Bolivia: Nuestras voces se niegan a quedarse en el silencio de la guerra patriarcal

Claudia López Pardo*/ Foto: articulación Wañuchun Machocracia
El lunes 23 de diciembre a pocos días de cerrar el 2019, un grupo de mujeres de diferentes organizaciones, algunas feministas, otras universitarias, artistas, todas en lucha, rompimos el silencio y tomamos las calles del centro cochabambino para gritar “No nos callamos más, no aceptaremos que nos sigan amenazando con violarnos y abusar de nuestros cuerpos”

Retar al miedo juntas

El lunes 23 de diciembre a pocos días de cerrar el 2019, un grupo de mujeres de diferentes organizaciones, algunas feministas, otras universitarias, artistas, todas en lucha, rompimos el silencio y tomamos las calles del centro cochabambino para gritar “No nos callamos más, no aceptaremos que nos sigan amenazando con violarnos y  abusar de nuestros cuerpos”. Tomadas de las manos, en fila, cubiertas de colores, flores, máscaras y sólida firmeza, salimos a expresar nuestros sentimientos porque hasta ahora la crisis solo ha desatado odio, incertidumbre, miedo, y violencia en una polarización confusa que nos ataca en primer lugar a las mujeres amenazándonos de diversas formas.

Muchas habíamos callado en el ámbito público por un largo tiempo. “El silencio me está asfixiando” decía más de una cuando nos reunimos para organizar la acción. Esa tarde de lunes soleado, nos encontramos en una plazuela para poner palabras propias en carteles que expresaban lo que esta lógica de guerra nos está produciendo. Desarmar la guerra es para nosotras desenmascarar los límites de la supuesta tregua de la pacificación lograda en ciertos niveles de la negociación partidaria más no en la realidad cotidiana que continúa nublada por la violencia. Desde ahí convocamos con una clave que se ha repetido no solo en el último parlamento de mujeres organizado por la Articulación Wañuchun Machocracia (Muerte a las machocracia) sino también en varios de los encuentros entre mujeres: “La violencia de los machos nos está llevando al tacho”1.

En los tiempos de crisis desatados en el último conflicto, una de las sensaciones permanentes ha sido el de estar conectadas a una dinámica agresiva lo que no nos permitía digerir ni una cosa entera por la velocidad de lo cambiante. Sin embargo, entre tanta confusión hay una repetición, la palabra violación como lenguaje, mandato y práctica de ambos lados de la polarización nos dice también que la lógica de guerra es contra las mujeres, jóvenes y niñes de todas las edades. Por esa razón queremos politizar su significado y advertimos el peligro de su naturalización.

¡“Las mujeres nos organizaremos y a toda esta guerra la desarmaremos”!, es el grito que nos convoca y desde ahí tomamos las calles del centro de la ciudad para terminar en la Plaza 14 de Septiembre donde armamos un árbol de navidad que cargaba nuestras palabras: “Noganchis”que quiere decir, nosotros todos incluidos. Para las mujeres y organizaciones de feministas de la Llajta, denunciar la instalación de una guerra violenta no es solo una necesidad, es una urgencia vital ¡“Ni Evo nos salvó, ni el motoquero nos protegió, ni la policía nos cuidó. Nosotras nos cuidamos, nosotras nos protegemos”! decían las más jóvenes en aquella acción pública.

Las mujeres estamos decididas a continuar el dialogo entre nosotras, y por eso estamos cuidando y nutriendo los espacios donde desplegamos nuestra propia forma política. A comienzos de este año organizamos una asamblea de análisis de coyuntura para escucharnos y porque sentimos la necesidad de construir nuestra propia narrativa de lo acontecido durante la crisis. No ha sido un ejercicio fácil porque estamos conscientes que la lógica polarizante abarca distintos niveles sensibles de la comprensión de la realidad. El rompecabezas no está completo. En el mientras, estamos decididas a politizarnos en la diferencia y desde ahí seguimos movilizadas denunciando la extensión de las mediaciones coloniales y patriarcales.

