El verbo en los ojos

Nota: Alicia Migliaro / Foto: Eslela Peri
El 8M pasó y nos dejó fotos y palabras. Memorias, sentimientos y encuentros en un tiempo de todas. Aquí reflexiones de reflejos de un instante en que nos vimos y al fin nos lo dijimos.
“¿Que es un espejo? No existe la palabra espejo- sólo espejos, pues uno solo es una infinidad de espejos. ¿En algún lugar del mundo habrá una mina de espejos? No se precisan muchos para tener la mina centellante y sonàmbula: bastan dos, y uno refleja el reflejo de lo que el otro reflejó, en un temblor que se transmite en mensaje intenso e insistente ad infinitum, liquidez en la que se puede hundir la mano fascinada y retirarla chorreando reflejos, los reflejos de esa agua dura."
 Los espejos, Clarice Lispector 


 Y la marcha se detuvo.
Al llegar al semáforo pausó su ritmo enérgico y allí quedó. Si hubiéramos estado en seguridad o haciendo cordón sabríamos el por qué, capaz estábamos avanzando muy rápido y no dábamos tiempo a los cortes de calles o capaz nos estábamos desfasando por ir a paso ligero. Sea cual fuese la causa nosotras paramos y se sintió bien. Desde adentro de la marcha fue una pausa necesaria. Un corte orgánico, como recobrar el aliento o asomar la cabeza fuera del agua salada. Un descanso de entre tiempo, como un mate antes de seguir lavando la cocina o contarle una anécdota a una compañera de trabajo. Un parar para seguir.

Paramos pero seguimos “yo era una de esas, yo era una de esas que obedecía me callaba la boca, me callaba la boca y no discutía no decía nada, nada de nada, y por dentro lloraba y gritaba”. El bombo, latido colectivo, bacanal del corazón. Del megáfono salió la orden en cántico “Y ahora que estamos juntas y ahora que se nos ve. Abajo el patriarcado que va a caer, que va a caer” otra vez más bajamos, cansadas y risueñas, a seguir el juego “Y ahora que estamos juntas, y ahora que se nos ve. Arriba el feminismo que va a vencer que va a vencer”. Liberamos la tensión de la flexión. Saltamos.

Una de nosotras elevó la mirada y la descubrió. Cuello en alto, mirada prendada y una sonrisa que empezaba a ganarle espacio a las facciones. De a una nos fuimos contagiando el gesto. La descubrimos. Una mujer grande, enorme, agitaba los brazos y nos saludaba. Su cabello blanco nos hablaba de historias pasadas y presente por venir. Nos detuvimos en saludos. Nuestros cantos fueron para ella y sus gestos para nosotras.

Retomamos la marcha a tracción lenta. Unos metros más adelante, sin cruzar una vereda siquiera, las vimos. Allí estaban ellas tres, en un balcón antiguo adornado con globos violetas al fondo. Habían echado mano a todo lo violeta que había en el ropero: buzo, gorra de lana, tapado. Tampoco faltó la tela violeta para saludar ¿mantel? ¿repasador? Bandera de la vida doméstica saludando a la marea indómita que corría por la acera.

Asistían a la marcha con la misma emoción que su vecina. Reían, se codeaban, agitaban con los cánticos. Por momentos algunas manos preservaban la intimidad de la emoción cubriendo los ojos para atenuar el llanto. “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”. En el tono más fuerte que nuestras gargantas toleraron les dejamos esa enseñanza que nos regaló el hablar pausado de la Federici. Somos brujas, en las calles y en los balcones. Somos brujas y hemos regresado.

Puedo imaginar lo que habrán pasado las doñas del balcón. Puedo imaginar maridos violentos, padres ausentes, saña en el castigo por desobedecer, abortos clandestinos, empleos mal pagados, trabajos no reconocidos, deseos silenciados, placeres apenas conocidos. Puedo imaginar también amores, cuidados compartidos, caricias, saberes pasados de una a otra, el aprender en la lucha cotidiana, charlas interminables, contarlo todo, la alegría de ser. No sé qué les pasó pero lo puedo imaginar; y apelando a lo que sé, sé que algo o mucho de todo esto efectivamente les pasó. Lo sé y no gracias a ningún arte adivinatorio, lo sé porque es capitalismo y patriarcado uruguayo a caballo entre dos siglos. Guardemos la magia para cosas realmente importantes.

