De memorias, de mujeres y de luchas: Mujeres unidas de la nación charrúa

Romina Arapeiz y Mónica Michelena / Foto: Grupo de comunicación “Quilomba” y Bruno Takahashi
Hoy, a 187 años del genocidio de Salsipuedes venimos a contar nuestra historia de mujeres charrúas, memorias ancestrales de dolor, prohibición, servidumbre, pero también de valor, saberes, de luchas y resistencias.

Somos dos mujeres charrúas de países diferentes, pero pertenecientes a una misma nación, que vivimos separadas por fronteras impuestas por los colonizadores, una en la Argentina y la otra en Uruguay.

Hoy, a 187 años del genocidio de Salsipuedes venimos a contar nuestra historia de mujeres charrúas, memorias ancestrales de dolor, prohibición, servidumbre, pero también de valor, saberes, de luchas y resistencias.

El 11 de abril de 1831 el primer presidente de la República Oriental del Uruguay perpetró un genocidio hacia la población charrúa. Fue un acto de cobardía y traición, una vil emboscada. Rivera convocó a todos los caciques charrúas para incorporarse a una nueva campaña militar que supuestamente comandaría contra el sur de Brasil, con el objetivo de recuperar ganado y repartirlo posteriormente entre quienes participaran de la expedición. Confiados, los caciques acudieron a su llamada, llevando consigo a los guerreros, mujeres, ancianos y niños.

Tras el pedido de que depongan las armas como muestra de confianza y el comienzo de la celebración del acuerdo con comida y bebida, se desató la matanza por parte de los soldados de Rivera, del General Lavalle de Argentina y del Capitán Barbosa del Imperio de Brasil. Fueron en total un ejército de 1200 hombres contra 450 charrúas desarmados, según las cifras oficiales.

Las corridas, luchas, gritos, arrojarse al río o tratar de perderse en el monte espinoso, fueron los modos en que intentaron escapar, huir y sobrevivir. Fueron trescientos aprlos sobrevivientes, algunos lograron huir de Salsipuedes y sucesivas matanzas, otros fueron capturados y trasladados forzosamente hasta la capital, en su mayoría mujeres, niños y ancianos. A las madres les fueron arrancado sus hijos de sus brazos y entregados a los hacendados y a las familias pudientes como sirvientes en el marco de un proceso conocido como “el reparto”. Cuentan las damas de Montevideo que vieron a las mujeres charrúas arrancarse el pelo de dolor cuando les robaban a sus hijos Entre ellos había mujeres/niñas, las cuales muchas fueron perseguidas, asesinadas, capturadas y esclavizadas.

Pero también fueron las propias mujeres charrúas las que decidieron no perdonarle la vida a Bernabé Rivera - sobrino del General Rivera -, cuando fue capturado por los charrúas que lograron escapar a las sucesivas matanzas, allá en Yacaré Cururú.

Una de las sobrevivientes que fue llevada a Montevideo fue Micaela Guyunusa, quien fue también separada de un hijo de 8 años en el reparto. Ella junto al Cacique Vaimaca Perú, el curandero Senaqué y el joven domador de caballos Tacuabé fueron llevados a Francia para que en un “zoológico humano” fueran exhibidos como animales. Guyunusa parte de aquí embarazada y tiene a su hijita Caroline Tacuabé ya en suelo francés. La historia de dolor de Guyunusa no es muy diferente a la historia de las mujeres charrúas sobrevivientes que quedaron acá en nuestro suelo.

Es por esta razón que hoy estamos conjuntamente reescribiendo nuestra historia, visibilizando a nuestras ukai (mujeres) y sus destinos desiertos de justicia.

Del otro lado del Rio Uruguay (la banda), en lo que hoy es Argentina, la historia no fue muy distinta. Hubo matanzas y persecuciones, previo a Salsipuedes en 1749-1750 se perpetra una de las últimas grandes masacres de algunas de las parcialidades de la Nación Charrúa, esta es la masacre del Cerro de La Matanza en lo que hoy es la ciudad de Victoria, Entre Ríos. Después de muchas batallas y resistencias, se planificó el exterminio de estos “cuatreros” que inquietaban a los estancieros y viajantes.

El Estado uruguayo y el argentino se establecieron en base a genocidio de sus Pueblos Originarios; genocidios que los Estados aún no han reconocido oficialmente.

Salsipuedes fue un verdadero genocidio constituyente y, luego de ejecutado, los dispositivos estatales dominados por la élite se encargaron de ocultar las raíces indígenas de la población a través de políticas represivas, y negacionistas de todo componente indígena, intentando arrancarnos de raíz todo elemento de nuestra cultura.

