Creerse eternos

Mariana Licandro / Ilustración: Pelu
Más allá de los próximos resultados electorales, la derecha se puede sentir triunfante: luego de trece años de gobierno progresista sus intereses y su proyecto político-ideológico están intactos, por no decir fortalecidos. La lógica liberal, mercantil, para la cual la competencia y lo privado son mejor que lo público o lo común se ha fortalecido. El control y la represión policial contra los pobres y contra la protesta social cuentan con más legitimidad que cuando gobernaban los partidos de derecha. Por momentos me da la sensación de que se creen eternos, que realmente creen que todo lo que sucede está bien y es justificable porque son ellos los que están en el gobierno. ¿Y cuándo no estén?

Cualquier persona con pensamiento propio y sentido crítico intenta darle sentido a las cosas que suceden, intenta explicar aquello que resulta extraño, que no es fácil de interpretar a simple vista, intenta explicar por qué suceden y cuales son las intenciones. Solo las mentes vacías o vaciadas aceptan las cosas tal cual son; aceptan los hechos, discursos y mensajes sin interrogarse cuál es su  sentido o cuáles son las intenciones que hacen que una cosa sea así y no de otra manera.

En nuestro país sucedieron y suceden cosas que a simple vista resultan extrañas. No son fácilmente interpretables, porque no estaban en el horizonte de expectativa, es decir, no estaban en nuestro campo de lo previsible o posible. Entonces para quienes tienen pensamiento propio o sentido crítico  resultan extrañas, generan incertidumbre, confusión y un deseo de encontrar una explicación.

Mientras escribo esto se me aparecen un montón de imágenes, recuerdos cargados de afectos y emociones diversas. Recuerdo el día que voté por primera vez, en las elecciones nacionales de octubre del 2004. Recuerdo exactamente la caminata por camino Maldonado yendo al liceo donde me tocó votar, la expectativa de ese día. Recuerdo a mi madre emocionada por el resultado e invitándome a ir a festejar a 8 de octubre. Recuerdo a las viejitas ondeando las banderas que guardaban desde hace décadas.

Pero también recuerdo las imágenes de la represión en Ciudad Vieja, cuando Bush pretendía firmar el ALCA en 2005. Me acuerdo de las primeras discusiones familiares, de tíos que siempre fueron de izquierda juzgando a los manifestantes y sentenciando “se lo merecen”. Recuerdo cuando vi a un milico arrastrando de los pelos a una compañera, el 19 de junio de 2007 en la explanada de la Universidad, porque había cortado la calle. Recuerdo las imágenes de la represión del Codicen en 2015 y también como se reprimió a padres y profesores en el liceo 70 en el 2012.

Recuerdo además los festejos por la segunda victoria del Frente Amplio por 18 de julio, mientras otros llorábamos por haber perdido el plebiscito rosado. Me acuerdo de la visita de Mujica a Dalmao. Me acuerdo de las declaraciones de Bonomi después de que sus funcionarios asesinaran por la espalda a Sergio Lemos en Santa Catalina. Me resuenan las palabras de Mujica diciendo que las maestras trabajan cuatro horas, y cómo olvidarse de María Julia Muñoz anunciado el decreto de esencialidad.

¿Es posible darle un sentido a todo esto?

¿Es posible explicar cómo en el 2004 muchos lloraban de emoción y luego en el 2009 llorábamos de tristeza? ¿Es posible explicar cómo el gobierno del Frente Amplio sale a culpabilizar a un pibe inocente que el propio gobierno asesinó por la espalda? ¿Y cómo explicar que después de trece años en el gobierno se ha hecho prácticamente nada por encontrar la verdad y hacer justicia? ¿Cómo explicar que trece años después las cárceles siguen siendo campos de concentración de pobres y en el INAU-INISA se sigue maltratando y torturando a los jóvenes pobres?

Las mentes vacías o vaciadas duermen en tranquilidad, no se agobian con tantas preguntas. No le buscan sentido, obedecen. Algo así como lo que Hannah Arendt denominó la “banalidad del mal”. ¿Cuántos Eichmann hay en el progresismo? No me refiero exclusivamente al gobierno, sino a todo ese conjunto de fuerzas y actores políticos, institucionales y sociales que conforman ese nuevo consenso donde todo lo que haga el gobierno del Frente Amplio está bien, por algo será, hay que respaldarlo y obedecer.

Es un entramado complejo y perverso; como una excelente obra de teatro con un fino libreto cargado de intriga y suspenso, con conflictos de baja intensidad que parecen poner en peligro relaciones, alianzas y la propia vida de cada personaje, pero que finalmente se disipan porque el conflicto es parte del acting, de la puesta en escena de cada actor. La obra busca engañar al espectador, tenerlo en vilo durante toda la función atemorizado por un terrible final, para que finalmente se sienta reconfortado cuando esas relaciones y alianzas se refuerzan, el status quo se restablece y hay una sensación de victoria, aunque nada se haya ganado. El reparto: el Pit-Cnt, el Frente Amplio y sus diferentes sectores, los indisciplinados y los disciplinados, los mujiquistas y los astoristas, el propio gobierno. El auditorio aplaude de pie.

