La disputa por los muros: entre el pueblo y el mercado

Victoria Furtado y Carlos Santos / Foto: tallerlosmurosgritan.blogspot.com
Un muro es mucho más que los ladrillos que lo componen y los espacios que resguarda. Un muro, cuando forma parte del espacio público, es una invitación a decir algo a la ciudad, una página en blanco a llenar de colores.

La izquierda político-partidaria y las organizaciones del campo popular comprendieron eso hace mucho tiempo. Más tarde llegaron otros muros, con menos ladrillos y más bytes, que también entendieron la necesidad de ese espacio, esta vez virtual, desde donde comunicar, esa actividad que nos hace tan humanos.

Pero volvamos a los muros de ladrillo y cal. Los muros de la ciudad han sido una de las herramientas de comunicación tradicionales de todos aquellos que se organizan para resistir. La apropiación colectiva de la pared, del espacio público, es un acto profundamente político. Las pintadas desafían el orden hegemónico poniendo de relieve la pugna cultural y política por comunicar otra manera de entender el mundo. Quienes salen a pintar un muro se valen de la organización colectiva y de la apropiación del paisaje urbano para contrarrestar con militancia los miles de dolares que pagan minutos de televisión.

Pero estamos en tiempos de campaña electoral y los minutos de televisión, por más que se puedan pagar, no alcanzan. Es así que los partidos y sectores se valen también del recurso a la gráfica callejera, incluyendo la pintada de muros, para intentar llegar a sus potenciales votantes.
En este contexto cabe preguntarse ¿qué lugar le queda a las organizaciones sociales para apropiarse del espacio público en medio del año electoral?

Todo lleva a pensar que será muy difícil hacerse un lugar. Y esto porque los muros reflejan lo que pasa en otros ámbitos: el debate público, la atención de los medios, las preocupaciones de la gente y buena parte de la militancia estarán centrados en otros temas. Una vez más será el sistema político el que paute la agenda y los mensajes que circulan hacia la población. Si ya era difícil para las organizaciones encontrar grietas para comunicar y lugares desde donde enunciar en otros contextos, este año la tarea demandará mucho más esfuerzo y creatividad.

Que la cárcel no sea su escuela


Quienes diariamente circunvalamos el Palacio Legislativo tenemos la posibilidad de estar actualizados de los actos, reclamos, consignas que se comunican o convocan a través de los muros que lo rodean. Estos diarios populares del corazón de la ciudad no son los únicos, pero seguramente sean los más emblemáticos.

Hace pocas semanas una serie de pintadas se abrió espacio en medio de la campaña electoral y su inundación del espacio público. Esa bocanada de aire fresco nos la ofrecieron el Centro de Estudiantes de Magisterio y los maestros de Ademu Montevideo, y se enmarca dentro de la campaña contra la baja de la edad de imputabilidad que estas y otras organizaciones están llevando adelante.

En estas pintadas, la cuidadosa alternancia de tipografías, colores y tamaños transmitía no solo la pericia de sus realizadores sino también el cariño puesto en la tarea. Pero más allá de la forma -algo a lo que los asesores de comunicación de zafra en estas épocas atienden tanto como intuitivamente hicieron los autores de las pintadas- también importa el contenido.

La consigna que la cárcel no sea su escuela, tan potente como concreta, tiene la virtud de ser más convocante para quienes esperamos del debate y la militancia por este tema una profundidad política mayor, una salida del mero no a la baja que permita poner en el debate público más argumentos y también propuestas.

La referencia a la escuela no debe ser entonces interpretada linealmente en relación al área de actividad de quienes firman la pintada. Esta consigna nos hace reflexionar acerca de lo inadecuado e insuficiente de la solución propuesta por quienes defienden la baja de la edad de imputabilidad como respuesta al problema de la seguridad y de los jóvenes que se ven involucrados en situaciones de criminalidad y violencia.   

Que la cárcel no es una solución, que nada bueno se puede aprender allí, a esta altura resulta una obviedad. Lo que no es tan obvio, lo que nos interpela de esta consigna, es el poner de manifiesto que siempre hay una escuela, que siempre se aprende porque esa es –también- una actividad humana esencial. El ser humano se nutre de los espacios de socialización que tiene a su alcance. Si estos son la cárcel pues entonces allí aprenderá y de allí emergerán los valores y las formas de entender el mundo a los que esos jóvenes tendrán acceso. En definitiva, habrá escuela igual, pero esa escuela será la cárcel, con todo lo que eso implica.

Hay una segunda línea de interpretación posible. No solo se trata de una campaña contra la baja de la edad de imputabilidad, se vislumbra también una propuesta, un camino posible. Esa propuesta es la escuela misma, entendiéndola esta vez como la institución que pueda brindar a los niños y jóvenes otras oportunidades de crecer y educarse, otras maneras de comprender el mundo, otros valores que surjan de la solidaridad y no de la marginalización y el estigma. Claro que solo con la escuela no alcanza para revertir la situación de desamparo en la que viven muchos niños y jóvenes –y mientras sigamos pidiéndole a la educación resuelva todos los problemas de nuestra sociedad nada avanzaremos- pero sin ella no hay solución posible.

Silenciar al otro

Volvamos a los muros. Seguramente sean pocos los que pudieron ver la pintada que aquí se comenta en los alrededores del Palacio Legislativo. Pocos días después de ser realizada, el muro ubicado en la intersección de avenida de las leyes y agraciada fue impunemente blanqueado. No tapado con afiches, ni repintado con otras consignas, simplemente blanqueado, es decir, silenciado.

Muchos de quienes pasamos por allí y saludamos con entusiasmo la pintada antes descripta pensamos inmediatamente que la purificación del emblemático muro se la debíamos al candidato de Vamos Uruguay, Pedro Bordaberry (mejor conocido como Borra-berry). Otros pensaron que había sido obra de la empresa de publicidad que tiene colocados en ese mismo muro carteles de Lacalle Pou. En cualquier caso lo cierto es que el mensaje había sido silenciado y que lo único que se destacaba en ese espacio público era la publicidad del precandidato blanco.

Haya sido o no la empresa de publicidad, y más allá de este caso puntual, lo cierto es que esas páginas de expresión popular que son los muros de la ciudad están cada vez más amenazadas por un creciente proceso de mercantilización de la política y los espacios públicos. Las herramientas tradicionales de la propaganda política van cediendo lugar a la publicidad y las pautas de mercado. Los votantes ya no somos ciudadanos, somos consumidores. El marketing sustituye a la militancia y las encuestas de opinión desplazan a las ideas.

Este proceso no es ajeno a la izquierda ni a las organizaciones populares: es bien sabido que gran parte de las pintadas y pegatinas de organizaciones políticas desde hace tiempo no se hacen solamente a base de fuerza militante sino que también se ‘contrata’ este trabajo, siempre entre ‘compañeros’. Sin que se diera un proceso de discusión o posicionamiento explícito sobre estas cuestiones, hoy el contexto plantea la encerrona del muro blanco de Bordaberry o el cartel limpio de las empresas publicitarias como los caminos viables.

Será necesario que las organizaciones populares rediseñen estrategias de intervención sobre los muros –como la de Ademu y CEM que reseñamos aquí- y sobre los espacios públicos en general. Un acercamiento con los colectivos de arte callejero podría brindar nuevas perspectivas (estéticas, pero sobre todo políticas) a las que organizaciones que tienen en los muros concretos (y no sólo los virtuales) sus principales canales de comunicación.

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