De mis compañeras, mucho, poquito y nada, pero sé de sus historias. Sé de abusos, de violencias, de maltrato, de precariedad, de aguantar, de dejarlo todo, de volver a empezar una vez y otra más. También se todo lo que costó, todo lo que aún nos cuesta, reconocer, entender, significar. Es que si nos criaron para, si nos acostumbramos a, ¿cómo darle verbo a esa incomodidad que nace de las tripas? Si cuando decimos lo que nos molesta nos dicen que no es tan así, o nos responden con un dolor mayor, ¿cómo nombramos esa incomodidad primigenia? ¿y cómo nombramos todos las molestias y dolores que se cuecen junto a ella?
              
Cuando no tenemos trama, reconocer, entender, significar es un trabajo cuasi arqueológico. Dice la feminista italiana Luisa Muraro  que la experiencia en estado puro no basta porque no puede ser nombrada. Para que sea nombrada tiene que ser representada, puesta frente a un espejo que permite mirarse y reconocerse. Recién ahí pasa a ser experiencia, cuando se inscribe en una tejido común, un orden simbólico, que le permita entenderse. En nuestras sociedades el orden simbólico es capitalista y es patriarcal. Huelga decir que lxs dominadxs no tenemos cabida en ese espejo, ningún rincón de esa agua dura refleja nuestros ojos. Por eso tuvimos que inventar otros espejos que se pierden ad infinitum en la noche de los tiempos. Ahora, ¿qué pasa cuando las dominadas no nos vemos desde todos los costados? Capaz eso es lo que buscamos en este cruce de miradas, resquicios de espejos que nos reflejen de cuerpo entero. Y tuvimos que inventarlo.

Nosotras las vimos y ellas nos vieron. Ambas entendimos. Estábamos ahí porque había dolores por revelar y libertad para rebelarse.

El día después me regaló fotos en las redes. Tiempo, charlas, mensajes, cavilaciones, encuentros, reflexiones. El juego de mirar una foto y otra alternadamente. Miramos, nos miraron y otra nos miró. Un juego de espejos, haces de luz reflejados por doquier. Un artificio innato brotando en un tiempo nuestro “¿Qué es un espejo? Es el único material inventado que es natural”. Por eso nos vimos, por eso pudimos decirlo todo sosteniendo miradas.

Ahora nos veo a nosotras. Veo las banderas, reconozco a mis compañeras y si busco a Wally hasta me encuentro a mi alzando el gesto en dirección a las doñas. ¿Qué nos estábamos diciendo en ese instante donde vimos pasar la historia? Te veo, te entiendo, te creo.

Hay una frase de Alejandra Pizarnik que siempre me resultó inquietante “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Me gustaba pero me picaba, parecía que guardaba un misterio que no terminaba de mostrarse en la contundencia de la imagen. No fue sino hasta que conocí la frase que la antecede que entendí que hablaba de la cara del reflejo “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”. Desde el balcón o la acera, estábamos mirando nuestro mundo compartido. Mientras, a nuestra izquierda, ardían las flores.

Los hombres hacen su propia historia pero que no la hacen libremente, sino en base la historia heredada de sus antecesores, nos dijo Marx  y se nos fundió en la sangre. En algunos de los párrafos más poéticos de este texto, hará mención al juego de subirse a los hombros de otros hombres para hacerse un lugar en la historia. Buscando un lugar, desbarrancando a otros, haciendo equilibrio, cayendo, volviendo a levantarse en una suerte de pirámide humana por los tiempos de los tiempos.

