la tarea de la izquierda siempre será vencer convenciendo al pueblo, diseñando nuevas estrategias, tejiendo alianzas, elaborando con los movimientos sociales para volver a ser mayoría. Nunca a la sociedad se le puede imponer un proceso verdaderamente transformador; la izquierda no debe hacerlo, tanto por razones éticas como prácticas. Es deshonesto e ineficaz hablar en nombre de un pueblo que (por los motivos que fuere; incluso engañado) ha dejado de seguirnos.

Una de las mayores virtudes de Chávez fue haber sabido representar las inquietudes de las grandes mayorías venezolanas. Y cuando quiso avanzar en su revolución, proponiendo el socialismo del siglo XXI, se dedicó a explicarlo, buscando convencer a los venezolanos, sometiendo sus ideas a votación, perdiendo, admitiendo la derrota e inmediatamente pensando la próxima campaña.

Si efectivamente el chavismo ya no es una mayoría social, deberá prepararse para entregar el poder político, replegarse y pensar una estrategia para volver a enamorar a las masas; tal como hizo Chávez al salir de la cárcel, durante la década de los noventa.

La izquierda también debe construir poder al margen de los recursos del Estado, así como debe cambiar las reglas de la democracia burguesa, pero no para sostener a una camarilla ocasional, sino para (como alguien nos prometió y no cumplió) hacer temblar las raíces de los árboles; para sacudir realmente los cimientos sociales, jurídicos, culturales y económicos de la sociedad capitalista.

La cuestión de la democracia es vital para todo proyecto de izquierda, y el asunto no se agota en la vieja y torpe contraposición libertad-justicia social. La democratización real de la justicia, de los medios de comunicación, de la economía y del poder político, son algunos de los temas centrales para toda propuesta alternativa de sociedad, los cuales aún plantean un sinfín de incertidumbres. Y la experiencia venezolana nos permite abordar todo esto, con la ventaja, además, de que se trata de un hecho político aún vivo.

Algunas conclusiones

La idea de que en América del Sur tuvo lugar una “década perdida” durante los gobiernos progresistas y revolucionarios, implica una mentira insostenible. Durante estos años, nuestro continente vio reducirse la pobreza, la indigencia y disminuir la desigualdad. Millones de personas se incorporaron a la educación, a la salud, al consumo y, esto es lo más importante, se convirtieron en sujeto político.

Que nadie nos quiera convencer de que, después de las dictaduras y el neoliberalismo, las izquierdas y el progresismo llegaron a interrumpir un proceso de creciente prosperidad. Al contrario, llegaron para ponerle un freno al abandono, la entrega y la desidia.

Ahora bien, ¿se hizo todo lo que se podía? ¿Se aprovechó la oportunidad histórica? ¿Cuánto errores de la izquierda del siglo XX volvió a cometer la izquierda del siglo XXI? ¿Cómo construir poder sin que el poder se nos vuelva un fin en sí mismo? ¿Cómo avanzar sin quedarnos solos? ¿Cómo replegarnos sin abandonar? En definitiva, ¿cómo seguir?

Busquemos la forma de que las respuestas a estas preguntas nos las demos nosotros, quienes compartimos una mirada favorable a los intereses de las grandes mayorías nacionales, y no el adversario.

Para ello, habrá que seguir desarrollando pensamiento crítico respecto al sistema capitalista imperante, y, en consecuencia, pensando políticas superadoras. Pero a su vez, será necesario asumir, de una vez por todas, que sin una profunda autocrítica, no hay izquierda posible.

El chavismo visibilizó a millones de seres humanos, les otorgó derechos y los introdujo definitivamente en la historia de Venezuela. Y este, su mayor logro, es verdaderamente revolucionario. Ahora, también debemos abordar sus errores y falencias para aprender de ellos, porque siempre de los procesos se desprenden lecciones imprescindibles de cara al futuro.

La Revolución Bolivariana no es un fracaso y nunca habrá sido en vano; se trata de un proceso que presenta muchas luces y algunas sombras y que, felizmente, aún está en construcción.

De cómo se resuelvan cuestiones muy emparentadas como lo son el lugar de la crítica y la autocrítica, así como el valor de la democracia, dependerá en buena medida el futuro del chavismo, fenómeno que supo generar enormes expectativas en quienes creemos que otro mundo es posible.

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