Ecuador: La noche, el relámpago, el fantasma

Inti Cartuche Vacacela*
El levantamiento de octubre fue justamente un relámpago: iluminó la noche neoliberal y permitió ver su constelación de dominación: las contradicciones de las que está constituida la sociedad.

La “larga noche neoliberal” del siglo XX, transformada, continuada, tal ves subterraneamente, ocultada en la noche pues, guarda en su seno –como es sabido– no solamente un modelo económico de por si amenazante, sino también un modelo de dominación, o más precisamente una constelación de dominación. Esta articula diversas dimensiones de la opresión que se refuerzan entre sí y ponen en acción según las necesidades históricas del poder.

Constelación de dominación, que en los tiempos “normales” regidos por la precariedad y la sobrevivencia a la que el capitalismo en su fase neoliberal ha empujado a los seres humanos, no se puede ver con claridad, aunque se la sienta en el cuerpo humano y en el cuerpo de la Pachamama. Esa constelación de dominación, ahora renovada o activada en tiempos de rebeliones populares, está compuesta, entre otras opresiones no menos importantes, por el colonialismo, que en Abya Yala –la América indígena, negra, mestiza y popular – es constitutiva de la dominación.

En 1940, en los momentos más oscuros en la historia del mundo, Walter Benjamin decía que la historia debería ser una forma de acercarnos al pasado no como fue sino como se ilumina en un instante de peligro. El relámpago que ilumina la noche neoliberal que amenaza extenderse por los mundos de vida del planeta.

El levantamiento de octubre fue justamente un relámpago: iluminó la noche neoliberal y permitió ver su constelación de dominación: las contradicciones de las que está constituida la sociedad. Fue claro lo que en la cotidianeidad queda casi siempre oculto, esto es, la conformación de un bloque de poder colonial entre gobierno, clases políticas oligárquicas, burguesía empresarial, medios de comunicación, contra un más difuso bloque popular, un intento de articulación popular de distintas organizaciones y sectores alrededor del movimiento indígena. Colonial porque en el fondo se sintieron en peligro por la fuerza indígena puesta en lucha, un peligro que no es de ahora. Pareciera que en las clases dominantes resuena el eco de los cientos de levantamientos en la época colonial y republicana que ha puesto en entredicho su mando.

El relámpago que fue el levantamiento, al chocar contra el suelo social ecuatoriano hizo emerger y permitió ver una de las contradicciones más antiguas del continente: el colonialismo y su adjunto racismo. Las clases dominantes llamando a que los indígenas “vuelvan al páramo”, las cámaras empresariales llamando a la urgente acción de las fuerzas armadas, a la judicialización de los alzados. El gobierno afirmando que las movilizaciones son manipuladas desde afuera, tal como en el levantamiento del 90. Sectores de clase media alta de las ciudades sacando a relucir su racismo colonial de siempre: “vayan a trabajar, el país se saca adelante trabajando. Que no se destruya [nuestro] el patrimonio histórico de la ciudad” que en el trasfondo trata de decir que los indígenas no trabajan, y que son los que no permiten el progreso del país, que los indígenas y los sectores populares deben en lo posible no entrar a las ciudades porque éstas son sus reductos de poder –recordemos que en los últimos años se impulso una “limpieza” social de los centros históricos en pos del turismo –.    

La sociedad ecuatoriana está cruzada de racismo y colonialismo, que de tiempo en tiempo, y sobre todo cuando se siente amenazada en su orden (colonial) se asusta y saca a relucir la violencia material –la represión estatal– y simbólica –la idea de que los indígenas no podemos pensar, organizarnos y actuar por nosotros mismos, y otras ideas sobre lo indígena–. El levantamiento puso en entredicho el orden de mando en la sociedad, de ahí su reacción tan violenta.

Pero los relámpagos también fisuran la tierra. El levantamiento de junio de 1990 lo hizo y cambió para siempre a la sociedad ecuatoriana. Este levantamiento de octubre, que algunos le dieron en llamar el segundo levantamiento por la masividad y fuerza, también fisuró el suelo social al mostrar en cadena nacional el dialogo al que el movimiento indígena sentó al estado. Y sobre todo la forma como los dirigentes indígenas se pusieron frente a los ministros y el presidente: de gobierno a gobierno, “tras de mí hay también un pueblo que me está mirando” dijo el presidente de la CONAIE. La imagen social de los indígenas como violentos, sin propuestas, manipulados debe haber quedado en entredicho.

Más allá de los resultados y caminos futuros por donde vaya la confrontación política a partir de octubre, el levantamiento es ya un momento de quiebre, de fisura de la hegemonía progresista de la última década, así como de los intentos neoliberales en marcha. El levantamiento iluminó la continuidad, subterránea, oculta, silenciada pero no olvidada, de la plurinacionalidad como la forma de superación de la constelación de dominación en su momento colonial y capitalista. Plurinacionalidad que, más allá de la aceptación de la “diversidad cultural”, significa sobre todo devolver la capacidad de determinación de sus vidas en todas sus dimensiones a los pueblos organizados, sea como nacionalidades indígenas con un legado histórico profundo, o como pueblos mestizos y afros organizados en colectivos, barrios, comunas urbanas, palenques dentro de un mismo país. Re-apropiación de capacidades políticas, de decisión, a la larga de democracia verdadera.

Una comunera de Punín durante el levantamiento, a la pregunta de porqué salió a la carretera decía: “todos tenemos derecho a decir algo”. El colonialismo siempre intentó callar el ser, el decir, el hacer de las nacionalidades y pueblos indígenas por diversos medios, ya sea desde el estado, ya sea desde la hegemonía cultural, ya sea desde el empobrecimiento económico y social. La plurinacionalidad de la sociedad es la salida al colonialismo: todos tenemos derecho a ser, decir y hacer, a decir no queremos otra vez neoliberalismo ni colonialismo. Tal ves es un fantasma por eso causa tanto temor al estado y las clases dominantes.


Quito, noviembre de 2019



* Kichwa saraguro, militante del movimiento indígena.