Crónica periodistica (premio compartido) "Tocó reja. Crónica de una vida en cana"

Nadia Amesti Durán, Iván Fernández Chiribao y Augusto Vicente Latorre
Durante el mes de abril estaremos publicando todo los materiales reconocidos por el jurado que integraron Lucía Surroca, Gustavo Espinosa y Raúl Zibechi. En la categoría "Crónica periodóstica" se trata de un premio compartido. Aqui uno de ellos.

 

Iban hacia los vestuarios de Cárcel Central. Hablaban de armas y de otro tipo que “se hacía el loco". El “Cotorra loca” conversaba con un pibe, un primario de 19 años que le prestó una remera. En los vestuarios, el primer golpe que descargó el loquito fue un insulto. Antes de que pudiera blasfemar por segunda vez, la experiencia del Cotorra, “una rata vieja”, hizo que el rostro del contrincante fuera cubierto por una toalla. De inmediato le propinó siete golpes.
- Voy a dejar de robar con armas. Voy a robar con computadoras- jugó el pibe después.
- Bueno, acordate de mí - bromeó el Cotorra.
A pesar de ese acercamiento, el pibe no pudo aprender más del Cotorra, quien días después se fuga: rompió algunas rejas y se fue por la ventilación. Al él le tocó aguantar los golpes de una cana enojada.El preso más buscado del país se fugó en sus propias narices un 20 de Diciembre de 1999.
Roy tenía la voluntad de los estudiantes de la primera fila y la experiencia de los que botijean en el fondo. Por buena conducta lo largaron al año. En la calle aguantó un buen rato gracias a la experiencia que adquirió al bajo precio de una remera.
La risa no escapa de su relato. El cuerpo volcado hacia atrás, los brazos cruzados y algunas arrugas que se asoman por las sienes. Roy es otro. No porque estudie programación y califique de “profética” su conversación con El Cotorra, sino porque hace años no habla sobre armas: “no me pinta”.
En 2011, tres años después de comenzar los trámites para estudiar psicología, una radio le dictó otra clase de sentencia. Héctor Cancela, entonces Decano de la Facultad de Ingeniería, habló sobre la responsabilidad social del ingeniero y comentó, “en un lenguaje comprensible”, los últimos avances de la tecnología. “Estuve 10 años encerrado, capaz que los autos volaban y no estaba enterado”. Abandonó la idea de estudiar psicología o derecho y se hizo cargo del chiste que pronunció: decidió estudiar ingeniería.
Los trámites demoraron tres años más. La voluntad lo llevó a insistir hasta el cansancio. La resignación no era una posibilidad, tampoco la bronca. Ivana su pareja, una profesora de Física a quien conoció en el Penal de Punta de Rieles, le brindó su apoyo.
En 2014 un juez, tal vez “cansado de mi insistencia”, firmó los papeles necesarios para la libertad condicional. Al principio, las autoridades penales se cruzaron con las universitarias. Grilletes y policías armados no podían acompañarlo en la Universidad de la República. Su libertad fue tan condicionada como su vigilancia. Esta vez la vencedora fue la Universidad.
La primera vez que Roy se encaminó hacia la Facultad, sus compañeros de cárcel levantaron apuestas. Las tres fugas sembraron dudas en sus compañeros. Roy golpeó la puerta a las siete en punto. Nadie ganó. La vigilancia de la Facultad se vio asediada por llamadas telefónicas. Los otros vigilantes querían saber dónde estaba su preso. Las obstinadas llamadas telefónicas de los carceleros daban cuenta de la rigurosa presencia de Roy en la biblioteca.


