Allá al norte y el oeste

Columna de Jorge Zabalza
Duermen amontonados en un colchón o en la misma habitación, lamentable promiscuidad que favorece la violencia y la aberración. Usan esa variedad increíble de cosas que se venden en las periferias. Se trasladan en carros, bicicletas y motos armadas con restos… algunos, demasiados, comen de la basura. Cuentan con servicios públicos muy precarios. Los robadores de los pozos negros desaguan en las cunetas. No tienen otro remedio que colgarse a la corriente eléctrica y al agua ¿Dónde van a parar sus derechos humanos en una noche de pampero sin calefacción ni abrigo?

Sus hijos van a escuelas “de contexto”. Reciben una educación muy elemental, cuya finalidad parece ser enseñar a obedecer, más que desarrollar el intelecto para escapar a la pobreza de espíritu. Los que terminan la escuela no logran hacerlo con la enseñanza media. En casos excepcionales acceden a la universidad.
Es casi nula su atención de la salud. Nacen cargando sobre sus espaldas cinco o seis generaciones de desnutrición y raquitismo, trastornos de aprendizaje, hiperactividad, absorción de plomo y dióxido de carbono. La acumulación de déficits congénitos los discapacita para la competencia por escalar la pirámide: ¿qué significa “igualdad de oportunidades” ¿Dónde van a parar sus derechos humanos en una noche de pampero sin calefacción ni abrigo? para el que nace en la marginación?  

La fractura social divide en dos la ciudad: al este del Miguelete y al sur de bulevar Batlle y Ordóñez queda el país de los amortiguadores, el Uruguay batllista de la protección social y económica, el del consumismo y la fibra óptica. Al otro lado de la frontera está el territorio de la pobreza y la exclusión. ¿Cuánto tiempo falta para separarlos con muros al estilo Trump?

¿Qué significa democracia liberal allá al norte y al oeste? ¿las libertades de reunión y de expresión que son? ¿qué es la separación de poderes? ¿qué sentido tiene el Estado de Derecho? ¿dónde quedan sus garantías constitucionales? De la república liberal sólo conocen comisarías, garrote y rejas carcelarias. Cada cinco años recuperan su condición de ciudadanos, convertidos en receptores de promesas y de demagogia. La democracia liberal es burguesa, es el instrumento político de una clase social para someter pacíficamente los pueblos.

En la oscuridad del túnel sin salida, los condenados encuentran en el consumo y el tráfico de drogas el modo más inmediato de responder a la agresión que sufren desde que nacen. La policía cierra las “bocas” de venta al menudeo, los capilares más pequeños del tráfico, pero se mantienen intactas las condiciones que permiten restablecer en el brevísimo plazo la circulación de la pasta base, otro residuo de la sociedad que consume cocaína.

La discusión sobre la inseguridad y el narcotráfico se convierte en la búsqueda de estrategias para disciplinar y controlar esa población. El problema de la educación se transforma, en última instancia, en el problema de cómo educar esa infancia nacida en la pobreza. La población marginada se cuela en los debates de la campaña electoral. El individualismo feroz en que están encerrados, no les permite organizarse colectivamente para reclamar y reivindicar, algo que, de algún modo, sería el primer paso para transformarse en sepultureros del sistema, su rol posible histórico.

La sociedad alambrada

El año pasado (2018), el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) posible definió que una persona era pobre siempre y cuando su ingreso no superara los 12.500 pesos. Para el caso de los hogares compuestos por dos personas, la línea de pobreza se ubica en 22.500 pesos y, cuando los integrantes son tres, el monto asciende a 31.900 pesos. A cualquiera que dependa de un ingreso fijo, esos montos les parecen irrisorios, una falsificación ideológica avalada por la academia y aceptada por la “clase” política y los medios de comunicación. 

El INE contabilizaba 280.000 pobres o personas que están por debajo de esa frontera imaginaria. En 2018 vivían en la indigencia las 4.000 personas cuyo ingreso individual era menor de 3.500 pesos. Sin embargo, cualquier luchador social con ojo de buen cubero, sabe que los pobres en Uruguay alcanzan al millón de personas, el 30% de la población.

Las actuales “líneas de indigencia y de pobreza” las definió el INE en el 2006, según una canasta de necesidades básicas alimentarias y no alimentarias que se actualizan por IPC. Fijaron las canastas en función de los hábitos de consumo de una población de referencia tomada de las Encuestas Continuas de Hogares del 2005/2006. Aunque puede parecer arbitraria e insuficiente, la metodología está recomendada por la CEPAL y la FAO. La definición del 2006 significó un cambio de criterio en la cuantificación de la canasta, pero la concepción metodológica continuó siendo la misma: una “línea de ingresos monetarios” separa los pobres de los ricos. Un peso por arriba de la “línea” está en el paraíso y uno por debajo, espera el infierno. Su función social y política es inducir la creencia de que es posible que los pobres atraviesen la brecha social empujados con inyecciones monetarias del gobierno.

La pobreza no se mide con la cantidad de cosas que se consumen, sino por la calidad de la vida: el pobre carece de elementos para pensar críticamente, para sentir amor y solidaridad hacia los demás, para asumir la responsabilidad personal en lo social y político. No tiene nada que ver con el ingreso monetario personal. Se puede estar por debajo de la “línea” y ser un Frey Betto como ha ocurrido y sigue ocurriendo en la lucha social.

La pobreza es una consecuencia inevitable de acumulación de capital, su existencia no es un fenómeno cuantitativo sino cualitativo. El capital necesita pagar salarios bajísimos por el desempeño de servicios que sería muy costoso cubrir con asalariados protegidos por la seguridad social y por los sindicatos. Su bandera es la desregularización y expulsa millones de personas fuera del sistema de protección y los amontona en los campos para refugiados de la periferia urbana. La pobreza es la irremediable consecuencia social del capitalismo, nada ni nadie puede detener ese impulso fatal de la acumulación de capital. Para erradicar la pobreza hay que terminar con el capitalismo. La “línea de pobreza” es la máscara liberal del horror de la realidad social.

Llegó la autoridad

Implacable, la pala mecánica derriba la vivienda que oficiaba de “boca”. El vecindario siente que le quitan un peso de encima y aplaude entusiasmado. La prensa festeja la desmesura. Por fin el Estado restablece su autoridad y penetrando una de las impenetrables “zonas rojas” que, según la leyenda urbana, están dominadas por bandas de narcotraficantes. La mano dura mecanizada goza de consentimiento popular y, además, desvirtúa el reclamo de los 380.000 firmantes que quieren sacar los milicos a la calle.

Si bien la “reforma no es la forma”, ¿lo es la operación Mirador, sus censos uniformados y sus topadoras? ¿Ésa es la respuesta al miedo? Las cosas suelen ser mucho más de lo que aparentan y el público no es del todo consciente del mensaje subliminal del exceso de poder. La costumbre anestesia las sensibilidades, hoy vinieron por los “pastabaseros”, después les tocará a los que luchan y … mañana podrán venir por todas y todos. Una vez que se desató el vendaval de furia, no habrá sociólogo capaz de timonearlo.

Luego de concentrados físicamente en un territorio, se los responsabiliza del aumento de los delitos y del crecimiento del gran negocio con las drogas. Ese hecho sugiere que el consumo de drogas y el narcotráfico cumplen un rol en el control social y que estimulan la división. En lugar de considerar al adicto como un enfermo, se lo convierte en objeto del odio y el desprecio. En lugar de atender su problema de salud, se lo segrega y se lo reprime. El narcotráfico desempeña una función en el control de la sociedad.