Fue así como los gobernantes de aquel entonces despojaron a nuestros ancestros de sus territorios, transformándolos en mano de obra esclava, en el marco de políticas asimilacionistas, impidiéndoles hablar su propia lengua y practicar sus costumbres, cristianizándolos a la fuerza, desprestigiando su forma de vida como “salvaje y promiscua” en una clara intención de etnocidio.

 Desde ese entonces, se fue consolidando en la sociedad  de ambos países, en el  discurso oficial y la historiografía nacional  la  idea de “extinción” absoluta del Pueblo Nación Charrúa, sociedades que se presentan  a sí misma hasta nuestros días como “descendiente de los barcos” o en el mejor de los casos como mestiza.

En la provincia de Entre Ríos se construye una identidad muy alejada de la nuestra, hasta hace unos años no se registraba públicamente presencia originaria, fue una larga lucha para el reconocimiento y aceptación, que se admita que no es una provincia de colonos inmigrantes como se quiere hacer creer. Siendo un lugar donde la tierra y el usufructo de ésta es uno de los principales beneficios, las identidades indígenas que van contra este modelo productivo de explotación son negadas.

 Las consecuencias perduran hasta el presente: enajenación completa de nuestro territorio, dispersión y ruptura de vínculos comunitarios, interrupciones en la trasmisión intergeneracional de los conocimientos, memorias e historia de nuestro pueblo, sentimientos de humillación y vergüenza en relación con los ancestros, la familia y la historia propia, ocultamiento de prácticas culturales ancestrales. En particular el enmascaramiento de nuestra identidad charrúa fue una estrategia a la que recurrieron nuestros ancestros como forma de sobrevivencia y resistencia.

 No obstante, este escenario hostil, sobrevivió una memoria oral resistente que se fue trasmitiendo de generación en generación de forma subterránea, al interior de los hogares.  Las mujeres charrúas fuimos y somos las que guardamos esta memoria. Una de las costumbres que logró sobrevivir a través de esta trasmisión oral es la presentación del niño a la luna. Cada vez que nace una niña o niño las mujeres charrúas lo presentamos a la primera luna llena, para que ésta le dé su protección, le brinde fuerza y energía para que pueda crecer fuerte y sano.

Como mujeres no nos es fácil rememorar las historias de dolor de nuestras ancestras, abuelas, bisabuelas, y tatarabuelas, nuestras mismas historias, que es también parte de la historia no reconocida oficialmente. Tan negadas, y relegadas, olvidadas y usadas; ¿cómo puede ser que nos sigan dando ganas de levantar la frente y sentir el orgullo como mujeres charrúas?, orgullo tan imperiosamente trataron de arrancarnos como a las crías de nuestro regazo, pero que en silencio seguimos manteniendo generación tras generación o recuperándolo en este proceso de autoidentificación charrúa.

Salsipuedes fue un genocidio, no un exterminio, hoy seguimos de pie. Hoy les venimos a decir que pudimos escapar, así como el agua corre, corrimos por el territorio, nos dispersamos, pero jamás nos olvidamos. Hoy nos volvemos a reunir, juntas nos reconstruimos, rememoramos, y nos reagrupamos. Puede que los opresores de siempre no entiendan que tan mal hicieron su trabajo, ya que después de 526 años seguimos molestando con nuestros gritos, que no cortaron suficientes lenguas, o que, como la lagartija con sus colas, logramos vuelvan a crecer para gritarles en sus caras las verdades encerradas.

Desde hace más de veinticinco años, los colectivos, conformados por personas que nos autorreconocemos como charrúas llevamos a cabo diversas acciones destinadas a la reconstitución del Pueblo Charrúa, luchamos por nuestra visibilización y derechos como pueblo preexistente, configurando un proceso de restitución de derechos tanto en Argentina, como en Uruguay y en Brasil. Las mujeres hemos sido protagonistas desde los inicios del movimiento charrúa.

Desde las márgenes de los ríos del territorio hasta el mar, venimos de Entre Ríos, Argentina y Uruguay a trabajar y sanar juntas, nos reconocemos como mujeres charrúas, pero también como luchadoras de las reivindicaciones de derechos, sufrimos por ser mujeres pero también somos discriminadas por nuestra condición de indígena y por los imaginarios con los cuales se carga.

Las mujeres en el proceso de reconstrucción de nuestro pueblo, no solo somos los vientres que dimos a luz a los hijos que hay en esta tierra, sino que somos las descendientes de la mayor parte de las que sobrevivieron al genocidio, que fueron repartidas en casas de las familias adineradas y dejadas como criadas en las estancias. Las que soportaron y siguieron soportando diversos maltratos y humillaciones, sosteniendo nuestro pueblo y la memoria viva.

