De canicas y capturas: cinco líneas para pensar la transformación de la salud mental uruguaya

Mario Moreno / Foto: Zur
Me gustaría que el lector se haga un espacio en la tarde (entre las 13 y las 18 horas, si puede) y se dé una vuelta por el Hospital Vilardebó. Intente hacerlo sin prejuicios, como si fuera de visita, pensando que la locura puede ser algo a descubrir, una ventana abierta al conocimiento social que usted, querido vecino montevideano, desconoce.

Pero además de la visita pintoresca que puede ser la llegada al nosocomio público, mire un rato a su alrededor. Proyecte su mirada sobre las personas que allí se encuentran. Si puede, converse con algún psiquiatra, con algún psicólogo o trabajador social. Si le parece, converse con algún usuario, mírelo a los ojos, trate de comprender lo que dice: él o ella le estarán muy agradecido. Pero más agradecido se sentirá usted por haber entablado ese vínculo, se lo aseguro, porque seguramente esa persona tenga algo para enseñarle que usted no conoce.
 

Si aun le parece interesante el ejercicio planteado, vea quiénes son esas personas que están internadas en el hospital. Piense, suponga, pregúntense a qué clase social pertenecen, por qué están allí. Y si tiene el privilegio de andar por la emergencia, vea como se retiran las medicaciones en los casos de las situaciones más frágiles. Conozco algunos casos de cerca: personas en situación de calle, personas que no tienen la contención familiar necesaria y no pueden pagar un psicólogo. Para ellos la atención en salud pública es bastante mezquina en actividades sociales, talleres, espacios terapéuticos, deportes, etc.

El exceso de pastillas está en la calle
 
En las pastillas no es tan mezquino el sistema. Las pastillas (o canicas como le dicen algunos usuarios) sobran en Montevideo. Está lleno de pastillas para la ansiedad, para el humor, para poder dormir, para esto y lo otro. Si el paseo por el Hospital Vilardebó no le parece interesante, pase por alguna feria callejera barrial y verá que la venta de pastillas y la oferta y diversidad de psicofármacos también es generosa. Pero, ¿por qué hay tanta medicación? ¿los uruguayos necesitamos tanta medicación para vivir? ¿no será que necesitamos más trabajo, más posibilidades, más y mejor información?
 
Quiero decir en esta primera línea que la medicación psiquiátrica es un gran negocio. Y no solo la psiquiátrica, también la que le recomienda su médico de cabecera. Ella paga viajes, muestras gratis, fiestas organizadas por los laboratorios para sus promotores y toda la gama de ofertas que puede generar una gran multinacional para vender sus productos. Esto incluye la experimentación de medicamentos sobre usuarios de salud pública. Es por eso que la medicación desborda Montevideo, frente a la magra oferta de otro tipo de acciones para con la gente que más lo necesita. Además, la venta y el intercambio de pastillas hace rato tiene su mercado negro y se consumen como cualquier otra sustancia que genera adicción. Su exceso de producción las convierte en una de las drogas más eficientes y utilizadas para el consumo lúdico o adictivo. No hay dudas de que la medicación psiquiátrica es una de las mayores drogas legalizadas, junto con el alcohol y la nicotina. Y esto está relacionado directamente con su exceso de producción y comercialización.

Por eso, vecino, vecina, si al terminar su paseo ve a alguna persona que podríamos denominar “indigente” salir del hospital (o de la feria) con una bolsita cuantiosa de medicamentos, no se asuste, es la forma que la salud pública utiliza los recursos para dopar a la gente y que no moleste por ser pobre, vio.

El modelo psiquiátrico explotando


¿Usted sabe, vecino, que los hospitales psiquiátricos están controlados, básicamente, por psiquiatras? Le cuento que estos señores, que habitualmente usan túnicas como si fueran médicos (cuando en realidad las formas de intervención médica son construidas desde los discursos biológicos mientras que las ciencias de lo mental pugnan por las formas de comprensión del alma humana, lo que amerita la integralidad de disciplinas tanto humanísticas como filosóficas y biológicas), manejan la cotidianeidad de los hospitales: autorizan o no las salidas de los usuarios y garantizan la vinculación al tratamiento por ellos diagramado para los usuarios. Tratamiento que se apoya en un diagnostico primario de la situación, para, luego, generar un tratamiento básicamente farmacológico. En el peor de los casos se aplican choques eléctricos, técnica que tiene como objetivo borrar una parte de los pensamientos. Pero con ese borramiento también se matan unas cuantas neuronas, y ni que hablar de las secuelas y ataques al corazón producidos por el miedo que genera una práctica que está más cerca de la tortura que del tratamiento.

