In-coherencias progresistas

Columna de Raúl Zibechi
Por enésima vez, un presidente progresista acusa a quienes se le oponen desde abajo y desde los movimientos, de hacerle el juego a la derecha. Andrés Manuel López Obrador asegura que detrás del paro feminista del 8 de Marzo hay “una mano negra”, porque la convocatoria (que en México se realiza el día 9), “está siendo dirigida por los conservadores”.

La brutalidad del mensaje del presidente mexicano puede llamar la atención, pero bien mirado tiene su coherencia. Amplios sectores del progresismo y de la izquierda sostienen, desde hace mucho tiempo, que quienes se le oponen no pueden sino ser de derechas, o bien hacerle el juego a la derecha. Quienes criticamos al régimen venezolano, a Evo Morales o a Lula, sin duda le hacemos el juego a la derecha.

Por lo tanto, las mujeres que exigen justicia en México, donde diez de ellas son asesinadas cada día, son juzgadas como derechistas, aplicando la misma lógica que se utiliza en otros casos. Por eso creo que en López Obrador hay coherencia, en el disparate, pero coherencia al fin.
Lo que me parece necesario, en primer lugar, es rastrear el origen histórico de esta actitud y luego indagar los objetivos que persigue y los derroteros que va a recorrer.

Fue el régimen de José Stalin el que utilizó de forma sistemática la impostura de que la oposición de izquierda, que buscaba democratizar el poder soviético y el partido bolchevique, le estaba haciendo el juego al imperialismo y a los servicios de inteligencia extranjeros. Con ese argumento, fueron asesinadas cientos de miles de personas por el único delito de pensar diferente.

Sin embargo, la historia se repite una y otra vez. Los asesinos de Roque Dalton, miembros del ERP salvadoreño, lo acusaron de “agente de la CIA”, lo asesinaron y abandonaron su cuerpo en El Playón, “casualmente” el mismo lugar donde los escuadrones de al muerte despachaban los cadáveres de los militantes de izquierda que asesinaban. Que alguno de los asesinos, como Joaquín Villalobos, colabore con la derecha y los servicios de inteligencia luego del fin de la guerra, debería ser motivo de reflexión sobre la ética que se esconde detrás de aquellos juicios sumarios.

La segunda cuestión es que esa política de acusar de derechistas a los opositores de izquierda, busca su eliminación, en particular la desaparición simbólica de toda crítica del escenario político. Las izquierdas en el poder están moral y políticamente preparadas para enfrentar a la derecha, en nombre del progreso y del bien. Pero frente a las críticas de la izquierda, no tienen argumentos válidos y como sienten que se les disputa su base social, reaccionan de forma violenta.

El problema que tiene esta política, es que la crítica a los movimientos anti-patriarcales, anti-neoliberales y anti-capitalistas, se hace para preservar iniciativas que profundizan el extractivismo y por lo tanto el sistema tal como lo conocemos.

López Obrador repite de forma idéntica la historia de Lula. Éste construyó la represa de Belo Monte, un proyecto de la dictadura militar que no pudo poner en pie por la férrea oposición de los pueblos originarios. AMLO pretende imponer el Tren Maya, a sabiendas de que se trata de un proyecto de los gobiernos anteriores que no pudieron implementar por la oposición de los mexicanos, sobre todo de quienes lo llevaron a palacio.

Este es el verdadero punto débil que crispa al poder progresista: hacen una política de derecha en nombre de la izquierda. Stalin modernizó el país y lo convirtió en imperio en nombre del socialismo, aún al precio de millones de muertos. La corrupción material es precedida por la corrupción ideológica y política.

El tercer aspecto a tener en cuenta es que esta política desarma a la izquierda y desarticula a los movimientos sociales, genera una enorme frustración y desorientación. Con la caída del socialismo real se benefició el capital y los burócratas devenidos en oligarquía, mientras los trabajadores perdieron toda capacidad de respuesta.

El Brasil pos Lula encuentra a los movimientos muy debilitados, algo que también sucede en Bolivia, en Nicaragua y en casi todos los procesos donde la izquierda fue gobierno. Los únicos actores colectivos capaces de mantener la iniciativa son los pueblos originarios y las feministas. No es casualidad que éstos días sean ellas y ellos los que están poniéndole límites a la soberbia de AMLO, otra característica de las izquierdas en el poder.