Bolivia: ¡Paren todo y piensen!

Juan Pablo Neri Pereyra / Foto: Jorge Ábrego (EFE)
¿Qué pasa en Bolivia ahora? Luego de que iniciaran las protestas en las urbes denunciando un supuesto fraude electoral, para favorecer al MAS, el presidente Evo Morales, convencido de su victoria, convocó a sus “bases”, sobre todo del área rural, a defender su victoria. En consecuencia, ahora mismo tienen lugar enfrentamientos entre grupos de la sociedad civil. Esta situación ha reactivado discursos racistas, rencores arraigados en la memoria y ha dado lugar a un conflicto aparente, entre sectores de la sociedad que, en un escenario distinto, informado y pensado, podrían mínimamente empatizar. Pero eso parece más improbable que antes

He aquí una afirmación provocadora: en Bolivia la sociedad movilizada en las urbes “no sabe lo que hace”. Hay algo que la mueve, pero no logra resolver qué es. En términos generales, la gente tiende a movilizarse ante la inminente crisis de un Status Quo o el posible final de un consenso. Por lo tanto, y paradójicamente, muchas movilizaciones sociales inician con el propósito de evitar la crisis, el final de una situación de apariencia funcional. El cambio, en términos de lo que ello implicaría realmente, es algo que asusta profundamente. Como la figura del "horror vacui" en la literatura, como la histeria del enamoramiento, nada angustia tanto como la incertidumbre. Para un bando, por ejemplo, el horror vacui corresponde con la posibilidad de que se acabe el aparente bienestar del periodo denominado “proceso de cambio”, que se tradujo, por ejemplo, en la distribución de pequeños bonos, más con un sentido prebendal que planificado.

Para el otro bando, se trata de la indignación frente al descaro del presidente de, por un lado desconocer los resultados del Referendum de 2016 y, ahora, el supuesto fraude electoral. Sin embargo, el contenido de sus discursos muchas veces bordea lo extremadamente reaccionario. Por lo tanto, otra afirmación provocadora: Marx decía sobre el campesinado, que no constituía una clase social. Lo comparaba con un saco de papas: "las papas en un saco, forman un saco de papas", pero ello no indica de ninguna manera la existencia de una "comunidad". Ahora, si bien es afirmación tenía que ver con las limitaciones de la comprensión de Marx sobre el campesinado ¿No podría acaso aplicarse un razonamiento similar a la denominada "clase media”? Hoy día son las clases medias/bajas, medias y altas urbanas las que mayormente se movilizan en defensa de algo tan fútil como su voto. Esa, por supuesto, es una lucha en el fondo vacía. Es la defensa de un consenso que nunca tuvo lugar: la democracia. En consecuencia asistimos a la movilización multitudinaria de sujetos individuales carentes de conciencia sobre lo que realmente los angustia.

¿Cómo podríamos entonces salir de esta situación fútil y estéril? ¿De este gasto de energía carente de horizonte? He aquí una tercera afirmación provocadora: deteniendo las movilizaciones y asumiendo la tediosa e incómoda tarea de pensar. Pensar, a saber, plantearnos preguntas propiamente hermenéuticas sobre nuestro presente. Por ejemplo, ¿De dónde proviene esta futilidad? ¿Qué hace falta? ¡Tomar conciencia del momento que habitamos y del lugar que ocupamos! En el presente texto propongo algunas claves para pensar el presente, discutirlo, con la esperanza tonta de que convoquen a un debate que vaya más allá de las mismas oposiciones provincianas en las que parece, seguimos atrapados.