Continuando el hilo de movilización, el 6 y 7 de febrero organizamos dos jornadas2: la primera para desagraviar a las mujeres cholas que habían sido violentadas por la autodenominada Resistencia Juvenil Cochala (RJC) en un ejercicio político autónomo y apartidario de reconocimiento de nuestros linajes, en un contexto que tiende a esencializar el uso de las polleras. La portada del diario Opinión destacaba en primera plana: “Mujeres plantan cara a Resistencia”. Nuestros carteles decían “No a la instrumentalización de las polleras”. Entramos a la Plaza de Cala en fila, con las fotos de nuestras abuelas y madres pegadas en el pecho. Esa tarde, como parte del reconocimiento de nuestros linajes, reivindicamos a nuestras ancestras, lo hicimos juntas y organizadas con la claridad de que el feminismo nos provee de un lugar de enunciación propio apegado a la autonomía política. Estamos dándole forma a las alianzas con otras mujeres y organizaciones a partir de lo diferente y lo plural. Nuestra propia política nos hace desencializar lo identitario trabajando nuestra herida colonial al reconocer que nuestras raíces indígenas no nos hacen culpables, nos hacen libres.

El segundo día en formato mixto, se celebró en coordinación con las compañeras de las Rebeldías Lésbicas y el Congreso de Mujeres Lesbianas y Bisexuales de Bolivia que se habían citado en Cochabamba a realizar un ritual de ofrenda y desagravio. Tomamos el espacio de Cala Cala, esta vez para llenarle de nuestra energía colectiva. K`oamos (ofrendamos) para sanar el espacio y llamar a nuestros ajayus (almas), a la vez que nos llenamos de la certeza de que nuestra forma política en lucha -tan amenazada por las formas liberales, y partidarias- se presenta vital y con fuerza.


Conexiones en tiempo real

Escribo tras recibir la noticia del feminicidio de Ingrid Escamilla de 25 años, asesinada por su novio, Erick Francisco Robledo veinte años mayor que ella, el domingo 9 de febrero. Ingrid fue desollada de forma despiadada, en su casa de la Alcaldía Gustavo A. Mader, en la Ciudad de México. Dos medios de comunicación han sido denunciados por hacer uso de las imágenes para consumo en complicidad con agentes de la Fiscalía General que habrían filtrado las imágenes del cuerpo de la joven. La indignación del movimiento feminista no se ha dejado esperar, estallaron movilizaciones en todo el país3. Se presume que en México asesinan por día a 11 mujeres4. En un contexto de guerra, los crímenes contra las mujeres se cometen y naturalizan de forma brutal. Desde que vivo aquí los casos han sido cada vez más crueles y la continuidad es impresionante. Una apenas se recupera del último feminicidio y sucede el próximo, en consecuencia, el tiempo para la elaboración de las emociones es casi inexistente.

Conecto esa sensación con la noticia de que entre enero y febrero de 2020, en Bolivia son 22 los feminicidios y que aún hay caminos por recorrer para la politización de la violencia patriarcal. Se tiene en común con los casos mexicanos que en la mayoría de los asesinatos, el victimario es la pareja o el conyugue, y se cometen en el espacio privado. La forma cómo los medios de comunicación espectacularizan las muertes de las mujeres profundizando una pedagogía de la crueldad5, animando a la imitación, es otra similitud. En mi casa familiar, se eliminó la costumbre de combinar la comida con la hora del noticiero porque de un tiempo a esta parte, todos los canales le dedican gran parte de sus contenidos a la nota amarilla y a los crímenes feminicidas. Resulta realmente enfermizo tragar dolor y alimento a la vez. La revictimización por las instancias gubernamentales y por las instituciones que se “encargan” de su tratamiento, es también otra repetición. Por último, la impunidad frente a la no resolución de los casos.

