¿Qué pasó América? De la “marea rosa” a la venganza de los fachos

Juan Pablo Neri Pereyra / Foto: Pedro Ladeira AFP
Este breve texto intenta realizar algunos apuntes que contribuyan a entender la actual crisis de los gobiernos de la “marea rosa” y el retorno de una política reaccionaria profundamente abyecta en Latinoamérica

Este breve texto intenta realizar algunos apuntes que contribuyan a entender la actual crisis de los gobiernos de la “marea rosa”1 y el retorno de una política reaccionaria profundamente abyecta en Latinoamérica. Por lo tanto, parto de una pregunta franca, ¿Qué pasó? Aunque quizás la pregunta no debería ser ¿qué pasó?, como sugiriendo una serie eventos que condujeron a un acontecimiento disruptivo y novedoso, sino ¿Qué ha seguido pasando? En la respuesta a esta cuestión espero distanciarme de aquellas lecturas que intentan dar cuenta de algún momento o acontecimiento de contradicción cultural/moral que habría conllevado a un sorpresivo giro en la política. En este caso me interesa contradecir la idea de una inflexión en la política y, en todo caso, dar cuenta de las continuidades. Las victorias de derechas abiertamente envilecidas, no sólo en Argentina y Brasil, sino también en Estados Unidos, nunca son una mera consecuencia de contradicciones culturales o, en su defecto, morales, en un momento dado. Sin embargo, estos tópicos continúan siendo priorizados en los múltiples análisis impacientados, que intentan hallar la clave para explicar el presente auge de la política reaccionaria abyecta.

Ahora bien, no cabe duda que el desgaste de los partidos políticos dominantes, por motivo de corrupción, expectativas frustradas y crisis de representatividad son motivos que ya antes conllevaron a virajes en la dirección política y a momentos de ruptura en los países americanos. Y, el caso de Argentina y Brasil muestran que ese fenómeno tendería a repetirse cíclicamente, siguiendo una dinámica pendular. Pero no podemos limitarnos a esta explicación sin correr el riesgo de, cada diez años, repetir lo mismo y no llegar a nada. La explicación debe buscarse, por lo tanto, en los aspectos estructurales, los cimientos de este inevitable envilecimiento de la política. Tan sólo a partir de comprender los aspectos estructurales sería posible problematizar los tópicos de orden social y cultural.

El principal aspecto de orden estructural tiene que ver con la tragedia histórica de la región: la dependencia en los bienes primarios. Si hay una continuidad histórica a lo largo de los 500 años y un poco más de colonialismo, etc., es la dependencia2. Por ello es que se trata de un aspecto estructural, porque es un hecho que ha trascendido los distintos virajes de la política en la dirección cardinal que fuere. Y, un aspecto que debería ser discutido con especial énfasis en el momento actual es que la crisis de todos los gobiernos de la “marea rosa”, en Latinoamérica, es una consecuencia directa de la prosecución de esta dependencia. De hecho, para entender mejor esto conviene volver un poco más atrás. El viraje hacia el neoliberalismo, a finales del siglo XX, promovido por Washington, implicó entre otras cosas, el compromiso de los países de la región, siguiendo una lógica clásica de ventajas comparativas y la fantasía de la complementariedad comercial, de consolidar su especialización en la producción y comercialización de bienes primarios. Esta fue una de las condiciones expresas de las terapias de choque que se aplicaron a lo largo del continente, además de la privatización de estos sectores estratégicos de cada economía. En muchos casos, esto significó la interrupción de los intentos de sustitución de importaciones que fueron impulsados desde los años 60. 

Entonces las economías latinoamericanas pasaron a depender nuevamente de grandes sectores económicos que, sin embargo, no generan riqueza –que no es lo mismo que decir que no generan excedente–. Esta es quizás la principal contradicción del neoliberalismo, en el capitalismo tardío en Latinoamérica. Entre las múltiples consecuencias de esta mala apuesta se pueden señalar como las más perjudiciales para comprender el momento actual y el porvenir: el auge de economías informales e irregulares, a saber contrabando, comercio informal, así como sectores vinculados con la extracción paupérrima de recursos; la terciarización perniciosa de la economía, el auge del sector comercial y del “emprendedurismo” vinculado con el sector de servicios, además de la multiplicación híper-numérica de las burocracias, sobre todo durante los gobiernos de la “marea rosa”.

