El significado del “viento común”

Peter Linebaugh
El autor de "El manifiesto de la carta magna: comunes y libertades para el pueblo" (Ed. Traficantes de Sueños. 2013) reflexiona sobre los comunes a partir del libro de Julius S. Scott "El viento común: corrientes afroamericanas en la era de la revolución haitiana" (Verso Books. 2018). El libro es producto de su tesis doctoral en la Universidad de Duke, finalizada en 1986. El trabajo no fue publicado con anterioridad debido a que Julius se negó a los ajustes solicitados por las editoriales.

Tengo la intención de hablar en este texto tanto del título del libro de Julius Scott, The Common Wind (“El viento común”), como del viento común en sí mismo.

Cabría decir que este es un gran título. Scott lo obtiene del soneto que William Wordsworth le dedica en 1802 a Toussaint L’Ouverture. En su obra, Scott cita las siete líneas de la segunda mitad del poema.

Aunque te hayas caído, para no levantarte más,

vivir y estar tranquilo. Aunque hayas dejado atrás

poderes que trabajarán para ti: aire, tierra, y cielos

No hay siquiera un soplo del viento común

que te olvide; aunque grandes aliados has tenido;

tus amigos son las exaltaciones, las agonías,

y el amor, y la mente invencible del Hombre.

Son estas unas líneas que mezclan el sujeto y el objeto, o el Hombre y la Naturaleza. Julius Scott nos pide de esta forma que interpretemos el viento común como la exaltación, la agonía, el amor y la mente inconquistable de las personas sin dueño del Caribe en su lucha por la libertad.

Así, no podemos olvidar el viento común ya que lo empuja un sujeto revolucionario cuyo objeto aún no se ha alcanzado por completo.

Estas metáforas pierden su poder al entrar en el territorio del lenguaje. Algunas ideas están “diseminadas en el aire"; es decir, son anónimas. La gente respira este viento, hecho de diarios recién impresos, y se apresura a montar en sus barcos y a “correr como el viento” para escapar de ellos. Ya que el lenguaje también es un artefacto histórico, rastrear la metáfora hasta su fuente literal puede revelar algo relevante sobre el pasado. En este caso, nos muestra temas centrales para quienes practican la historia desde abajo, los temas del anonimato y la colectividad. Wordsworth nos proporciona un significado idealista donde tierra, cielo y mar son receptáculos de las proyecciones humanas, encarnando un retorno a los atributos naturales de la vida social de nuestra especie que de otro modo no podrían ser observados. El viento es el medio del sonido y por lo tanto de la historia oral, por lo tanto de la canción y la música, por lo tanto de la historia.

El poema de Ernest Dowson, decadentista inglés, compuesto en 1894 y titulado “No soy lo que era"[1], fue el origen de otro título literario.

¡He olvidado mucho, Cynara!, lo que el viento se llevó…

Pero estaba desolado y enfermo de una vieja pasión.

Esto representa la antípoda de nuestro viento común. El viento del olvido señalado por Dowson se enfrenta al viento del recuerdo de Wordsworth. Por tanto, aquí constatamos una suerte de justicia poética que, en las manos de la clase alta que “el viento se llevó”, perfilada por Margaret Mitchel, da forma a una novela nostálgica publicada en 1936 sobre los campos de exterminio del régimen esclavista a los que pone final el viento común levantado por Afroamérica.

Con equilibrio y autoridad, la prosa de Scott es clara, persuasiva y (debido a la falta de comprensión colectiva sobre los grandes crímenes del esclavismo) incluso calmante. Su uso de las fuentes de archivo es eficiente. El análisis está equilibrado y contrastado[2].

El tema trabajado en la obra de Scott se expresa en su propio subtítulo, “Corrientes de la comunicación afroamericana en la era de la revolución haitiana” (“Currents of Afro-American Communication in the Era of the Haitian Revolution”). Los comunicadores afroamericanos eran aquel “Caribe sin amo”, una frase que combina en sí misma una relación político-económica con una geográfica. Los que no tienen amo –nómadas, vagabundos, desertores, fugitivos, asaltantes, renegados, piratas, bandidos, bucaneros, “el colorido surtido de personajes pícaros e insubordinados”, aquellos con “medios no conocidos de subsistencia” y, utilizando la expresión más abúlica que nunca he escuchado para señalar una conciencia revolucionaria, “gente desencantada en busca de nuevas opciones”. La figura de los “sin amo” está estrechamente asociada a su antónimo, es decir, a la de los que sí lo tienen, los dominados, especialmente al navegante y al esclavo. Ellos están cualificados, son expertos de la navegación, del clima, de la construcción de barcos, de los idiomas. Las mujeres en el mercado se referían la una a la otra como “marineras”. Estudiaron el horizonte en busca de lo que el futuro podría traer: tempestades, huracanes, tormentas, brisa, comercio, calma.

