Brujas de todos los mundos: ¡distribúyanse!

Alana Moraes / Foto: rebelarte.info
¿Cómo narrar un mundo en el cual nosotras, mujeres, fuimos continuamente exiliadas, expulsadas, condenadas? La historia es, sobre todo, el terreno de los vencedores. Y la metáfora un arma para neutralizar el acontecimiento. Buscamos por eso la materia prima del habla, pausas, gestos, silencios, el grito.

Somos el fin de la posibilidad interpretativa y su autoridad significadora. Es así que contamos nuestras historias. Es del manglar, de la espesura anónima que recibe todo lo que muere y todo lo que nace. Es de la calle sin salida, de las encrucijadas, de las cocinas humeantes y de los secretos que fabricamos nuestra poética y nuestras alianzas.

Tal vez sea necesaria una ruptura con el propio lenguaje.

Por eso este es un discurso de evocación. Porque es urgente destruir el sentido metafórico en nombre del cual, durante siglos, la historia de las brujas fue congelada. Un habla de evocación es también el esfuerzo de corporificación del discurso. En hechicería las palabras funcionan como materia. Ellas vibran como flechas: circulan, alcanzan, transforman. La palabra desautorizada actúa en el mundo provocando temor en los altares del discurso oficial: de la medicina a los gobiernos, de los viejos a los nuevos hospicios, del casamiento a la soledad de las mujeres prostitutas.

Evocar a todas las brujas para contar una historia sobre el fin del mundo. Barrer la historia a contrapelo. Una poética benjaminiana de la redención de los vencidos -¡de las vencidas!- como única posibilidad de futuro. No es completamente cierto que las brujas fueron cazadas y matadas en nombre de un oscurantismo religioso. ¡No! Ellas fueron quemadas también en nombre de un futuro. Un futuro fabril, asalariado, masculino y moderno. Un futuro cromado, veloz e imponente. Un futuro diseñado entre gruesas y protegidas paredes, anunciado por voces militares y pálidas.

Stengers, bruja belga, dice que “los verdaderos herederos de los cazadores que quemaban brujas son las ciencias humanas que transformaron ese mundo en no-acontecimiento: un mundo de pobres viejas -dicen ellas- era solo cuestión de superstición.”

En Calibán y la Bruja, Silvia Federici, bruja italiana, nos ofrece un tratado de redención: contar la historia del surgimiento del capitalismo como la historia de una guerra contra las mujeres.

Nuestra pregunta se hace eco y persigue los laberintos de los siglos: ¿por qué una de las mayores masacres de la historia -aquella cometida por la iglesia, por la intelectualidad de la época, por la naciente burocracia estatal, por las élites económicas- una masacre que exterminó, persiguió, torturó a miles de mujeres, por qué esa historia de una violencia originaria fue borrada siglo tras siglo?

Conectar el pre capitalismo con el pos capitalismo es un sobrevuelo trans histórico, ni tan bajo que nos engañe la visión, ni tan alto que nos embriague el vértigo de una historia trascendente, la que proclama la ciencia histórica que todo ve con los ojos de dios. El vuelo de las brujas, al contrario, es siempre un vuelo entre capas, polinizador. Volar por los intersticios. Fertilizar. Somos herederas de los dislocamientos, de la luna llena, de la agricultura y la posibilidad de permanecer.

Recuperar el inicio de la historia para no olvidar que la caza de brujas alcanzó su cima en Europa entre los siglos XVI y XVII, o sea, en una época en la cual las relaciones feudales ya estaban dando lugar a las instituciones económicas y políticas típicas del capitalismo mercantil. Para no olvidar que la caza de brujas, antes de diseminarse como una guerra acusatoria contra las mujeres, fue organizada por un aparato administrativo oficial. Política de estado, con todas las letras mayúsculas.

La caza de brujas fue el modo por el cual las mujeres fueron expropiadas de sus propios cuerpos, de control reproductivo y de la vida comunitaria. En las propiedades colectivas, típicas del modo de producción feudal, a pesar de la división sexual del trabajo existente no había una jerarquización radical entre los trabajos. Fue preciso el trabajo asalariado, el que sucedía fuera del espacio colectivo, para que la jerarquía se instaurara. Expropiadas de la posibilidad de producción comunal, excluidas del trabajo asalariado, las mujeres fueron de a poco empujadas al espacio doméstico y al trabajo interminable y no pago de la reproducción de la vida y la fuerza de trabajo. Una verdadera fábrica social capaz de producir la mano de obra y reproducirla cotidianamente. Silvia diría que la amenaza de la hoguera elevó barreras más formidables alrededor de los cuerpos de las mujeres que aquellas levantadas cuando las tierras comunales fueron cercadas.

