Estar en el mundo

Victoria Furtado / Foto: Rebelarte
Hace más de un mes que estoy viajando. En pocas semanas estuve en más lugares de los que puedo contar; recorrí paisajes, climas e idiomas. Esta nota podría ser sobre ese andar por el mundo. Sin embargo, no, no es. Es sobre qué significa estar en el mundo con un cuerpo de mujer. Y sobre la supuesta protección de la libertad de circulación que promete la Ley de urgente consideración de Lacalle Pou.

 Estoy en Nueva York. Vine solo por algunas semanas, pero como ya viví aquí es una ciudad en la que me sé manejar. Tengo tantas llaves como amigos, conozco gente del mundo académico y político, soy parte de una comunidad que es mi familia aquí y en general me siento en casa. No obstante, la mayor parte del día ando sola, voy a estudiar, paseo o hago mandados sola. 

Diría que es una ciudad segura, pero sería una tontería. Habría que preguntarse segura para quién. Una ciudad en la que la gente no tiene acceso a la salud o en la que conseguir un lugar digno para vivir es una odisea no es una ciudad segura. La ciudad más importante de un país que siempre está en guerra, incluso ahora mismo, no es una ciudad segura. Una ciudad poblada, construida y sostenida cotidianamente por millones de inmigrantes sin papeles no es una ciudad segura. Una ciudad llena de gente diversa en un país donde te matan o encarcelan por el color de la piel no es una ciudad segura. Digamos mejor que Nueva York es una ciudad donde yo me siento segura.

A veces estudio en una biblioteca pública que queda a unos veinte minutos a pie de mi casa. Ayer estaba frío pero soleado, así que atravesé el Prospect Park para llegar. Cuando decidí regresar ya era de noche. Dudé entre caminar por la avenida solitaria y algo oscura que rodea el parque o volver en metro. Conversando por teléfono con alguien sobre nuestros dilemas mundanos le dije: “voy a ver la temperatura, si ya está bajo cero voy en metro, si no, camino”. Había tres grados. Caminé. Ese fue mi único cálculo.

Cálculos para no morir

Antes de venir aquí estuve en México. Me pareció un país alucinante, pero también un lugar donde los cálculos se multiplican por mil. No andar sola de noche, evitar ciertas zonas, aprenderse bien la dirección de la casa y el camino para llegar, tomar uber y no taxi, seguir el recorrido con el GPS, avisar cuando llegás, cruzar los dedos, rezarle a todas las diosas que tu ateísmo te permita invocar. Las recomendaciones siempre están a la orden del día y todas tienen un denominador común que no precisa ser explícito para ser evidente: cuidarse de los hombres, desde esos que te recorren con su mirada insidiosa en cada esquina hasta los paramilitares que merodean en las rutas.  

En Montevideo, la ciudad donde vivo, los cálculos no son tantos pero también están. Y si no están es porque nos cansamos de andar así por la vida. Entonces nos perdemos lo mejor de la fiesta para no volver tan tarde, resignamos un poco de autonomía pidiendo a nuestros padres o novios que nos vayan a buscar a la parada o gastamos más de lo que el sueldo nos permite en taxis. Para peor, la necesidad de cálculo no se toma vacaciones y aun cuando intentamos disfrutar de los días libres, la noche y el mar, nos cortan el cuerpo como acaba de pasar en un boliche, nos violan como sucedió en un camping el verano pasado o nos matan como a Lola en 2014, por mencionar solo la acumulada malicia de un lugar, Valizas, que de tierna no tiene nada.

Es que estar en el mundo con un cuerpo de mujer o feminizado implica aprender, desde muy chicas, a hacer cálculos para no morir. O al menos para no exponerse a alguno de los incontables eslabones de la cadena de violencias que recaen sobre nosotras. Y si bien muchas veces el lugar menos seguro para nosotras son nuestros propios hogares, también es cierto que, como plantea Rita Segato [1], la calle es para las mujeres un espacio que se habita de manera no plena, una experiencia de constreñimiento que históricamente ha implicado cálculos aprendidos para no sufrir incomodidad, que ahora se agudizan en cálculos para no morir.

Quizás por eso un aspecto muy importante de este tiempo de rebelión feminista es la preocupación porque el movimiento tenga presencia en la calle. Las alertas que hacemos cada vez que hay un feminicidio y las multitudinarias marchas del 8 de marzo, entre muchas otras acciones que hemos desplegado, han sido para nosotras un modo de recuperar la calle, de resignificar ese espacio y apropiarnos de él de forma colectiva. Como decimos con Valeria Grabino, con quien investigamos juntas sobre estos asuntos [2], las movilizaciones feministas ponen nuestros cuerpos en el espacio público y crean un ambiente donde se resignifica el cuerpo femenino, que pasa de ser un mero receptor de violencia a ser un cuerpo que lucha. Así, para las mujeres y cuerpos feminizados, estar organizadas y en lucha es un modo de recuperar la calle, una forma de habitar plenamente un espacio que siempre se nos hace ajeno; y eso incluye estar movilizadas, marchando, cortando calles, ocupando plazas. Pienso que también por eso los 8 de marzo se han vuelto los días más memorables de nuestras vidas, porque además de la energía que se acumula en las semanas previas, además del raro goce de disponer de tiempo para nosotras mismas, además de compartir con madres, hermanas, amigas y compañeras, ese día marchamos juntas por miles, nos sabemos marea, experimentamos el habitar plenamente las calles y nos sentimos, al menos por un día, verdaderamente libres.