La canción de Bob Dylan “Caribbean Wind” (1980), la más reescrita de sus composiciones, da en el clavo a este respecto:

Y los vientos caribeños todavía soplan de Nassau a México

avivando las llamas en el horno del deseo

y las distantes naves de la libertad sobre ellos, olas de hierro tan audaces y libres,

acercando todo lo que está cerca de mí al fuego.

Alexander Lindsay, o lord Balcarres, gobernador de Jamaica, escribió en julio de 1800: “Todo tipo de vicio que se puede encontrar en las ciudades comerciales se concentra de forma preeminente en Kingston… Gente problemática de todas las naciones, involucrada en el comercio ilícito; comunidades de negros abandonadas, escenas de endiablada picaresca, y una atmósfera general de homogeneización de la miseria, son las características de las clases bajas en Kingston”.

Las coordenadas geográficas utilizadas por Scott son aquellas de los que no tienen amo. Las fuentes que él extrae de los distintos archivos nacionales que ha visitado, dependientes como son de sus correspondientes fronteras nacionales, son leídas en su trabajo a contrapelo. Tal y como marca su tema, él está familiarizado con el inglés, el francés y el español. “América” es siempre plural, “las Américas”. Venezuela, Curaçao, Santo Domingo estaban conectadas por una densa red de comunicaciones. Los barcos navegaban bajo una enorme diversidad de banderas. La suya no es una geografía de la fuerza; sus coordenadas son étnicas y describen corrientes de rebelión y revolución. Las islas son comprendidas como “lugares de paso”. Chalupas, arrastreros, canoas, chalanas y los barcos del puerto son embarcaciones fluviales y costeras al mismo tiempo, mediando entre la tierra y el mar. Hacia el final, Scott se permite utilizar la frase “la presencia negra en el mar”. Es el mar, siempre el mar, el cambiante y turquesa, es la pintura de Winslow Homer, el mar del Caribe en el que surcan barcos con velas hinchadas por el viento común.

La fecha del poema es significativa al estar compuesto un año antes de las victorias finales que aseguraron la independencia de Haití. Grandes cambios ocurrieron ese año. Más personas que nunca en la historia fueron esclavizadas, embarcadas violentamente en los navíos británicos que circulaban por la ruta del Middle Passage.

Una segunda interpretación del “viento común” se remonta a Wordsworth, quien a principios de ese año escribió un largo poema llamado “Michael”, donde narra una historia de pérdida: la división, la alienación y el dolor destilados de la chanchería y las trampas utilizadas en la venta. En él, un pastor de las tierras altas prestaba mucha atención al viento, que lo prevenía de un mal clima y le permitía planear la protección de sus ovejas frente a cualquier daño o extravío. El poema cuenta la historia de la expropiación que sufre.

... estos campos, estas colinas

que eran su ser viviente más

que su propia sangre.

Campos donde junto a espíritus alegres él había respirado

el aire común…

Cuando nos referimos más bien fríamente a los “bienes raíces” o a la “propiedad de los medios de producción”, de lo que estamos hablando, al menos filosóficamente, es de la pérdida de unidad entre la subjetividad y la objetividad. El aire común en medio de estas colinas era un aspecto de la propia tierra común, robada sistemáticamente por una parcela de bandidos parlamentarios. Cuando Wordsworth pensaba en el aire o viento común, lo asociaba con esta gran pérdida que afectó no solo a Inglaterra sino a los Estados Unidos, cuya masa de tierra fue medida y después dividida, precisamente después de que la violencia dirigida de los colonos aterrorizara a los habitantes indígenas, tierra que luego fue vendida en la década de 1790. Una vez que conocemos esto, la primera mitad del soneto de Wordsworth cobra pleno sentido.

¡Toussaint, el hombre más infeliz entre los hombres!

Ya sea que la doncella rural junto a su vaca

cante en tu oído, o estés ahora

recostado en algún profundo calabozo sin oído alguno

¡oh, miserable jefe!, ¡dónde y cuándo

encontrarás paciencia! Pero no mueras todavía;

esgrime más bien tus ataduras con un rostro alegre.