Dependencia y precariedad como regla general

Otra pregunta hermenéutica es, en este sentido, ¿Qué hacen las y los bolivianos? Me refiero a para subsistir, sobrevivir. Los sectores económicos que más excedente generan en Bolivia son sectores primarios: hidrocarburos, minería y agricultura (sobre todo el agronegocio). Bolivia depende de sectores que no precisan de mucha gente o recursos humanos. Ergo, siguiendo la premisa de la economía política clásica, sectores que no generan riqueza, sino y solamente excedente. Excedente que es apropiado por élites locales reducidas o, en el caso de los hidrocarburos, redistribuido sin planificación real. Por lo tanto, pese a que los datos macroeconómicos hayan sugerido un crecimiento sostenido, el modelo económico implica que la inmensa mayoría de la gente debe darse modos de subsistir, más allá de estos sectores primarios dominantes. Esto es: en el sector terciario: comercio y servicios.

Una prueba fehaciente de esto que señalo es el tristemente ineficaz plan de empleos del Ministerio de Planificación. La idea inicial del proyecto era promover la inserción de jóvenes en empleos productivos. El problema: no existen empleos productivos en Bolivia. Entonces tuvieron que presionar para incluir empleos en el sector terciario como parte del plan. El resultado: menos del 20% de empleos "creados", siguiendo su planteamiento inicial, y el grueso del dinero, prácticamente, regalado a negocios que no generan ninguna riqueza, o sea excedente que es acaparado por una micro-élite que aprovecha de un plan gubernamental para eximirse de pagar el costo social de su mano de obra.

¿Qué hace el resto de la gente, tanto jóvenes como adultos mayores? Como alguna vez me dijo una joven alteña: "en El Alto toda la gente vende lo que pueda". Nada más cierto, la mayor parte de la gente de las clases subalternas vende algo, lo que sea, dulces, chalinas, ropa usada, comida, guatos, chamarras, ramos de manzanilla, tarjetas de telefonía, remedios naturales, medicina tradicional y brujería. Lo que sea que haya para vender. El resto cocina. Aunque estoy simplificando, esta es la tragedia del boliviano promedio, para subsistir debes vender o cocinar algo; aceptar contratos de tiempo limitado; iniciar pequeños emprendimientos con la incertidumbre de si funcionarán. Actividades que tampoco generan riqueza, porque ni la economía informal, ni el comercio minorista, ni el ‘emprendedurismo’ son garantía de nada. Esto sin contar al gran resto que se emplea como asalariados mal pagados en empleos que corresponden con los sectores señalados.

En consecuencia, la palabra que caracteriza la situación del boliviano promedio en las urbes es la precariedad. Ya sea que se tengan ingresos intermitentes que permitan pagar Netflix y Spotify mensualmente, sin tener jubilación ni seguro médico; o que se tenga que salir cada noche a poner un puesto de venta en las calles, de lo que sea, los bolivianos están insertos en la precariedad laboral que caracteriza la flexibilidad de la explotación en el capitalismo tardío. Un aspecto observable de esto es que los grupos más afectados por la precariedad son jóvenes y mujeres. ¿Cuál es la causa estructural de esta situación? La persistente dependencia de la economía boliviana en los sectores primarios y el incipiente desarrollo del sector productivo, incapaz de absorber mano de obra para producir riqueza.

Lógicamente, esta cuestión de la precariedad debe ser leída desde la brecha entre clases sociales. No es lo mismo ser un consultor independiente, que una vendedora minorista o una cocinera que vende sopa de fideo en las noches. Algunos sectores reducidos de millenials precarios pueden asumir su precariedad como la decisión “libre” de ser freelancer o la noción esquizofrénica del “propio jefe”. Pero la inmensa mayoría está peleando a diario por asegurarse una fuente relativamente estable de ingresos para subsistir. Tampoco debe obviarse el papel que juegan lo que podríamos denominar “precarios privilegiados” en la reproducción de la desigualdad y la marginalidad de determinados grupos. Así como existe una brecha entre clases sociales, también existen relaciones de poder entre las mismas.

