De hambre, derechos y política

Nota: Pilar Uriarte / Foto: Diario Octubre
Poco se escuchaba de refugio hasta hace unos pocos años en estas latitudes. De exilios, un poco más. Allá por la segunda mitad de los ochenta, el exilio empezó a estar cerca, por causa del desexilio. Irse para volver, volver sin haberse ido (muchos habían nacido allá) y fundamentalmente recibirlos, tenían en ese contexto sentidos políticos y afectivos ineludibles.

Ninguno de esos sentidos estaba exentos de conflictos. Algunos decidieron volver a irse, otros directamente se quedaron, mucho se les reprochó. Lo que no recuerdo, ni entonces ni ahora, es la pregunta de ¿cómo? ¿porqué querrían estos uruguayos, que salieron huyendo del horror, volver a un país que les había hecho tanto daño?

Vamos para tres años en que “los refugiados” ocupan espacio en la tele y en los diarios, en los debates y las tertulias. Las cinco familias sirias que efectivamente llegaron a nuestro país reasentadas por el gobierno, y los ex-presos de Guantánamo, son el centro del asunto, a pesar de que están lejos de ser los únicos refugiados que viven en Uruguay. De los sentidos políticos y afectivos; en definitiva humanos que constituyen al refugio y a la reunificación familiar poco escuchamos. 


La mayor parte de ese tiempo pensamos que nos ocupamos de ellos, pero en realidad estamos hablando de nosotros mismos. Nos preguntamos si deberíamos recibirlos o no; si representan un riesgo para nuestra seguridad o un gasto excesivo. Si vienen a trabajar y construir el país a nuestro lado o se están aprovechando de todo aquello que se les ofrece. Si son lo suficientemente agradecidos como para valorar nuestra generosidad. Al mismo tiempo en que lanzamos estas preguntas, reafirmamos algunas de nuestras grandes virtudes, las de país solidario, tolerante, moderno y comprometido con los derechos humanos.

Cuando el debate se torna político, lo hace en una de las peores formas posibles, el de la política que busca destrozar al otro para sacar ventaja. Es que el campo se les hizo orégano. Parece tan difícil desconocer los usos electorales que el oficialismo hizo del reasentamiento de las cinco familias sirias en 2014, como confiar en la devoción a los derechos humanos de la que se jacta la oposición.

Crónica de una muerte anunciada, las dos iniciativas del gobierno parecían destinadas al fracaso. Desde las motivaciones para llevarlas adelante, hasta las formas en que fueron puestos en práctica, llevaban a intuir los desencuentros por los que atravesaron. Pero la gran mayoría de las críticas parecen lejos de una perspectiva del refugio como una herramienta para la protección de los derechos humanos. En el acierto y en el error las acusaciones se entrecruzan. Poco parecen importar en todo esto las personas que están detrás, adelante y adentro de esa gran etiqueta de “refugiados”. Al final de cuentas, estos refugiados no están a la altura de nuestras expectativas.

Desconocemos el contexto específico en el que se lleva adelante la huelga de hambre de Jihad. Aún conociéndolo, sospecho que sería difícil comprenderlo. También para el caso de las familias que acamparon en la plaza Independencia, la tónica general de las crónicas fue la de la incomprensión.  Están locos o son desagradecidos, son las respuestas que encontramos. Ninguna de las dos habilita el diálogo, que siempre es posible, por muy difícil que parezca. Resumidas a traumas de guerra o fanatismos religiosos, esas expresiones políticas son llevadas al campo de la irracionalidad. Pero bien sabemos los uruguayos, aunque queramos hacernos los distraídos, que la huelga de hambre es una forma de hacer política. Una de sus versiones más extremas. Acampar en una plaza pidiendo ser escuchado, aunque haga frío, aunque seas un extranjero, aunque tu país esté en guerra, también lo es.

No precisamos comprender o concordar con lo pedido. ¿Que nos importa si Uruguay es mejor que Siria? ¿Estamos tan seguros que de hecho lo es? ¿Acaso Suecia o México no son mejores que Uruguay? Debería alcanzar con el simple hecho verlas como expresiones del accionar político, que es en definitiva, parte constitutiva de los derechos humanos que se buscan proteger a través del refugio. La política es una de las características de lo humano. Mujeres y hombres hacemos política cotidianamente, con armas o con palabras, con acciones u omisiones, adentro y afuera de casa, en nuestro país o en el exterior.

Si queremos sacar algo en limpio de todo esto, deberíamos comenzar por poner a los bueyes adelante de la carreta. Familias sirias, ex presos de Guantánamo y otros tantos, refugiados y migrantes, no están en nuestro país para quedarse callados, trabajar, agradecer y un buen día; ellos o sus hijos, convertirse en uno más de nosotros. Pueden ser molestos, incomprensibles, vestir raro y rezarle a otros dioses. De hecho, es bastante esperable que lo hagan. No están acá para ser como nosotros queremos; sino precisamente, para ser de la forma en que son y quieren ser, nos guste o no.

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