Adentro de la caracola hay mar

Mariana Menéndez y María Noel Sosa / Foto: Rebelarte.info
Se dice que dentro de una caracola está el mar. Para nosotras adentro de cada abrazo caracol que nos hemos dado en los últimos años fluye un mar feminista, capaz de ser fuente de fuerza para todas y cada una de nosotras. En la preparación de un nuevo paro y movilización del 8 de marzo, nuestro modo de estar en las calles es memoria y estética nueva de este tiempo de rebeldía de las mujeres.

Ser como agua, ahí, donde la realidad es como piedra
María Zambrano


Dentro de la caracola está el mar. Lo oímos ancestralmente, nos susurra, nos muestra nuestra capacidad de fluir, nos da fuerza. El mar siempre es furia y renovación al mismo tiempo. Es sobre todo torbellino de vida. Nuestras movilizaciones son y quieren ser una caja de resonancia, como las caracolas, para atrás y para delante, donde lo viejo y lo nuevo componen un espiral complejo, donde el eco tiene posibilidad de expandirse en el paro y más allá de él.

Elogio de los cuerpos que danzan o por qué bailamos en las calles


Una estudiante nos dijo una vez, comparando las alertas feministas contra los feminicidios y las marchas de mujeres con otras manifestaciones “no estoy ahí tomando mate, me vibra el cuerpo”. Tomar la calle está siendo para nosotras un gesto de rebelión ante el mandato de que nuestra vida le pertenece al espacio privado y a otros. Nina Simone dijo una vez en una entrevista que ser libre es no tener miedo, y vaya si en la calle juntas no tenemos miedo. Es una experiencia de libertad, de expansión, de dignidad y alegría. ¡Y cuánta falta nos hace! Es una experiencia de la que no se vuelve. A ciertas voces les parece excéntrico o limitado tomar la calle, bailar, cantar, abrazarnos a montones en la vía pública. Parece que deberíamos dejar nuestras emociones y nuestros cuerpos fuera de lo político. Pero qué potencia magnifica se desata cuando nuestros cuerpos vibran juntos, cuando dejan de sentir miedo, cuando dejan de ser objeto de violencia para ser sujetos de rebelión.

Nos dice Federici [1] que además de reconstruir una historia del cuerpo desde la opresión es más fértil ver al cuerpo como espacio de resistencia, mirar la historia del cuerpo individual y colectivo y sus poderes: el poder de actuar, de transformarse a sí mismo y al mundo. No olvidar al cuerpo como límite natural a la explotación, más aun el nuestro de mujeres y su capacidad de gestar y sostener la vida. Por eso, para ella y para nosotras, la danza es central para la reapropiación. Cuando marchamos lo hacemos casi como en una danza colectiva y sentimos esa experiencia de libertad porque estamos entre nosotras. Porque aunque duele, bailamos de alegría, porque juntas estamos diciendo y haciendo algo con nuestra experiencia. En el abrazo caracol y esa danza ritual que sostenemos y anhelamos, exploramos nuestras capacidades e inventamos. Sí, creamos un modo propio de luchar que nos saca del lugar de víctimas y nos invita a jugar con otras para cambiarlo todo.

Cada lucha retoma del pasado y reinventa un lenguaje político, es decir, ciertas palabras, formas, gestos distintivos. En Montevideo, cerramos cada alerta con un abrazo caracol, leemos colectivamente una proclama que se parece a una poesía, recordamos a nuestras muertas y nos damos fuerza. No hay estrado ni escenario, construimos un coro de voces. Nuestras primeras interlocutoras somos nosotras mismas y las otras mujeres. El mensaje es claro: estar juntas, estar para nosotras. Luego se denuncia, exige e interpela todo lo demás. Fuimos capaces, con nuestro lenguaje propio, de poner el feminicidio y la violencia contra las mujeres en el espacio público. No quedó rincón donde no se abrieran conversaciones, debates y confrontaciones. Ni el estado, ni el gobierno, ni la universidad, ni los movimientos sociales mixtos pueden hacerse los sordos porque la marea avanza y les golpea las puertas. El 8 de marzo del 2017 esta fuerza se multiplicó, nutrida de lo que ya veníamos haciendo y de la escala regional y planetaria que tomó el paro. Lo que se inició como un abrazo entre decenas, se multiplicó en una ronda enorme al final de la marcha que parecía latir.



