Flores en el fusil

Mariana Abreu (Colectivo Minervas)
«Era primavera. Habíamos acabado el ejercicio de tiro y regresábamos a pie. Recogí unas violetas. Un ramito pequeño, lo até a la bayoneta. (...) El comandante nos hizo formar en fila y me llamó. Salí de la fila… Olvidé por completo que iba con aquellas violetas. Me riñó: “Un soldado es un soldado, no una niña que va recogiendo flores”. Le era incomprensible que alguien pudiera pensar en coger flores en una situación como aquella. Un hombre no lo podía comprender… Pero yo no tiré mis violetas. Las quité de la bayoneta y me las guardé en el bolsillo».

Svetlana Alexiévich es una contadora de historias, escritora y periodista si se quiere más precisión. El año pasado se convirtió en Premio Nobel de Literatura y varios de sus libros, traducidos y en grandes cantidades, atravesaron el planeta.

Alguien dijo que todas las historias ya han sido contadas, pero la bielorrusa, que dedicó sus líneas a exprimidos asuntos como la guerra, la vida en la URSS y el accidente nuclear de Chernóbil (cuyos vestigios se encuentran en cualquier rincón de lo que en otro tiempo fue el bloque soviético), supo burlar la sentencia. La escritora demostró que parte de la historia de la guerra que enfrentó al Ejército Rojo con la Alemania Nazi no se hallaba en los libros de Historia, ni en cualquier otro sitio. Durante años, sin soltar su grabadora y su libreta, persiguió el pedazo faltante.

Alexiévich conversó con cientos de mujeres que combatieron en el ejército de la URSS. Visitó sus casas, leyó sus cartas, miró sus álbumes de fotos, probó los bocados que le prepararon y escuchó sus voces  desesperadas por hacerla partícipe de lo que nunca nadie les había preguntado. La guerra no tiene rostro de mujer fue el libro que regaló a la humanidad años después.

«Visité a una familia… Los dos habían combatido, el marido y la mujer. Se conocieron en el frente y se casaron: “Celebramos la boda en las trincheras. La víspera del combate. Me apañé un vestido blanco con la tela de un paracaídas alemán”. Él era tirador de ametralladora, ella hacía de enlace. El hombre, sin rodeos, envió a la mujer a la cocina: “¿Nos preparas algo?”. Una vez servidos el té y los bocadillos, ella se sentó con nosotros, y el marido enseguida la hizo volver a levantarse (...) Tuve que insistir, pero el marido finalmente le cedió su sitio a la mujer. Antes de irse le recordó: “Cuéntalo tal como te he enseñado. Sin lágrimas y naderías de mujeres (...)”. Más tarde, en susurros, ella me confesó: “Se ha pasado toda la noche haciéndome estudiar el volumen de La historia de la Gran Guerra Patria. Se preocupa por mí. Y ahora seguro que está sufriendo porque sabe que acabaré recordando algo que no debo”». Situaciones similares ocurrieron «más de una vez, en más de una casa», dice la escritora, que guardó para siempre las palabras de partisanas, tanquistas, enfermeras, cocineras, francotiradoras, pilotos, médicas y zapadoras que otrora, con mucha convicción y pocos años, decidieron ir al frente.

Las andanzas de Alexiévich revelaron que las mujeres no priorizaron en sus testimonios lo mismo que los varones, aquello del orgullo, la victoria, los héroes, los números y las grandes batallas, eso que se puede leer en La historia de la Gran Guerra Patria. Ellas prácticamente hablaban de otra guerra. Una en la que no había espacio para trenzas, cantos o uniformes con proporciones de muchacha. Enunciaban el dolor, el odio y el horror (si es que es posible enunciarlos), y muchas de ellas, su arrepentimiento por haber matado. Aludían también a los detalles cotidianos, el amor y la belleza que buscaban empecinadas en campamentos mugrientos o improvisados hospitales llenos de alaridos y sangre.

Los relatos depositados en la contadora de historias llenaron de sentido más de 300 páginas que trascienden la guerra para develar aquella predisposición femenina, mérito de la socialización más que de la biología, a volver humano lo inhumano, habitable lo inhabitable, a encontrar la vida en lo muerto, la alegría en la miseria y el amor en todas las cosas. Y también la belleza, la que se esconde, lejos de la moda, en las violetas cuando es primavera.

«No compartieron la Victoria con nosotras», dijo Valentina Pávlovna en la pluma de Svetlana Alexiévich. La soldado recuerda a otras guerreras, silenciadas por su propio tiempo y por la Historia. Mujeres que han transitado los siglos llevando en sus adentros los hijos del mundo, asumiendo el cuidado de viejos, niños, enfermos, de otros.  Aquellas que han sostenido lo cotidiano y atendido a los detalles, que inadvertidos,  apuntalan la vida. La tarea ha sido menospreciada desde tiempos sobre los que no existe consenso. Pero si esas «naderías de mujeres» fueran valores supremos, probablemente el mundo, como el relato de la guerra, sería otro.




 

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