La corvina del Pompa Borges

Roger Rodríguez * / Foto: Zur
A principios de los años noventa, hubo una crisis en Brecha, semanario cuyo staff integraba, y la dirección que ejercía el Consejo Editor (todavía no se había adoptado el actual carácter cooperativo) resolvió enviar gente al seguro de paro. Hubo muchas discusiones sobre si había que ir por períodos de tres meses rotativos dado el papel social y político que la publicación tenía, o si había que cumplir los seis meses de desempleo como en cualquier empresa. En franca minoría en la interna sindical (eran tiempos en los que ya estaba en desacuerdo con muchas cosas), opté por los seis meses de subsidio en el BPS y, durante todo ese tiempo, no escribí para nadie... Me fui a pescar.

Literalmente me fui a pescar durante esos seis meses. Vivía en Ciudad Vieja, tenía dos hijos escolares y, después de pagar el alquiler con lo que me daba DISSE, poco quedaba para parar la olla. Mangazos, préstamos, ayudas, amigos, boliches (alguno me vendía un pollo de tres patas, otros cobraban de menos o nos dieron cuenta),  nos ayudaron a sobrevivir, y en varias ocasiones nos alimentamos con lo que pude pescar: tartas gallegas de roncaderas, alguna corvina al horno, milanesas de chucho, o chupín de lo que saliera a la cacerola, que Sara cocinaba aunque no le gusta comer ningún bicho que nade o se arrastre... ¡Éramos tan pobres!, decía Olmedo entonces.
Durante seis meses recorrí todos los pesqueros desde la escollera Sarandí hasta el puertito del Buceo. A veces madrugando o en la mañana, otras durante la tarde, muchas veces hasta el anochecer y una cuantas toda la noche hasta que saliera el maldito. Fue todo un trabajo de campo, que permitió conocer personajes, tribus urbanas y secretos de un rincón de la sociedad montevideana, sobre la que llegué escribir a mi regreso a laburar en Brecha un artículo titulado “En busca de la corvina perdida”, que algunos amigos consideran de mis mejores escritos. Es curioso que se pueda escribir lo mejor cuando se estuvo sin trabajar... En fin.
Aunque había vuelto al trabajo, la pesca quedó en esos días como uno de los principales pasatiempos. Con varios amigos, particularmente con Fernando, con Fredy y con Ariel, quienes vivían por Ciudad Vieja o el Centro, coordinábamos para ir a pescar los fines de semana o hasta la medianoche de los días de semana. La pesca, la conversación, el cigarrillo, el mate o algún trago, fueron compañeros de aquellas jornadas de pesca –muchas veces familiares- en las que poco importaba si salía alguna pieza. De algún modo éramos casi felices de vivir la amistad, la familia y la vocación de escribir o fotografiar… El periodismo era siempre eje de discusión y debate.
Uno de los pesqueros preferidos era el Dique Mauá. La rotonda frente al abandonado astillero tenía profundidad y menos enganche de plomadas que el caño de la calle Paraguay o la chimenea frente a la canchita del Alas Rojas. El lugar estaba más iluminado que la escollera Sarandí y resultaba un buen lugar para pasar la noche en espera de alguna presa mediana (roncaderón, bagre o mingo) o grande (la soñada corvina).  Solo había que ponerse las medias por encima del pantalón, por las dudas de que nos patoteara algún tropel de ratas que según la marea podía aparecer desde los caños y correr por la vereda o el muro del malecón... No es recomendable verlas asustadas.
Aquella noche del 28 de febrero de 1991 el clima era agradable, un viento norte aquietaba las aguas del mar y la ocasional y fresca brisa esteña se podía sobrellevar con una campera liviana de tela, jean o algodón. Ariel andaba con una caña de tacuara y un reel Daiwa, Fernando se había comprado una vara de fibra de carbono y puteaba a su ancho Penn que siempre le quemaba el pulgar, y yo seguía con mi Pescador y la vieja caña maciza japonesa con la que lograba un buen lance. No habíamos tenido pique, pero compartimos un buen rato de amistad… No podíamos imaginar lo que iba a pasar.
Era cerca de la diez de la noche y ya nos preparábamos a levantar todo para volver a nuestras casas, cuando desde la rambla, caminando despacio, solo, vestido con un conjunto deportivo, se recortó a contraluz la silueta de aquel personaje de baja estatura que no tardamos en reconocer porque era una de las figuras del momento: Edgard “el Pompa” Borges. Todos los medios de comunicación lo mencionaban en esos días, luego de su pase desde Danubio a Nacional (había ido a firmar a la sede de 8 de Octubre de smoking y moño) y porque al día siguiente estaría ante Flamengo en el estadio Centenario por la Libertadores.
-¿Pompa… sos vos?
- Si, dijo con timidez
- ¿Y qué haces acá de noche y solo?
- Estamos concentrados en el Hotel Columbia, cenamos y salí a caminar…
Su simpleza nos dejó sin palabras y cambiamos de tema..
-¿Te gusta pescar?
- Alguna vez pesqué en el Arroyo Corrales, pero con boya…
- ¿Nunca pescaste con reel?
- No…
-¿Querés probar?
- Bueno.
Le dimos la caña de Ariel que tenía un reel rotativo y podría recoger sin hilar el carrete… La sostuvo con firmeza y, sin que pudiéramos decir una palabra más, la tacuara se dobló con un pique. El Pompa tiró hacia atrás a puro reflejo…
-¡Recogé!, gritamos a coro y el muchacho intentó girar la manivela a la vez que caminaba hacia atrás.
- ¡Tomen ustedes!, dijo luego de arrimar unos metros el pez que se había enganchado.
Ariel agarró su caña y pudo sacar una corvina cabezona y medio flaca, con lomo oscuro. Todos quedamos en silencio, sin poder creer lo que estaba pasado. Solo el Pompa se mantenía conmocionado y con una sonrisa de oreja a oreja. Seguramente no llegó a entender por qué cuando el pescado finalmente coleteaba sobre el piso, nosotros saltamos y festejamos, abrazándolo como si hubiera metido un gol…   El Pompa Borges se quedó unos minutos más y volvió al hotel tan tranquilo como había llegado. Ariel, Fernando y yo no nos olvidamos de aquella corvina del Pompa…
No sé qué será hoy de la vida del Pompa Borges (probablemente siga viviendo en Francia, donde se radicó), pero en honor a aquella corvina y sin ningún otro argumento que aquel recuerdo, no quiero que le den el dique Mauá a ninguna empresa privada para que me espante con sus barcos la poca pesca que queda en la rambla de Montevideo… Todavía quiero soñar con corvinas perdidas.

 

* Publicado originalmente en https://www.facebook.com/notes/roger-rodriguez/la-corvina-del-pompa-borges/2020624427988932/