Crisis y guerra en Ucrania

Raúl Zibechi / Foto: 20minutos.es
A comienzos de año Ucrania era noticia por las manifestaciones que buscaban la salida de su presidente. Cuatro meses después la ultra derecha capitalizó las protestas y el velo localista se desmoronó frente a la participación de Rusia, Estado Unidos y la Unión Europea en el conflicto.

En 1992, luego de la caída de la Unión Soviética y la desarticulación del campo socialista, la estrategia estadounidense definió que en adelante su objetivo principal sería “prevenir el resurgimiento de un nuevo rival, ya sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en otro lugar, que suponga una amenaza del orden de la planteada por la Unión Soviética”.

Se trata del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, una fundación en la que las figuritas más conocidas pertenecen al Partido Republicano: Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Jeb Bush, Francis Fukuyama, Dick Cheney. Fue asumida como una política de Estado, en la que necesariamente participan los demócratas, entre ellos el ex consejero de Seguridad de Minny Carteer, Zbigniew Brzezinski, quien en 1997 publicó El Gran Tablero de Ajedrez, cuyo subtítulo lo dice todo: “Imperativos Geoestratégicos de la Supremacía Americana”.

La crisis en Ucrania debe ser leída con esos lentes. Como señala el analista Pepe Escobar, “eso es todo lo que uno necesita saber acerca de la administración de Obama”, tanto en relación a su “pivot” militar hacia Asia para contener a China, o su actitud hacia la Rusia de Vladimir Putin (Asia Times, 24 de abril de 2014).

La estrategia actual de Washington es idéntica en todas las regiones del mundo. Alianzas comerciales, o sea tratados de libre comercio, y despliegue militar. Las primeras son necesarias para sostener la frágil economía estadounidense y darle alas a sus multinacionales ante el éxito arrollador de los chinos. El segundo busca llevar la confrontación estratégica hacia el único terreno donde la superioridad del Pentágono es aplastante.

En Asia, se combinan los acuerdos entre doce países a través de la Asociación Trans-Pacífico (TPP por sus siglas en inglés), que excluye a China, y el despliegue de la mayor parte de su flota, que hasta ahora estaba focalizada en Oriente Medio, hacia los mares de China formando un cinturón capaz de estrangular su comercio, en particular el flujo de hidrocarburos vital para sostener su economía.

En Europa, se trata de avanzar hacia la firma de la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (TTIP, por sus siglas en inglés), similar a la alianza del Pacífico. Pero esta alianza tiene sus problemas y de hecho lleva tres años en negociaciones sin avances importantes. El acuerdo busca eliminar las barreras aduaneras e impositivas en todos los rubros. Se viene negociando en Bruselas, “a puerta cerrada y con documentos secretos, únicamente accesibles para los grupos de presión empresariales” (Diagonal, 7 de octubre de 2013).

El colectivo Corporate Europe Observatory sostiene que la Comisión Europea efectuó 130 reuniones con “partes interesadas” para llegar al acuerdo de libre comercio. Al menos 119 de estas reuniones, más del 93%, fueron con grandes empresas y sus grupos de presión, entre ellos el Consejo Empresarial Transatlántico (Diagonal, 7 de octubre de 2013).

Las dificultades del acuerdo consisten en las normas laborales y medioambientales de los países europeos, mucho más estrictas que las existentes en Estados Unidos. Washington se niega a ratificar normas y convenciones de la Organización Internacional del Trabajo sobre derecho a la sindicalización. En Europa existe un rechazo masivo de la población al fracking (fractura hidráulica, prohibida en varios países) y a los cultivos transgénicos. Para tener una idea de lo que está en juego: en Estados Unidos hay 70 millones de hectáreas de cultivos transgénicos; los países del Cono Sur le siguen con otros 70 millones (Brasil 30 millones, Argentina 24, y el resto Uruguay, Paraguay y Bolivia). En Europa esos cultivos casi no existen. España tiene apenas 100 mil hectáreas y en los demás países las cifras son mucho más bajas.

Para las multinacionales estadounidenses es vital romper estos bloqueos ya que está en juego su supervivencia. Invadir Europa de transgénicos o vender el gas producto del fracking, sería abrir nuevos mercados a esas multinacionales. Se prevé que en la próxima década Estados Unidos, hoy uno de los principales importadores de hidrocarburos del mundo, se convertirá en exportador gracias al fracking. Ucrania posee importantes reservas de gas que podrían ser explotadas con las técnicas estadounidenses.

La crisis de Ucrania debe leerse en este contexto. La Unión Europea importa el 30% del gas de Rusia, gran parte a través de la frontera con Ucrania. Romper la dependencia europea del gas ruso es uno de los principales objetivos de la política de los Estados Unidos. Por eso la crisis en Ucrania está estrechamente vinculada al gas y al acuerdo TTIP, que es la condición para que Europa pueda recibir gas estadounidense. Una guerra en Ucrania, que es el objetivo trazado por el Pentágono por lo menos desde que se desató el conflicto en Siria que se está saldando con un triunfo del régimen de Bashar al Assad, provocaría inevitablemente el corte de los suministros rusos. Lo que llevaría a la Unión Europea a los brazos de Estados Unidos.

El segundo objetivo es debilitar a Rusia, que ha retornado luego de 20 años al escenario global y juega un papel destacado en Medio Oriente y en Asia, zonas de máximo interés para el Pentágono. En mayo Putin visitará China y todo indica que ambos países firmarán un acuerdo energético para vender gas ruso a China durante tres décadas a través de un gasoducto, lo que resolverá el problema del cerco marítimo que está tendiendo Estados Unidos en el mar de China. Sería, como lo definen no pocos analistas estratégicos, “la noticia de la década”, y colocaría nuevamente a Washington a la defensiva ya que no tiene la capacidad de enfrentar a las dos potencias emergentes de forma simultánea (Rusia Today, 16 de abril de 2014).

Una partida de ajedrez, como la definió Brzezinski, el principal asesor de aquel presidente simpático y hasta progresista que no paraba de hablar de derechos humanos. Las semejanzas entre Carter y Obama son mucho mayores de las que imaginamos.

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