Cuando el río suena...

Victoria Coronel y Tamara Tabarez (Columna de Minervas) / Foto: Poppy Brunini
Esa noche, la del siete de octubre, Montevideo llovía. Apuraba una tormenta mientras noventa y cinco mujeres llegaban al punto de partida: explanada de la universidad. Bolsos, colchonetas, megáfonos, banderas, parches y pancartas. Había sonrisas, apuros y listas de nombres en voz alta. Dos ómnibus cargados de ansiedad, ganas, preguntas, canciones, debates y mucho más; destino Rosario.

Rosario era un río, mujeres a oleadas y borbotones, puro barullo y expansión, salpicando rabia y alegría, formando círculos de agua calma donde mirarse y reconocerse, donde lavar el dolor, donde parirse nuevas. En las plazas, en las escuelas, en las calles, pisando cemento, agachadas en el pasto, jugando al fútbol, cantando, bailando, haciendo todos los ruidos, riendo a carcajadas, desafinando, estridentes, sudando, respirando fuerte, corriendo, acariciando, mirando al cielo. Mujeres abrazadas, en círculo, arborescentes, en manada.

Nos convocamos en talleres donde no cabíamos, ensanchando pasillos, patios, salones, inventando fórmulas para escucharnos todas, de todos los colores, con todas las banderas, de todos los rincones. Trabajadoras, paradas, hijas, madres, abuelas, migrantes, desde barrios y ciudades, desde comunidades, cooperativistas, sindicalistas, partidarias, independientes, cis, trans, lesbianas, colectivizadas y disidentes.

Otras en los bordes, en otros centros, en los espacios que no aparecían en grillas, más charlas, talleres, colores, mimos, compartires, sentires. Las plazas, las veredas, los baños químicos, las ferias, las artesanías, los libros todxs cómplices del encuentro.

Los trabajos, los cuidados, las raíces, las identidades, las múltiples violencias, las luchas, el SUR encontrándose. Mil modos de gritarle: NO! No a un sistema capitalista y patriarcal que nos reprime, nos encierra, nos desangra, nos expropia tierras e historias, nos explota sexualmente, nos viola y nos mata.

Setenta mil dijeron por ahí, cien mil, miles y miles de mujeres, lesbianas, trans, poniendo el cuerpo, inundando calles. Con sus pañuelos, con sus remeras, con sus vientres y tetas al aire, con sus niñxs en los regazos, con sus compañeras de la mano, con sus ganas de no parir obligadas, con sus cuestionamientos cotidianos, con sus triples jornadas, con sus aventuras afectivas, con sus ganas de no morir, con sus furias acumuladas, listas para ser guerrilla.

Porque nunca es gratis la denuncia y el barullo, llegó el domingo. La emoción el canto el grito el oleaje en marcha las balas los gases las vallas todas las violencias las corridas. Porque nos cobran el estar en movimiento y hermanadas, porque en un río de diferencias había un solo clamor que nos reclamaba vivas. Vivas, autodeterminadas, desbordando la alegría de encontrarnos, desatadas y furiosas, en resistencia. Diciendo que no a la iglesia, al sistema, al machirulo de turno, al Estado, a las mil y un formas que toma el patriarcado. Eso siempre nos cuesta caro desde que nacimos, nos cuesta la vida misma.

Muchas no llegaron, muchas nos faltaban, sabíamos que no estábamos todas y que las que estábamos, como cada día, todas y cada una, siempre en riesgo, estábamos en pie de guerra. Luchamos, bailamos, cantamos, gritamos, nos abrazamos, graffiteamos y seguimos en marcha. Cuarenta cuadras representaban el conjunto sentir, el lugar de opresión y la respuesta. Cuarenta cuadras, más todas las que no estaban físicamente, pero estaban allí.

Porque no pueden con la alegría, con el amor, con la memoria y con la bronca, no pueden con lo que construimos cuando nos sabemos juntas. Porque ante cada ataque nos brotan la certeza, las alas y la fuerza.

Y nos multiplicamos, y nos desplegamos y nos convertimos en la peor pesadilla, porque se nos va escapando el miedo, porque somos pura libertad, porque de ola en ola, de río en río, conmovidas desde el centro, nosotras sabemos lo que puede un maremoto.