Cocinando al migrante ideal

Leonardo Fossatti / Foto: fundacionidentidad.com
Hace unas semanas comenzó un reality show de cocina que alcanza niveles de rating altísimos. La participación de muchas personas migrantes, hoy radicadas en Uruguay, me llamó la atención. Desde hace al menos dos años, la migración se ha transformado en un tema de alta visibilidad y agenda. Lástima que eso no tenga un correlato en las condiciones de vida de la mayoría de las personas.

Las noticias más antiguas, del 2013 o 2014, hablaban de la conflictividad a la que estaban sometidos los vecinos de la Aguada y otras zonas del municipio B de Montevideo por ser los barrios donde viven muchas personas provenientes de otros países americanos, principalmente del Caribe. La cobertura mediática versaba sobre su criminalidad y peligrosidad, las noticias hablaban de trifulcas entre dominicanos, redes de trata, secuestros y delincuencia. Los hechos hablaban de un conflicto más complejo: con denuncias cruzadas, los vecinos denunciaban problemas de convivencia y la población migrante episodios de racismo, discriminación y xenofobia.

La migración reciente presenta un cambio en su composición en relación a la de fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX. Estos flujos migratorios fueron determinantes a la hora pensarnos como un país blanco, europeo, laico y tolerante; lo que denomino “BELT” o “cinturón”. Los elementos del cinturón, como componentes de la identidad uruguaya, nos sujetan al tiempo que no nos permiten pensarnos fuera del mismo. Acostumbrados a una tradición construida a partir de la imagen de gente bajando de barcos y poblando un “país vacío”, preferimos recibir a personas blancas, principalmente europeos o de otros países del “primer mundo”, porque consideramos, igual que hace cien años, lo que nos pueden aportar en riqueza cultural, económica y social. Pero la migración que ha llegado a Uruguay en los últimos nueve años ha sido fuertemente racializada. Identificada por sus características físicas, formas de vestir, hablar o moverse en el espacio, es pensada en nuestra sociedad desde el eje de la no pertenencia.

Aunque a un migrante se lo puede identificar por su documentación, existen características socialmente construidas que operan como estigma en tanto que atentan contra la identidad normal de un grupo o sociedad y que nos llevan a ver en determinadas apariencias o formas de hablar a un extranjero; algunos de ellos son deseables, otros peligrosos. Aquí entra en juego la raza y nuestra capacidad de señalamiento y segregación para todo aquello que entra en la inmensa categoría de lo no-blanco. Este racismo estructural de nuestra sociedad se viene poniendo de manifiesto en los diversos análisis de datos estadísticos surgidos del censo de 2011 y la encuesta continua de hogares. Sin embargo, nos sigue resultando incómodo pensarnos como sociedad racista e intolerante.

¿Cuánto tiene de real la realidad de los medios?

El exitoso reality show que motiva esta reflexión no es ajeno a la creciente visibilidad mediática de las migraciones, pero elige representarla de un modo un tanto sesgado: ni un afrodescendiente, ni un afrocaribeño.

Hay que considerar que la visibilidad alcanzada en los últimos tiempos no obedece únicamente al cambio en la composición étnica de la migración sino también a su concentración en un sector clave de la ciudad, como lo es el municipio B. La elección, si es que la hay, de una zona de la cuidad para habitar obedece a múltiples motivos (trabajo, acceso a servicios de salud, vivienda, educación, de documentación, etc.) que no viene al caso desarrollar. Esto ha generado una percepción de “invasión” que se refleja no solo en la prensa y su interés particular por el tema, sino también en las instituciones, organizaciones civiles, centros educativos, centros de salud, etc., que han comenzado poner en agenda el tema de las migraciones.

Por otra parte, si bien no hay todavía datos sistematizados para 2016 y 2017, a partir del trabajo de la asociación Idas y Vueltas, la academia y los colectivos migrantes es posible decir que, dentro de esta nueva etapa, asistimos a un cambio en la composición de la migración que llega al Uruguay. Hasta el 2014 el principal origen de quienes llegaban era República Dominicana, corriente que se vio frenada por la implementación de la visa para el ingreso al Uruguay. En la actualidad, datos oficiales muestran que entre los principales destinos de origen están Cuba y Venezuela. En muchos casos, el proceso de llegada habla de largas travesías de quienes atraviesan el continente volviéndose rehenes de cualquier tipo de situación: retenciones de documentación, sobornos, estafas, entre muchas otras cosas que solemos imaginar como propias de otros lares.