Además de ayudarnos a deducir que el derecho común considerado más relevante era la posesión del “cow’s grass” (“pasto de vaca”) (yo uso una expresión irlandesa), porque si el animal disfrutaba de ambos derechos comunes, el grano espigado y el forraje del ganado, un commoner (“plebeyo”) podría comer pan, leche y queso.

En ese año de 1802 también se aprobaron en el Parlamento un mayor número de leyes dirigidas al cercamiento de las tierras comunales respecto a épocas anteriores. Podríamos decir que se repartieron el pastel, o (con Marx) se desencadenó la brecha metabólica, o (con E.P. Thompson) el robo de clase.

La plantación de algodón suplantó a la plantación de azúcar como medio de explotación. Por lo tanto, la localización de la explotación se trasladó desde el Caribe a lo que se estaba convirtiendo el sur de Estados Unidos, donde el “sistema de disciplinamiento” para intensificar el trabajo se logró mediante la principal herramienta al servicio de la productividad, el látigo. Ese algodón, además de hundir al algodón turco, egipcio e indio en el mercado global, se convirtió en la materia prima que era transformada en las fábricas inglesas donde iba a consumirse gente como “Michael”.

El viento es una de las fuerzas planetarias. Su fuerza y dirección son causadas por las diferencias de temperatura entre el ecuador y los polos, por la rotación de la tierra (efecto Coriolis), y finalmente por la fricción de la superficie topográfica. Esto me lleva a una tercera interpretación del “viento común” que quiero presentar antes del volver a los caribeños sin amo de los que habla Scott. Esto tiene que ver con una fuerza que ni siquiera Alexander Humboldt identificó en estos años, aunque estuvo muy cerca de hacerlo.

Humboldt abandonó Europa en 1798 para adentrarse durante cinco años en la biopiratería, la práctica de una suerte de senderismo por los Andes (a veces recostado sobre las espaldas de los indios), lo que le permitió comenzar a desarrollar los elementos de la ecología. Una de sus contribuciones a aquella ciencia fue la formulación del concepto de las isotermas, o líneas en un mapa que conectan puntos que comparten la misma temperatura. Humboldt estaba estudiando el comportamiento del calor en esta era termodinámica. Su fuente de estudio era el carbón utilizado para calentar las viviendas urbanas y alimentar las máquinas de vapor. Una de las consecuencias de este cambio fue el incremento del dióxido de carbono en la atmósfera, donde este aún reside. De esta forma, el viento común de la era de la máquina de vapor a carbón inició el calentamiento planetario. En el tratamiento del cielo como alcantarillado, las clases sociales dominantes en EEUU y Reino Unido comenzaron el proceso que ha elevado parte de la litosfera a la estratosfera. La era histórica de la revolución haitiana fue también la era geológica del antropoceno[3].

Estos serían, en líneas muy generales, los significados adicionales del “viento común”. Un significado relaciona los procesos de cercamiento con las respectivas expropiaciones de la tierra. El otro significado relaciona la ecología con las perturbaciones de todo el sistema ecológico terrestre.

Estos dos complejos históricos cambiaron las relaciones sociales de producción humana, a saber, la fábrica de máquinas y los cercamientos, perteneciendo a la era de la revolución haitiana. Uno aumentó el porcentaje de dióxido de carbono en la atmósfera; el otro produjo desamparo y desarraigo[4]. Estos complejos o sistemas están relacionados entre sí. Si comprendemos la historia como la historia de la libertad, le damos prioridad a la revolución haitiana entre estos sistemas geográficos y geológicos. Los problemas causados por la expropiación y por el antropoceno deben encontrar su solución en ese primer complejo o sistema.

Podemos referirnos a “órdenes inferiores”, a la “formación de la clase trabajadora”, a la “Hidra de muchas cabezas”, al “mercado laboral”, al panafricanismo o a la “multitud”. Todas estas designaciones denotan una fuerza humana que es anónima, colectiva, y heterogénea[5].

Ahora quiero volver a las fuerzas culturales y revolucionarias del Caribe y ponerlas en relación con las fuerzas económicas de acumulación y con las fuerzas geológicas del antropoceno. ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? ¿Acaso nos proporcionan las primeras una solución a las segundas y a las terceras? ¿Puede el viento común portar a un sujeto capaz de realizar una intervención a gran escala en el sistema humano-planetario dirigido por el capital euroamericano, modelado por sus guerras y estructurado por sus formas políticas? ¿Puede el viento común reclamar los bienes comunes? ¿Puede el viento común enfriarnos?