Siguiendo el análisis realizado por John Gledhill3 para el caso de Brasil, debería resultar notable que en la mayoría de los casos, los gobiernos de la “marea rosa” en Latinoamérica fundaron sus políticas sociales en la dependencia señalada. Es decir, la histórica lógica rentista, rescatada por Washington a la hora de imponer las terapias de choque del neoliberalismo fue la base para las políticas sociales y pseudo-sociales de estos gobiernos. Por lo tanto, en términos estructurales hubo una continuidad perjudicial, que bien podría sintetizarse en la contradicción de la aparente osadía de Hugo Chávez cuando gritaba “gringos de mierda”, al tiempo que las ventas de petróleo venezolano a Estados Unidos se incrementaban. En el caso de Brasil, la dependencia en el petróleo, la minería y el agronegocio es fundamental para comprender la crisis del PT. La crisis de las políticas sociales vino de la mano con la crisis de Petrobras, así como las continuas ventajas que le fueron concedidas al gran agronegocio. Lo mismo aplica en el caso de Venezuela con la dependencia en el petróleo, que acabó liquidando la base productiva de este país, y en el caso de Argentina con la dependencia en el agronegocio y los hidrocarburos.

La ausencia de un desarrollo de la base productiva, es decir de impulso de la industrialización y de la diversificación de la economía, es el principal error que han cometido los gobiernos de la “marea rosa”. Esta es una premisa que no sólo corresponde con la economía política clásica, sino con la crítica de la misma desarrollada por Marx posteriormente: no existe producción de riqueza sin una transformación de las fuerzas productivas, el desarrollo del sector secundario y la generación de trabajo. Esta también fue una de las premisas fundamentales del pensamiento económico latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX, de la mano de la Teoría de la Dependencia –y su versión norteamericana con la teoría del Sistema Mundo-. La trampa para el desarrollo de la región latinoamericana ha sido, y seguirá siendo la dependencia en los bienes primarios. Dependencia que se ve acentuada en el presente por el auge de un sector terciario, en gran medida informal. Y, sin embargo, llama la atención que esta discusión parece haber quedado cancelada u condenada a un olvido irresponsable, no sólo en los ámbitos gubernamentales, sino también académicos y activistas. En contrapartida, hay una peligrosa celebración del emprendedurismo de pequeña y mediana escala, vinculado al sector primario y terciario, y cuya generación de excedente no impacta positivamente las economías.

En términos generales, observables en las políticas económicas concretas de cada país, ningún gobierno de la “marea rosa” latinoamericana mostró la disposición de tratar “el elefante en la sala”. Es más, en la mayoría de los casos, por un tema de política con dirección populista, la decisión fue la de profundizar la especialización en los bienes primarios y omitir deliberadamente el debate. El caso de Bolivia, por ejemplo, es paradigmático en lo que respecta a todas estas contradicciones, debido a un despilfarro arrogante del excedente. Por un lado, los principales sectores de la economía boliviana son los hidrocarburos, la minería y el agronegocio, en lo que respecta a los sectores que pueden ser fiscalizados. La ausencia de políticas económicas que conlleven a la transformación de las fuerzas productivas con miras a la producción de riqueza conllevó al auge de sectores informales y desregulados vinculados ya sea con el sector primario (minería cooperativista, producción de coca y otros), o con el sector terciario (contrabando, comercio informal y emprendedurismo). Todos, sectores que no generan valor. Por último, el Estado boliviano continúa arrastrando el colosal y pernicioso gasto que le implica subvencionar los carburantes, sobre todo considerando que los sectores más favorecidos por esta política irracional son el agronegocio y el camionaje para comercio (regular y contrabando).