Libertad para quién, protección para quién

Desde ayer los grupos de whatsapp y telegram explotan: empezó a circular el anteproyecto de la Ley de urgente consideración, ese texto hasta ahora misterioso (Lacalle Pou no quiso adelantar su contenido durante la campaña electoral) que marcará el retorno de la derecha al gobierno. Los mensajes van y vienen intentando compartir sentidos, medir la gravedad, distinguir lo nuevo de lo viejo, combinar lecturas técnicas y políticas, en definitiva, entender. Queda clara la intención: vienen por todo. Y es imposible no pensar que las principales destinatarias de ese mensaje somos nosotras.

Hay tantas cosas que me abruman. Seguramente esa sea parte de la gracia de tremendo paquete: entreverar, dispersar, fragmentar, abrir mil frentes a la vez. Pero en medio del tsunami de disparates no puedo evitar indignarme con el apartado destinado a la “protección a la libre circulación”. Y lo escribo así entre comillas no solo porque sea textual, sino para tomar distancia de ese horrible eufemismo para hablar de represión. Los artículos 448, 449 y 450 del anteproyecto de ley declaran “ilegítimos” (vaya uno a saber qué quiere decir eso) los “piquetes” que afecten la libre circulación de personas, bienes o servicios y autorizan al Ministerio del Interior y otros organismos del estado a hacer lo necesario para evitar que tal cosa suceda. Esto se hace, dice el anteproyecto, para “garantizar el derecho a la libre circulación, el orden público y la tranquilidad”. Me pregunto entonces: ¿libre circulación de quién? ¿tranquilidad de quiénes? ¿qué entiende esta gente por “orden público”?

Tranquilidad para mí sería poder caminar por la calle sin sentir miedo o incomodidad, ir a bailar sin temer que alguien se crea tan dueño de mi cuerpo como para tajearlo, tener la certeza de que al final del día voy a volver a casa sana y salva. Es más, verdadera tranquilidad sería tener una casa, o al menos la certeza poder pagar el alquiler a fin de mes. El concepto de orden me resulta bastante antipático, más bien pienso que hay que desordenar el mundo, pero en todo caso no imagino ninguna definición decente de orden público -entendiéndolo como una especie de bienestar común- que no implique, entre otras cosas, que las mujeres dejen de morir solo por ser mujeres.

Claro que no todo es novedad. Estos artículos deben ser puestos en relación con el camino abierto por el “decreto antipiquetes” y las medidas que estigmatizaron y criminalizaron la protesta durante los gobiernos del Frente Amplio. Acciones estas que sin duda contribuyeron a crear un sentido común que hoy hace más difícil la tarea de articular un rechazo social ante la avanzada represiva. Desde Zur, ya en 2017 dábamos cuenta de este proceso con un artículo que preparamos para el Informe anual de derechos humanos de Serpaj [3]. Allí definimos como criminalización de la protesta a todos los discursos y acciones que impiden, debilitan o frenan la disidencia política y minimizan las expresiones del descontento popular. Señalamos que, en general, tales procesos se enmarcan en medidas globales de seguridad ciudadana que justifican o establecen un contexto de medidas represivas. Tal como decíamos entonces, el consenso instalado por la hegemonía progresista supuso la estigmatización y deslegitimación de quienes lo interpelaron. El ataque a quienes disintieron con el modelo se canalizó por el gobierno a través de los decretos de esencialidad y “antipiquetes”. En ese momento todavía no habían sucedido hechos como la represión en la movilización contra la injerencia de UPM en la educación (setiembre de 2019) ni la intervención de policías de particular que detuvieron y golpearon a manifestantes luego de la marcha por el día mundial del agua en (marzo de 2019) [4]. No obstante, el proceso estaba en marcha. Por eso afirmo que este tipo de medidas no son novedad. Pero aun así me indigna que ese camino se profundice y que, como dice Mercedes Etcheverry, compañera de Minervas y de Zur, se reivindique y aumente una fasticización que de todos modos ya existía. 

Además de lo que estas medidas implican para las luchas sociales en general y la feminista en particular, me indigna tanta hipocresía, el falso discurso de la libertad y la protección, el  descarado alarde de que gobernarán solo para unos pocos, para esos que ya tienen todo asegurado, que van por el mundo como si fuera suyo. Porque para las mujeres la calle nunca es un lugar de libre circulación, salvo cuando lo hacemos juntas. Y es esa posibilidad la que nos quieren coartar con medidas que criminalizan nuestro derecho a protestar, a estar en lucha y tomar la calle, a ocupar, con pleno derecho y quizás por primera vez en nuestras vidas, el espacio público. Una vez más pretenden quitarle a nuestros cuerpos la posibilidad de plenitud y goce en el espacio público, porque es nuestra libertad y no solo nuestra resistencia lo que les molesta. Quieren hacer que nuestra experiencia de estar en el mundo siga siendo la de la constricción y el cálculo. Y si nos resistimos a quedarnos quietas y calladitas en los márgenes del mundo que reservan para nosotras, nos amenazan bajo la forma de ley con más violencia.