Estamos vivas y resistimos, traemos la responsabilidad que nos dejaron nuestras abuelas de sostener nuestros valores y costumbres, las mujeres estamos de pie porque jamás nos conformamos con el lugar que nos han dado, sirvientas, esclavas sexuales, mano de obra barata, relegadas por el racismo y condenadas por las religiones, las mujeres charrúas estamos en lucha.

A principios del año 2005 las mujeres charrúas de ambas orillas del Río Uruguay, mujeres charrúas de Entre Ríos, Argentina y Uruguay conformamos el UMPCHA (Unión de Mujeres del Pueblo Charrúa), con el firme propósito no sólo de continuar siendo las de guardianas de nuestra memoria, sino de ser guardianas de nuestros territorios ancestrales, en el avance de las empresas agroindustriales y extractivistas.

Las mujeres charrúas hemos atravesado siglos de invisibilización y exclusión tanto en mi país Uruguay como en Argentina y Brasil. Nos estamos levantando y haciendo escuchar nuestra voz, juntas estamos trabajando para derribar las narrativas hegemónicas y la representación simbólica de la extinción.

Ahora nosotras representantes, voceras, parteras, maestras, artistas, mujeres medicina y luchadoras haciendo honor a nuestras ancestras seguimos de pie, hemos logrado que nuestras familias se reconozcan, que la sociedad nos reconozca. Luchamos por nuestros derechos, no olvidamos, y supimos darnos nuestro lugar y emprender el camino de las reivindicaciones que merecemos.

Recuerdo siempre aquella frase de “cabellos largos e ideas cortas”, nosotras los desafiamos porque nuestros cabellos largos son expresión de nuestra cultura y forma parte de la conexión con el mundo. No la aceptamos y no renunciamos ni al largo de él, ni al poder a decidir desde nuestra sabiduría.

Nuestra memoria ancestral está dispersa, cada mujer charrúa es portadora de un pedacito de esta memoria, es como un gran rompecabezas que estamos rearmando lentamente entre las mujeres charrúas de Argentina y Uruguay. Por eso a esta memoria colectiva la representamos simbólicamente mediante el quillapí. El quillapí es una expresión de la cultura charrúa, es una capa de cuero que era confeccionado por las mujeres en forma colectiva.  

Entre todas estamos “cosiendo” estos retazos de memoria y la estamos volviendo a armar, reconstruir el gran quillapí de la memoria es también hilvanar las distintas visiones de esta memoria, cada una aporta a la unidad del quillapí.

 Pero no sólo necesitamos que nos miren por nuestras carencias, sino que también por nuestra abundancia. Como lo dice tan claramente la Declaración de Mujeres Indígenas del mundo en Beijing, las mujeres indígenas mantenemos los valores éticos y estéticos, el conocimiento y la filosofía, la espiritualidad que conservan y nutren a la Onkaiujmar (madre tierra). Somos guardianas de saberes y conocimientos ancestrales que han hecho que en los lugares donde hemos vivimos por miles y miles de años, que aún no han sido invadidos por las empresas extractivistas, se conserve la biodiversidad. Necesitamos hacernos escuchar, porque no solamente tenemos necesidades, tenemos mucho conocimiento para aportar, conocimientos tradicionales que pueden ayudar a preservar la salud humana y la biodiversidad de nuestros montes, nuestras praderas, nuestras franjas costeras y nuestros bañados.

Somos mujeres charrúas, urbanas, muchas de nosotras, rurales otras, sobrevivientes, luchadoras, guerreras de la vida, de las palabras, con una tarea ancestral que nunca dudamos la de sostener y transmitir la memoria de nuestro pueblo. Sí somos culpables de no renunciar a la identidad, pero tampoco nos sumimos a los preceptos discriminativos de ser mujeres ignorantes, sucias y sin dignidad. Trabajamos para que la propia sociedad supere la condición de servil ante el patrón de estancia que muchos guardan en su interior, porque no somos sus esclavas sexuales, ni sirvientas.

Los maltratos eran la reafirmación sobre nuestros cuerpos del triunfo primero de las colonias y luego de los estados construidos, legitimados por un conjunto social que hoy sigue sosteniendo el racismo y la discriminación, llegando hasta la negación de nuestras existencias.

¡A 187 años de la matanza de Salsipuedes nosotras las sobrevivientes decimos basta! ¡Somos mujeres originarias empoderadas, que estamos caminando y construyendo juntas nuestro propio destino, la Nación Charrúa!