Confesiones de invierno

Columna de Daniel Vidal
Clorinda Gaviola Calle, poeta mendocina del Novecientos

Antes y después, todo es ficción.
¿Ahora? No necesariamente.
 

Clorinda Gaviola Calle: te amo. Cumpliste en vida lo que todx poeta aspira a hacer: vivir de sus versos. Te veo sentada en una plaza de la Recoleta, en Chacarita, ¿o será frente a la Casa Rosada? Tu maletín de versos en la falda. La mirada serena, hacia la cámara. El periodista de Caras y Caretas como siempre, irónico, envidioso, estampó la leyenda: “-Me parece que aquello es una consonante”. Vos sabías. Palpaste el anhelo del público del Novecientos ávido del término preciso, del flechazo amoroso. Certera, le vendiste octosílabos entrañables a jóvenes ilusos, románticos, a maridos desesperados y a corazones solitarios. Hiciste el bien. Tu afán fue la felicidad del prójimo, pero estabas viuda y tenías tres hijos chicos que mantener. Escribiste para ganarte el pan. No te avergüences. Tu oficio y tu poesía salieron ilesos del mercadeo nefando de los inescrupulosos que todo lo venden, incluso el honor. A ellos les mueve la codicia, a vos, la vida. La riqueza no fue tu afán. Versos de amor a peso, ¿qué dignidad más honda ganarse el sustento en este mundo a cambio de una moneda para comer?

Hoy, en una tarde invernal de Montevideo de 2019, miro tu foto en blanco y negro, tu vestido que imagino oscuro, tu maletín ovalado de cuero rebosante de versos preñados de fe, esperanza y amor.

Clorinda Gaviola Calle: tu secta es eterna y goza del anonimato y de la celebridad. Bartolomé Hidalgo fue tu maestro cuando idéntica hambre y amor total lo empujó a las calles de Buenos Aires a vender sus hojas poéticas como bolsas de confites o maní. Mauricio Rosencof escribió versos de amor al soldado enamorado que apenas sabía leer y escribir y regaló la dicha desde un calabozo atroz. Niqs, seudónimo del muchacho rubio y desgarbado que habitó el 148 en 2018 al atardecer siguió los pasos de tantos ilustres. Indefenso, ante el pasaje, recitaba:

 

Voy por los cielos
a mí se me escapó un amor
lo que falta por todos lados
y se me despertó la ira
que es lo que sobra en el mundo


Versos para sentir y para amar. Cuando el corazón está en la mano, ¿tiene sentido hablar de valor literario?

Vos, Clorinda, rompiste los prejuicios del intelectual burgués. Sin tapujos, dijiste lo que la gente quiere decir y escuchar. En otros versos te pusiste en el corazón de un pretendiente desesperado en tu querida Mendoza natal:

 

Desde aquel dichoso día
en que llegué yo a Mendoza
te amo rubia querida
deseando hacerte mi esposa

 

¿Es posible pensar en versos así, en carne viva, sin más, sin denunciar cursilerías ni pretensiones? ¿Habías leído a la amada del Cantar los Cantares: “¡Que me bese con los besos de su boca!”, y al salmista, enamorado confeso, “¿no es ésta una manera de hablar de Dios?”

Una amiga mía, divorciada, sola y solitaria, me dijo en un momento de intimidad: “Quiero un hombre que me ame con amor de verdad”. Clorinda, ¿No fue ese tu evangelio de vida? Escribiste:

 

No obsequies ramos de flores
mientras no estés convencida
que el dueño de tus amores
te quiere más que a tu vida.

 

Versos de vida y la vida en versos, esa es la obra póstuma de Clorinda Gaviola Calle. Versos abiertos, sin escondites. A la intemperie. El periodista de Caras y Caretas, consciente del poder de Clorinda, le pidió aquello que toda institución exige a los artistas libres: que doble el espinazo. “Para poner término a la entrevista le encargamos un elogio poético al doctor Figueroa Algorta”. Y Clorinda, gustosa, concedió: “El Presidente de la Argentina / Doctor Figueroa Algorta / Es una persona digna / de ensalsarla en nuestras hojas”. Versos cursis, vacíos, sin piel. 

Clorinda Gaviola Calle: gracias. Me enseñaste lo que todo el mundo sospecha y pocos se atreven a gritar: la poesía y el amor son la misma cosa. Y la política, esa dama siniestra, nada tiene que hacer allí. Dejemos que los amantes se regodeen con palabras simples y veraces. Dejemos que la poesía y la vida y se amen, con amor de verdad.
 


Foto de tapa: La poeta rodeada de sus tres hijos a quienes brindó el sustento con la venta de sus versos: Juan Florián, María Teodolinda y Luis Eusebio.


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Daniel Vidal (1965) es asistente en el Departamento de Literatura Uruguaya y Latinoamericana del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades. Es autor, entre otros, de Florencio Sánchez y el Anarquismo (Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, Biblioteca Nacional, FHUCE-UdelaR) y Las lecturas de los trabajadores metalúrgicos (Extensión Libros, CSEAM - Udelar)


 

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