Tejo estas ideas sobre Bolivia con lo que sucede en México teniendo en cuenta que la guerra6 de ese país y sus consecuencias caen principalmente sobre las comunidades y las mujeres. Se trata de una guerra contrainsurgente, que a nombre de una lucha contra el narcotráfico, despolitiza la violencia encubriendo sus objetivos de disciplinamiento y control de la población en su conjunto. Mirar el camino recorrido en la construcción histórica de la narrativa sobre la guerra mexicana podrían darnos algunas pautas para entender mejor el conflicto post electoral y la crisis boliviana que en su fase actual delinea una pacificación llena de oscuridades, y de múltiples violencias. Señalo también que es importante mirar con atención que en un territorio en guerra la violencia patriarcal se recrudece. Pero ¿Qué vemos desde el lente feminista sobre el escenario boliviano? ¿Cómo lo estamos interpretando?

Las violencias de la polarización

Durante los días más intensos del conflicto, entre los meses de octubre y
noviembre de 2019 muchas de nosotras tuvimos la sensación de quedarnos atrapadas en una incomprensible pesadilla producida por la lógica binaria de la polarización7 entre dos bandos que se disputaban el poder estatal.

Nosotras que venimos produciendo reflexiones críticas hace mucho, no estábamos pudiendo elaborar con claridad las violencias producidas en un escenario entre la forma progresista de gobernar de Evo Morales y la forma liberal de una derecha que había encontrado gran aceptación en sectores diversos de la urbe. La crisis que ya tomaba forma, se nos presentaba antes de octubre, con la continuidad del progresismo extractivista y autoritario, rechazado a través de mecanismos liberales donde lograron incluirse los ultra-conservadores oligarcas de derecha.

La crisis arrojó ante nuestros ojos un escenario lleno de contradicciones donde la escalada de violencia silenció a la población en general, y a las mujeres en particular. Despertamos abruptamente a un contexto opaco donde la política patriarcal de uno y otro bando nublaba cualquier posibilidad de comprensión, sobre todo entre el 8 al 11 de noviembre donde la disputa por el poder estatal y el control militar se hizo más explícita.

Los diversos pactos patriarcales emergentes en la polarización, encumbraron a figuras de caudillos que con discursos conservadores correspondientes a una lógica de guerra reprodujeron violencias tanto para preservar o para tomar el poder estatal, sobre todo en los momentos más complicados de la crisis. La crisis política en el fondo significó la caída de un régimen político y el ingreso por la ventana al control del estado -cubriéndose con un ligerísimo velo legal- de la derecha más agresiva y conservadora. La lógica de guerra ha instalado con un discurso de “legitimidad” la justificación de represión militar y policial, y la instalación de grupos paramilitares urbanos que en el contexto actual, acosan a determinados segmentos de la población. Así, se implementó la circulación de odio, brotes fascistas y un profundo proceso de descomposición social, además de la continuidad de la lógica de venganza/revanchismo de quien ocupe la forma estatal.

¿Y en Cochabamba?

Si bien durante el conflicto post electoral en Bolivia la crisis se instaló en ciertas geografías, tomó formas específicas en El Alto y en Cochabamba. En la Llajta, como llaman a Cochabamba, se instaló de manera particular. Es desde esta geografía que se construye este relato y es en diálogo con otras que se plantea la propuesta de desarmar la guerra. Violeta dice que cada una vivió el conflicto desde un lugar situado determinado por su entorno geográfico y según “si vives en el campo o en la ciudad”. En la Llajta se ha profundizado la mediación colonial expresada en racismo que ya venía delineándose con fuerza desde el 2007 cuando casi se produjo una guerra civil enfrentando a los del campo y la ciudad.