Estar fuera del mundo

Una de las tantas desigualdades que derivan de vivir en un mundo patriarcal es la posibilidad de uso del espacio público, la dificultad de andar por la vida con nuestros cuerpo feminizados o de mujeres. El simple estar en el mundo no es nunca para nosotras una experiencia plena. Salvo, insisto, cuando estamos juntas y en rebeldía. En estas semanas de viaje tuve la maravillosa experiencia de estar en un lugar que, pese a estar ubicado dentro del estado mexicano, no es México. Participé, junto con unas tres mil mujeres, del Segundo encuentro internacional de mujeres que luchan, organizado por las compañeras zapatistas en el caracol de Morelia, Chiapas. Y fue alucinante, porque en Nueva York me siento segura, pero allí me sentí plena. Allí estuve fuera del mundo.

El caracol Torbellino de nuestras palabras es un lugar tan bello como su nombre. Está entre las montañas, hay mucho verde, un paisaje soñado, una infraestructura construida con amor y vocación colectiva, gente maravillosa, comida deliciosa; como dice mi amiga María Noel Sosa, lo más parecido al paraíso [5]. Pero estar allí se sintió como habitar el paraíso no solo porque era un caracol zapatista -esa tierra mítica donde se vive por fuera del sistema capitalista-, sino porque estábamos entre nosotras, porque juntas hicimos de ese espacio una tierra también feminista. Entre nosotras, mujeres en lucha, construimos una especie de territorio liberado. Pudimos tener un descanso, un momento de parar, encontrarnos, darnos fuerza, vivir otro sentido del tiempo, charlar y bailar con entusiasmo. Y fue un lugar seguro no solo porque estuvieran las insurgentas con sus arcos de flechas y flores. Ellas nos cuidaron, y entre todas nos cuidamos, pero lo que importa es que en el fondo estábamos seguras porque no había riesgo. Este es el punto que quiero destacar: entre mujeres nuestros cuerpos no están en riesgo porque nosotras no solo nos cuidamos sino que no nos ponemos en riesgo las unas a las otras, que es mucho más profundo. Por eso, cuando estamos juntas experimentamos una sensación de seguridad pero también de plenitud; nuestros cuerpos pueden estar en el espacio, es decir en el mundo, de un modo diferente, más libre. 

Estando en el encuentro no nos olvidamos que afuera seguía existiendo un mundo por transformar. De hecho, el tema central fue la violencia, estábamos ahí para compartir dolores, denuncias y estrategias; la intención era darnos fuerza y pistas para volver al mundo y seguir luchando. Pero allí nos dimos tiempo y también espacio. Y lo mismo hacemos en Uruguay cada vez que disponemos de nuestro tiempo y energía para estar entre nosotras. Entonces no hace falta ir a Chiapas, así de bien la pasamos cuando estamos juntas en cualquier instancia, y en particular cuando tomamos la calle recuperándola para nosotras. En estos años de intensa lucha feminista, en este tiempo de rebelión en el que estamos, muchas veces sentimos esa plenitud, la adrenalina de sabernos más libres, el cosquilleo en el cuerpo de saber que ya no hay marcha atrás para nosotras. Por eso no renunciaremos a nuestra libertad y ninguna ley nos detendrá. Porque además de seguir creando espacios que nos den respiro de este mundo hostil, seguiremos luchando para construir mundos nuevos, mundos donde quepan todos los mundos. Y por si acaso todavía no se entendió, no queremos la mitad del infierno, vamos por todo el paraíso. Porque juntas lo hemos experimentado y sabemos que es posible. 

Notas

[1] “Las mujeres vivimos en un Estado de sitio”, entrevista de Florencia Ogas a Rita Segato, La Tinta, 9 de mayo de 2017. Disponible aquí

[2] Algunos resultados de estas investigaciones pueden leerse en el artículo “Alertas feministas: lenguajes y estéticas de un feminismo desde el sur” (Observatorio Latinoamericano y Caribeño, dossier Feminismos latinoamericanos en acción: instituciones, academia y activismos; número 2; 2018). Disponible aquí 

[3] Castro, Diego; Furtado, Victoria; Martínez, Andrés y Sosa, María Noel (2017). “No tan excepcional: estigmatización y criminalización de la protesta en Uruguay”. En Derechos humanos en el Uruguay. Informe 2017. Montevideo, Servicio de Paz y Justicia. Disponible aquí 

[4] Ver al respecto nota de Andrés Martínez para Zur aquí 

[5] “Lo más parecido al paraíso”, nota de María Noel Sosa y fotorreportaje de Belén Marco sobre el Segundo encuentro internacional de mujeres que luchan, Zur, disponible aquí