Por momentos me da la sensación de que se creen eternos, que realmente creen que todo lo que sucede está bien y es justificable porque son ellos los que están en el gobierno. ¿Y cuándo no estén?

En un contexto marcado por varias denuncias de contaminación del agua por cianobacterias (generado entre otros factores por el uso de agrotóxicos); por la iniciativa para derogar la Ley de Riego que, entre otras cosas, traerá más contaminación; y por la posible instalación de una tercera planta de celulosa sobre el Río Negro, se firma un decreto que limita la investigación científica sobre la calidad del agua. A partir del decreto se necesitará la autorización del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca para divulgar los datos sobre los niveles de contaminación, cuando se sabe que es precisamente la actividad agropecuaria la que genera más contaminación sobre los cursos de agua. Pero como es el gobierno progresista del Frente Amplio suponemos que no van a poner trabas para saber la calidad del agua que tomamos y que el decreto no es más que un simple formalismo.

Ya en mazo de 2017, luego de un gira del gobierno y el Pit-Cnt por Finlandia, que incluyó negociaciones con UPM, se había firmado otro decreto para limitar las manifestaciones y los cortes de ruta. En ese entonces, y con un cinismo extraordinario, desde el Ministerio del Interior justificaron la medida diciendo que era por cortes de ruta que respondieran a “intereses empresariales”, cuando el propio decreto dice cortes de “cualquier naturaleza”. Con tres días de vigencia del nuevo decreto se desalojó un corte del sindicato del transporte y se detuvo a cinco trabajadores. De nuevo, como está el Frente Amplio en el gobierno no cuestionamos la intención del decreto, y aceptamos las justificaciones oficiales, suponiendo que no es contra los trabajadores, sino contra los empresarios y “autoconvocados” que ponen trabas al desarrollo del país.
 
El gobierno negocia en secreto sin rendir cuentas a nadie (ni siquiera a los actores legitimados de la democracia representativa) y firma un contrato colonialista con UPM. En él se compromete a un sin fin de requisitos, todos costeados con recursos públicos -esos que hoy no hay para la educación o salud pública- y sin tener la certeza de que UPM finalmente instalará su segunda planta de celulosa. Entrega así parte de nuestro territorio y de nuestras aguas y renuncia soberanía, firmando una especie de carta de intención sin contraparte, porque el único que se compromete a realizar acciones concretas es el gobierno uruguayo. Nuevamente aparece la lógica eichmanniana de aceptar lo inaceptable: si lo hace el Frente Amplio por algo será, son necesarios el desarrollo y la inversión.

Podría seguir con ejemplos e ironías, pero lo que quiero plantear es que la eternidad no existe en la historia, y lo que hoy parece justificable mañana será un horror. Controlar la investigación científica, y en un tema tan delicado como la calidad del agua; limitar las manifestaciones sociales  habilitando la represión policial; negociar a espaldas del pueblo y de todo tipo de institucionalidad acuerdos con multinacionales, embargando recursos públicos y territorios, son una gran muestra del triunfo de la derecha en términos ideológicos.

Tuvieron que pasar más de 170 años de historia y de monopolio blaqui-colorado para que una fuerza progresista considerada de izquierda asumiera el gobierno. Sin embargo la derecha ha comprobado que el Frente Amplio no representa un peligro para su proyecto, aunque lógicamente prefieren ser ellos mismos los que representen sus intereses y se beneficien de los privilegios clientelares del Estado.

En la historia no todos los cambios son iguales, tienen diferentes impactos, diferentes ritmos históricos, son diferentes las maneras de percibirlos. Los cambios en las sensibilidades y mentalidades son los más difíciles de registrar. Sin advertirlo, cuando queremos ver ya hemos naturalizado o nos hemos acostumbrado a cosas que antes nos generaban un profundo rechazo: las razzias policiales, el asesinato por la espalda de jóvenes inocentes, “censos” hechos por la guardia republicana en barrios pobres o la utilización de “negociadores” con chalecos antibalas para desalojar a trabajadores del despacho municipal.

Más allá de los próximos resultados electorales, la derecha se puede sentir triunfante: luego de trece años de gobierno progresista sus intereses y su proyecto político-ideológico están intactos, por no decir fortalecidos. La lógica liberal, mercantil, para la cual la competencia y lo privado son mejor que lo público o lo común se ha fortalecido. El control y la represión policial contra los pobres y contra la protesta social cuentan con más legitimidad que cuando gobernaban los partidos de derecha.

Aquellos que decían “le están haciendo el juego a la derecha” tenían toda la razón, pero se equivocaron al no asumir dicha responsabilidad y acusar a quiénes quedamos por fuera del progresismo o quiénes tuvieron la capacidad de cuestionar y no aceptar lo inaceptable.

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