***


Todos los días a la mañana monta su bicicleta. 15 kilómetros separan Punta de Rieles de Parque Rodó. Cuando está lindo baja hacia el basurero municipal por la calle Felipe Cardoso y gira a la derecha en Camino Carrasco. Ya en Comercio toma la bajada que lo conduce hasta la Rambla. Con la brisa del mar pedalea su sprint final.
El tiempo, que no pasa nunca tras las rejas, se esfuma en los momentos de libertad. Luego de una ducha, come algo y se organiza para las clases. Se encuentra con Ivana que estudia Ingeniería Eléctrica y pasan un rato juntos. A las 19 debe estar de nuevo en la cárcel.
Hace un tiempo tiene horas de libertad diarias para ir a la Facultad. “Antes tenía que explicar que Física era a tal hora, que después tenía clase de Cálculo a tal otra. Era un martirio. Y después volver a la puta cárcel. Llegaba, la empezaba a mirar y se me borroneaba todo”. Es el antagonismo entre ser preso y estudiante de Ingeniería: “trato de ser más estudiante que preso”.
- “Andá pa’dentro que hoy no salís”- le espetan.
Es el inicio del periplo universitario y hay un paro en la educación primaria y secundaria. En la puerta de la cárcel de Punta de Rieles lo espera un sargento con unos 30 años en la policía. Roy lo mira desconcertado y piensa: “¿Cómo le explico a este milico que en la Universidad hay clase?”.
- “Dale, dale. Anda pa’dentro”, repite el sargento.
Roy llama a su abogado y a la Facultad para que corroboren que está abierta, que las clases se dictarán con normalidad. Una hora y media después sale, aunque sabe que perderá un par de clases “porque al milico se le ocurrió que había paro general”.
En la cárcel el castigo es cartesiano. “Te encierran el cuerpo, pero no elegís lo que comés, ni donde dormís, ni con qué te vestís. Tenés un montón de castigos al alma. Es el vigilar y castigar eterno”. Al castigo físico se le suma el psicológico, la pérdida de beneficios, como las visitas de la familia, que hacen la estadía mucho más dura. La casa nunca pierde, repite. Roy es implacable: “prefiero que me rompan todos los huesos pero no que me hagan la psicológica”.
Siempre le gustó saber “un poco más. Es una cuestión cultural”. En la cárcel se encargaba de las comisiones de la biblioteca. Luego de años en condiciones de hacinamiento en los peores pabellones, buscó a los que sabían leer y escribir. A los que les interesaba la lectura. “Che, tenés algún familiar con libros”, fue la pregunta que tantas veces hizo. Así nacieron las bibliotecas en los pabellones, “para aislarse de la ignorancia y de los milicos”, para salir del mundo de sombras de la caverna. Para pensar.
“Ese lugar era una especie de embajada”. Aunque esa seguridad era vulnerable. El sistema atacaba. Alguna requisa dio vuelta todos los libros y estropeó a los más viejos desarmando las hojas del pegamento seco. “Le ganamos al sistema y creamos bibliotecas para que algunos empezaran a leer”.
En la cárcel el tiempo es lento y agobia. Una televisión puede llegar a ser un elemento de vital importancia para aplacar el ocio eterno. Cuando la caja mágica se demoraba, Roy animaba a sus compañeros a incursionar en la literatura. Las revistas de Patoruzú fueron anzuelo para que varios se apoyaran en la lectura y accedieran a obras más complejas. Por cuestión retórica del destino o por lo atrapante de la historia, Memorias de un Calabozo se convirtió en el libro de cabecera de los intrépidos lectores.
Se vuelve crítico contra el sistema carcelario y asume una perspectiva foucaultiana de la policía y de las cárceles. En su discurso se mechan las sociedades disciplinarias y de control, pero siempre, con ahínco, aparece el vigente Vigilar y castigar. Ivana lo inició en estos autores. Primero se lo comentó en charlas, antes o después de las clases de Física. “¿Vos lo tenés?”, le preguntó, y ella se lo llevó. “Lo que dice es algo que pensaba. Leerlo en cana es un poco más fuerte. Lo conversaba con una persona cada milenio: no es tan fácil encontrar a alguien que en la cárcel lea a Foucault”.
En el 2002 estalla la crisis financiera en Uruguay. Los coletazos del corralito financiero que sacó por los aires a de la Rúa en Argentina cruzaron el Río de la Plata. Banco Comercial, Caja Obrera y de Crédito. Una familia: Peirano. Mientras el dólar llegaba a su zenit superando los 37 pesos uruguayos, el Penal deLibertad era un polvorín. Desde marzo el ambiente venía caldeado. Los motines se sucedieron uno tras otro. La ración de comida se redujo a la mitad. El Penal quedó destrozado. Las celdas quedaron sin rejas y unas frazadas dividían el espacio, marcaban los límites. La solución para la emergencia fue un pabellón de máxima seguridad, “las famosas latas”.
Un año después Roy y su hermano intentaron fugarse del COMCAR. El castigo fueron las latas. “Al entrar te rapaban y te ponían un mameluco naranja. Parecía un campo de concentración”. Las celdas tenían capacidad para dos reclusos pero el ingenio de las autoridades hizo que entraran tres. “Metieron una chapa más. Quedaban 40 centímetros entre cama y cama”. Las chapas y el tiempo fueron materiaprima de armas blancas “con dos hojas como la de los vikingos”. Allí no había electricidad. A las seis de la mañana el uniforme naranja tenía que vestir al convicto o de lo contrario esa noche, y tal vez otras más, dormiría sin colchón. Había que comer “la mierda que te daban” ya que no podían cocinar. No había agua, salvo la de la cisterna de un water de acero inoxidable “que tapábamos para lavarnos”.
 