El excedente producido por los sectores fiscalizados, sobre todo hidrocarburos, fue canalizado en políticas “sociales” insostenibles: bonos, inversiones en infraestructura infructuosa, y el subsidio a los carburantes, entre otros gastos.  Es decir, el excedente fue invertido en maquillar la pobreza y la dependencia, sin una lógica de generar beneficios para el Estado. El excedente producido por estos sectores acaba invertido en consumo suntuario y acaparado por élites sectoriales. En lo que respecta al ingreso que podría procurarse el Estado si mejorara su capacidad de recaudación, el historiador Tomás Fernández llama la atención sobre el hecho que la coca y el maíz, por ejemplo, pasaron de ser bienes que significaban los principales ingresos para el Estado boliviano, en términos de impuestos, a bienes que no contribuyen en lo más mínimo. Esta lógica irracionacional fue continuada y profundizada por el gobierno del MAS, que además de no preocuparse por mejorar la capacidad de recaudación del Estado, llevó a cabo una política de apoyo a actores económicos de carácter “social”, que generan excedente sin riqueza, y cuya contribución es mínima. Algo similar puede señalarse en el caso argentino, por ejemplo, con la fuga colosal de capital del gran agronegocio hacia paraísos fiscales.

La consecuencia de esta mala apuesta en la prosecución de la dependencia es, como lo demuestran los hechos recientes en América del Sur, el colofón abrupto de la utopía y el auge de la política abyecta. La dependencia de Brasil en los bienes primarios derivó en la crisis de las políticas sociales que el PT había impulsado en los tiempos de Lula, que derivó en la crisis política que resultó en la salida del Dilma del gobierno y, finalmente en el ascenso de Jair Bolsonaro ¿Por qué Bolsonaro en Brasil, o Macri en el caso de Argentina? Por una cuestión de “saber de sentido común”. La población en general no reflexiona sobre las problemáticas de fondo, sino sobre lo que le plantea la coyuntura. Y, en este caso la coyuntura le plantea, sencillamente, políticas públicas mal llevadas a cabo. Por eso es tan fácil que ese sentido común se sienta interpelado por discursos de orden moralista, que envilecen la política y a la propia gente. Como bien señala Gledhill en su análisis sobre Brasil, Bolsonaro no es únicamente una reacción de la élite profundamente racista y clasista de Brasil, sino también de las clases populares que vieron sus expectativas defraudadas por un PT que abrazó una política mucho más tibia en los últimos años e impregnada por la corrupción. En consecuencia, ambos sectores se vieron interpelados por un discurso vacío de propuestas, pero repleto de una retórica moralista y negativa. El ascenso de Bolsonaro en Brasil, como el ascenso de Trump en Estado Unidos, es la prueba de lo básico que es el saber de sentido común a la hora de enfrentar las contradicciones de la realidad económica y política. En ambos casos, siguiendo a Gledhill, los candidatos se presentaron con discursos que nunca discutían políticas públicas concretas, sino y únicamente el compromiso de hacer las cosas con “determinación y mano dura”.

Entonces, la pregunta que se plantea es ¿Cómo podría Latinoamérica salir de la encrucijada en la que se halla? Que, lógicamente, tiene que ver con la necesidad de superar la contradicción histórica/estructural de la dependencia. ¿Podría Latinoamérica lograr finalmente la transformación de sus fuerzas productivas, con miras a generar riqueza? La respuesta a estas cuestiones es, lamentablemente, por demás complicada. Un primer ejercicio para intentar resolver esto es situar a la región en perspectiva comparada con el resto del mundo. En el mismo periodo en que Latinoamérica consentía las terapias de choque del neoliberalismo, impuestas por Washington, que conllevaron a profundizar esta perniciosa especialización en los bienes primarios, China en el otro lado del mundo iniciaba su apertura al mercado global bajo una lógica de estricto control estatal. Esta apertura consistió, entre otras cosas, en invitar a las corporaciones de países industrializados a relocalizar sus operaciones al país asiático, con la promesa de una mano de obra intensiva (explotable), pero con la condición de cuotas aceptables de transferencia de tecnología. Ambos factores, es decir, la explotación masiva de mano de obra y la transferencia de tecnología, resultaron en el desarrollo de su base productiva, el crecimiento exponencial de la economía china y, lógicamente, la generación de riqueza, al punto que en veinte años China dejó de ser una periferia global.

