El déficit que más duele

Mariana Licandro / Foto: colectivomanifiesto.com.ar
La mayor pérdida que nos deja la gestión del Frente Amplio es la pérdida de un sentir de izquierda que se indignaba, que no dudaba ante el asesinato de un chiquilín en manos de la policía y que ahora justifica y pretende soluciones con el eufemismo de “más presencia del estado”. El déficit fiscal enoja, pero este duele.

Hace unas semanas se anunciaba con el eufemismo de “consolidación fiscal” un ajuste que tocará directamente a los trabajadores (no a todos, claro está). De izquierda a derecha, de arriba a abajo se hicieron sentir las críticas, la indignación y la bronca. Incluso algunos supieron agarrar una cacerola por primera vez. A todos nos enoja el déficit fiscal, más cuando somos siempre los mismos los que tenemos que costearlo.

Sin embargo, hay otro déficit más silencioso, uno que no sentimos en los bolsillos directamente, que muchos miramos de lejos, desde nuestro cómodo y calentito hogar, pero que a veces revienta y nos explota en la cara.

Ese déficit que sigue ahí pese a una década de bonanza, de crecimiento económico sostenido, pese a la “década ganada”. ¿Pero ganada para quiénes?

Otro joven pobre asesinado por la policía, otro barrio sitiado y militarizado, otra vez la crónica roja estigmatizando el barrio, otra vez pidiendo mano dura. No olvido a Sergio Lemos y Santa Catalina, ni al pibe de las Acacias, ni al de barrio Peñarol. Y a cuántos otros habrán plantado un arma y el titular dice “delincuente abatido por la policía”.

El dream team jurásico colocó la discusión sobre la falta o no de presencia estatal en el barrio Marconi. ¡Bienvenida la discusión! Por lo menos no se centraron en si robó o no la moto. Ahora bien, es interesante detenernos en qué se entiende por presencia del estado.

El supuesto implícito de las recientes declaraciones deja entrever que la presencia del estado a la que aluden es más patrullaje, más policía, más guardia republicana. Ambos discursos (la crítica de Sanguinetti y la defensa de Bonomi) pertenecen al mismo paradigma, difieren en las cantidades y en sus resultados, pero el punto de partida es el mismo: el estado en estos barrios se hace presente mediante su aparato represivo y la solución radica en una mayor presencia, otro eufemismo para decir más represión. En palabras del propio Ministro del Interior, “las garantías solo se pueden dar con la presencia de la policía en el barrio”.

Paradójicamente, fue la presencia de la policía la que mato a Sergio en Santa Catalina y ahora asesina a otro joven.

Y es ese mismo estado el que mantiene a miles de jóvenes pobres en las cárceles sin sentencia. Es ese estado el que encierra a adolescentes en condiciones paupérrimas, sufriendo las golpizas de la patota sindical (que aún procesados se siguen luciendo en el estrado del primero de mayo). Es ese estado el que quiere separar a las madres presas de sus hijos; hijos que se criarán en el Marconi o en otro barrio pobre sin sus madres y así sigue el círculo sigue...
 
Por lo tanto, antes de discutir si es mucha o poca la presencia del estado, vayamos a los supuestos implícitos: ¿radica en este estado la solución a la violencia? ¿acaso, no es este estado el responsable de la violencia y desigualdad? Y fundamentalmente ¿es su “presencia” represiva la única garantía de “seguridad”? Discutamos en todo caso qué tipo de presencia es necesaria, si es que es necesaria.
 
Discutamos cómo puede ser que en un país de poco más de tres millones de personas no se pueda controlar el narcotráfico y que la “guerra” en su contra se dé en los barrios pobres atacando al último eslabón de la cadena. Discutamos para qué y contra quiénes está destinado el aumento de recursos del Ministerio del Interior. Discutamos cómo mierda están apareciendo huesos de jóvenes enterrados en el Tobogán y no pasa nada.
 
Discutamos con qué recursos y herramientas cuentan los maestros, profesores, enfermeros, médicos, trabajadores sociales, psicólogos, etc. Discutamos cuánto tienen de educativas las políticas educativas y cuánto de inclusión las políticas sociales. Lamentablemente tiendo a pensar que muy poco, que el énfasis está puesto, cada vez más, en el control y la contención social, una olla a presión que en momentos de crisis revienta.

Y revienta de la peor manera, como en este caso, con un pibe asesinado, un barrio militarizado y trabajadores enfrentados a trabajadores. Con trabajadores agredidos y dejando sin servicios básicos a otros trabajadores. Y por cierto, qué falta nos hace discutir a los trabajadores organizados como responder ante estas situaciones. Y no me refiero a aquellos que apañan la tortura, sino a los trabajadores que viven en el barrio y a los que laburan todos los días en esa escuela, en esa policlínica, que el día después cerraron sus puertas.

¿Y quién gana? El sentido común dominante, el paradigma de los dinosaurios. El sentido común conservador que nunca intentaron disputar, sino que por el contrario retroalimentaron con cada represión, con cada “operativo de saturación”, con cada discurso estigmatizador, con tanto cinismo.

El déficit fiscal jode, enoja, pero este duele. La mayor pérdida que nos deja la gestión del Frente Amplio es la pérdida de una sensibilidad de izquierda, de un sentir de izquierda que se indignaba ante esta violencia. Ese sentir que no dudaba ante el asesinato de un chiquilín en manos de la policía y que ahora naturaliza, discute si el pibe robo o no la moto, que justifica y pretende soluciones con el eufemismo de “más presencia del estado”. Lo peor es que ambos déficit los vamos a pagar los mismos de siempre.