Escucharnos decir: el grito de las mujeres

Escucharnos decir, propone Gladys Tzul desde tierras mayas. ¿Qué nos escuchamos decir las mujeres en este nuevo tiempo de rebelión? ¿qué voces múltiples se desatan con el paro? La lucha de las mujeres y el feminismo siempre ha sido un espacio heterogéneo. Hoy sigue siendo diverso en sus miradas, formas y planteos políticos, pero atentas a escuchar podemos encontrar rasgos comunes. La lucha contra la violencia parece ser el grito común que comienza contra el feminicidio y no para hasta hilar con la trama de violencia sistémica que ahoga la sociedad en la que vivimos. Hartas de la precariedad, de la falta de tiempo para nosotras, de la humillación, del machismo rancio y del machismo progre; la rabia se volvió grito pero no se quedó allí. Donde miremos, miles de mujeres están hablando unas con otras, poniendo palabras a lo que nos pasa, organizándose de mil formas: en colectivos de mujeres, cooperativas, barrios, trabajos, sindicatos, en el arte. Ayudando a otras en lo cotidiano, armando grupos, ferias, toques, redes; cada quien a su modo y a sus tiempos. ¡Nos bienvenimos a todas a este despertar colectivo!

Sostenemos una y otra vez que allí radica nuestra fuerza y nuestra energía, en la densidad de una trama que crece entre nosotras, donde nos damos cobijo, palabras, acompañamiento y fuerza para luchar. Donde nuestra experiencia singular deja de ser fuente de sufrimiento individual para valorarla y comprender que habitar el abajo con cuerpo de mujer o con cuerpos disidentes implica múltiples formas de dominación y violencia. Estar con otras, ser espejo unas de las otras, nos da palabras para comprender. Desde allí construimos una mirada común critica sobre el mundo.

8M: momento de aprendizajes y transformación

La lucha contra la violencia, contra la precariedad de la vida y por una vida digna de ser vivida se amplifica y continúa después del paro. `También sabemos que los momentos de lucha que cobran tal intensidad son altamente pedagógicos. Es decir, los aprendizajes colectivos se intensifican. El paro es un relámpago que ilumina la sociedad: cómo reacciona cada actor, cómo nos organizamos, qué problemas aparecen, etcétera, se vuelve material de aprendizaje.

En el movimiento feminista se abren desafíos y nuevos -o también viejos- debates acerca de la autonomía de las mujeres, sus espacios sociales, las formas de organización, la relación con los espacios mixtos, los criterios de “representatividad”, las formas de estar en la calle, la diversidad de mujeres y las experiencias de las compañeras trans y lesbianas. El campo de la izquierda partidaria también se sacude: que si espacios propios de mujeres, que si la lucha de clases es lo primero, que si es un problema de todos entonces todos somos protagonistas de la lucha ¡y hasta que si las feministas somos todas burguesas! (con el que rompemos en carcajada pensando en que las cosas están un poco desactualizadas por acá).

El paro como herramienta reinventada, que comprende el trabajo dentro y fuera de la casa, el que es pago y el que no, permite visibilizar el trabajo doméstico y de cuidado y denunciar la carga que recae sobre nuestros hombros. ¿Cómo para una compañera que no puede detener un minuto su trabajo de cuidados de otrxs porque está sola a cargo de todo? ¿Cómo para una compañera que no tiene sindicato o cuyo sindicato no acompaña el paro?

Si prestamos atención, las distintas acciones iluminan nuestras vidas desbordadas de trabajo y ritmos acelerados, nuestros cuerpos cansados. ¿Cómo exigimos otras condiciones de vida y de trabajo? ¿Cómo nos organizamos cada vez más para ayudarnos unas a otras? Aprendiendo del año anterior, ¿cómo diversificamos cada vez más las formas de parar y participar? ¿cómo construimos más asambleas, más reuniones en todos los rincones? ¡Que sea paro, boicot, rebeldía, conversación, gesto! Sabernos juntas nos dará fuerza para todo lo demás, fuerza para que este tiempo de desobediencia no se cierre, para cambiar la vida a la vez que lo transformamos todo.

[1] Federici, Silvia (2014) Elogio del cuerpo que danza. Revista Escucharnos decir N.º 1.  Montevideo-Buenos Aires/ Minervas- Mujeres en lucha

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