Entonces, si usted odia a los “gremiales”, minibuseros, le asustan el cada vez más numeroso lumpen, y no entiende porque sigue habiendo tanta “gente indecente y que huele mal” debería considerar esta problemática estructural. La precariedad en Bolivia es, hoy en día, la regla general. Y, probablemente, usted también es víctima de esta situación. El mismo vicepresidente señaló, en una conferencia de prensa que, en efecto “más del 60% de los bolivianos vive al día”. Lo dijo para criticar las movilizaciones urbanas. Esto es totalmente cierto, algunos sectores que hoy se movilizan en defensa de Evo son trabajadores precarios que viven de lo que ganan al día. La pregunta es, si lo sabían, ¿por qué no hicieron algo al respecto? Ese era su maldito trabajo. Y, por supuesto, también es indispensable comprender por qué estos sectores defienden al gobierno: por sentido común.

“Porque no saben lo que hacen”: Un conflicto aparente más

En el presente asistimos a un conflicto aparente en Bolivia. La mediocre oposición entre “dictadura y democracia” –mediocre porque no considera lo señalado antes– es una dicotomía que está siendo aprovechada por élites que contienden, cada una buscando preservar un Status Quo. Estas élites muchas veces se hallan incrustadas en el corporativismo que, visto de fuera, da la impresión de bloques homogéneos que contienden entre sí. Aquí algunos apuntes al respecto del conflicto:

1.- Las movilizaciones de ambos bandos, en contra o en defensa del presidente Evo, son de carácter conservador. El hecho de ver a Carlos Sánchez Berzain, responsable de las muertes de octubre de 2003, defendiendo “la democracia en contra de la dictadura” es prueba suficiente de que lo que se defiende es un consenso aparente, que en distintos momentos sólo sirvió para apuntalar privilegios de clases dominantes. Pero ver a Evo, refiriéndose a la persistencia de una oposición maniquea entre lo urbano y lo rural, como si fueran dos mundos inconexos e irremediablemente distintos, para justificar su victoria, demuestra un pensamiento tan reaccionario como el del primero. El problema es que ambas lecturas vulgares y conservadoras, lo único que hacen es mantener vivas oposiciones aparentes en el seno de la sociedad boliviana.

2.- No existe una toma de conciencia de las contradicciones reales, aquellas que todavía no se han hecho manifiestas. Todavía vivimos en una aparente estabilidad económica, que hace que, tanto la defensa de ese consenso ilusorio denominado ‘democracia’, como la defensa del gobierno de Evo, parezcan la solución última a una ansiedad y un creciente malestar que no logra hacerse inteligible. El grueso de la población, en sus distintos estratos, percibe desde el sentido común la evidencia de la precariedad. Ausencia de oportunidades laborales, una sensación de insatisfacción e incapacidad de alcanzar metas. Pero el análisis ‘de sentido común’ (es decir carente de reflexión hermenéutica) siempre tiende  a lecturas simplificadas y maniqueas.

Este razonamiento de sentido común no es sólo un problema de individuos, carentes de un sentido propiamente corporativista, como sucede con las clases medias, sino también de sectores corporativizados. En general, se tiende a pensar a la forma en cómo se estructura el corporativismo de una sociedad como el reflejo de las tensiones entre grupos dominantes y subalternos. Indudablemente, las relaciones de poder y dominación forjan identidades colectivas, fundadas en la experiencia, que luego se traducen en organizaciones corporativas. En este mismo entendido, por lo menos desde las diversas lecturas de izquierda, también se ha entendido al corporativismo como aquellos espacios que hacen posible formas de resistencia y disidencia frente al bloque dominante. No cabe duda que esto siga siendo algo cierto, sin embargo también es necesario comprender cómo desenvuelve el corporativismo a través del tiempo.

El corporativismo tampoco está libre de llevar a cabo análisis   de sentido común. A saber, la comprensión espontánea de las contradicciones sociales, que deriva en reivindicaciones circunscritas y muchas veces conservadoras. Algunas que son rápidamente celebradas por los “intelectuales rutinarios” de izquierda. Esta no es una crítica descalificadora, sino simplemente un apunte sobre un hecho fáctico.

