Daniel. Por Rubén Olivera

Yo no pensaba escribir sobre Daniel. No sabía cómo iba a permitirme buscar frases certeras o jugar con el lenguaje. Pero me acordé de los ojos rojos de Coriún que se había quedado sin dormir para escribir a la muerte de Jorge Lazaroff. Y me imaginé los ojos rojos de Daniel cuando tuvo que escribir sobre Coriún.

¿Y qué decir?

Qué decir, si antes de que la herida aceptara su existencia ya los bordes se estaban agrandando. Porque la herida es la misma. La de Graciela Paraskevaídis en febrero, Lucio Muniz en abril, el luthier Hilario Barrera en mayo, Washington Benavides en setiembre, Coriún Aharonián a comienzos de octubre, y ahora Daniel. Una de las cosas que tenían en común es que ninguno de ellos hubiera creado nada “digno de Disneylandia”1nunca hubieran hecho algo para adornar el dolor de los demás. 

Yo no pensaba escribir sobre Daniel. No sabía cómo iba a permitirme buscar frases certeras o jugar con el lenguaje. Pero me acordé de los ojos rojos de Coriún que se había quedado sin dormir para escribir a la muerte de Jorge Lazaroff. Y me imaginé los ojos rojos de Daniel cuando tuvo que escribir sobre Coriún.

Su compañera Lourdes lo va a extrañar, su hija Trilce y – en el futuro – su nieto Gaspard lo van a extrañar, su sobrino, sus hermanas, su cotidiano colaborador y amigo Efraín Molina, sus compañeros de Brecha lo van a extrañar, la barra de Crysol lo va a extrañar, los integrantes de Madres y Familiares, las Martinas y Anaclaras que nacieron de su voz, las muchachas de mirada clara.

Muchos lo imaginan ya en algún tipo de cielo, charlando con Coriún y Graciela, escuchando tocar el piano a Lyda, su madre, pescando en un río con Cédar, su padre, paseando del brazo con Nelly, su tía. Quizá haciendo un aparte con el Bebe, Salerno y Soledad, con Elena y la Tota, visitando poetas en una barra formada por Mario, Idea, Eduardo, Capita y Juan, visitando cantores como Yupanqui, Alfredo, Carlitos y el Choncho. Con Fidel, Vallejo y el Che, se tomará su tiempo, por el respeto que trae la menor familiaridad. Y a su admirado Stravinski supongo que lo llamará por teléfono.

Las flores no dejaban de llegar a su velatorio en el Teatro Solis. Las enviaban sindicatos, instituciones públicas y privadas, gobiernos latinoamericanos. Tampoco dejaba de llegar su público, los timpaneros, colegas, compañeros en general. Todos tenían una historia personal para contar, esa que los conectó para siempre a Daniel: un gesto suyo, un comentario en un recital, una canción que los marcó, ese algo cálido, ese algo tierno, el humor. Se entonaron varias de sus canciones en comunión, todos sabían las letras. Un amigo me contó que en España alguien le preguntó de dónde venía. De Uruguay, le respondió. Y el otro exclamó: - “Ah, del país de Daniel Viglietti”.

En el último programa de “Tímpano” se sumó nuevamente al reclamo por una Justicia más rápida y efectiva en torno a los crímenes de la dictadura. Esa Justicia que, al igual que muchos de los políticos que fueron a su velatorio, no hubiera sabido qué hacer con él y con Eduardo Galeano si hubieran sido juzgados por “asonada” en aquel febrero de 2013, cuando estuvieron presentes para respaldar a la jueza Mariana Mota.

Venía de hacer una gira en la que visitó Bolivia, por el Che, y Chile, por Violeta, en un año en que se cumplen muchos números redondos en fechas históricas. Sus últimos recitales en el país se dieron en situaciones que le gustaban: cantarle a los jóvenes. Como no daba puntada sin el hilo de la consecuencia, estuvo en Piriápolis en el Antel Fest, y después en Las Piedras “Recordando al Che Guevara" (con exposición simultánea de los dibujos de Capita Capagorry).  Para el viernes 1º de diciembre planificaba un recital en el Teatro El Galpón, en donde habría nuevas canciones.

Era futbolero y carnavalero. Tenía una vitalidad desbordante. Como nadie, seguía cantando en forma militante, y hasta se amargaba cuando no podía concurrir a lugares que consideraba “necesarios” pero que se superponían en fechas. Deja un enorme archivo (al igual que el de Coriún y Graciela) construido con amor esperando que el Estado lo trate de la misma forma. Contiene miles de discos, cientos de cintas y casetes con entrevistas inimaginables recogidas desde mediados de los sesenta.

¿Y qué decir? Nos vamos cruzando con los amigos, charlando por enésima vez si es mejor la muerte anunciada y en cuotas que el aturdimiento de la inesperada. Especulando qué hubiera pasado si se hubiera atinado a hacer tal o cual cosa. Despertamos en la mañana y disfrutamos de los habituales segundos de incredulidad mientras la realidad se encarga rápidamente de amargarnos la vigilia. Qué decir, si somos de un país en el que Idea Vilariño se murió cansada de palabras. De un país con el privilegio de haber gestado un ser entrañable como Daniel Viglietti. Lo demás está por hacerse. Navegar es necesario. Basta con seguir su ejemplo, con mirar el rastro de luz. Daniel siempre estará a nuestro lado, iluminándonos.

 

La hormiguita

Su amplio compromiso político se volcó en el periodismo escrito y en la conducción de programas radiales (Tímpano)  y televisivos (Párpado). También difundió a sus colegas a través del disco. Versionó a Violeta Parra por primera vez en el Río de la Plata. La incipiente Nueva Trova cubana vio sus creaciones grabadas en “Trópicos” (1973), que es además el primer disco local de un compositor dedicado íntegramente a versionar canciones de otros autores. En sus recitales de 1984 en Buenos Aires, antes de retornar a su país, hizo cuestión de compartir el escenario con jóvenes músicos que actuaban en la resistencia a la dictadura. Fundó el Nemus (Núcleo de Educación Musical), la primera institución que incorporó formalmente la enseñanza de la música popular.

Fue de los primeros en musicalizar poetas españoles y a la poesía contemporánea uruguaya, así como en trabajar “a dos voces” al presentarse en vivo con escritores (especialmente con Juan Capagorry y Mario Benedetti). Junto a Capagorry realizó “Hombres de nuestra tierra. Ciclo de canciones uruguayas” (1965), uno de los primeros álbumes temáticos en la música latinoamericana, que reunía fotografías y canciones sobre oficios, construidas a partir de géneros musicales uruguayos. En lo guitarrístico reunió lo mejor de las escuelas de Abel Carlevaro y Atilio Rapat, sus maestros. Sus graves en el canto eran una amalgama de fuerza, lirismo y ternura. En lo creativo, hizo milongas experimentales y canciones teatralizadas (“Masa” y “Pedro Rojas”, ambas sobre texto de César Vallejo), entre tantas cosas. Y nunca rebajó lo artístico al mero “mensaje” político.

 

1. Jaime Roos: “Nunca haría nada digno de Disneylandia” 

 

Publicado originalmente en Semanario Brecha (3-11-17)