Todo esto de ninguna manera sugiere que China sea un caso ejemplar, considerando las innumerables contradicciones que este proceso supuso (explotación, despojo y economía de alto impacto ambiental). El problema se halla en que el desarrollo exponencial de potencias como China o India, siguiendo esta lógica, sitúan a Latinoamérica en una posición desventajosa. Por ejemplo, el desarrollo manufacturero impulsado por tratados de libre comercio en México, o en países de Centroamérica, que tuvo lugar sin transferencia de tecnología (solamente se desarrollaron economías maquiladoras), se vio profundamente afectado por el auge de la productividad asiática. Latinoamérica se halla en la “trampa de los ingresos intermedios”, su mano de obra no es lo suficientemente competitiva (a saber, explotable y barata, además de masiva) y sus precios no son lo suficientemente baratos, por lo que no puede competir con la manufactura china, por ejemplo. Y, a todo esto se debe sumar el interés del gigante asiático de asegurar la continuación del orden económico global actual, lo cual implica que Latinoamérica siga siendo una región especializada en bienes primarios, además de un mercado para los productos terminados de China.

Estos últimos apuntes me permiten pasar a la discusión sobre los aspectos de orden cultural, para comprender lo que sucede en la región, en la actualidad. Y, en este caso debo ser demasiado cuidadoso, sin por ello dejar de lado la honestidad brutal, para no ser acusado precozmente de reaccionario o pro-capitalista. Aunque me parece importante dejar en claro que la crítica del capitalismo que planteo no corresponde con las lecturas románticas y en algunos casos primitivistas de las “alternativas sistémicas” u otros. ¡Cuando hablamos de capitalismo estamos hablando en primera instancia de la desigualdad material, de la violencia estructural! Y, estas son cuestiones que no se resuelven invocando ensueños ius naturalistas.

La situación ambigua en la que se halla Latinoamérica, en términos de la dinámica económica global, también se cimienta en la cuestión de la ideología. No en la noción simplista y de sentido común de ideología, entendida como una creencia sectorial, sino en la ideología como el cuerpo de ideas, discursos y prácticas que rigen a la sociedad en su conjunto. La ideología del capitalismo tardío se funda, entre otras cosas, en la profundización de la violencia estructural y simbólica, a partir de un discurso que está más preocupado en “cuidar sensibilidades” que en afrontar las contradicciones sociales concretas, a saber la desigualdad. En este sentido, simplificando, el multiculturalismo, y sus múltiples derivas de pretensión “tolerante” y “deconstruccionista”, es la ideología dominante del capitalismo tardío. Ideología promovida ampliamente por el neoliberalismo, entendido más allá de las políticas económicas de choque, también como un proyecto político, social y cultural. Y, paradójicamente, los gobiernos de la “marea rosa” en Latinoamérica fueron campeones en codificar y promover esta ideología dominante. Los gobiernos de la “marea rosa” no sólo continuaron la exigencia neoliberal de la especialización en bienes primarios, sino que fundaron su legitimidad en una política tan abyecta como la de Bolsonaro o Macri: en la apología de la pobreza, la dignificación irresponsable del sujeto “popular”, a saber, los “movimientos sociales”, los indígenas, y un largo etcétera de colectividades tomadas como inherentemente virtuosas. Pero se trata de una ideología dominante justamente porque no sólo es promovida desde la institucionalidad estatal, sino también desde los propios sujetos, incluyendo a las izquierdas que disidieron de estos gobiernos.

En la mayoría de los casos, pero de manera notable en países como Ecuador y Bolivia, la política de “izquierda” consistió la exaltación del pobre, popular, tradicional, cultural, etc. La maldita mierda del “empoderamiento”. La tragedia se halla en que incluso las críticas desde la izquierda a las políticas de estos gobiernos se estancaron en la misma apología dignificante del pobre. El razonamiento en este caso se puede sintetizar de la siguiente manera: no está mal ser pobre, toda vez que se pueda encontrar un sentido trascendental a esa condición, ya sea a través de la cultura, la tradición o el viejo fetiche de la “clase trabajadora”. Este razonamiento es, por ejemplo, ampliamente promovido por el gobierno boliviano, cuando las máximas autoridades del Estado salen a celebrar continuamente al sujeto “popular”, a través de sus prácticas económicas precarizadas, su identidad ancestral continuamente reinventada y folklorizada, y su lealtad política profundamente servil. Pero también es promovido por los defensores de indigeneidades imaginadas, de enclaves populares virtuosos y romantizados, y de una idea añeja del “ser obrero”. Por eso es que causa una sorpresa tan histérica la manifestación de la abyección de los sujetos romantizados cuando, por ejemplo, salen a apoyar a la derecha. Y, se pretende encontrar explicaciones de orden paternalista, intentando identificar a los enemigos externos que habrían logrado contaminar moralmente al sujeto subalterno.

