Antes que histéricas, históricas

Maria Noel Sosa
Este año viene siendo todo un ciclo rojo lleno de aniversarios dignos de apuestas de quiniela: los 150 años de El Capital, los 100 de La revolución rusa. Caras de Marx, Lenin, y el Che -dado el 50 aniversario de su muerte- empapelan eventos académicos y militantes, memes, posteos de facebook. A nosotras, las charlas con otras nos hacen poner en común que queremos la paleta de violeta feminista compuesta con esos rojos, pero que nos miramos en ese espejo y algo nos falta. Es que -aparentemente- son todos hombres.

El movimiento piquetero de trabajadores desocupados desbordó y cobró visibilidad inicialmente porque unas mujeres, sí, mujeres, igual de angustiadas pero menos deprimidas que sus esposos pasaron del comentario en el almacén al corte de ruta. Muchas historiadoras han insistido en que fueron las mujeres quienes dieron el puntapié inicial a la revolución francesa, en 1789, con su marcha por Versalles reclamando pan. Estos ejemplos, de referencias en distinto grado significativas, son la base para lo que estas palabras quieren compartir respecto a la revolución rusa. Otra forma de insistir en que, no solo siempre estamos, sino que además, en más de una ocasión, la aparente despolitización de unas madres pidiendo pan es la primera fuente de “basta” colectivo, porque en el anclaje cotidiano de la reproducción de la vida desde abajo siempre late rebeldía.

Los procesos revolucionarios, como procesos abiertos, siempre dan lugar a variados análisis, a múltiples lecturas. Hay mil puntas de la madeja que este aniversario nos invita a mirar. Como mínimo, la tensión entre lo espontáneo y lo organizado, los devenires de las conducciones políticas, el necesario reconocimiento de las capacidades singulares y su transformación en odas al líder, las estrategias de toma de poder estatal o la construcción de poder dual, el lugar del campesinado, y tantas otras. Pero, en este caso, la pregunta que está de fondo es qué hubiera pasado si la fuerza femenina que también se desplegó en ese proceso hubiera tenido otras condiciones de enunciación y de lectura posterior. Estas líneas no son otra cosa que una mirada decididamente parcial centrada en el lugar de las mujeres en la revolución. Más específicamente, en el momento entre febrero y octubre de 1917 y los primeros tiempos posteriores. En todo caso, es una breve apuesta por volver a la revolución rusa como espacio de aprendizaje, pero vista desde el feminismo y desde nuestra calidad de ensayistas permanentes. Claro que corre el riesgo de simplificar sucesos sumamente complejos o de parecer esencialista. Pero asumiendo tales límites, quiere ser una mirada de apertura, guiada por la necesidad de tener fuente de fuerza, agudeza crítica y sobre todo pistas, no para tomar palacios, sino para insistir en cambiar la vida.

Los acontecimientos insurreccionales de 1917, lo que conocemos como la revolución de febrero, se abren con una gran huelga de mujeres trabajadoras de la industria textil. Fue en Víborg,  Petrogrado, el mismo barrio en que viven y trabajan, un barrio obrero que seguramente sostenía un entramado más complejo que no iniciaba ni terminaba en la fábrica. Con el horror de la guerra en la que soldados rusos estaban muriendo como contexto y en medio del apremio del hambre, estas mujeres en huelga exigen desde la radical simpleza de dos palabras: pan y paz. Salen a las calles y recorren en grupos las fábricas y sus barrios. Me las imagino, las pienso intensas, agitadas y agitadoras, animando a otros, a otras. Según cuentan algunos relatos históricos, tiraban palos, piedras y bolas de nieve contra las ventanas de las fábricas en las que aun se trabajaba. Tomaron las calles y llevaron su osadía al punto de interpelar a los cosacos, de meterse en sus filas, de convocarlos a sumarse. Así, “de tan histéricas, históricas” [1].

La chispa se expande y al otro día ya son más de 100.000 obreros de otras fábricas, de otros barrios, que se suman a la huelga. Ya nadie parece estar quieto. La movilización es generalizada y se torna fuerza insurreccional de una magnitud, velocidad y potencia tal que todavía nos llega. La insistencia represiva de los mandos superiores es cada vez mayor, pero los soldados se niegan a reprimir y se suman a la ola popular. La ciudad está patas para arriba y el zar Nicolás II abdica. Se forma a los pocos días el gobierno provisional.