Estamos bien próximos al perturbador paisaje descrito por Marx como la acumulación primitiva del capital. Evocando a Silvia otra vez: “Marx nunca podría haber imaginado que el capitalismo preparó el camino para la liberación humana si hubiera mirado la historia desde el punto de vista de las mujeres.”

La acumulación primitiva no es un momento originario, como pensaba Marx, sino la forma por la cual el capitalismo administra sus propias crisis de vez en cuando: la expropiación masiva de trabajadores agrícolas y campesinos, el encarcelamiento en masa, la escalada de violencia y persecución contra las mujeres, nuevas diásporas de trabajadores migrantes y, consecuentemente, los movimientos de persecución de estos trabajadores. La escalada del feminicidio como expresión del deshilachamiento continuo del tejido social (el odio de los cazadores nunca nos abandonó). La violencia doméstica casi siempre comienza con un castigo por el no cumplimiento del trabajo doméstico. Y el feminicidio casi siempre es una comunicación de la soberanía masculina mediante la muerte de un cuerpo no domesticado. El estado que destruyó nuestras posibilidades asociativas y prácticas hermanadas es el mismo que nos promete justicia. No creemos. El capitalismo es una guerra perpetua contra las mujeres.

El pacto fundador del capitalismo moderno es la guerra contra las mujeres en Europa, la guerra contra los pueblos indígenas y luego la esclavitud negra en las colonias. Guerra también epistemológica, porque fueron modos de pensar el mundo, modos de pensar la interdependencia, el placer, los que fueron sistemáticamente suprimidos y lanzados en ese abismo de la superstición.

En los juicios por brujería, la “mala reputación” era prueba de culpa. La bruja era también la mujer desobediente que “respondía”, discutía, insultaba y no lloraba bajo tortura. No obstante todavía leemos en algún muro de Hanói o Cochabamba: “somos más que herejes, somos paganas.”

Tampoco hay que olvidar el papel de la nueva moldura familiar: complemento del mercado, instrumento de privatización de las relaciones sociales y, sobre todo, de propagación de la disciplina capitalista y de la dominación patriarcal. La familia también surgió en el periodo de acumulación primitiva como la institución más importante para la apropiación y el ocultamiento del trabajo de las mujeres. Un nuevo régimen de regulación doméstica y patriarcal del trabajo. Herejes del nuevo mundo moderno. Herejes del régimen asalariado. El capitalismo no sería posible sin estos dos cercamientos fundamentales: el de las tierras y la posibilidad comunal por un lado, y, por otro, el cercamiento de nuestros cuerpos y su transformación en un terreno inagotable de apropiación del trabajo. Herejes del futuro.

Elaboramos en todo este tiempo un idioma de protesta corporal contra la disciplina del trabajo. En São Caetano do Sul, un suburbio de la ciudad de San Pablo, el diablo apareció frente a varias operarias de una nueva sección donde se realizaba la selección, clasificación y embalaje de ladrillos en la Cerámica São Caetano S.A. Durante varios días sucesivos, en el año 1956, las mujeres se desmayaban en el taller de la fábrica después de ver a los demonios que acechaban.

Finales de los ochenta, en las fábricas de electrónica de Malasia, centenares de mujeres son poseídas por demonios y se desmayan continuamente en la línea de producción.

Somos muchas más de lo que la fábrica podría soportar.

Es preciso por lo tanto saber heredar la experiencia de las brujas, saber evocarlas para pensar también una otra política, una política del medio, como sugiere Stengers, que no se obsesione con la micropolítica ni se pierda en los caminos infértiles de la macropolítica, esa que hace muchas veces el trabajo del capitalismo: descuidar los vínculos, las pequeñas alianzas, las constituciones de nosotros mismos.

Una “política del medio” es una política extremadamente pragmática. Las brujas son extremadamente pragmáticas. Verdaderas expertas de la experimentación. Nuestras preguntas deben ser: “¿cómo funcionan las relaciones?” “¿de qué materiales están hechos los vínculos?”. Conocer el terreno, entender sus propiedades, desestabilizar continuamente las fronteras que separan el cuerpo de la tierra, el trabajo de la vida. Las brujas fueron representadas volando en sus escobas porque siempre desdeñaron las fronteras.

Este conocimiento del terreno, pragmático, nos hace pensar en la construcción cotidiana de este mundo siempre materialmente provisorio y que solo puede ser sustentado por una práctica constante de la producción de relaciones.

