Incentivaciones

Agustín Cano / Foto: www.caracoleandoporelmundo.blogspot.com/
El tema de los incentivos está a la orden del día. Hace poco más de una semana, el periodismo deportivo especuló con la posible existencia de incentivos para los jugadores de El Tanque Sisley, que enfrentaba al Montevideo Wanderers por la última fecha del campeonato clausura del fútbol uruguayo. Pocos días después, el vicepresidente Astori, también se refirió a la cuestión de los incentivos, en este caso, al señalar la necesidad de una gestión presupuestal por resultados en educación.

En el ambiente futbolero, un incentivo es una práctica reñida con la moral del buen deportista, que los equipos poderosos aplican de modo inconfeso cuando su suerte depende del triunfo de terceros que a priori no tendrían mayores motivos para esmerarse especialmente en triunfar. El caso típico sería más o menos así: llegada la última fecha de un campeonato, el equipo A necesita de un triunfo de B sobre C para poder coronarse, pero a B objetivamente le es totalmente indiferente ese partido, ya que no tiene chances de lograr el campeonato, ni se juega la clasificación a una copa internacional o la posibilidad de mantener la categoría. En ese caso, se habla de un incentivo cuando A promete a B una suma importante de dinero si logra vencer a C, presumiendo que dicha promesa oficiará como factor de motivación allí donde parecía no haber ninguno, logrando que los ágiles de B enfrenten a C como si fuera la final del mundo.

Si así son en el fútbol, ¿en qué consisten los incentivos en la educación?

El incentivo es un concepto y un instrumento perteneciente al mundo de la economía. Así lo recoge la Real Academia Española, que lo define como un “Estímulo que se ofrece a una persona, grupo o sector de la economía con el fin de elevar la producción y mejorar los rendimientos”. Para lograr que sus empleados se esfuercen más, el directivo de una empresa establece incentivos materiales y/o simbólicos que premiarán al más productivo con una partida económica extra, un ascenso, un día libre, o la foto en el cuadro que destaca al empleado del mes. El supuesto de partida es que el trabajador, asalariado que vende su fuerza de trabajo y mantiene una relación de enajenación respecto al proceso y los productos de su esfuerzo, no tiene ninguna motivación objetiva para esmerarse demasiado en aumentar la producción de la empresa y las ganancias del capitalista. De este modo, el incentivo es un instrumento que busca asociar el aumento de la productividad de la empresa con el interés inmediato individual del asalariado*.

La utilización de incentivos en la educación tiene este origen. Al igual que otras tecnologías de gestión, es importada del mundo empresarial e introducida a la educación de la mano de su promesa de aumento de la productivadad, en este caso, de “resultados educativos”. La incorporación de incentivos en la gestión educativa no es nueva a nivel internacional. En varios países, como parte de la transformación general de los sistemas educativos hacia sistemas de competencia, se han incorporado también distintas políticas de incentivos, ya sea dirigidos a docentes, ya a los centros educativos. En la actualidad es posible rastrear numerosas discusiones académicas sobre cómo aplicar los incentivos, en qué deben consistir, a qué logros se los debe vincular, cómo se deben medir dichos logros, etcétera. Una pléyade de expertos en sociometría, psicometría y econometría, se afanan en diseñar sofisticados instrumentos de medición, procurando contemplar el peso preponderante que tiene el contexto socioeconómico en los desempeños de los alumnos, o el factor institucional, o las demás variables que intervienen en lo que reducen y objetivan como “logro educativo”. Sin embargo, es el fondo del asunto el que debe ser discutido: la concepción ideológica y ontológica detrás del instrumento de incentivos en la educación.

La apuesta a los incentivos como instrumento de la gestión por resultados en la educación es propia de la ideología y el programa del consenso educativo neoconservador, que a juzgar por las propuestas pre-electorales de sectores de todos los partidos políticos, cobra fuerza en nuestro país. Dicha ofensiva, que el pedagogo norteamericano Michael Apple ha caracterizado como “modernización conservadora”**, se nutre teóricamente de la teoría del capital humano, la teoría de las elecciones racionales y el paradigma de la nueva gestión pública. Constituye un ambicioso programa de reforma de la educación pública de acuerdo a las necesidades del mercado y la producción y los principios del mundo empresarial. Al igual que en el contexto empresarial, la aplicación de incentivos en la educación parte del supuesto de que los docentes son seres que no tienen intereses particulares en esforzarse en su tarea, que adoptan decisiones individuales racionales de acuerdo al cálculo costo-beneficio y que sólo se esforzarán en lograr mejores “resultados educativos” si se los incentiva. Se trata de una concepción profundamente ideológica, aunque se la presente con visos de cientificidad. Se trata, además, de una iniciativa que refuerza socialmente una idea negativa de los docentes, como aquellos que no se juegan el campeonato, ni la clasificación a la copa, ni el descenso, y que por eso deben ser incentivados.