La Llajta, que significa pueblo, es la tercera ciudad en importancia económica de Bolivia. El área rural está tenuemente distanciada del cercado citadino. Las fronteras entre lo rural y lo urbano son casi imperceptibles. Por eso, no se comprenden las separaciones que tras el conflicto se han profundizado con tenacidad. El contexto de polarización es caldo de cultivo para la violencia racista generalizada y las expresiones de odio contra la población campesina e indígena no se hicieron esperar. El conflicto arrojó la estigmatización y la degradación de la chola. “Todo el mundo tiene una abuela chola que nació en Capinota, Arani o Vacas” señalan las mujeres con quienes nos movilizamos en una de las acciones de diciembre pasado. Una de ellas portaba un letrero pegado a su cuerpo que decía “Somos diversas y libres”. Al parecer, a les cochabambinos se les ha olvidado eso y las fronteras están creciendo en el imaginario social, incluso dentro de la ciudad, entre los del norte y los del sur. La polarización generada entre un movimiento urbano mayoritariamente de derecha y les partidarios del MAS juegan a construir historias o realidades paralelas donde se promueven separaciones de tipo racial y económico –aunque no solo. Sin embargo, desde el 20 de octubre ambos lados dialogaban a través de la violencia como lenguaje común.

Cochabamba también es conocida porque el voto a favor del Movimiento al Socialismo (MAS) se imponía departamentalmente en todas las contiendas electorales. Los resultados de las últimas elecciones arrojan casi un 56% (dato que está en cuestión desde el día de las elecciones de octubre 2019) sobre todo por la votación dura del área rural donde el corporativismo del MAS aglutina a la federación de campesinos de los valles y al movimiento cocalero.  Asimismo, Cochabamba no solo es conocida por su gastronomía sino por la producción de coca en la zona del Chapare, lugar relacionado al narcotráfico. Durante el gobierno anterior esta zona se convirtió en “territorio autónomo”. El gobierno actual amenaza con intervenir militarmente para retomar “su control”.

Si la disputa por el estado ha sido lo determinante para los bandos que se enfrentan en la polarización, es importante mencionar que en un escenario de fuerzas confrontadas la toma del poder estatal determina la correlación de fuerzas favorable a la lógica de guerra o su instalación material. El pacto patriarcal que gobierna el país actualmente tiene el control del ejército y la policía- antes controlados por el MAS- y tiene los medios para producir un tipo de guerra bajo el supuesto de combatir el terrorismo y el narco, que avalan estructuras armadas paramilitares extendidas en todo el país8. Tales elementos sobresalen para la comprensión sobre la producción de material de guerra.

En este punto tal vez valga la pena, reflexionar sobre la continuidad de la violencia en la Llajta. El 2019 se registraron 116 feminicidios a nivel nacional. En Cochabamba los casos suman a 25, de los que solo dos tienen sentencia9 debido a que el estado y sus instituciones no garantizan la atención a los casos de violencia. Por lo tanto, no hay (y no ha habido) justicia para las mujeres asesinadas por la violencia machista. Con esa cifra el departamento ocupa el segundo lugar nacional en feminicidios.

La saña y la crueldad de las muertes, como el caso de Estéfany Jácome quien murió a causa de las 41 puñaladas que su pareja Salomón Méndez  le descargó en el torso, marcó el último feminicidio de 2019 haciendo ver que en la mayoría de los casos las mujeres vivían en ambientes tremendamente violentos. Lo que abre a la reflexión de que las condiciones para la naturalización de la violencia anteceden a la crisis política y que el conflictivo contexto habilita el campo de batalla donde se la legitima. La violencia está cobrando costos nuevos sobre los cuerpos de las mujeres y eso alarma. Lo vemos en los últimos feminicidios, en la impotencia y la rabia por las muertes de las mujeres, y porque con MAS o sin MAS nos siguen matando. En lo que va del año 2020, Cochabamba reporta 5 casos manteniendo el segundo lugar, luego de Santa Cruz. El gobierno actual ha declarado alerta nacional, pero mientras a las mujeres nos siguen tratando como sector, la violencia machista no se resuelve con centralidad, más aun en un escenario pre electoral desbordado de política patriarcal. Se entiende así que los casos de violencia racista cometidos y las amenazas de violación no se traten y/o se invisibilicen.