Tomemos, por ejemplo, la oposición del “transporte libre” (sector que hoy apoya ampliamente a Evo en las movilizaciones) frente a los intentos municipales en La Paz de modernizar el transporte público. Es una oposición de “sentido común” porque es capaz de comprender que, con el Puma Katari1, se asoma la posibilidad de la desocupación. Sin embargo, el sector es incapaz de problematizar todas las contradicciones de la economía boliviana que conllevan a que miles tengan que optar por el “minibús” como la opción más cómoda de subsistencia. Oposición conservadora que recuerda a los obreros destructores de máquinas de inicios del siglo XIX, que Hobsbawm describía en uno de sus ensayos.

Es, además, una oposición conservadora, porque detrás de su aparente defensa de los intereses de los “transportistas sindicalizados” se halla la defensa de los intereses de las élites del gremio, a saber los dirigentes sindicales y los ‘patrones’, o los propietarios de flotas de minibuses que explotan a un montón de precarios que se emplean como choferes. Pero estas relaciones abyectas de poder, donde median además negociados políticos y vínculos con otras ramas de la economía informal, son encubiertas detrás de la aparente homogeneidad que sugiere la estructura corporativa.

3.- Esto lleva al tercer apunte: No. En Bolivia ahora mismo no tiene lugar una lucha de clases. El mismo análisis que para el caso de los transportistas se puede aplicar a los mineros cooperativistas que hoy también defienden a Evo, por ejemplo. Incluso visualmente, cuando se movilizan por la ciudad con su guardatojos, dan la impresión de un bloque corporativo homogéneo. Detrás de esta imaginería a la que nos hemos acostumbrado, se hallan relaciones de clase y explotación, acumulaciones familiares de riqueza que, en algunos casos, no tienen parangón en el resto de las clases altas bolivianas. Lo mismo sucede con los gremios de comerciantes, nuevamente, retomando la afirmación de aquella estudiante alteña: “En El Alto todo el mundo vende algo, todos se dedican al comercio. ¿Por qué? Porque no hay trabajo”. Detrás de estos gremios se hallan relaciones de poder, muchas veces mediadas por prácticas rurales adaptadas, de reciprocidad, que derivan en nuevas formas de explotación capitalista.

En lo que respecta al campesinado, a pesar del discurso que hoy emplea el gobierno, por ejemplo, para apuntalar antagonismos aparentes, la ruralidad en la actualidad no corresponde de ninguna manera con la imaginación racista de Evo Morales ni de us detractores. Efectivamente, todavía existe un campesinado empobrecido, cuya economía es de subsistencia y cuya calidad de vida es paupérrima. Pero en las últimas tres décadas también tuvieron lugar importantes procesos de migración campo-ciudad, renovación de prácticas como el doble domicilio y la multi-ocupación como estrategia de subsistencia y bienestar; así como la aparición de cultivos comerciales que cambiaron en muchos casos la dinámica del agro.

Por lo tanto, también es una contradicción que deriva del “sentido común”, asumir que el corporativismo es sinónimo de bloques homogéneos. Por lo tanto, la realidad social es ahora tan compleja, que afirmar que existe un conflicto aparente y que en muchos casos los sectores movilizados “no saben lo que hacen”, no sólo es una provocación, sino que se remite a la discusión marxista sobre qué es lo que se halla detrás de este sentido común: pues la ideología dominante (Cf. Althusser; Gramsci).

