El día que hicimos temblar la tierra

Andrea Graña / Foto: Rebelarte y Zur
Sabíamos que este no sería un 8 de marzo cualquiera. Porque hay un trabajo militante desde abajo acumulado, de nosotras las mujeres, las que soñamos, luchamos y creamos en todos los lugares una vida más digna para todas.

Este 8 de marzo se arrancó a conversar con las compañeras desde mucho antes. Sabíamos que teníamos que parar, que había que hacerlo para que se notara que es nuestro trabajo invisible y cotidiano el que hace andar al mundo. Porque la doble jornada generada por la suma de trabajo asalariado y trabajo doméstico no remunerado nos coloca en una situación de doblemente explotadas; para las que tenemos la suerte de acceder al mercado laboral y ni qué hablar de aquellas que aun están excluidas del mismo, su suerte merece todo un capítulo aparte.

Conversábamos entre nosotras como lo hacemos siempre y no nos imaginábamos, en un primer momento, cómo podíamos llevar adelante semejante medida: ¿un paro de mujeres? ¿cómo lo hacemos?... Y lo hicimos. Fue tomando cuerpo, coordinándose con otras compañeras en otros países, en otros departamentos, con las que tenemos al lado siempre. Fuimos contándonos cómo nos sentíamos y qué pensábamos, así se fue hilando, tejiendo este paro de nosotras, las mujeres que hacemos andar la vida.

Una vez embarcadas en semejante hazaña, ajustamos las piezas, pensamos los contenidos, las formas, con quiénes, cómo, a qué hora. Todo esto, entre otras cosas, implicaba un paro de mujeres. Los nervios brotaban en cada una de nosotras, nos invadía la emoción, pero también iba disminuyendo el miedo, ese que un día nos hizo revelarnos contra todas la injusticias y nos volvió antipatriarcales y feministas a todas aquellas que ya nos sabíamos anticapitalistas.

Estábamos llenas de amor, sí, pero no fue así siempre. Nos tocó vivir de las que no nos gustan también. Había que llegar a todas las mujeres del país y el paro tenía que ser un hecho, el hecho. Nos tocó contar y explicar a un montón de gente que se supone debería saberlo muy bien, cómo nos hemos movilizado desde la Coordinadora de Feminismos después de aquel primer Encuentro de Feminismos del Uruguay. ¡Vaya sorpresa! Parece que algunos y algunas no nos han visto marchando ante cada feminicidio por 18 de julio, activando el 8 de marzo desde hace tres años, diciendo Ni una menos desde hace dos años cada 3 de junio. No nos han visto planificando y llevando adelante talleres para y con otras mujeres. No nos han visto a las que un día dijimos juntas y hermanadas toditas todas: hay que hacer algo grande el 8 de marzo, las mujeres comprometidas con las luchas sociales debemos forjarnos un lugar más grande en las calles y en la sociedad, especialmente ese día, porque ya no se puede aguantar tanta violencia.

Una vez más, se nos retorció la panza. Su indiferencia, sus pretensiones de invisibilizar nuestra lucha fueron un golpe, otro más, en el estómago. Y así salimos de algunas reuniones, con la panza en las manos, pero con la frente y el puño bien en alto. También nos dolió el oportunismo de todos los que saltaron de sus cuevas para atacar a las mujeres y al feminismo. Y el oportunismo de quienes se subieron al carro porque lo vieron venir con fuerza y no pudieron correrse de su lugar de protagonismo.

Pero ese dolor también se pudo sortear. Día a día, el movimiento de las mujeres fue cargándose de más y más fuerza. Nos encontrábamos, nos veíamos desde lejos y sabíamos que lo estábamos logrando a pesar de todos los todos. Entonces nos llenamos el pecho de amor. Vimos como cada colectivo de mujeres, a lo largo y ancho del país, desplegaba sus ideas, pensaba actividades, diseñaba convocatorias que compartíamos unas con otras, porque ya nos sabíamos hermanas, pero esta vez lo sentímos con más fuerza.

Fue así que no quedó una piedra sin mover, desde las más jóvenes hasta las más grandes nos movilizamos pensando en lo que podíamos aportar y en lo que nos aportaba a nosotras este paro de mujeres. No estamos en condiciones de medir su acatamiento, pero sabemos que fuimos cientos de miles y que se paró y se marchó en todo el país. No sabemos si de verdad paramos el mundo ese día, pero demostramos a gran escala que lo podemos hacer, que las mujeres hacemos andar el mundo.

En las plazas, en los barrios, en el trabajo, en las casas, las mujeres paramos. Organizamos asambleas de trabajadoras asalariadas y también con aquellas mujeres que trabajan en sus hogares para sostener la vida, sin recibir salario alguno. Nos reunimos entre mujeres y hablamos de nosotras, de nuestro ser mujer, de lo que nos duele, de lo que nos violenta, de por qué creíamos que teníamos que parar y cuáles son nuestros sueños. Fue maravilloso escucharnos a nosotras mismas y a esas mujeres por las que hablamos tantas veces y sentir que nos pasa lo mismo, o muy similar, o en muchos casos más jodido. Saber que es producto de esta sociedad capitalista y patriarcal, que todas estamos atravesadas por el machismo, pero que entre mujeres podemos construir lazos y formas diferentes y más dignas de andar la vida.

Y hacia allí marchamos. A decir que de verdad queremos cambiarlo todo, en todo lados, y que ese cambio es entre mujeres. Que va desde acompañar a nuestras amigas o compañeras a levantarse de las peores situaciones, hasta pelear nuestro lugar en los espacios de militancia para organizar una asamblea o un taller; desde hacer una fiesta juntas para autofinanciarnos, hasta convocar a una marcha de cientos de miles.

Sabemos que es por acá, que la sociedad que soñamos más justa para todos la estamos construyendo entre mujeres hace tiempo, con aciertos y desaciertos, pero no daremos marcha atrás. Porque estamos cambiando nosotras mientras cambiamos el mundo desde abajo. Este 8 de marzo vimos que se puede. No paramos de militar desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, conversando, coordinando, conspirando, gritando, cantando, bailando y quemando los símbolos del patriarcado que nos oprime. Lo hicimos juntas, desbordadas de emoción. Reivindicamos con toda la fuerza que tenemos a la mujer luchadora, a la que milita y a la que lucha por sobrevivir en su casa y en las calles, pero sobre todo reivindicamos que las mujeres somos mucho más que objetos de violencia patriarcal, somos potencia de cambio.

Haciendo y hablando entre nosotras visualizamos cuánto se busca oprimirnos e invisibilizar a las que luchamos y a las que no, y entendimos, desde La boyada hasta Bella Unión, que mujer bonita es la que lucha y que la revolución será feminista o no será.