Lo que las brujas poseían -y todavía poseen- es una poderosa tecnología de pertenecimiento. “¡Hay que mezclarse entre diferentes!”, como nos dice la bruja boliviana María Galindo: entrar juntas y asaltar las mesas desordenando todo. La comunidad también puede ser un lugar privilegiado de la reproducción patriarcal, como ella misma nos cuenta sobre el Buen Vivir. Por eso, nos queda producir las alianzas insólitas, las alianzas prohibidas entre putas, lesbianas, indígenas. Una comunalidad radical hecha de implicaciones. Volverse capaz de hacer y de pensar porque se pertenece a algo. No es posible ser libres solas, lo sabemos. Por eso precisamos de círculos, rituales de experimentación del vivir juntas. Precisamos reactivar el cuerpo y la fiesta. Sintiendo, venceremos.

Evocar también a las mujeres que eran guerreras. Las brujas soviéticas que estaban en la línea de frente para contarnos que la guerra no tiene rostro de mujer. “Somos gente de comunión”, nos recuerda Svetlana, bruja ucraniana, hablando entre los escombros femeninos de la guerra contra el nazismo. Somos capaces de contar el sufrimiento.

Evocar a Rosa Luxemburgo, bruja comunista, profanadora política con “p” mayúscula, aquella que también luchó contra las cercas del partido, de la nación, contra la guerra y sus honras masculinas. ¡Por un comunismo hechicero!

Las brujas kurdas y la producción de un nuevo confederalismo ecológico.

La bruja negra Ángela Davis -la mujer más peligrosa del mundo diría la nación con el mayor poder bélico de ese mismo mundo-, luchando también contra las cercas de las prisiones, nuestra nueva esclavitud.

Las brujas zapatistas y la producción cotidiana del entramado comunitario. El primer levantamiento zapatista, en marzo de 1993, fue liderado por las mujeres.

La bruja Louise Michel, sobreviviente de la Comuna de París, deportada a Nueva Caledonia donde conoció el pueblo Kanak y se indigenizó.

Las brujas, las miles de brujas sin techo y sus cocinas colectivas, sus cuidados compartidos, los modos de producción de vida sin “principios operativos”: ¡el poder está en las infraestructuras! “Los hombres solo saben opinar” dicen ellas.

Evocar a las nuevas brujas de secundaria, tomando por asalto sus escuelas y sexualidades, otras cercas importantes a ser derrumbadas.

La socialidad nos excede. El peligro del saber de las brujas viene de esa tecnología poderosa para producir relaciones, hacer funcionar, pensar con la naturaleza y más allá e incluso contra el estado. “Tramas que generan mundos”, como dice Raquel Gutiérrez, bruja mexicana.

“La más anticapitalista de las protestas es cuidar de alguien y cuidar de sí. Tomar en serio la práctica feminizada e históricamente invisibilizada de cuidar, alimentar, recibir. Tomar en serio la vulnerabilidad, la fragilidad, la precariedad de cada una y dar apoyo, honrar, fortalecer. Protegernos unos a otros, hacer y practicar comunidad. Un parentesco radical, una socialidad de interdependencia, una política del cuidado”, nos dice Hedva, bruja norcoreana.

El capitalismo precisó destruir la hechicería para perpetuar su proyecto de modernidad. “Ellas creen, nosotras sabemos” dicen ellos. Pero el capitalismo mismo es un sistema de hechicería sin hechiceros -para terminar con esta imagen que nos ofrece la bruja belga-, el mundo embrujado de la mercancía. Lo que nos permite resistir las capturas es un proceso muy radical de producción de conexiones. Producir antídotos mediante la práctica experimental de estar junto.

“Lo importante no son nunca las filiaciones, sino las alianzas y las aleaciones; no son los herederos, los descendientes, sino los contagios, las epidemias, el viento. Las brujas lo saben bien”, para terminar con Deleuze, el filósofo que inventó el devenir para poder experimentar también la brujería.

“Una pequeña posibilidad, ¡si no me sofoco!”

El futuro comunista está hecho de contagios, de alianzas insólitas y malditas, pero sobre todo es pragmático. Tiene que ver con el saber de las brujas de hacer funcionar los cuerpos en relación. Crear sentidos y prácticas de lo común contra las cercas. Saber heredar la brujería. “Mantener viva la brasa”, nos invita Silvia Cusicanqui, bruja aymara, para que el fuego pueda encenderse nuevamente.

 

Publicado en Urucum. Traducido al español por Victoria Furtado para Zur.