El trabajo invisible

Mariana Fry / Foto: rebelarte.info
En nuestra sociedad las tareas domésticas y de cuidados son llevadas a cabo mayormente por mujeres. De acuerdo al informe sobre “Uso del tiempo y trabajo no remunerado en el Uruguay, 2007”, las mujeres dedicamos en promedio 36,3 horas semanales a trabajos no remunerados.

La primera vez que leí esos números pensé que no era cierto. Aquel informe decía que las mujeres que tienen hijos menores de 6 años dedican en promedio 57,2 horas semanales a trabajos no remunerados, que se componen principalmente de tareas domésticas y de cuidados[1]. ¡57 horas semanales! Parecía imposible. Es mucho más de lo que varones y mujeres dedicamos a nuestras jornadas laborales. Son casi 10 horas diarias, ¡de lunes a sábados! Parecía demasiado, no podía ser cierto…

Cuando me enfrenté por primera vez a esos datos vivía sola y no tenía hijos. Dedicaba, como mucho, unas 15 horas semanales a tareas domésticas y ninguna a tareas de cuidados. Limpiaba poco porque ensuciaba poco, la casa era chica y casi siempre estaba limpia. Y si estaba un poco sucia no importaba, total era yo sola… Y cocinaba poco porque comía poco, y si no quería cocinar no importaba, compraba algo hecho y listo.

Hoy, unos años después, vuelvo a leer esos datos habiendo experimentado el hecho de ser madre y entonces los números parecen cerrar con claridad. Las mujeres, en particular aquellas que tenemos hijos pequeños, destinamos un volumen impresionante de tiempo a tareas impagas y no reconocidas, pero fundamentales para la reproducción de la vida. Cuidar a nuestros hijos, jugar con ellos, llevarlos a la escuela, ocuparse de su atención médica, comprarles ropa y calzado, comprar comida, cocinar, lavar platos y ropas, limpiar la casa, y muchísimos etcéteras.
 
El problema no son los hijos, ni tampoco el hecho de que cuidarlos lleve tiempo. El problema es cómo repartimos socialmente el trabajo doméstico y de cuidados, cómo lo valoramos y cómo retribuimos a quienes lo realizan.

Brecha de género

En nuestra sociedad las tareas domésticas y de cuidados son llevadas a cabo mayormente por mujeres. De acuerdo al informe sobre “Uso del tiempo y trabajo no remunerado en el Uruguay, 2007”, las mujeres dedicamos en promedio 36,3 horas semanales a trabajos no remunerados[2], mientras que los varones dedican 15,7 horas. Es decir que destinamos más del doble de tiempo a este tipo de trabajos.

Esta brecha de género en la distribución de los trabajos no remunerados se ve con mucha claridad cuando prestamos atención a la composición de los hogares. Mientras que las mujeres que viven solas dedican en promedio 26,8 horas semanales a trabajos no remunerados, las que viven en pareja y sin hijos dedican en promedio 35,3 horas semanales, lo que indica que la presencia de un varón en el hogar aumenta el tiempo destinado a tareas domésticas, más allá de la presencia de hijos.

Complementariamente, los varones que viven solos dedican en promedio 20,6 horas semanales a este tipo de trabajos, mientras que aquellos que viven en pareja dedican 15,3 horas. Esto indica que en hogares donde conviven mujeres y varones aquellas cargan con las tareas vinculadas a la reproducción de la vida de ambos, lo que se observa en el hecho de que las mujeres, cuando se van a vivir en pareja, aumentan su carga de trabajo doméstico y los varones la disminuyen.

Para el caso de las parejas con hijos esta brecha se incrementa, asumiendo las mujeres un promedio de 41,7 horas semanales de tareas no remuneradas y los varones un promedio de 15 horas. En estos casos la brecha es de 26,7 horas, lo que significa que cada semana las mujeres dedicamos casi 27 horas más que los varones a tareas domésticas y de cuidados.

La situación empeora cuando se observa la participación de varones y mujeres en estas tareas según los distintos momentos del ciclo de vida familiar. Las mujeres que tienen familia en etapa inicial (hijos menores de 6 años) dedican en promedio 57,2 horas semanales a trabajos no remunerados, mientras que los varones en igual situación dedican 22,3 horas. En estos casos la brecha es de casi 35 horas por semana, lo que equivale al tiempo que le dedicaríamos a un empleo de 7 horas diarias de lunes a viernes.

¿Cómo se explica esta situación? ¿Por qué aceptamos y reproducimos, en cada acción cotidiana, esta desigualdad tan profunda?

De chiquita me enseñaron…


Desde que nacemos, se nos enseña una determinada forma de ser mujeres y varones. Desde los juegos, los símbolos, el lenguaje, se nos va diciendo que la casa y los hijos son un dominio femenino. Lo aprendemos cuando somos chiquitas y nos regalan juegos de bebés y cocinas. Lo aprendemos también cuando vemos a nuestras madres ocuparse de la casa y los hijos y a nuestros padres, en el mejor de los casos, brindar una pequeña ayuda.

Lo aprendemos cuando somos jóvenes y nos piden que colaboremos, y no les piden lo mismo a nuestros hermanos varones[3]. Y lo seguimos aprendiendo también cuando somos adultas, a través de la publicidad de pañales y productos de limpieza orientada a mujeres, a través de los pediatras y las maestras, a través de todas nuestras relaciones en las que se nos marca que los hijos y la casa son nuestra responsabilidad.

