8 de Marzo, día de lucha

Nota y fotos: Eleonor Gutierrez y Agustina Grenno
Miles de personas paramos y nos movilizamos en un nuevo 8 de marzo, el centro de Montevideo fue colmado de un mar violeta, en una jornada histórica de lucha y resistencia en la que salimos a la calle para sacar la voz.

Amanecimos con la noticia de que otra mujer, Olga Costa Izaguirre, murió asesinada por causa de la violencia machista en el departamento de Salto. Nos descubrimos con ganas de encontrarnos entre nosotras, desde temprano, abrazarnos a la mañana y buscar en la compañera la fuerza para salir a la calle a gritar el dolor y decirlo todo; que estamos juntas, con nuestras memorias ardiendo, con las que están y las que faltan. En la búsqueda de nuevos tejidos afectivos, allí donde las caracolas policromas tienden lazos expansivos, politizando nuestras prácticas en un espiral que nos invita a juntarnos, reconocernos y repensarnos.
 
Nos esperaba la calle como escenario de lucha, y allá fuimos, cada una desde su lugar, con el deseo de reivindicarse y visibilizarse entre las tantas formas del ser mujer, pero también desde los bordes, identidades disidentes que habitamos otras maneras, frente a tanto límite impuesto sobre nuestros cuerpos.

La tierra temblando bajo los pies, el conjuro de brujas estimulando el canto colectivo, desde la rabia, la incomodidad y la resistencia. La voz carraspera de la compañera que está dejando el grito en la calle, como ejercicio de liberación que trasciende lo individual para ser eco colectivo y vibrar en el pecho, despabilando silencios.

Las manos entrelazadas, extendidas para recibir la fuerza del caminar juntas con el deseo rabioso de querer cambiarlo todo, desde la furia por este sistema capitalista y heteropatriarcal que también nos exige prudencia y discreción, que mira con lupa buscando el punto exacto desde donde patear estas luchas feministas, con las cientos de cámaras del panóptico controlándolo todo. Porque es de radicaleta desbordar de furia en plena calle y pretender sacarlo todo afuera, esa imprudencia loca de enfrentar lo que nos cercena a cara descubierta. 

Y así anduvimos, al paso de nuestras existencias, con las historias de otras tantas regándonos el camino, reconociendo por fin nuevas potencialidades de ser y habitar lo político y sus prácticas del día a día, cuidándonos. Con el deseo de mirar a los ojos y abrazar a cada compañera que le está poniendo el cuerpo a los espacios feministas en el día a día, y a cada compañera que, sin habitarlos, está en movimiento, militando y resistiendo contra las tantas formas de opresión que nos atraviesan, aquí y allá.