El oscuro negocio del té en India

Luis A. Gómez para www.operamundi.uol.com.br
En el estado de Assam, en el extremo noreste del país, se cosecha buena parte del té que India consume y exporta a todo el mundo. Las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores (casi todos indígenas) son precarias desde hace más de un siglo.

Esclavitud y servidumbre en los jardines

Las mujeres cortan las hojas para acumularlas en los canastos. Cada día, deben reunir una cuota de al menos 24 kilos. Delgadas y sonrientes, sus manos son las primeras en dar vida a esa tasa de té que saborean millones de personas todos los días en Londres o en Nueva York. Su trabajo, como el de sus maridos y el de sus hijos, está mal pagado... reciben 12 centavos de dólar por kilo o 17 si pasan de los 25 kilos. Si no llegan a su cuota diaria no les pagan. Y esta historia que ocurre a diario en las fincas o “jardines” de té, como se los llama en India, tiene por lo menos 150 años de repetirse, todos los días, en cada jardín, en cada tasa.

En Assam, al noreste del país, se cosecha casi la mitad del té que se exporta, negro o verde, orgánico o con fertilizantes. Las grandes casas como Lipton son clientes habituales de esos ondulados paisajes en los que el verde parece infinito; una de ellas, propiedad de la corporación hindú Tata, ha sido denunciada recientemente por abusos laborales por tres ongs locales.

Las pobres condiciones de vida y de trabajo en los jardines de té controlados por Tata Beverages a través de Amalgamated Plantations Private Ltd (APPL) —una empresa financiada parcialmente por el Banco Mundial— permiten a la empresa mantener sujetas a comunidades enteras de trabajadores, que viven dentro de sus territorios con sueldos menores a 2 dólares diarios por persona, ninguna seguridad social, pocas oportunidades de estudio y, muchas veces, esclavizadas por deudas con prestamistas y comerciantes.

“No hay mucha diferencia con los demás jardines”, explica Wilson Hansda de People’s Action for Development (Acción Popular para el Desarrollo, PAD). De entre los 850 fincas y jardines en Assam hay algunos “donde las condiciones son peores e incluso hay registros de muertes por inanición cada cierto tiempo”, detalla Hansda.

Nada nuevo, ni para los patrones ni para el gobierno de la India, como establece un informe del Instituto de Derechos Humanos de la Columbia Law School presentado el pasado 16 de abril en Nueva Delhi. El informe, titulado Mientras más cambian las cosas..., refleja los motivos de la demanda contra APPL (y por tanto Tata) ante el Compliance Advisor Ombudsman, órgano autónomo de fiscalización del Banco Mundial.

Todo comenzó hace siglo y medio, cuando los británicos obligaron a migrar a los indígenas a regiones productoras de té como siervos del imperio y de los prestamistas y terratenientes. Entonces nacieron fortunas, como la de la familia Tata, surgida del comercio colonial y la explotación de recursos naturales.

Las tribus del té


Conquistado el sur de Asia, los funcionarios británicos encargados de los negocios comenzaron en el siglo XIX a producir en India las dos yerbas más importantes para la economía de su imperio: té y opio. Para ello dotaron de tierras a sus empresarios... y de trabajo barato, casi gratuito.

Iniciaron el despojo territorial en 1830, con prestamistas, comerciantes y policías asediando las pequeñas economías locales, adquiriendo territorios indígenas (casi siempre por la fuerza). En lo que hoy son los estados de West Bengal, Bihar, Jharkhand, Orissa y Chhatisgarh, miles de familias adivasis (indígenas), dedicados a la agricultura menor y a actividades forestales para sostenerse, perdieron casa y sustento. “Comercialización forzada” de tierras, la llamaron en Londres.

No era una política casual. Varios documentos de ese tiempo, como la Etnología de la India de George Campbell, afirmaban que los pueblos indígenas de esa región (santal, ho, oraon, munda) eran ideales para el trabajo en los campos de té. Así que luego de quedar en la miseria muchos se convertían en coolies, o cargadores, en los jardines de Assam y la región vecina de Darjeeling.

Los santal, hoy una de las comunidades indígenas más grandes del país, se rebelaron contra estas políticas en 1855. Liderados por Sido y Kanu Murmu, miles de hombres, mujeres y niños combatieron al ejército colonial durante dos años. Alrededor de 20 mil santals murieron en la rebelión. Como quiera que fracasaron, la corona británica cambió sus políticas y dictó leyes para proteger los derechos de los indígenas.

Pero eso no cambió su realidad económica y social. Ni revirtió los despojos. Miles de trabajadores indígenas sin tierra ni derechos siguieron cosechando té mientras ocupaban barracas insalubres por las que pagaban renta a los patrones. Así nacieron las todavía llamadas “tribus del té”, una etiqueta que sirvió a los británicos para olvidarse de ellos y cuya vigencia aprovecha el estado hindú para negarles sus derechos.

El tiempo detenido


Las dos fotos en sepia que acompañan este reportaje fueron tomadas alrededor de 1870. Las dos fotos de color son recientes. ¿Qué ha cambiado durante este tiempo en Assam? Rejina Marandi, joven escritora y académica santal nacida en Assam, dice que en las fotos antiguas parece que sólo adultos trabajaban en los jardines; “hoy en día inclusive chicas y chicos trabajan ahí”, dice. Wilson Hansda coincide con ella: “Nada cambió mucho, es casi lo mismo, salvo que hoy puedes ver niños pequeños trabajando en los jardines, lo que es verdaderamente alarmante”.

Tres millones de indígenas trabajan en la producción de té en Assam. Muchos son niños trabajando con sus padres; tan sólo en los tres jardines de APPL y Tata denunciados hay 3 mil. No hay escuelas ni baños para las mujeres, que sufren profundos niveles de discriminación, como detalla Marandi, ya que las familias privilegian a los varones para recibir educación y mejores alimentos.

Por eso, las jóvenes indígenas que quieren algo más de la vida que cosechar té buscan trabajo fuera de ahí. “Víctimas de tráfico, son enviadas a diferentes partes del país y enganchadas en diversas actividades como el trabajo doméstico e inclusive la prostitución. Son retenidas bajo amenazas y no reciben salarios ni pueden contactar a sus padres”, concluye Marandi. Según la policía, solamente en Assam, durante los últimos dos años se han “perdido” alrededor de 14 mil jovencitas... según las ongs podrían ser el doble.

En esos jardines de té donde el tiempo se detuvo, y las palabras y las relaciones siguen siendo las mismas hace generaciones, fue de todos modos una sorpresa para PAD, relata Wilson Hansda, saber que los trabajadores de APPL, en teoría accionistas de la compañía, no mejoraron su nivel del vida con la restructuración apoyada con casi 8 millones de dólares de la International Finance Corporation, brazo financiero del Banco Mundial.

“Esto nos dio la base para iniciar nuestro involucramiento con los temas de unos cuantos de los jardines de APPL”, termina Hansda. PAD, PAJHRA (Promoción, Avance, Justicia y Derechos Humanos para los Adivasi) y el Directorio Diocesano para el Servicio Social de la Iglesia del Norte de la India presentaron la denuncia en febrero de 2013 ante el Banco Mundial. Así comenzó otra historia.