Otro ejemplo obsceno de esta contradicción es el paternalismo con que se abordó la tragedia de los miles de migrantes hondureños que cruzaron México, para llegar a Estados Unidos. Este paternalismo consistió en pretender que se podría dignificar la marcha de los migrantes, cuando la misma careció de toda dignidad. Entonces, aparecen nociones novedosas, aparentemente bienintencionadas y con una carga ideológica que debería resultar evidente para cualquiera que se considere de izquierda o mínimamente crítico. Nociones como “aporofobia”, una noción vacía que lo único que expresa es la solidaridad barata y reaccionaria que caracteriza al quehacer de buena parte de la sociedad en el presente. Solidaridad barata que bien podría ejemplificarse con la visita teatral de los Café Tacuba, que no tardó en llevar a más de un “comprometido” al paroxismo. La marcha de los migrantes es una tragedia, y nada más. La única forma de contribuir mínimamente al abordaje de esta problemática sería reiniciar, con urgencia, las discusiones sobre las causas estructurales de la misma. Dejar de lado la solidaridad paternalista, las solicitudes impensadas al Estado de “dejarlos pasar”, o la caridad narcisista. En este sentido, otra contradicción de las izquierdas en el presente es la compulsión a hacer “algo”, lo que sea, sin necesariamente razonar sobre las implicaciones de la acción. Una compulsión que es perfectamente equiparable al acto abyecto de la caridad cristiana: hacer algo aunque no sirva para nada más que para lavar la consciencia y alimentar el ego. Si la compulsión por actuar conlleva a acciones que reproducen la violencia estructural y simbólica, la decisión más ética posible es no hacer nada.

En consecuencia, la trampa en la que se halla Latinoamérica es de una paradoja fascinante. En muchos casos, somos pobres con un sentido elevado de dignidad y orgullo. Esto, a priori, no debería ser algo malo. El problema es que nuestra situación carece de dignidad, podemos sentirnos dignos, invocando la aparente ancestralidad y profundidad de nuestras tradiciones e identidades, pero seguimos siendo pobres. Y no hay nada de digno en ello. Si quisiéramos dejar de ser pobres tendríamos que estar dispuestos a sacrificar todo eso que nos llena de un orgullo inútil y fetichizado. Tendríamos que estar dispuestos a dejar de ser esclavos, en el sentido hegeliano del término, y asumir los riesgos de intentar ser amos. Pero esa es una necesidad histórica que ya no se discute más en el siglo XXI. Las izquierdas se han convertido en apologetas de la pobreza, impulsoras de los orgullos inútiles a los que me refiero, obsesionadas con la discusión sobre cuestiones de orden cultural/moral y deliberadamente distanciadas de la discusión sobre cuestiones de orden estructural, que implicarían re-teorizar radicalmente la crítica de la economía política. En otros casos, donde el sentido de dignidad no logra superar la violencia cotidiana, es más fácil para la propaganda de la política reaccionaria abyecta, como la que fue llevada a cabo por Bolsonaro, permear en los sectores populares, que las movilizaciones como #EleNao que, a pesar de su magnitud y contenido, poco interpelaron a los estratos más bajos de la sociedad.