Las mujeres sentimos la violencia como experiencia cotidiana, y eso nos hace politizarla e identificarla de manera concreta. Mientras en la ciudad hay una “tregua” por ahora, las mujeres estamos conviviendo con el “Vamos a violarte con este palo” o el “Te estamos esperando para llevarte a ese motel”, “Marimacha de mierda, te vamos a meter un tubo en el culo para que sepas lo que es”10 frases que varones violentos y furiosos de la estructura paramilitar RJC les gritaron a las jóvenes que hacían vigilia durante la elección de vocales del TSE en la Asamblea Departamental de Cochabamba en diciembre pasado.

No es novedad. La  carga de la amenaza de la violación parece un mandato a cumplir por los varones que han decidido ir a la guerra con todo.  La consigna es “Te vamos a violar”. A Soledad Chapetón, Alcaldesa de El Alto, partidarios del MAS amenazaron con violarle 200 veces el 19 de noviembre pasado de 2019 cuando atentaban contra el inmueble de la autoridad, en un momento en que la polarización tomaba mayor forma.

En tal escenario tampoco es novedad que las prácticas racistas de los mismos paramilitares hayan atentado contra mujeres de pollera el pasado 17 de enero11 desalojándoles violentamente de la Plaza de Cala Cala, espacio público convertido en bastión del  grupo irregular. El hecho detona lo siguiente: la legitimidad operativa de los grupos armados y las estructuras violentas heredadas del conflicto son una continuidad que quiere instalarse para avalar un sentido de seguridad belicista, que a la vez profundiza la estigmatización de lo otro y diferente, y privatiza el uso de espacios controlados por un bando.

Queda claro que las mujeres sentimos y sabemos en y desde nuestros cuerpos que la sociedad patriarcal es violenta, abusadora y que gobierne quien gobierne legitima un tipo de estado que protege a personas e instituciones a través de prácticas de complicidad, que nos quieren calladas y disciplinadas. Además sentimos que la escalada de violencia en la Llajta está tomando otras formas y prácticas que antes del conflicto no se percibían o por lo menos no eran tan visibles y legítimas. Hoy en día el racismo y el machismo se expresan abierta y descaradamente. Así sucede en tiempos de guerra. Al parecer, todo vale.

¿Qué nos une y por qué nos movilizamos?

La pacificación no ha llegado a Cochabamba, no mientras circulen legítimamente las amenazas y violación y se naturalice el continuum de violencia en contra de todas las mujeres. Asistimos a la extensión de un tiempo largo del conflicto y a la instalación material de una guerra que estamos tratando de comprender. Por esa razón reivindicamos la necesidad de politizar el conflicto actual y comprender la lógica de grupos, estructuras que continúan reproduciendo la violencia a nombre de seguridad y protección.

Advertimos de que operan bajo el aval de personas e instituciones que quieren extender los tiempos de la crisis y alimenta a una polarización que sigue cobrando víctimas. Los hechos que nos arroja la realidad son inéditos y preocupantes, por lo tanto requieren de nuestra atención. Señalamos también que se está naturalizando la figura del macho violento, armado e impune que a nombre de la guerra, producida por el binarismo, está atentando contra todas las mujeres de todas las edades. Entendimos entonces que se busca entronar a machos, machas y a caudillos.

Amapola, una joven mamá de tres niñes en una reunión organizada para compartir reflexiones decía que está decidida a sacar la voz en un tiempo que aunque complejo, nos convoca a acuerparnos entre mujeres para no solo denunciar la violencia sino para transmitir a nuestras hijas e hijes, las luchas que venimos dando por conservar nuestros tejidos vitales que hoy están amenazados. A nosotras nos hizo sentido que desarmar la guerra significa también cuidarnos, cuidar nuestras tramas, a los mayores, a nuestros hijes quienes hoy están expuestos y están creciendo en el seno de una sociedad que amenaza con descomponerse cada vez más.

