Coriún Aharonian, Daniel Viglietti: más que amigos, más que hermanos. Por Anahit Aharonian Kharputlian

"A Victoria, a Nubar, cuyo amor y cuya fuerza en este largo invierno nos anuncian la primavera. Con un abrazo a ellos, que lo trasmitirán a los ausentes". En setiembre de 1984, así dedicaba su libro Daniel Viglietti, firmando Trilce, Annie y Daniel.

Victoria y Nubar -mis padres- siempre atentos y presentes, hospitalarios y presentes; entre sus afectos, los ausentes éramos varios, y a causa del terrorismo de Estado que se instaló en nuestro país y en toda la región. A cada uno nos implicó diferentes situaciones: largas y muy duras condiciones de prisión en diferentes universos concentracionarios[1] o el camino del exilio, del desarraigo, durante más de una década, cuyas innegables consecuencias aún padecemos.

Amigo de Coriún, mi hermano mayor, Daniel fue como otro hermano mayor, generando fuertes lazos de confianza y cariño a lo largo de tantos y tantos años, lo que lo hacía "acreedor" de paladear una buena parte de la producción del inconfundible y famoso dulce de rosas de mamá. De esas rosas muy rojas, aterciopeladas y perfumadas que ella misma cultivaba en el frente de nuestra casa de Bernardo Susviela (ahí, a la vuelta de la casa de nuestros abuelos paternos y del Hotel del Prado). ¿Disfrutaría también del dulce de berenjenas?

Crecimos en un hogar de padres sobrevivientes del aún impune Genocidio Armenio perpetrado por el Estado turco. Crecimos en un hogar de compromiso social, de compromiso por verdad y justicia, donde se propiciaba e impulsaba nuestra formación, siempre de puertas abiertas; en fin, un hogar de construcciones.

Seguramente entonces no dimensionaba los estímulos que trasmitían mi madre y mi padre, pero también mi tía Azniv, la hermana menor de mi madre. Quizá fui yo sola quien no lo dimensionaba, al ser bastante menor y perderme a veces en laberintos de complejidades teóricas, literarias o históricas; había temas que ya todos conocían y debía adivinar ‑o no‑ mientras escuchaba intercambios "de adultos".

Lo que sí dimensionaba bien era mi sitio de alguna manera privilegiado como la hija, pero también como la hermana menor (tanto de Aram como de Coriún). Desde ese sitio fui testigo pero también ayudante, asistente, mandadera ‑lo que fuera necesario‑ en varias de esas construcciones. Entre ellas, en el trabajo de la "Mesa Coordinadora de Organizaciones Juveniles Armenias del Uruguay", colectivo que logró que el Estado uruguayo fuera el primero ‑al cumplirse el cincuentenario‑ en reconocer el Genocidio Armenio, además de generar una inédita unidad comunitaria.

La música siempre

El sacudón de este octubre me llevó a pensar y repensar las charlas con mi hermano mayor, a las que se suman unas cuantas conversaciones con Daniel, hasta sus últimos días, recordando también a Lyda Indart, mi profe de música en el Liceo Bauzá. Lo emocional prima en todo ello, lo que me ha hecho encontrar a algunas de mis referentes de esos primeros cruciales tiempos. Con Nelly Pacheco recordamos cuando, a comienzos de los 60, ella, Daniel, Pablo Cardoso y Coriún llevaron adelante la "Conferencia a cuatro voces", de John Cage, una aventura solo posible por la desafiante determinación de los cuatro. Por su lado, Sara Herrera me comentaba que fue la propia Nelly quien empujó a Daniel a escribir música.

Mención aparte merece el haber podido acompañar/participar en la creación del Núcleo Música Nueva. Con pasión escuchaba cómo Ariel, Conrado, Daniel y Coriún[2] asumían semejante desafío marcando una senda ‑la que aún continúa trazándose año tras año‑ en la que me vi involucrada desde ese sitio de colaboración y apoyo irrestricto. Ayudaba con tareas variadas, como chequear la casilla de correo postal, y en cosas concretas como que los conciertos se pudieran llevar adelante ‑por ejemplo‑ en una sala (la del Instituto de General Electric), allí al lado de la actual Sala Zitarrosa, a la que se subía por una angosta y larga escalera de blancos escalones. Este cuarteto se propulsaba además con los necesarios y muy valiosos aportes de Martha Lockhart -que ya entonces estudiaba con Héctor Tosar‑, María Teresa Sande, Carlos Pellegrino, en reuniones en casa de Renée Pietrafesa y otros cuyos nombres irán fluyendo.

Fue una sucesión de colectivos -no confundir con "sellos" o "formalidades"- que se iban conformando de acuerdo a las inquietantes necesidades de afirmar identidades que enraizaran.

