Agua que has de beber te la vende Tabaré (si lo dejamos)

Diego Castro / Foto: Agustina Grenno
El día que el Frente Amplio ganó por primera vez una elección presidencial, más votos que Tabaré obtuvo la reforma constitucional para garantizar el agua como derecho humano fundamental. La tibieza y la dilación para cumplir con la reforma por parte del gobierno “de los compañeros” fue el mal poema de primavera que presagió la situación actual.

Pasada más de una década, todas las cuencas están contaminadas en menor o mayor grado, no se vendió la empresa a las malvadas trasnacionales pero la época dorada de la soja y otras commodities hicieron sucumbir los anhelos populares y los ganadores de la batalla hasta hoy se hicieron del recurso contaminándolo, sin necesidad de pagar por una empresa estatal para ello, como tampoco es necesario comprar la UTE ahora que tienen los molinos.

Por el contrario, quienes pagamos agua “potable” de OSE corremos con los cargos de su fiesta por medio de la tasa “ambiental” que se impuso por el gobierno frenteamplista este año. Negocio redondo: tienen exoneraciones impositivas, concentran tierras extranjerizándolas, contaminan las fuentes de agua y todo ello les reporta cuantiosas ganancias mientras le venden a los chinos comida para sus chanchitos. De los costos no me preocupo, los transfiero a la gente que abre la canilla en su casa, pero bebe el agua que le vende otra trasnacional.

Crónica de una muerte anunciada

Hace muchos años, algunos científicos insistían con el deterioro de la calidad del agua. Ignorados fueron hasta que la podredumbre llegó a las canillas. Los ignoradores o ignorantes, amantes del discurso del progreso, no lo tomaron en cuenta, no les interesó el hecho que sus numeritos macroeconómicos supusieran una profunda descomposición vital, esa que se mide en la memoria larga, ecosistémica, que no responde al cortoplacismo del PBI creciente a toda costa, de quinquenios o de gobiernos malos o menos malos.

El escaso enraizamiento con la naturaleza de nuestra cultura occidental nos golpea en la frente el día que el agua huele mal y sabe a podrido, mientras las loas a la década ganada portaban un perfume tan sensual que ni el agua que dejamos de tomar nos importó.

Ayer las pantallitas de los enredos sociales anunciaban un día triste para Uruguay: casi todos los partidos votarían la ley de riego, más allá de diputados apesadumbrados, críticos, en fin, lo de siempre, todos testimoniales. Así, con la aprobación en diputados, esta ley que ya había sido aprobada en el senado (ver nota), se encamina a terminar su proceso parlamentario. 

Defender el agua, defender la vida

Que el shock de la tragedia diaria no nos impida comprender que el Parlamento todo no representa los anhelos e intenciones de más del 60%, de quienes respaldamos la reforma en 2004 [1]. Sabemos que nunca lo hacen, más allá de la relegitimación progresista de la democracia representativa en ausencia del representado y casi siempre contra su voluntad.

Lo que sí es importante saber, lo que casi nunca tenemos, es un mandato popular claro. Cuando hay mandato los gobernantes solo deben obedecer. Y si no lo hacen -como no lo hicieron votando la ley de riego del arrocero devenido en ministro top- solo la movilización y el señalamiento a quienes no lo respetan será respuesta suficiente. Y si no lo fuera, porque nuestras piernas están flacas luego de años de tutela y desmovilización, lo guardaremos en la memoria y sabremos, a medida que vayamos caminando, que cuando un pueblo manda el gobierno obedece, y si no obedece se va.

Esta es la tradición que debemos reforzar, y cada uno elegirá su lugar. Lo único seguro es que no se podrá estar de los dos lados del mostrador, produciendo mandato y desobedeciéndolo. Ese lugar, extraño, difícil de justificar, pero ampliamente extendido en el último tiempo, ayuda a la confusión y a la parálisis, nos deja dudando de si es o no el gobierno “de los compañeros”. Y en esa duda se nos va el agua, se nos va la vida.

Es vano repetir los avisos al gobierno sobre su reiterada acción de dispararse en los pies. Las energías sociales, las fuerzas existentes y potenciales que podamos desplegar deben estar, hoy más que nunca, destinadas al esfuerzo de producir mandatos y forzar su obediencia al gobierno que sea con la única herramienta que tenemos para ello, la lucha social y nuestras organizaciones populares. Quizás no estemos lo suficientemente fuertes, pero es seguro que la tarea a preparar es esa, hacer que el gobierno obedezca cuando el pueblo manda, y acá hay mandato: el agua no se vende.


[1] En referencia a la reforma constitucional plebiscitada en 2004 a instancias de la Comisión Nacional en Defensa del Agua y de la Vida (CNDAV), espacio en el que confluyeron organizaciones sociales de todo el país. La reforma incluyó el derecho humano al agua y al saneamiento y la obligatoriedad de su gestión pública. Ver aquí la entrevista de Zur a los miembros de la CNDAV mientras se daba la discusión parlamentaria de la Ley de Riego.