En fin, la psiquiatría es una ciencia hija de la medicina que tiene una basta producción teórica, como los manuales y catálogos de enfermedad mental, pero que brinda muy pocas soluciones. Usted sabe que puede tomarse una pastillita de vez en cuando por la espalda o la artrosis, pero también sabe que eso no quitará el problema de origen. Más bien usted tendría que hacer fisioterapia, un tratamiento corporal, ejercicios u otro tipo de técnicas que acompañen el fortalecimiento integral del padecimiento. Con la salud mental es similar: como dice el dicho, no se puede tapar el sol con un dedo.

Luchas, leyes y dispositivos

La Comisión Nacional por una Nueva Ley de Salud Mental se creó en 2016. Busca integrar a un número considerable de organizaciones sociales que luchan por modificar la Ley del psicópata, nombre que responde a una perspectiva estigmatizante y se basa en la peligrosidad del loco, en el encierro y aislamiento de las personas con padecimiento psiquiátrico. Este modelo le viene como anillo al dedo a la ciencia psiquiátrica, ya que tiene a los cuerpos en un terreno panóptico donde puede medir, medicar y sacar hipótesis acerca de la conducta de los sujetos; como si los cuerpos no reaccionaran al encierro de forma diferente que estando en libertad.

Finalmente, una nueva ley de salud mental se votó en 2016. Pero vea la paradoja, vecino, vecina: esta vez no tenemos psicópatas, ahora la enfermedad y el etiquetamiento médico se llama “trastorno mental”. Sí, otra vez nos comimos la pastilla. Esta ley, en vez de proponer una legislación nacional, como plantean las organizaciones nucleadas en la Comisión, establece un paradigma asociado al trastorno mental, lo que reduce considerablemente el campo de atención y produce, a partir de ese diagnóstico, la estigmatización de cualquier persona que tenga alguna dificultad relacionada a su salud mental. Por otro lado, un aspecto jurídico no menor en todo este tema es que la nueva ley, aprobada en el senado, no elimina el Instituto Nacional del Psicópata de la anterior Ley del psicópata. Este Instituto posee los fondos públicos para financiar proyectos, promover programas y generar una agenda de posibilidades laborales.

Las organizaciones sociales, por su parte, proponen acercarse a nuevas formas de atención en salud mental. Es más, elaboraron un proyecto de salud mental que fue encajonado por el Parlamento hace unos años. Allí se proponen cambios considerables en temas como el encierro, el diagnóstico, la legislación de tutelas, el encierro premeditado, el aislamiento y la incidencia de otras miradas y disciplinas sociales, no solo la exclusiva y grandilocuente mirada psiquiátrica. Es un proyecto de ley para un plan de salud mental a nivel nacional verdadero y se enmarca en una perspectiva de derechos, en oposición la perspectiva de control biopolítico y de aislamiento.

Los nuevos dispositivos urgen y surgen. Se necesitan nuevas tecnologías de lo social que modifiquen los roles estereotipados que las instituciones deparan para los sujetos, ubicándolos como seres vacíos, alienados y en actitud pasiva. Esto no solo sirve para los hospicios de salud mental, sirve también para pensar las instituciones educativas, médicas y todas aquellas que quieren ubicar a sus usuarios o actores en lugares reducidos, donde su voz no pueda emerger y traer una perspectiva diferente a la hegemónica. Una nueva mirada, social, política, que tiene cosas para decir acerca de sus tratamientos. Una mirada transformadora, porque la locura no es más que el movimiento del abajo, la voz de los pobres, de las personas que habitan en la calle, de ese margen social, que tiene críticas e ideas para transformar la realidad; esa cruda realidad que por momentos puede desbordarnos. 

Capturas y marketing

El estado y la politiquería de turno suelen tomar la potencia de los movimientos sociales. Se hacen congresos, papelógrafos, power-points y toda la parafernalia del politicshowbussines. Se utiliza a las organizaciones, se las muestra por televisión con eslóganes como “inclusión” o “reunión de trabajo”. Lo que hacen, en realidad, es recabar ideas de los movimientos para que luego un señorcito ministro arme, en su despacho junto con su secretaria, la ley o texto jurídico de mayor conveniencia para su sector político. En eso se ha convertido la política, en un aprovechamiento de la potencia social, no para el beneficio del mismo pueblo, sino para la especulación política, para objetivos mezquinos y cortoplacistas.