Un educador es generalmente una persona vocacional, que desarrolla su tarea del mejor modo posible, muchas veces en contextos de importantes dificultades. En nuestro país no lo hacen precisamente a razón de grandes incentivos económicos, ni lo harían mejor si se los pusiera a competir entre sí individual o colectivamente por el logro de determinados indicadores de resultado. Este tipo de políticas, lo que generan en cambio, tal como ha sido demostrado en los países en que se han aplicado, es una nefasta distorsión de la tarea de los educadores, que tienden a reducir su trabajo al entrenamiento del alumnado para el logro del mejor rendimiento en las pruebas de medición***.

Los factores que favorecen que un educador pueda realizar su potencial son múltiples, y tienen que ver tanto con la retribución material como con el reconocimiento social, la posibilidad de trabajar en equipo, la libertad intelectual, la pertenencia a un proyecto colectivo, la asignación de sentido a la tarea educativa en función de una utopía, la posibilidad de participar y resolver sobre los temas la institución, un contexto laboral de confianza, autonomía y colaboración, la posibilidad de realización personal y profesional. Los educadores no son buenos o malos esencialmente, se constituyen como sujetos en las relaciones sociales en el desarrollo de su tarea, y en las mediaciones con los procesos institucionales y sociales que la sobredeterminan. Los proyectos sociales y educacionales hegemónicos instituyen, en función de sus horizontes de sociedad, sus sujetos educativos y su concepción del educador.

La pregunta es entonces eminentemente política: ¿a qué educador se apunta desde la política de incentivos, la gestión por resultados y el sistema de competencias del consenso educativo neoconservador?

El instrumento del incentivo como parte de la gestión educativa por resultados, es una de las puntas de la madeja de la subordinación de la educación a la economía, de la concepción del proyecto educativo ya no como proyecto cultural, sino como proyecto económico, y del proyecto económico ya no como proyecto político y social, sino como productividad. Por eso es una discusión profundamente política, aunque se la presente prácticamente como innovación técnica administrativa para lograr que la educación tenga “mejores resultados”.

Son otras las transformaciones presupuestales, políticas y organizativas necesarias para mejorar la preparación y las condiciones de trabajo de los docentes. Mientras la retribución salarial obligue a los profesores a duplicar o triplicar la unidad docente, será muy difícil lograr su permanencia en los centros educativos****. Mientras trabajen hasta 60 horas en dos o tres liceos diferentes, se mantendrán las condiciones adversas para que puedan leer, estudiar y escribir sobre temas de sus materias, participar de cursos de la Universidad, acceder a libros y revistas actualizadas de sus temas de trabajo, reunirse a discutir con colegas, dedicar tiempo a hablar con los familiares de los alumnos, participar activamente de la vida del liceo, las ATD y los sindicatos, etcétera.

El problema de fondo es de concepciones. No mejorará el trabajo de los docentes porque se los incentive para el aumento de la productividad, pero sí cambiará su naturaleza. 

  

*  El incentivo es también un instrumento de política económica dirigido a generar condiciones óptimas para el logro de determinado objetivo. Así por ejemplo, el Ministerio de Economía encabezado por Astori, aplicó generosos incentivos a la inversión extranjera directa. El presupuesto aquí es más evidente, el gran capital global se traslada de un sitio a otro según la rentabilidad económica y la seguridad legal que le ofrezcan las economías dependientes que pugnan por atraerlo, y el incentivo es un instrumento dirigido a ampliar las ventajas comparativas propias en esa competencia.

**  Apple, M (2012), Poder, conocimiento y reforma educacional, Santa Rosa: Miño y Dávila Editores.

***  Este extremo ha sido advertido por ejemplo, para el caso mexicano, entre otros por el investigador del Colegio de México Manuel Gil Antón. En México la prueba ENLACE, que medía y comparaba resultados de centros educativos, fue suspendida este año como fruto de denuncias de este tipo.

**** Según han señalado tanto José Olivera de FENAPES (Brecha, 16/05/2014) como Ema Zaffaroni del CES (Brecha, 23/05/2014), la principal dificultad para lograr la permanencia del profesor en los centros educativos está vinculada precisamente a la circunstancia de que la mayoría de los profesores elige hasta 60 horas, que distribuye por los centros donde las encontró.

 

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