La política abyecta reaccionaria que hoy se emplaza en la región consiste en interpelar los apetitos y nociones más básicas del sentido común de la población, sobre todo en los estratos más bajos. Sentido común que está determinado por la ideología dominante. Pero esto mismo hicieron en buena medida los gobiernos de la “marea rosa”, con mayor intensidad dependiendo del caso. En Bolivia, por ejemplo, parece más improbable que surja una reacción tan abyecta como la de Bolsonaro –pero el que parezca improbable no quiere decir que sea imposible– no sólo por las particularidades de la política y la sociedad de cada país, sino también porque la política abyecta ya es llevada a cabo en gran medida por el gobierno de Evo Morales. Esto, a partir del continuo uso de un discurso identitario y apologético de la pobreza, a partir de reivindicar la diferencia. Este envilecimiento de la política y de la sociedad también se realizó a partir de alianzas con sectores reaccionarios. Por ejemplo, el acercamiento de Bolsonaro a las iglesias evangélicas no es un fenómeno que corresponde únicamente a la derecha. La prueba más infausta de esto es el caso de Brasil, con el giro de los evangélicos de apoyar a Lula, a apoyar a Bolsonaro. En el caso de Bolivia, el proceso de dominación del MAS también consistió en acercarse y fortalecer el evangelismo. Lo mismo sucedió en Venezuela durante el gobierno de Hugo Chávez, y en Argentina durante el gobierno de Néstor Kirchner donde las iglesias evangélicas ganaron amplio terreno sobre todo en los sectores populares. De hecho, según un nota de The New York Times4, en la actualidad el 20% de la población en América Latina es evangélica. Éste, claramente, no es un dato menospreciable, considerando la llegada que tienen estas iglesias en las clases subalternas, promoviendo valores ultraconservadores, y cuyo compromiso político es eminentemente utilitarista. En el mismo sentido debería leerse las concesiones que hicieron estos gobiernos a los sectores económicos dominantes, a los que me refiero al inicio del presente texto. La expansión de esta otra faceta abyecta de la sociedad latinoamericana (a saber, el oscurantismo5) es también una consecuencia de una política desidiosa de los gobiernos de la “marea rosa”, consistente en la máxima de “si no puedes con ellos, úneteles”. Pero queda claro que se trata de alianzas endebles y, a la larga, perniciosas.
En suma, en lo que respecta al aspecto cultural, en el presente asistimos a una contienda entre políticas abyectas. Por un lado aquella de los gobiernos de la “marea rosa”, que se preocupó más por promover discursos de empoderamiento vacíos, por un descuido deliberado de abordar las problemáticas estructurales expuestas al inicio del presente texto. Por otro lado, la reacción de una política conservadora profundamente envilecida, que también invoca cuestiones de orden cultural/moral para legitimarse, y lo hace con éxito, como es evidente en los casos de Argentina, Brasil y, de manera prematura, en Bolivia. Ninguno de estos bandos estuvo ni está dispuesto a abordar la problemática estructural que nos mantiene pobres como región. Esto lo ha demostrado el retorno de Macri a las políticas económicas de choque neoliberales, combinadas con perdonazos al agronegocio y su reciente incursión en la explotación de gas de Vaca Muerta. Lo mismo sucederá en el caso de Brasil, que ya tuvo una probada durante la gestión accidentada de Temer, con las propuestas de Bolsonaro de retornar a un neoliberalismo duro, favoreciendo al agronegocio y la extracción de recursos naturales. Y esto sucede mientras las izquierdas, en los ámbitos de la sociedad civil, andan más preocupadas por cuestiones culturales/morales, que no por ello dejan de ser importantes, pero cuya priorización deja en claro que hay un desorden en la casa.

A modo de conclusión, tenemos que Latinoamérica es una región que sigue sumida en la dependencia en los bienes primarios. Es decir, las economías de la región son rentistas y generan excedente sin generar riqueza. La respuesta social a esta condición y a la necesidad que la misma impone, es la tercerización y la precarización de la economía, así como el auge de economías informales que por más que se las quiera tildar de populares y disruptivas son parte del núcleo del problema. Esta contradicción estructural significa una sola cosa: el estado de la región es el de una precariedad e incertidumbre permanente, que lógicamente deriva en una mayor desigualdad, en una continua decadencia de los estándares culturales de la mayor parte de la población y, a la larga, en el envilecimiento de la política. Envilecimiento que, como he señalado insistentemente, fue impulsado tanto por los gobiernos de la “marea rosa”, en su preocupación por alimentar rápidamente los apetitos políticos mal-informados de las clases subalternas, como lo será ahora en la fase de retorno de la política reaccionaria, con la movilización de discursos moralistas que se consolidaron en la última década.
Por otra parte, tenemos que la crítica desde la sociedad, frente a este nuevo ciclo de envilecimiento de la política está estancada en los mismos códigos. ¿Cómo podría superarse dialécticamente el discurso reaccionario que emerge, si las mismas izquierdas se preocuparon ampliamente por fetichizar al sujeto subalterno, dignificar la pobreza y romantizar la cultura y la tradición? En lugar de evaluar el impacto de la continuidad de las contradicciones estructurales, a saber, el encadenamiento de la dependencia, la precarización y la lumpenización de la explotación capitalista, los espacios críticos de la sociedad se limitaron a hacer apología de la tragedia (a partir del desuso del concepto de resistencia, por ejemplo, o a partir de inventar nociones idiotas como “aporofobia”, o a partir de otras discusiones superfluas). La crítica social en el presente consiste en intentar demostrar las potencialidades disruptivas de aquello que está estructuralmente mal. Y, al no plantear una lectura sensata, llegado el momento en que la coyuntura revela la violencia de la realidad social, estos discursos benevolentes no logran interpelar al sujeto subalterno, que termina adhiriéndose a la política reaccionaria abyecta.