La migración cubana, que desde 1968 necesita visa para entrar a Uruguay, es la que menos visibilidad ha tenido en los últimos meses. La venezolana, en cambio, es de la más atendida por la cartera política y mediática. La inestabilidad política y económica de Venezuela, la presión de los países de la región para que haya elecciones y termine el mandato del actual presidente, las amenazas directas de intervenciones por parte de Estados Unidos y, por último, un Mercosur, que intenta expulsar al país consolidando su aislamiento, son los condimentos que sazonan ese interés.

Uruguay ha sido, en cierta medida, el único país que no se ha pronunciado claramente en contra del gobierno de Maduro. Si bien ha condenado algunas acciones, todavía sostiene que no se debe expulsar a Venezuela del Mercosur. Motivados en parte por los acuerdos comerciales y, quizás, porque esto significaría  un golpe durísimo a un país con el que siempre han mantenido excelentes relaciones, los gobiernos anteriores del Frente Amplio se han caracterizado por una cercanía a Chávez y al pueblo venezolano, con quienes, además de la afinidad política y económica, existe un vínculo por la gran cantidad de uruguayos que se exiliaron en Venezuela durante la última dictadura militar.

¿Qué tiene que ver esto con la migración?

Como indicábamos anteriormente, el foco mediático se ha posado sobre una población que migra producto de la inestabilidad política y económica de su país. Ahora bien, ¿es tan diferente la situación de los venezolanos respecto a la de quienes vienen de países como Cuba o República Dominicana? Quizás sí, pero no tanto.

El principal diferencial, que apunta a construir una imagen de inmigrantes deseados, es el factor político: en un contexto local de puja entre derecha e izquierda, y siendo Uruguay uno de los pocos países que aun tiene un gobierno que se denomina de izquierda, lo político se transforma en un aspecto redituable. El interés por los migrantes venezolanos intenta por todos lados hacer aflorar los motivos políticos que los han obligado a migrar, a la vez que busca mostrar las atrocidades de un gobierno terriblemente criminal y dictatorial. Para esto, nada mejor que el testimonio de personas que llegan a Uruguay atravesando todo tipo de adversidades. Se los utiliza así interesadamente para incidir en el plano político y en la opinión pública sobre Venezuela, valiéndose de lo vivido por quienes no encontraron otra alternativa que irse de su país. Al mismo tiempo, algunos sectores de la izquierda consideran a esta migración como los “nuevos gusanos”.

Los medios, la política, ¿y la ética?

La utilización de una población para obtener rédito político resulta despreciable. Los mismos políticos que claman por la democracia de Venezuela niegan luego la oportunidad de ejercer su soberanía a los uruguayos que residen fuera y no pueden venir a votar. Los mismos que invitan a sus despachos para hablar de la importancia de tomar medidas respecto a la migración esconden intenciones espurias y alientan a los colectivos a ir a sus comités para alimentar sus intereses políticos.

En este contexto, quién puede ser migrante y quién no, como plantea Manuel Delgado, está determinado por lo que estamos dispuestos aceptar. A partir de un trabajo que generó importantes lazos de confianza, sabemos que los migrantes dominicanos son referidos como “negros ratas”, con el acento de desprecio más rancio alguna vez oído, y que son asociados a los aspectos negativos de una migración negra y pobre. Por el contrario, los venezolanos son mostrados como racialmente más asimilables a nuestra cultura hegemónica: capacitados, sobre todo profesionales, principalmente de clase media, ilustrados y víctimas de una dictadura.

Obligados e intencionalmente buscados para brindar testimonio de porqué han abandonado su tierra, estas personas se hacen eco expresando su más profundo rechazo al gobierno de Venezuela. La obligación la impone la sociedad, que increpa en tanto que pregunta sistemáticamente por la política de su país para condenarlos o apoyarlos, aunque sobre todo lo último. Y esto se vuelve tan inescrupuloso que hasta en un programa de cocina se les pregunta a los participantes venezolanos por la situación del país, aprovechándose de una posición de vulnerabilidad y sensibilidad para transmitir una imagen parcial, descontextualizada y sesgada sobre Venezuela, el contexto de migración y las trayectorias.

De esta forma, el inmigrante ideal, que otrora fue el europeo en contraposición a los pueblos originarios, afros o criollos, se construye sobre la variable del rédito político. Sobre esta base se diferencia y clasifica la migración en el orden de lo aceptado o no, invisibilizando lo vivido por los diversos colectivos migrantes en sus países de origen y las dificultades que afrontan al llegar a una sociedad montevideana centralista y excluyente, a la vez que nos cuenta sobre el éxito de una migración excepcional que se adapta rápidamente a nuestra sociedad.

Lo interesante es considerar que si el resto no se asimila es producto de la propia voluntad y no de una construcción de una migración ideal que otorga réditos políticos.


*Integrante del Núcleo de Estudios Migratorios y Movimientos de Población de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.