El trabajo intensamente militante en todas estas causas era asumido como natural y siempre posible gracias al apoyo de nuestros mayores. Pero, además, no nos eran temas ajenos, ya que en nuestra formación estaba incluida la música; Aram y yo estudiamos en el Conservatorio Nacional de Música, allí en 25 de Mayo casi Juncal, a la vuelta de la casa de nuestra abuela materna.

Un verano de campamento

Conocí el Cerro del Toro cuando a finales de los 60 ‑invitada por Coriún‑ pasé unos días en uno de los campamentos que allí realizaba la Asociación Cristiana de Jóvenes. Es así que ‑ya más adelante‑, de alguna manera, pude "darle una mano" a mi hermano en algunos aspectos organizativos de los dos primeros Cursos Latinoamericanos de Música Contemporánea. Sólo en esos dos, dado que luego ya no pude estar; pero forman parte de esos fuertes pilares que me sostuvieron en los duros tiempos vividos.

En ese universo de lo que he llamado "construcciones", quienes llegaban eran muy bienvenidos en nuestro humilde hogar, en el que siempre se imponía desplegar una mesa con delicias hechas en casa.

Como tantas veces, el Flaco Daniel llegó a nuestra casa familiar inquieto con sus composiciones; en general venía a hacer arreglos musicales con su amigo‑hermano. Esa vez él estaba, además, tratando de redondear la letra de una de sus canciones; coincidió que allí estábamos con mi compañero y nos pusimos los dos a brindarle sugerencias que ‑con esa humildad de siempre‑ con total naturalidad recogió.

En esta tierra yo nací...

En esos bullentes años y con la necesidad de dar a nuestros músicos la posibilidad de editar discos y así promoverlos, oía a Daniel y Coriún en sus intercambios buscando las condiciones para contar con un sello discográfico con identidad propia y generar ese espacio para la música de nuestra tierra, la tierra de nuestros músicos. No asistí a las reuniones donde estaban los demás "motores" de estas tareas, aunque los seguía a todos ellos. Los logos de Ayuí y Tacuabé ‑que realizó Ayax Barnes, el mismo artista que hizo el afiche para el cincuentenario del Genocidio Armenio‑ fueron la vía visual para esta concreción.

Las relaciones humanas se ampliaban e incluían otros afectos, amores, vida vivida con intensidad. Se atropellan los recuerdos y se complejiza trasmitirlos, dado que esa intensidad correspondía a aquellos tiempos tan fermentales en que no era posible que la indiferencia pudiera colarse, tiempos de fuertes cuestionamientos, contrastes y cimbronazos en el llamado Tercer Mundo. Crecimos cuando parte de ese mundo se estaba descolonizando, se revolucionaba por derrocar el capitalismo. Fui madurando en ese mundo en el que se buscaba ‑además‑ descolonizar nuestras mentes a través de un firme anclaje en nuestra tierra, como lo canta la "Milonga de andar lejos".

Quizá por esto mismo la construcción de fuertes lazos de amistad, respeto, intercambio permanente de ideas, vivida con mis hermanos y los casi‑hermanos de mis hermanos, nos marcó tan fuertemente.

La memoria empieza a desbloquearse en este año muy especial en que estuve acompañando a Coriún en sus periplos médicos peleando por su salud. Año que me encontró ‑paradójicamente‑ recuperando nuestras complicidades, charlas, anécdotas, ejercicio del buen humor, intercalando nuestros silbidos y trozos de canciones, sobre todo algunas de esas que con él aprendí en sus coros.

María Elia Topolansky siempre me lo contaba, pero este 8 de octubre lo escribió: “Lo conocí en Facultad de Arquitectura, hace muchísimos años, cuando los dos éramos estudiantes. Cursaba él tercer año y yo, primero. Coriún dirigía en aquel entonces el coro de la Facultad y un día de tantos en que trabajábamos en nuestros respectivos proyectos me escuchó tarareando un tango. Bueno..., me escuchó tarareando porque yo y quienes me conocen lo saben bien, no soy entonada. A Coriún no le importó y sí le importó que yo me acompañara de aquel tarareo para pensar mi proyecto (vivienda de Jefe de la estación de Empalme Olmos). No sé si reconoció el tango que yo intentaba cantar, pero lo cierto es que al rato me comentó que en la Facultad había un coro, que él lo dirigía y me invitó a integrarlo. No podía creerlo. Invitarme a mí a quien habían mortificado con clases de piano y baile y nunca había prosperado... Se lo dije y su respuesta fue un milagro y me reconcilió con la música: «todos hacemos música» ...Salú Coriún”.

Por su parte, Charito Estefanell escribió: “Después de la noticia busqué en mis papeles de música recordando que había guardado el programa que anunciaba lo que cantamos en Facultad. Por supuesto, el director del Coro siempre fue Coriún. Quiero compartir contigo esa actividad, por eso te adjunto el programa del 15 de agosto de 1963. ¡¡¡Hace 54 años!!!”