***


-Eh, pibe. No saltes que la puerta está abierta- advierte Roy.
Los dos adolescentes miran el alambrado en silencio y obedecen la sentencia. La limpieza semanal de El Faro de Ingeniería está en pausa. Las ventanas abiertas, las bolsas negras cerca del mostrador, el olor que desprenden las cenizas del asado de ayer, los pelotazos que rugen de energía sobre el hormigón, los adolescentes que saltan alambrados invitados por el temblor de los arcos. Y también cierta impaciencia, el tiempo vale. A veces no se perdona la torpeza.
- Cerrame la reja, pibe- grita Roy sin moverse de su asiento.
Los pares de manos se mueven sin agilidad ni resultados: la reja sigue abierta.
- Ta, ta. Dejala así, sino te vas a ir sin tirar un pelotazo en toda la tarde.
No todos obedecen. Un púber rubio de ojos claros lo maneja a su antojo. La gorra levantada, el jean roto en el picadito, la mirada desafiante y la respuesta rápida. Un amigo tímido es espectador de la influencia que el pequeño Roy tiene sobre su padre.
- Papá, podemos llevarnos un refresco..
- ¿Uno para los dos?
- ¿Dos para cada uno?
- Dale, dale. Uno para cada uno. No te hagas el vivo.
De la heladera eligen una Paso de los Toros y una Pepsi. Al irse, Roy le recuerda a su hijo:
- Mirá que no me olvido que te me quedaste con el cambio del almuerzo, eh. Si, si. Hacete el gil nomá.
La tarde de los sábados se divide entre la limpieza y el tiempo para su hijo. “Está bien que nos llevemos así”. Los ejercicios de matemática, una maqueta del sistema solar y los tiros en la canchitas refuerzan los lazos entre padre e hijo. La cárcel nunca es tema de conversación. “Mejor, está bien así. Podes mentirle al policía, al abogado o al juez, pero a tu hijo no”. Hace unos años, en una de las visitas a la cárcel, por primera y única vez, el hijo preguntó al padre: “¿por qué estás acá?”. Roy subió a su celda y se desmoronó por tres horas.



***
 


- Che, necesito plata. A veces robo camperas. Quiero trabajar con ustedes.- Le dice un pibe de 14 años al Roy de 19.
- No, pibe. Conseguite una novia, andá a estudiar, dale.
La respuesta fue “para botijearlo”. No quería a un gurí de 14 años en su grupo. Desde sus propios 14 robaba autos por adrenalina. Algún que otro Fiat Uno, con perico y palancas. Con la calle llena de fieras y de ingenuos que quieren mamarla. Con el fierro encubierto en la ropa. Para, finalmente, dejar el auto en otro lugar.
Hoy ese pibe de 14 ya no saca su calibre 22 frente a la 9 milímetros de Roy. Comparten celda. La experiencia los hizo amigos. Mientras uno estudia ingeniería, el otro hace lo suyo con los comercios a su cargo, es banco y presidente de algunas cooperativas que se armaron en cárcel. “Es el único con el que puedo hablar de otras cosas. El resto se preocupa por quién mató o robó a quién ”.
A solas con los otros se puede tener una conversación larga y tendida. Algunos le dicen que “nacieron chorros y van a morir chorros” pero Roy está seguro de que “si a la mayoría le das un buen laburo y un buen sueldo no volverían a robar”. En grupo repiten “a cada rato” las palabras que nacieron en el cante y en la cárcel, de las que hacen uso algunos atrevidos: “pija, chorro, fierro, cana, reja, yuta, puto”.
“¿Cuánta gente se quedaría sin trabajo si las cárceles cerraran?”. La jugada de la sociedad disciplinaria es “perversa”. La cárcel saca de la calle a los jodidos, algunos tan jodidos “que duermen con cartones y de pasta”. Los encierran, les dan de comer y los ‘rehabilitan’. Si al poner un pie en la calle a nadie le importa un carajo qué será del “tipo después”, la rehabilitación fácil es volver. Reincidente, porfiada y encapricha: “la cárcel genera parásitos”.