Digno dolor, digna lucha

Raúl Zibechi para desinformémonos.org
En el sureste mexicano, el pasado 2 de mayo asesinaron al Teniente Galeano, integrante de las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), maestro de escuela y guardián de la escuelita zapatista realizada en enero pasado.

El hecho fue presentado en la prensa como el lamentable desenlace de una disputa local, pero no es otra cosa que el resultado de la política de hostigamiento y represión que sufren los pueblos zapatistas por parte de gobiernos estaduales y federales, partidos políticos (Partido Verde Ecologista, Partido Revolucionario Institucional y Partido Acción Nacional), y organizaciones campesinas financiadas por los anteriores, devenidas en paramilitares (CIOC-H).

En el comunicado público que realizan los zapatistas señalan que la muerte de Galeano fue “una agresión planeada con anticipación, organizada militarmente y llevada a cabo con alevosía, premeditación y ventaja. Y es una agresión inscrita en un clima creado y alentado desde arriba”. No fue un problema de la comunidad, un enfrentamiento de bandos. Hubo provocación. Se destruyó una escuela y una clínica de la comunidad y se agredió a quienes sin armas fueron a defender lo construido con tanto esfuerzo y humildad. En este contexto es que Galeano fue agredido hasta la muerte.

El subcomandante Marcos ha informado públicamente que el próximo 24 de mayo rendirán un homenaje a Galeano. También desde el EZLN se ha hecho llegar un pedido de apoyo para realizar una gran campaña a nivel internacional por justicia por la muerte del compañero y para pedir un freno a la guerra contra las comunidades zapatistas. Este domingo 17 de mayo, en La realidad y en varias ciudades mexicanas las organizaciones de la Sexta declaración de la selva Lacandona realizaron actos públicos de apoyo a los zapatistas.

Desde Zur nos sumamos compartiendo las palabras de Raúl Zibechi en desinformémonos.org a propósito de este triste hecho.

La Realidad: ceiba, escuela y comunidad

Una fila de sonrisas enmarcadas en una ceiba colosal. Es la primera y la última imagen que retengo de La Realidad. Rostros de niñas y niños compartiendo juegos, de mujeres atareadas y serenas, de varones serios y entusiastas, de viejos plácidos y enteros. Debajo de la ceiba late la comunidad. Apenas los sonidos de las aves por la mañana, el paseo casi ritual de las mujeres al arroyo cargadas de ropas y de sueños. Los correteos estruendosos de los más pequeños y, de repente, como aguacero que se descarga sobre el poblado, el sonido de la marimba arropando el atardecer, la hora del regreso de las faenas, del recogerse lento y cansino preparando la noche.

Junio de 1995. Meses atrás la traición del mal gobierno forzó el desplazamiento de comunidades y llevó la devastación al Aguascalientes de Guadalupe Tepeyac. Las mujeres recordaban, con serena rabia, el ingreso de los soldados en la comunidad, la resistencia en el monte, los momentos de máxima tensión evitando el enfrentamiento directo, no por temor sino por convicción. Ese convencimiento que nace de siglos de resistencias, que se sabe superior en la resistencia pacífica que en la apelación a las armas, instancia última que son capaces de aplazar una y otra vez.

La cocina donde las mujeres desgranaban historias a la luz de una vela mortecina. Las tortillas y el frijol; el café y, sobre todo, la emoción del relato que no habla de heroínas ni de titanes sino de cómo, en comunidad, comparten miedos e incertidumbres para no paralizarse ni dejarse. No hay un relato capaz de articular historias y vivencias. Sólo fragmentos que se agregan y desdoblan desafiando el discurso homogéneo y lineal. Quizá la ceiba, digo, la comunidad, sea la única argamasa capaz de darle forma a la multitud de vivencias convertidas en relatos.

Hace casi veinte años la comunidad de La Realidad me ayudó a descubrirme, a reencontrarme con aquellas convicciones y valores que habían dado forma al compromiso militante otros tantos años atrás. Es sólo cerrar los ojos para que la escuelita, la sala de salud, la capilla, el arroyo, las casas y la ceiba aparezcan con una nitidez asombrosa. Esa comunidad manchada ahora con la sangre del Votán Galeano, la siento tan fuerte y resistente, tan erguida y digna, como la ceiba que nos cobijó aquellos días. Seguro que la ceiba-comunidad convertirá el dolor y la rabia en ternura y decisión de lucha.