Así los hombres pero ¿cómo hacen historia las mujeres? Sabido es que algunas enormes logran subirse a los hombros de otros hombres y sabido es que hay un contingente de otras desconocidas gigantes que apuntalan la pirámide. Así las mujeres en la historia de los hombres pero ¿cómo hacemos las mujeres para construir nuestra historia propia? Nos subimos sobre los hombros de otras mujeres. Sí, pero antes tenemos otra tarea. Tenemos que encontrarnos, mirarnos, reconocernos. Escudriñar nuestras propias experiencias como mujeres luchadoras, bucear en la comprensión de nosotras como sujetas políticas.

Para ilustrar esto una anécdota, también con fotos. Para el 8 de marzo del 2013 las recién creadas Minervas quisimos hacer alguna actividad pública . Propusimos una intervención en el callejón de la Universidad rescatando a nuestras ancestras: mujeres anticapitalistas y antipatriarcales, luchadoras comprometidas con cambiarlo todo. La consigna era sencilla y nos dimos a la tarea de buscar fotos y biografías. En apariencia era sencillo, pero no lo fue tanto. Nos dimos al repaso de épocas, acontecimientos, hitos y àmbitos de nuestra historia y, parafraseando a María Julia Alcoba, ¿las mujeres dónde estaban?. No digo que no estuvieran, digo que tuvimos que salir a buscarlas porque, evidentemente, no estaban a la vista. Tuvimos que ir tras sus pasos, ubicarlas, reconocerlas. Lo que empezó siendo una tarea para una actividad puntual devino luego en una verdadera pasión colectiva que seguimos cultivando hasta hoy. Buscar textos, fotos, biografías, películas, libros, documentales, anécdotas, pasarlos de mano en mano y de boca en boca, componiendo el álbum de fotos de aquellas que fuimos para entender estas las que somos.

Así la historia y nosotras en ella. En esto de pensar en imágenes, hace unos días una querida amiga feminista compartió una foto de una doña en una manifestación. Cartel en mano, sonríe a la cámara, “Que lo que no tuve para mi sea para vosotras”. Imposible no empatizar con esta señora española (a juzgar por la conjugación del pronombre) Imposible, si yo misma en los días previos, a partir de la campaña convocando a la marcha del 8 de marzo de la FEUU y del CEUP (dos espacios que supe habitar hace 15 años y otra vida), pensé con orgullo “lo que no fue para nosotros es para ustedes, son grandes gurisas!”. Parece que es así, pero no, hay algo que me incomoda casi tanto como la rosa pulverizada de la Pizarnik.

Vuelvo a nuestras fotos, ahora entiendo. Resulta que la doña española y yo estamos equivocando los tiempos verbales. Porque lo que es para ellas, cuando es para ellas, es también para nosotras y esto lo aprendí en el instante compartido con las doñas del balcón. Este no es un tiempo que se nos fue, este es un tiempo que es de todas.

Sólo el hecho de poder decirnos da cuenta de que podemos mirarnos, de un lado y otro de la historia, desde arriba o abajo del balcón o la acera. Nos hablamos porque nos encontramos en un tiempo que nos une. Ahora, verbo, porque es acción, labor conjugada en tiempo presente. ¿De qué otra forma podría darse el reflejo si no? Reflejo de un instante en que nosotras paramos y la tierra tembló desdoblada en una una nueva imagen, intensa e insistente, donde la mirada habló.

En el instante reflejo, centella, después, y sólo después, pude reflexionar. Mentiría si dijera que esto lo pensé en esos minutos compartidos con mis compañeras y las doñas de los balcones. Mentiría mucho, porque en ese momento éramos puro acto, proceso, existencia: agua violeta rebalsando en una esquina y el verbo en los ojos.

 

 

Referencias

[ 1]“El orden simbólico de la madre”, Luisa Muraro
[2] “El XVIII Brumario de Luis Bonaparte”, Karl Marx.
[3]  Por increíble que nos parezca ahora, hace cinco años no había convocatoria masivas para el 8 de marzo. La primera convocatoria coordinada y organizada por el movimiento feminista  uruguayo en esta etapa se realizó en el 2015.

 

         

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