Afirmamos entonces, que nuestra lucha es también por evitar que se sigan rompiendo nuestros vínculos amenazados por el proceso de facistización en marcha y por la violencia que continúa expresándose y expandiéndose de manera impune y cotidiana. Las mujeres proponemos producir justicia a partir de nuestras propias prácticas señalando a la violencia sexual, que gran parte de la sociedad quiere invisibilizar,  naturalizar y ocultar.

Manifestarnos ha sido definir las claves que iremos encontrando mientras politizamos el cómo desarmar esta guerra. Movilizarnos ha sido la primera acción que ha significado politizar nuestros miedos y convertirlos en ideas  para transformarlas en un hacer que nos desplaza de la impotencia producida por una lógica que tiene a los cuerpos femeninos como objetivo. Estamos abriendo un horizonte que tiene nuestras palabras, nuestros temores, nuestra creatividad pero también nuestra esperanza.

Cerramos nuestra acción de viernes 7, marchando. Nuestros corazones dieron saltos al ritmo de la batucada lesbofeminista. Las mujeres diversas inundamos las calles del centro cochabambino, lo hicimos juntas bajo la lluvia, hasta la plaza principal 14 de Septiembre. En las puertas de la catedral nuestras hermanas de Red irrumpieron diciendo “Estamos juntas en la lucha, resistiendo contra todo aquello que se nos viene encima, y  a lo que quiera aplastarnos, hoy con furia en el alma con el corazón dolido pero el espíritu fuerte”. Nuestras voces se niegan a quedarse en el silencio.
 

*Es boliviana, feminista e investigadora, vive entre México y Bolivia desde 2016.  El presente artículo tiene los aportes del trabajo reflexivo común con el colectivo “Desarmar la guerra” compuesto por mujeres de México y Bolivia; así como también del diálogo con mujeres y colectivos de investigación y militancia de Cochabamba y La Paz.
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Notas:
1. María Galindo y las Mujeres Creando, desde el inicio de la crisis pudieron transformar las mediaciones patriarcales por mediaciones femeninas instalando diversos espacios entre mujeres y los parlamentos para hacer pública la palabra femenina. La Articulación Wañuchun Machocracia, de forma autodeterminada le dio continuidad a esta iniciativa con otras acciones.

2. Las compañeras del Colectivo de comunicación Chaski Clandestina-o realizaron una nota completa sobre las jornadas: https://chaskiclandestina.org/2020/02/11/jornadascocha/?fbclid=IwAR3l5RO...

3. https://www.sinembargo.mx/14-02-2020/3730621?fbclid=IwAR1Alh8Zu8qk3vsVdT...

4. Según el Informe oficial de violencia feminicida ONU Mujeres y del Instituto Nacional de las Mujeres.

5. Rita Segato  en https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/9517d5d3-4f92-4790-ad46-8...

6. La investigadora Dawn Paley ha trabajado en darle forma a los contenidos de la guerra neoliberal desde sus diversos aportes. Su libro Capitalismo antidrogas –una guerra contra el pueblo, es uno de sus trabajos fundamentales: https://libertadbajopalabraz.wordpress.com/portfolio/capitalismo-antidro...

7. No es mi intención analizar cada una de las fases de la crisis, en cambio, me propongo empezar a delinear las violencias  instaladas y los nudos que desde la perspectiva feminista venimos analizando.

8. https://www.opinion.com.bo/articulo/cochabamba/resistencia-juvenil-expan...

9. Fundación Voces Libres https://www.lostiempos.com/actualidad/cochabamba/20191229/116-feminicidi...

10. Testimonios de Jazmín y Delia en el II Parlamento de Mujeres organizado por la Articulación Wañuchun Machocracia el 19 de diciembre de 2019.

11. https://www.lostiempos.com/actualidad/cochabamba/20200117/resistencia-de...