Históricamente las sociedades occidentales han construido una división sexual del trabajo en la que corresponde a los varones el trabajo remunerado y a las mujeres el trabajo invisible y no remunerado de cuidados y tareas domésticas. En las últimas décadas las mujeres han ingresado al mercado laboral en prácticamente todo el mundo, transformando esta situación. Sin embargo, la estructura de la división sexual no ha cambiado: seguimos ocupándonos de las tareas domésticas y de cuidados, y nos insertamos en peores condiciones en el mercado laboral.

En los hogares en que la mujer se encarga de las tareas domésticas y de cuidados y el varón trabaja en forma remunerada, somos nosotras las que hacemos jornadas de trabajo más largas, interminables. Mientras que quienes trabajan afuera tienen un horario de comienzo y término de la jornada laboral, el trabajo doméstico y de cuidados parece ser infinito. Porque la jornada de cuidados no termina cuando finalizan las 8 horas, porque las tareas de limpiar-cocinar-seguir limpiando pueden insumir todo el día. Y además, suelen ser tareas invisibilizadas y no valoradas.
 
Frecuentemente escuchamos que cuando una mujer es ama de casa y se dedica a cuidar a sus hijos “no trabaja”. ¿Qué no trabaja? Solo quien nunca hizo esas tareas podría pensar que no trabaja. No recibe un salario, pero trabaja más que en los empleos más agotadores. Porque trabaja todo el día, y porque además del esfuerzo físico realiza una actividad que demanda un compromiso afectivo y emocional. No se puede cuidar como quien pinta una puerta o archiva papeles; cuidar implica creatividad, afecto, dedicación. Y porque además realiza una tarea que no es valorada socialmente, una actividad sin reconocimiento, prestigio o retribución alguna.

En las casas donde varones y mujeres trabajan, solemos cargar con una doble jornada laboral, ya que después de que llegamos a casa tenemos que ocuparnos de un sinfín de tareas que pueden ocupar otras 8 horas diarias.

Desandar el laberinto

En las últimas décadas las mujeres hemos combinado diversas estrategias para sobrevivir a esta división sexual del trabajo. En el mejor de los casos, contamos con ayuda familiar solidaria (básicamente tías y abuelas) que aliviana nuestra carga de “trabajo femenino”. Cuando esto no es posible, para salir a trabajar explotamos el trabajo de otras mujeres, que generalmente de forma precaria y mal paga asumen en el mercado laboral las tareas necesarias para la reproducción de la vida, perpetuando de este modo la división sexual del trabajo (si no lo hacemos nosotras, debe ser otra mujer quien lo haga). Se trata de estrategias individuales de subsistencia, que en nada trastocan las relaciones patriarcales de opresión.

No es fácil cambiar un sistema de dominación tan potente y prolongado en el tiempo, arraigado en nuestra cultura, en nuestras prácticas cotidianas, en todas las instituciones sociales (la familia, el mercado de trabajo, la esfera del consumo, entre otras). Un sistema profundamente intrincado con el proceso de acumulación de capital, ya que las economías capitalistas se sirven en forma invisible de nuestras tareas necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo.

Pero podemos empezar por reconocer la importancia de las tareas domésticas y de cuidados. Ninguna sociedad puede perpetuarse si no destina tiempo y trabajo a reproducir la vida, con todas lo que eso implica. La idea de que estas tareas son poco valiosas y su asignación corresponde a las mujeres es una construcción social e histórica. Subvertirla dentro y fuera de nuestras casas es uno de los desafíos pendientes.

Por eso hoy las mujeres luchamos para que se reconozca el valor de estas tareas y el tiempo que llevan, y apostamos a compartirlas socialmente entre varones y mujeres y a tejer vínculos solidarios que permitan alivianar la carga. Nos movilizamos también para que se reconozca desde el mercado laboral de la doble jornada a la que estamos expuestas. Muchas veces los empleos nos tratan en condición de iguales, cuando de hecho no somos socialmente iguales (las mujeres tenemos muchas más tareas y responsabilidades fuera del empelo formal). Asumir socialmente esta situación y elaborar formas de auto organización y políticas adecuadas podría ser un buen paso para empezar a romper la brecha.

Este 8 de marzo, paramos y nos movilizamos para que se reconozcan y visibilicen nuestras tareas.

¡Si paramos las mujeres, paramos el mundo!


[1] “Uso del tiempo y trabajo no remunerado en el Uruguay, 2007”. Disponible aquí. El informe expone los principales resultados de una encuesta realizada en 2007. Un estudio similar se aplicó en nuestro país en 2013, sin embargo utilizo el de 2007 dado que el informe publicado para ese año contiene información más detallada.

[2] Según este informe el trabajo no remunerado “Comprende el conjunto de trabajos integrado por el trabajo doméstico familiar, los cuidados infantiles, de dependientes y de enfermos, el trabajo voluntario y los servicios que se brindan a otros hogares sin recibir pago alguno.” De estas actividades, la mayor participación se da en las tareas domésticas, seguidas por las de cuidados. El trabajo brindado a otros hogares y el trabajo voluntario son los que menor participación tienen.

[3] En el tramo de edad que va de 14 a 17 años el 89,2% de las mujeres participan en las tareas del hogar, mientras que solo el 74% de los varones lo hacen (la brecha es de un 15,2% más para las mujeres). Esto da la pauta de un proceso de socialización de género que implica más carga para las mujeres, según el informe “Uso del tiempo y trabajo no remunerado en el Uruguay, 2007”.