Para concluir. The Common Wind termina citando el juicio que William Wells Brown hace de la revolución en Saint-Domingue, que lo comprende como el evento central en la historia de los afroamericanos. Toussaint y la revolución ocupan un lugar esencial en la memoria cultural de los negros en Norteamérica. El viento sigue soplando.

El manifiesto comunista se escribió en 1848. “Todo lo que es sólido se funde en el aire”, dijo Karl Marx. Ese año también se publicó un libro de “aires” o colección de canciones, The Anti-Slavery Harp de William Wells Brown. Incluía la “Canción de la multitud alineada” cantada por lo que Baptist llama “el ciempiés humano”, es decir, la hilera ordenada de esclavos que se dirigía hacia el lejano Sur y separaba a familiares y amigos[6]. Se trata de una canción que es llevada el viento.

Mira a estas pobres almas de África,

llevadas a América:

nos secuestran, y nos venden en Georgia, ¿te vienes conmigo?

Nos secuestran y nos venden en Georgia, vamos a celebrar el Jubileo.

Diez años después, Martin Delaney publicó Blake, o las chozas de América (1859), puede que la primera novela firmada por un afroamericano. En ella se cuenta la historia de la destrucción y la reunificación de una familia por medio de murmullos, susurros y canciones. La velocidad de este susurro está determinada por la intensidad de la expectativa; la confianza, por su parte, aparece al reconocer ciertas canciones.

Ver esposas y esposos destrozados,

los gritos de sus hijos, entristecen mi corazón.

¡Los llevan a Georgia!

Ven y acompáñame,

¡Los llevan a Georgia!

¡Van allí a celebrar el Jubileo!

Scott alude a la práctica del “shantying”, como llaman los ingleses al “chanter” francés, para referirse a aquellas melodías que no eran ni canciones folk ni canciones de trabajo. Son las canciones del colectivo o del proletariado. Los músicos negros formaron parte integral de los ejércitos imperiales en la década de 1780, especialmente los percusionistas, cuerdas o metales, especialmente los clarinetistas entre otros instrumentos de viento, y ¿quién puede olvidar a Equiano en el violín? O incluso la propia concha de lucha.

El medio del sonido es el aire; el viento común anuncia el Jubileo. Los eruditos de la Biblia conocen al menos otros seis atributos del Jubileo: acontece cada cincuenta años, restituye la propiedad de la tierra, perdona las deudas, emancipa a los esclavos, deja la tierra en barbecho y anula el trabajo. En otras palabras, como resumió la sabiduría de los esclavos, "Dios hizo el mundo y la gente blanca hizo el trabajo".

[1] El poema es titulado en latín “Non Sum Qualis Eram Bonæ sub Regno Cynaræ”.

[2] Hablando por mí mismo como un artesano, el “viento común de Julius Scott” ha formado parte de mi propia respiración desde el capítulo XX de The London Hanged, hasta el fundamento de cada capítulo de The Many-Headed Hydra, y hasta Red Round Globe Hot Burning, que examina un intento de insurrección revolucionaria en el Londres de 1802.

[3] Christophe Bonneuil and Jean-Baptiste Fressoz, The Shock of the Anthropocene: The Earth, History and Us (Verso, 2015).

[4]  Desde 280 ppm en 1750 hasta 284 ppm en 1809 y más de 400 ppm en 2013.

[5] El éxito federal de los EEUU se resumió en el proverbio latino “e pluribus unum” (de muchos, uno), pero la fuerza histórica que implica esta historia del Atlántico desde abajo tiene el lema opuesto, “ex uno plures” (de uno, muchos).

[6] Edward E. Baptist, The Half Has Never Been Told: Slavery and the Making of American Capitalism (New York: Basic Books, 2014).

Peter Linebaugh (1943), historiador marxista estadounidense discípulo de E. P. Thompson y miembro del colectivo Midnight Notes (junto a Silvia Federici y Georges Caffentzis), un grupo pionero en el estudio y difusión de los comunes. En castellano se ha publicado La hidra de la revolución: Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico y El manifiesto de la carta magna: comunes y libertades para el pueblo, ambos en Traficantes de Sueños.

Publicado originalmente en: www.counterpunch.org/2018/12/14/the-significance-of-the-common-wind/
Traducción: Inés Molina Agudo para www.sinpermiso.info