Como sabemos, las luchas siempre tienen una historia larga. Es así que entran en escena los soviets (consejos), o más bien reaparecen desde el aparentemente lejano 1905, también revuelto e insurrecto. No se limitan a los consejos de fábrica, sino que dan pista para la organización de otros y otras por abajo. Aparece lo que se ha llamado poder dual: se reconoce a tal gobierno, pero se le pone un programa sobre la mesa, mostrando el carácter instituyente de una forma de gobierno, o más bien de autogobierno. Lo que queda abierto en febrero tardará meses en coagular. Durante los meses de gobierno provisional hay intentos de rearme por arriba y ensayos relampagueantes por abajo. Después, lo que ya más o menos sabemos: octubre, la toma del palacio de invierno y la mítica frase de “todo el poder a los soviets”. Y están los bolcheviques, está Lenin y miles de otros. Pero también están Nadiezna Krupskaia, Inessa Armand, Alexandra Kollontai y tantas, tantas otras. La revolución también dispara los procesos de reflexión y escritura sobre pedagogía en Krupskaia, sobre el amor libre y la sexualidad en Kollontai y da impulso a los espacios solo de mujeres en la interna del partido de la mano de Armand. Estas mujeres más referenciadas, además de participar en los espacios mixtos, venían junto a otras pensándose y organizándose. Había organizaciones de mujeres que no se limitaban a lo sindical. Desde hacía varios años había congresos de mujeres, como el Primer Congreso de Mujeres Socialistas (Stuttgart, 1907) y otros que dan cuenta de la existencia de redes locales e internacionales.

De febrero a octubre siguen las huelgas, los debates para incidir en el gobierno provisional y los ensayos organizativos. Estas mujeres, que en el zarismo no podían abortar o divorciarse, que trabajaban más por menos salario, que soportaban toda la carga de las tareas domésticas, tienen en los primeros meses de la revolución otra revolución. En 1918 se aprueba un nuevo código de familia que legaliza el aborto y se generan condiciones para la socialización del trabajo de alimentación, lavado, cuidado de niños/as. El debate era fértil, los ensayos múltiples. Hicieron periódicos, siguieron haciendo propaganda y tareas pedagógicas. En agosto de 1919 crearon el Zhenotdel dentro del partido, como espacio de mujeres para pensar los problemas de mujeres, reuniendo a trabajadoras asalariadas, campesinas y amas de casa. La historiadora Josefina Martínez retoma las palabras de una de las mujeres que estaba en los levantamientos que derribaron al zar y que intuía lo que la revolución significaría para ellas: “recuerdo cómo marchamos por la ciudad. Las calles estaban llenas de gente. Los tranvías no funcionaban, y había coches dados la vuelta sobre las vías. No sabía entonces, no entendía lo que estaba pasando. Pero gritaba con todos los demás: ‘abajo el zar’. Sentía que toda mi vida familiar se estaba desmoronando, y me alegraba de su destrucción” [2].

Cuánta energía ahora eventualmente dispuesta para ellas mismas, cuánta posibilidad de pensar en trastocarlo todo, en reinventarlo todo. No obstante, todos estos debates sobre sexualidad, amor libre, aborto, cuidado de los niños entraban en tensión con los diversos debates y frentes que siguieron a los primeros años revolucionarios. Clara Zetkin relata el asombro, el regaño y el debate con Lenin precisamente sobre el hecho de que las mujeres estuvieran hablando de todos estos temas, aparentemente menores, en pleno momento de contrainsurgencia y amenaza internacional. Además de pensar que era un despilfarro, preguntaba si realmente se estaba discutiendo desde el materialismo maduro, vivo, histórico. ¿Mantener viva la revolución no es acaso pensar la situación específica de las mujeres como oprimidas entre los oprimidos? Clara cuenta, además, que mientras la charla se alargaba Lenin, le preguntó de dónde podía sacar fuerzas para eso ahora.

Imagino a Clara furiosa y paciente; refutando, argumentando y sacando esa fuerza para seguir peleando en todos los frentes; seguramente cansada y al mismo tiempo llena de energía. Tanto como para que, en susurros, nos lleguen todavía las voces de todas esas rusas que intuían o llamaban de algún otro modo eso que ahora para nosotras es convencimiento: que la revolución es feminista o no es.


[1] Sara Hebe, Histórica.
[2] Evans Clements, Barbara (1982). “Working-Class and Peasant Women in the Russian Revolution, 1917-1923”. Signs, Vol. 8, No. 2 (Winter, 1982), pp. 215-235