Leyes de Indias: País de racistas

Para comprender mejor esta aparente oposición entre bloques homogéneos, la política de “identidades”, que arranca en los años 80 y se consolida en los años 90, es otro de los problemas mayores que debemos afrontar ahora. Es decir, la promoción de identidades corporativas (sociales y societales/culturales) que forma parte de la agenda global neoliberal, y que fue continuada por el gobierno del MAS en el marco de la denominada “plurinacionalidad”. Esta es otra afirmación provocadora: la agenda pluralista es parte de un proceso hegemónico mayor, que involucró un importante trabajo de intelectuales, desde la década de los 70. En efecto estas políticas se nutrieron de una literatura etnográfica y etnohistórica, de corte subjetivista y culturalista, producida desde los años 70. No necesariamente porque ese fuera el objetivo (la agenda multicultural), sino porque los intelectuales locales, encargados de llevar a cabo estas políticas, a través de ONG por ejemplo, tenían esa formación.

¿Cuál es la principal consecuencia política de esta agenda, sumadas a la cuestión de la precariedad y la contienda entre intereses sectoriales y de clase? La imposibilidad de que se tejan solidaridades reales entre los distintos grupos precarizados de la sociedad. Esta observación no sólo corresponde con los conflictos que tienen lugar ahora, producto de las elecciones del 20 de octubre. La última década estuvo marcada por conflictos entre sectores, que muchas veces derivaron en enfrentamientos y muertes: enfrentamientos entre campesinos interculturales y comunidades campesinas indígenas por la tierra en el oriente del país (2010-2011); entre campesinos productores de quinua en Oruro y Potosí (2010); entre mineros asalariados y mineros cooperativistas (2012-2013); entre los cocaleros del Chapare y los de los Yungas (2015). Varios análisis apuntan a las políticas de identidad como principal factor causante de estos escenarios de conflicto. Y, la agenda “plurinacional” no hizo más que profundizar esta problemática.

Ahora bien, la construcción y posterior instrumentalización de la diferencia sociocultural, como artefacto de dominación no es un fenómeno reciente. Desde que se emplaza el orden colonial global, ésta fue una de las principales estrategias para establecer poderío sobre poblaciones numerosas: la racialización2 de la desigualdad y la explotación. En América, La diferenciación social, económica y racial fue un objetivo institucional permanente. Y, su propósito siempre fue el de contener a las poblaciones locales, tanto a partir de coartarlas política y económicamente, como a partir de mellar su autoestima a través del factor social, cultural y religioso. Ello explica, por ejemplo, que el sistema de autoridad local (caciques y curacas) fuera instrumentalizado por la administración colonial. Para ello, la sociedad española creó e incorporó en el escalafón social a nuevas élites indígenas que, en muchos casos, abrazaron el estilo de vida y las costumbres de la élite española. Pero el objetivo de esta incorporación era, precisamente, contener cualquier pretensión de equiparación social de las masas de regnícolas.

En otra oportunidad, critiqué el razonamiento de Álvaro García Linera cuando señaló que “la verdadera lucha es de q’aras3 contra indios”. En esa oportunidad argumenté que este razonamiento aparentemente “come q’aras” es en realidad racista para con sus propias “bases”. El sistema de desigualdad boliviano se ha fundado históricamente, y hasta el presente, en la construcción discursiva colonial de la diferenciación sociocultural, como fundamento de la desigualdad. Es decir, en la idea que para una parte de la sociedad aplican las “Leyes de España”, a saber, las normas del mundo civilizado, y para la gran mayoría abyecta aplican las “Leyes de Indias”.

García Linera y, de manera más reciente, Evo Morales, apuntalan esta diferenciación y la capitalizan para justificar su decaída y mediocre legitimidad. Por ejemplo cuando hablan del “voto rural” como si la ruralidad todavía consistiera en comunidades homogéneas y circunscritas. Si bien, en determinados casos puede existir un voto corporativo, el campo boliviano no está exento de procesos de articulación comercial, diferenciación social y acumulación desigual de riqueza producto del excedente campesino.