Selva Braselli no estaba en el Coro pero con un muy respetuoso cariño -entre otras palabras- me escribió: "Pero su música seguirá sonando, el aire la portará seguro… Yo seguiré discutiendo con él sobre el futuro de la humanidad allí en el hall de la facultad, al lado de la Victoria de Samotracia".

Un día Coriún llegó a casa con Martha de la mano -la música los unió-, quien desde entonces se incorporó a nuestra familia y fue una hermana para Aram y para mí. Los almuerzos de los domingos en familia eran fantásticos compartiendo el chi-kfté que hacía mamá y que Martha sigue haciendo hoy en Bruselas; esos mismos domingos en los que Coriún tocaba el piano para acompañar a nuestro tío Saco cantando un variado y exquisito repertorio como tenor.

Martha, Daniel, Coriún… se discutía sobre música, sobre lo artístico pero también sobre el compromiso social y la identidad cultural anclados en nuestro ser latinoamericano.

Indelebles y tiernas imágenes de las visitas a casa de Marita Santellán y Washington Lockhart, quienes viajaban desde Mercedes para intercambiar noticias sobre Martha, su hija, pero además deleitarnos con charlas relacionadas con la literatura y la historia, y naturalmente: ¡saborear el dulce de rosas!

En Facultad de Agronomía

En octubre de 1969 se realizó la Semana del Che en el Salón de Actos "Che Guevara" de nuestra Facultad de Agronomía; habíamos organizado actividades varias, las que incluían jornadas de canto. El día 6, Daniel era uno de los invitados a cantar y escuchar a nuestros compañeros estudiantes de la Asociación de Estudiantes de Agronomía que también lo hicieron; Jorge Salerno fue uno de ellos. Apenas Daniel se enteró de su muerte, nos llamó ‑a mi compañero y a mí, ambos estudiantes de agronomía‑ para recuperar sus canciones e interiorizarse un poco más sobre la vida artística de nuestro Flaco Salerno.

La vida en el afiera

Más adelante llegaron Nora y Graciela a la familia, con ellas mis sobrinas Aní y Nairí, en una etapa que comenzó en mi ausencia y continuó sin que la vida me permitiera disfrutarlas como hubiera querido.

Desde las distancias o desde las cercanías físicas Daniel marcaba presencia, con sus atenciones hacia toda nuestra familia. Estaba de gira cuando nació Ernesto ‑mi hijo‑ pero se las arregló para estar presente.

Con Lourdes y Daniel coincidimos en actividades latinoamericanistas en la Escuela Florestán Fernándes del Movimiento Sin Tierra. Tras el recital de Daniel, se largó la danza colectiva. Logré tomar alguna foto del gran bailarín acompañado por su compañera; ellos no lograron hacer lo propio porque me explicaron que con los compañeros centroamericanos nuestros pies se movían a tanta velocidad que no lograron captura alguna.

Con "Otra voz canta" -poema de Circe Maia- en mayo de este 2017, Daniel se incorporó al concierto que se realizó en el Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta, en Montevideo, en memoria del pueblo armenio y, con ese poema, por él hecho canción, homenajeó también a otros pueblos que siguen hoy sufriendo genocidios.

...y llegó un indescriptible octubre

Coriún partió; unas horas después llegó Lucía Fabbri con un apretado abrazo, para juntas sentir el cariño forjado durante duros años compartidos y resaltar nuestra memoria de cuánto nos movilizó Coriún cuando en una de sus visitas al Penal de Punta de Rieles me contó que había compuesto una obra que había titulado "Homenaje a la flecha clavada en el pecho de Juan Díaz de Solís", con sonidos producidos con flautas indoamericanas. Con esta obra quiso rendir homenaje a los verdaderos dueños del territorio en nuestro continente, que fueron despojados a sangre y fuego por la invasión europea con sus consecuencias coloniales y neocoloniales. En ese tiempo ‑y al no poder acceder a la composición‑ desmenuzábamos el título, imaginábamos sonidos de los instrumentos, pero recién pudimos escucharla una década después de su realización.

Por su parte, y a la vuelta de su gira por Bolivia y Chile -homenajeando al Che y a Violeta Parra, y recordando a su amigo‑hermano- tuvimos largas charlas telefónicas con Daniel. Su tiempo de vida no nos alcanzó para juntarnos en torno a una mesa. Partió antes; algunos dicen que se fue tras Coriún, su amigo‑hermano.

Coros en el exilio, así se llama el DVD que en este noviembre -y desde Bruselas- Martha eligió y me envió, ya que trata del peligro de extinción de una ancestral tradición de canto armenio; quedó apenada por no haber podido llegar a tiempo para que lo pudiera compartir con Coriún.

 
[1] Concepto tomado de El universo concentracionario, de David Rousset, Anthropos Editorial, 2004.

[2] Ariel Martínez, Conrado Silva, Daniel Viglietti y Coriún Aharonian.

Publicado originalmente en Vadenuevo