El nombre sí importa

María Noel Sosa y Siboney Moreira / Foto: Colectivo Rebelarte - Actividad 8 de marzo 2014
La realidad es la que nos hace pensar, crear categorías. Así fue como el inicio de los recurrentes y horrorosos crímenes perpetuados contra las mujeres en Ciudad Juárez, México fueron un disparador para pensar el término feminicidio.

El horror del caso reciente de Martina Piazza, nos indica que desde el dolor es necesario politizar y conceptualizar -como una herramienta más para la lucha- la violencia machista en la que vivimos. Martina, estudiante uruguaya en Brasil era militante feminista, participaba en las campañas en defensa de la legalización del aborto y fue una de las organizadoras de la Primera Marcha de las Putas en Foz de Iguazú. Su lamentable pérdida -hace poco más de un mes y en el marco de un nuevo 8 de marzo- engrosa las estadísticas del IPEA (Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada) de las casi 6000 mujeres que mueren anualmente por causas violentas en Brasil.

La violencia extrema contra mujeres, una de las más lamentables consecuencias de una cultura patriarcal que tiene más años que el capitalismo, pero que ha sido aprovechada por éste para su reproducción, da lugar a lo que hoy día gracias a los aportes feministas se conoce como feminicidio. Sin embargo, para el propio feminismo la categoría feminicidio ha sido una de las polémicas emergentes de los últimos años. ¿Cómo categorizar, definir, los asesinatos de mujeres de la más diversa índole, con aparentes móviles distintos, en diferentes contextos sociales y políticos?

Pionera en el tema y en su discusión por estos lares es Rita Segato, aunque las referencias para la formulación de la categoría feminicidio son propias del norte y fueron expuestas por  Jane Caputi y  Dinna Russell, en 1990. En esta definición inicial se entiende que feminicidio  “(…) representa el extremo de un continuum de terror anti-femenino e incluye una amplia variedad de abusos verbales y físicos”, que van desde la violación, tortura o esclavitud sexual e incluye también el acoso sexual (sea en el trabajo o en la calle), así como las diferentes  formas de intervención sobre los genitales femeninos. Para Caputi y Russel siempre que estas formas de terrorismo tengan como resultado la muerte de la mujer, hablamos de feminicidios.

Como fue señalado, la palabra proviene del inglés “femicide” y fue acuñada por feministas estadounidenses. En nuestra lengua y en su uso en nuestra región su traducción simple, nombrada como “femicidio” omite en el pasaje lingüístico alguna de las dimensiones más importantes del concepto. En América Latina fue Marcela Lagarde -antropóloga mexicana- quien introdujo el feminicidio, como traducción más fiel al término, porque da cuenta que se trata de asesinatos contra las mujeres como género y no sólo de ciertas mujeres.

Desatando la madeja


Entonces, empecemos desde el inicio. Hablar de feminicidio es hablar de violencia y es hablar de género en un sentido amplio y profundo. Es hablar del sistema patriarcal y de su correlato en la violencia machista explícita. Es hablar también del patriarcado simbólico, sutil. El término feminicidio permite así desenmascarar al sistema patriarcal en uno de sus componentes básicos: controlar el cuerpo de las mujeres. Es entonces una conceptualización útil para mostrar la dimensión política de todos los asesinatos de mujeres que resultan del control patriarcal y de la capacidad punitiva que este sistema sostiene. Es enunciar la base de una misma violencia en diversas expresiones.

Para autoras como Rita Segato, la unificación de las más variadas muertes de mujeres bajo el paraguas de feminicidio permitió avanzar en la comprensión de la violencia de género y en la identificación de la naturaleza violenta del sistema patriarcal en nuestros días. Sin embargo, esa misma unificación puede ser un impedimento.

¿Un problema de otros?

En nuestro país, no suele hablarse de feminicidio, sino de simples homicidios, explicados como crimen pasional o como fatal desenlace de un caso violencia doméstica. Esta voluntad de indistinción, en palabras de Segato se transforma en una gran cortina de humo que impide nominar los crímenes contra mujeres desde una perspectiva política. Cuando una mujer es asesinada seguramente en la prensa escuchemos o leeremos de algún nuevo homicidio con móvil pasional o de carácter sexual, pero no escucharemos hablar de violencia machista, ni mucho menos de la red que la sostiene. Para avanzar en destejer los hilos que dan cuerpo a este sangriento telar necesitamos ponerle nuevas palabras y para ponerle nuevas palabras recurrimos a una vieja innombrable: patriarcado.

En Uruguay aún no hemos asumido este término en el léxico general, ni en el periodístico para señalar muchos de los casos de violencia machista.

Nuestro país se encuentra actualmente en proceso de reforma de su Código Penal, un proceso que dadas las oposiciones planteadas por sus redactores no incluye al feminicidio como un delito. Podría considerarse en este sentido que las dificultades y deficiencias para poder generar avances en el terreno de lo legal en este tema, se traducen en análisis sobre la responsabilidad directa e indirecta del estado en materia de derechos humanos. Para los defensores de esta causa, en la medida que el estado no reconoce los actos de violencia hacia las mujeres como feminicidio hace omisiones en el cumplimiento de sus competencias, y se vuelve un cómplice de hecho que permite mantener impune y tolerable los casos identificados de este tipo.

Sin duda que el reconocimiento y tipificación del feminicidio como un delito no resuelve la base del problema, pero representaría un paso importante para avanzar en su prevención y sanción. Asimismo, permitiría desmitificar los prejuicios con que muchas veces se abordan en el ámbito legal los casos de violencia hacia las mujeres, como por ejemplo atribuir la carga a ellas o minimizar las agresiones y abusos.

Por otra parte, y para complejizar el asunto, Uruguay no cuenta con un organismo o entidad pública encargada de llevar registro sobre los casos de feminicidio, en parte porque los incidentes de violencia hacia las mujeres muchas veces no se catalogan como tales. No obstante, algunas organizaciones feministas y de mujeres en Uruguay realizan conteos por su cuenta; relevan denuncias sobre violencia doméstica, casos calificados como crímenes pasionales que se difunden desde los medios de comunicación, y otros que sin ser rotulados tienen como víctima a una mujer y a su agresor un hombre.

Estos datos, junto a la información que dispone el ministerio del interior sobre denuncias de violencia doméstica, ponen de manifiesto y reafirman que Uruguay es un país con índices muy elevados de violencia hacia las mujeres. A esto se agrega como plantea Rita Segato los casos de violencia más sutiles, como la moral: “los discursos, el rumor sobre el otro, sobre el cuerpo de las mujeres y sobre la forma en que las mujeres están vestidas, etc”.

En este contexto es válido preguntarse cuáles son las alternativas posibles, cómo aportar para que este tema se asuma como una problemática que atañe a todos los uruguayos y que implica no sólo avanzar desde una perspectiva legal, sino también cultural, política y simbólica. Le cabe en este sentido una tarea importante a las organizaciones sociales que defienden esta discusión; articular y hacerse de herramientas y discursos potentes para avanzar en la lucha, para disputar otros sentidos. Pero también le compete a la sociedad en su conjunto tomar este problema y analizarlo desde todas sus aristas, para que estos aberrantes actos de violencia en todas sus formas hacia las mujeres sean rechazados, condenados y repudiados por todos y todas para que el feminicidio, sea tomado como una cuestión social y no se siga apenas viendo y enunciando como casos aislados o denuncias de mujeres resentidas. No se trata sólo de Martina, sino de todas las Martinas. No se trata de un problema individual de aquellos cuya suerte desgraciada deviene en una fatalidad, sino que estamos frente a un problema social directamente derivado de las relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres.

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