De allí que los zapatistas llaman a los gobiernos liberales el mal gobierno, mientras que la organización de las personas que habitan y se nuclean en un territorio son el buen gobierno. El mal gobierno uruguayo en este caso, fiel a las nuevas formas de la política, no solo ha capturado la potencia de las organizaciones sociales de salud mental para armar un proyecto de ley que no representa sus demandas, sino que además les ha copiado el marketing, la publicidad, las consignas, vilmente. Una de las frases de las organizaciones nucleadas en la Comisión para una Nueva Ley de Salud Mental dice que “rayados estamos todos”, en consonancia con una forma y concepto de despatologización que promueve considerar a las personas no por su diagnóstico psiquiátrico, sino simplemente porque son personas. Pues bien, la misma formula, con otras palabras, ha sido tomada por los organismos de salud publica para hacer broches y artefactos de publicidad dentro de una campaña que se denomina “Salud mental sin prejuicios”

No habría problema en que el estado, como garante de la salud de todos los uruguayos, tome algo de esta prédica social. Pero sería interesante que no tome solamente el trabajo de las organizaciones para lo que le sirve y descarte aquello que no reproduce sus intereses políticos, económicos y sociales. Las organizaciones sociales conocen la salud mental, conocen el sufrimiento psíquico de los usuarios con los que trabajan y a los que integran constantemente. Las organizaciones sociales son los usuarios y familiares de usuarios. ¿Por qué el gobierno desestima su voz? No es lobby político lo que hacen, aunque seguramente estén dispuestos a no dejar la lucha por el discurso y la pelea por las mejoraras de las condiciones de salud mental en el campo que sea necesario.

La captura del estado oficia entonces como receptáculo de las demandas de las organizaciones y dirige su energía transformadora, que está en el núcleo de la potencia social colectiva, hacia los intereses políticos, que no son otros que la reproducción del status quo, los proyectos mercantiles y las formas de organización capitalistas, como quedo comprobado en el último proyecto de ley aprobado por el senado; desestimando así la mayoría de las demandas realizadas por los colectivos de salud mental, o tomando algunas parcialmente y desde una posición ambigua que no se corresponde con una perspectiva de derechos, reproduciendo el modelo estigmatizante sobre la enfermedad mental.

 Salir de la captura. Independencia y autonomía


Está en las organizaciones sociales seguir movilizándose para lograr que el nuevo proyecto de ley incorpore sus propuestas. Entre ellas un calendario de cierre de los hospitales manicomiales para el año 2020 y la preparación de nuevos dispositivos de atención comunitaria como alternativa al aislamiento. Otra de las demandas fundamentales es un órgano de revisión que sea independiente y autónomo del Ministerio de Salud. Independiente porque se necesita experiencia técnica y no poder político para poder llevar adelante esta tarea. Las decisiones deben responder a la conciencia ética y no a la pertenencia a un partido político. Por eso también es necesario financiar a técnicos idóneos para la tarea. Autónomo porque este organismo debe atender las situaciones de vulnerabilidad de derechos que suceden en las instituciones de salud  mental, pese a quien le pese y caiga quien caiga. Para eso es necesaria la autonomía y la existencia de un poder externo, financiado, que valore y controle desde afuera lo que sucede en los hospicios psiquiátricos, casas de salud privadas y clínicas para adolescentes [1].

También está en las organizaciones sociales crear espacios instituyentes donde comenzar a trabajar de otra manera con los usuarios de cualquier centro, generando con ellos los proyectos posibles y difundiéndolos al resto de la población, que sabe más bien poco del tema. Proyectos como radios, talleres de lectura, de pintura y de escritura, espacios deportivos, actividades artísticas y culturales, que den lugar a una sinergia social y cultural que derrote de una vez la opresión medicalista dentro del campo de la salud mental.

El camino es largo y dura la lucha, pero esperamos llegar al 2020 con un Uruguay libre de manicomios y plagado de dispositivos alternativos que cumplan con los requerimientos internacionales que nuestro país se ha comprometido a llevar adelante.


[1] La situación de las clínicas privadas amerita una larga y profunda indagatoria sobre lo que allí sucede y cómo se atiende a las personas que pagan costos altísimos de internación.