La élite en el poder, o sea el MAS, no logró resolver esta tensión en la década que estuvieron en el poder. Al contrario, se ocupó de mantenerla vigente a partir de un discurso de antagonismo identitario simplista, que lo que hace es generar un conflicto aparente entre sectores de la sociedad cuando, idealmente, un “proceso de cambio” debería haber contribuido a superar las diferencias provincianas, con miras a un proyecto universalista e ilustrado4 –como reza cualquier propuesta propiamente de izquierda–. El hecho que ahora, la clase media movilizada todavía se refiera a su opuesto de sentido común como  los “Laris” o “la indiada”, es prueba de que siguen bastante vigentes imaginarios que se pensaban superados o, por lo menos, “domesticados”.

Del otro lado sucede lo mismo: los “q’aras alcahuetes de Carlos Mesa” son también un enemigo de sentido común en el conflicto aparente, que hoy (28 de octubre de 2019) Evo Morales promueve abiertamente, cuando llama a cercar las ciudades. Seguimos siendo un país de racistas. Toda la perorata de lo “plurinacional” no sirvió más que para encubrir la desigualdad y la postergar de la discusión seria sobre las problemáticas estructurales, detrás del velo de lo cultural. Vemos, por lo tanto, que ese componente de la agenda neoliberal ha sido exitoso: desplazar la contienda a la sociedad, entre grupos subalternos, postergando la discusión sobre los fundamentos de la desigualdad. Desigualdad que da lugar a reacciones de sentido común como la que vemos hoy.

El principal problema es que, en términos materiales y sociales concretos, sigue existiendo una diferenciación entre un grupo privilegiado para el cual aplican las “Leyes de España” –en un sentido figurativo– y un grupo subalterno mayoritario, para el cual todavía aplican las “Leyes de Indias” en un sentido más literal. Pero la solución a esta contradicción de orden estructural no puede ser la lectura maniquea y simplista de que “la verdadera lucha es de q’aras contra indios”; o “Evo=Dictadura; Mesa=Democracia”. Sino el desmontaje de toda la estructura de desigualdad que mantiene esta diferenciación.

Todos formamos parte del problema. Por lo que la opción más radical ahora sería detener todas las movilizaciones, y comenzar a pensar. Discutir amplia y abiertamente estos y otros temas. Plantearnos preguntas hermenéuticas: concretas pero difíciles de responder. Salir de la zona de confort, que también comprende el ejercicio fútil de adherirse a movilizaciones que carecen de una sustancia real. Está bien “defender tu voto” pero ¿para qué? ¿Qué defiendes en realidad cuando dices que defiendes tu voto? Las consecuencias de seguir actuando impulsivamente, desde el sentido común que se nos impone, pueden ser catastróficas.


Notas

1. El denominativo de los buses municipales.
2. Agradezco a Enrique Castañón por contribuir con esta precisión conceptual.
3. Término en aymara que se utiliza para referirse despectivamente al hombre blanco.
4. Es verdad que a una parte de las izquierdas latinoamericanas este tipo de afirmaciones les causan pavor. Como me señaló Claudia Espósito, el proyecto ilustrado no sólo permitió el planteamiento de principios ilustrados, sino que también fue fundamental para el desarrollo del capitalismo, por ejemplo, en lo que respecta a la idea de progreso. Sin embargo, el pensamiento ilustrado no se reduce al ideario burgués de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, sino que también abarca las reacciones críticas a este ideario. El materialismo histórico es una reacción ilustrada frente a la ilustración, pues le critica al pensamiento ilustrado clásico la omisión deliberada de discutir las condiciones materiales del avance -o no- hacia una ética verdaderamente universal. En este sentido, Marx y Engels no dejan de postular la prevalencia de la razón, como el instrumento para desenmascarar la fetichización de las relaciones sociales: develar las fuentes de la miseria humana, más allá de la idea de la sola realización o auto-poiesis del individuo. El pensamiento de izquierda tiene una vocación ilustrada y universalista, que no debe confundirse con el provincianismo occidental.