El nuevo siglo de oro

Daniel Morena / Imagen: Abel Quezada
Un breve recorrido por la historia de la literatura en español nos permite conocer los aportes renovadores al arte de las letras de la América del siglo XX.

Se aprende literatura leyendo literatura; por placer, sin escuelas, sin exámenes, sin rendirse por turnos al mandato de la vanguardia. En lo posible, leyendo lo mejor. Para Andrew Lang, está claro qué: lo escrito en Grecia, y en Roma. Pero en ese mapa nos sustrae los libros orientales: La Biblia, y Las mil y una noches; y falta el Dante,  Shakespeare y Hugo… Cuál sea la mejor literatura, habrá que irlo tanteando.

La tarea es abstrusa: una vez puesto el relativismo al servicio crítico del arte se oscurecieron las aguas, y obras de muy distinto alcance aspiran iguales privilegios. Además, conviene revisar (rehusar) ciertas vicisitudes del orgullo lingüístico, minuciosas prácticas arraigadas que enseñan a venerar La Gran Literatura en Español. A veces esta veneración es obligatoria, como en la escuela, donde imperan los cuentos de Quiroga en vez de los muy superiores de Kipling. A veces, la devoción es académica, donde una rara coalición entre doctores y vanguardia enseña a los estudiantes una profesión de nuevo cuño: el amor a la novedad. Y muestran lo buen poeta que fue Girondo. Es una injusticia muy democrática; también se profesa en cafés, ruedas de vino y ágapes familiares. Tanto que si se averigua entre comunes, entre sujetos sin adiestramiento literario, la sensación general respecto a la literatura en español es optimista, consecuencia de un programa patriótico de la palabra, donde la tiranía educativa deforma, omite.

En muy pocos tramos de la historia de la literatura, la escrita en español alcanza la altura que se le atribuye por regla. Por ejemplo, en un siglo de inflexión estética para el arte de Occidente, el XIX, enumerando los autores relevantes de la lengua (en sinergia España y la América española), y los autores en inglés (Byron, Keats, Melville, Whitman, Browning, Stevenson, Carlyle, Poe1), en proyección, quizá en español no haya más de media docena de nombres decisivos, recordables dentro de doscientos años. Hernández, Groussac, Sarmiento, Menéndez y Pelayo; y recién a fin de siglo aparecen en España los Machado, y Unamuno. Otros dirán Bécquer, incluso Campoamor. Causal posible de esta distancia es que somos naciones orales, donde se habla más de lo que se escribe, a diferencia de los países de origen protestante, intelectuales, donde el libre culto a la Biblia se extiende como pasión al resto de los libros, observándose una sabiduría de orden prioritariamente libresco. Francia, de raíz religiosa doble, protestante y católica, en ese mismo siglo concibió una variedad pareja: Chateaubriand, Hugo, Flaubert, Verlaine, Baudelaire, Mauppassant, Balzac, Rimbaud2.

La literatura en español no alcanza esa nota. Quizá lo mejor de nuestras letras sea la poesía mística del siglo XVI. San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, que suelen ser enseñados a la sombra del Siglo de Oro y Sor Juana, hacia el XVII. Y lógicamente Cervantes. Desde entonces y hasta el XX, al devenir del modernismo (descontando los sonetos de Quevedo y esos picos decimonónicos), tibio, muy tibio el sol de la lengua.

En el siglo XX, en América, surge la renovación

Un catalizador del movimiento fue la atmósfera de libertad intelectual en el continente, y la tendencia cosmopolita a la recepción de todas las literaturas. España, siglos cerrada por el alto muro católico -cercada y erizada de españolismo dice Rubén Darío-, permaneció sorda al concierto europeo. Pero entonces llegó Darío y escuchó. Oyó la música del francés, el dulce instrumento expresivo del que se servía Verlaine, con la ventaja de poder plegarse al simbolismo sin por ello renegar de la antigua escuela de Hugo, como sucedía en París con la vanguardia radical del movimiento. Darío irá de la mano de Hugo, pensando en francés y escribiendo en español. Su libro Azul, publicado a fines de los ochenta, ejercerá una influencia cardinal en el siglo XX, que perduró al menos tres décadas. En Azul ya están insinuadas las vibraciones de la renovación métrica, matriz de la revolución artística que se vería en Prosas profanas.

Darío abrió el camino. Años después surge Borges, trasladando de la prosa inglesa una clara serenidad desconocida y los secretos de la imaginación razonada; fundando un género desconocido en literatura (no en teología): el ensayo fantástico. Y llegó Neruda, el que más influyó entre los poetas españoles después de Darío, trayendo un sonido torrencial: la música fuerte del océano. Neruda, el último gran poeta masivo, popular. Artistas de la palabra que además de tener un sensible caudal de obra son de inmediato asociados a un gran libro (o, por lo menos a uno). Lo cual no siempre sucede, y juega a favor. Del mismo modo que al decir Cervantes pasamos directo al Quijote y que al decir Hugo recordamos Los miserables, así, Darío es Azul; Borges, Ficciones; y Neruda, el Canto General.

Alfonso Reyes, humanista mexicano, no induce una rápida asociación de su nombre al de obra propia (acaso sí a obra ajena, la obra crítica: Trayectoria de Goethe). Pero escribió Ifigenia cruel (1924), un hermoso poema dramático que hoy se lee poco. Otros poetas del siglo, menos eruditos que Reyes y aun excepcionales, trabaron un nexo perdurable entre nombre y obra. Es el caso de Octavo Paz y El laberinto de la soledad. O Unamuno, y el Sentimiento trágico de la vida.

Por esta vía, se le debe lugar a un García Márquez, también llamado Cien años de soledad. Por último, el otro pilar del siglo es Juan Rulfo. Que es Pedro Páramo.

Hablamos del siglo XX. Nuevo Siglo de Oro al que otros llaman El Genuino.

 

1 En esta lista podemos incluir también a Wordsworth, Burton, Wilde, De Quincey, Coleridge, los Arnold, Swinburne, Conrad, Dickinson.
2 En esa variedad también se encuentran Mallarmé, Sand, Laforgue, Lecconte de L´isle, Vàlery, Gautier.

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