Entonces ¿Qué hacer? Por supuesto que en este texto no procuro plantear el camino a seguir, porque sencillamente sería materialmente imposible. Empero, un aspecto que me interesa apuntar es el siguiente: ante el auge de una política reaccionaria, consecuencia de la romantización impulsada por la “marea rosa”, la única opción radical es retomar un enfoque ilustrado. Dejar de lado el lamento decolonial, “deconstruccionista” y superficial, cuya única virtud es su inutilidad. Necesitamos discutir en términos propiamente ilustrados, es decir, libres de fetiches ideológicos y de nociones románticas, la realidad tal cual es: abyecta, desigual y violenta. Dejar de lado la fascinación con el pobre, que tan sólo revela un pensamiento profundamente conservador. Ésta es la misma fascinación con la que grupos reaccionarios, como las iglesias evangélicas por ejemplo, están ganando amplio terreno entre las clases subalternas, a partir de aprovechar la precariedad que los caracteriza. Necesitamos retornar a discutir públicamente las contradicciones estructurales que nos continúan empobreciendo y envileciendo, en lugar de preocuparnos por las contradicciones culturales/morales de coyuntura. Y, para eso habrá que asumir una honestidad brutal que, con seguridad, dañará mas de una sensibilidad. Lo último que necesitamos es continuar sobándonos la conciencia y congratulándonos por nuestra propia tragedia.

 

 

Notas:

1. Marea Rosa o “Pink Tide” en inglés se refiere al ciclo de gobiernos progresistas en Sudamérica, y el aparente giro a la izquierda que caracterizó la primera década del siglo XXI. De hecho, el concepto fue propuesto por primera vez en una nota de Larry Rother, publicada en The New York Times en 2005, para referirse a la nueva corriente política de la región, que si bien se proclamaba opuesta a las políticas neoliberales, en la práctica no se llevaron a cabo políticas que contrariaran realmente los intereses de Wall Street y otros organismos. En todo caso, prefirieron seguir “las reglas del juego internacional”. Para ilustrar este proceso, Rother cita a José Mujica, quien cuando presidía el Congreso dijo: “Hemos cambiado porque el mundo ha cambiado. Vivimos en un mundo unipolar en el que los intentos de socialismo han fracasado y no hay alternativas. Tenemos que tomar una línea pragmática”. De esta manera, el autor afirma que “No son tanto una marea roja, más bien una rosa”. Ver la nota: https://www.nytimes.com/2005/03/01/world/americas/with-new-chief-uruguay...

2. Cabe aclarar que en esta reflexión la propuesta de retomar el debate sobre la dependencia no necesariamente coincide ni corresponde con la crítica del “extractivismo”, cuya veta culturalista ambientalista es parte de lo que también propongo criticar.

3. Ver: https://johngledhill.wordpress.com/2018/10/10/the-brazilian-coups-harves...

4. Ver: https://www.nytimes.com/es/2018/01/19/opinion-evangelicos-conservadores-...

5. De hecho, la apología de la pobreza debería entenderse como una promoción del oscurantismo, sobre todo en los estratos populares, ya sea a partir de fortalecer el evangelismo, o a partir de promover fantasías multiculturales racistas, como la indigeneidades ancestrales y ahistóricas.