La guerra contra los pobres y otras realidades de la Argentina Macrista

Martín Delgado Cultelli
La situación social de Argentina es cada vez más insostenible para los sectores populares que sienten todo el peso del ajuste en sus bolsillos y en sus espaldas, producto de una represión que no duda en dar palo para garantizar la aplicación de la receta fondo monetarista.

Durante el pasado lunes 20 de mayo, a las 16 horas en punto, en las afueras de la Estación Once de Buenos Aires. La Estación Once de Buenos Aires es un lugar de relevancia para los sectores populares, no sólo por el comercio que se genera en el barrio, sino porque allí se da la conexión con el tren de la línea Sarmiento que va a Moreno, tren que recorre amplios barrios populares del Gran Buenos Aires. En esa zona se puede ver la conformación de los sectores populares en la Argentina. Abundan los rasgos aindiados y los acentos de provincia, así como también los migrantes provenientes de Bolivia, Perú, Paraguay, Venezuela y algunos países africanos (que por mi ignorancia no sé ubicar). Los olores, sonidos y estéticas son muy distintas a las del microcentro. Sin embargo, se encuentran los mismos carteles de propaganda de moda en donde vemos a mujeres rubias súper estilizadas. A eso de las 16 horas, en las afueras de la estación, más de veinte agentes de Policía de la Ciudad desalojaron a un grupo de vendedores ambulantes. Les quitaron la mercadería y la pusieron en los patrulleros; le rompieron el celular a un chico que los filmaba y detuvieron contra el piso, golpearon y doblaron el brazo a otro chico antes de llevárselo en el patrullero. De los policías, unos cuantos estaban con uniformes comunes y cachiporras; otros con equipo de fuerza de choque (protectores, casco, pasamontaña y escopeta). Desarrollaron una performática sumamente violenta y amenazante. Muchos de esos policías eran de rasgos caucásicos, evidenciando el racismo estructural. Pero otros tenían los clásicos rasgos mestizos de provincia, revelando cómo el desclasamiento y el deseo de pertenecer a la clase media alta porteña son los peores enemigos de los sectores populares. La gente se empezó a agrupar alrededor y a exigir que soltaran al chico detenido. Se sentía la indignación de la gente, que gritaba “déjennos trabajar”. La muchedumbre no exige una revolución, sino uno de los valores más antiguos del mundo, que fue instrumentalizado por el capitalismo hace varios siglos: el derecho al trabajo, a ganarse el pan honradamente, con el sudor de la frente. Pero en el capitalismo del siglo XXI hay sobrantes. No todes entran en el mercado laboral formal. Es más, ser parte del mercado laboral formal es un privilegio. La revolución tecnológica sólo está ayudando a consolidar más lo que Fanon denominaba las “zonas de ser” y las “zonas de no-ser”, la frontera entre la modernidad y la colonialidad. Y por supuesto, tienen que haber perros guardianes en esa frontera. La indignación popular iba en aumento, se escuchaban los “hijos de puta”. Incluso la coyuntura electoral y el significante histórico de la justicia social peronista sobrevolaron el área, se escuchó “les queda poco de impunidad, ya van a ver”. Y ante una muchedumbre cada vez más embroncada, uno de los policías con pasamontañas hizo sonar su escopeta con la recarga, dando a entender que no dudaría en abrir fuego contra la muchedumbre. Llegó otro patrullero (habían varios en la zona y también motos) con la sirena a todo volumen. Pude ver claramente las tecnologías del terror para controlar la rabia popular. La performática super violenta, la amenaza constante de una represión feroz y en ensañamiento contra individuos puntuales a plena luz del día transmitían a todo el resto de la población el mensaje de que no se rebelaran, ya que el escarmiento podía ser brutal. Algo de esto había perfilado cuando observé que tanto la Casa Rosada como el Congreso de la Nación y la Catedral Metropolitana estaban con vallado policial permanente y algunos agentes apostados sobre el área. Esto me dio a entender dos sucesos. En primer lugar, que estas instituciones de poder (Poder Ejecutivo, Legislativo y Eclesiástico) han recibido tantas protestas y manifestaciones que optaron por un sistema de seguridad extra y con limitación a la ciudadanía. En segundo lugar, que los “símbolos de la democracia” -en Uruguay nos enseñan desde chiquitos que las instituciones estatales, y en especial el parlamento o congreso, son los “símbolos de la democracia”- están cercados y limitan la participación popular. ¿Qué significa que un “símbolo democrático” este cercado y sin participación popular? Significa que se opta por un sistema político de república censitaria. O sea, que hay divisiones republicanas de poderes del Estado, pero que se limita y controla la participación popular. Se limita el “demos”. Una república aristocrática, no democrática. Lo único que falta para volver al siglo XIX (donde la formación era la república censitaria) es quitar los derechos conquistados al voto de las mujeres y las poblaciones racializadas. Después de los incidentes en las afueras de la Estación Once, entré. Allí ví otro hecho super despótico y racista: un policía caucásico echaba (golpeando con el bastón y hablándole de forma pesada) de la estación a un vendedor africano. Una imagen que perfectamente podría salir de la Sudáfrica del apartheid. En un momento el migrante africano se da vuelta y le dice en un castellano con acento “pará, yo también soy una persona”. Esa frase lo resume todo. Son personas, seres humanos. Nada puede justificar un destrato de esa manera a un ser humano. Desgraciadamente, el policía siguió en la misma actitud hasta sacarlo de la estación de trenes. El nivel de gorilismo puede ser asombroso. Ciertamente la política en contra de las “economías populares” o “economías informales” es dirigida desde los grandes centros de poder económico y político. Se quiere desplazar los circuitos económicos de los sectores populares a regiones periféricas, para que en las zonas centrales de las ciudades nada más estén los grandes oligopolios nacionales y/o trasnacionales. Otra forma de consolidar las “zonas de ser” y las “zonas de no-ser”. En toda América Latina, Norteamérica, Europa y algunas regiones de Asia se desarrollan políticas similares. Pero estas directrices globales no se implementan de la misma manera. Recuerdo cuando el Intendente de Montevideo Daniel Martínez (actual candidato presidencial) desalojó a los vendedores ambulantes de la Ciudad Vieja. Martinez implementó la misma política de globalización que el macrismo, pero la forma en que lo realizó fue muy distinta. Martínez no usó la violencia policial, realizó una negociación con los vendedores. En cambio, la política del macrismo es de una guerra absoluta a los pobres, sin negociación alguna. El nivel de violencia que viví fue similar al que presencié en el desalojo al CODICEN por parte de la Guardia Republicana de Bonomi. En la Argentina hay una guerra contra los pobres, y yo fui un testigo por estar con los sectores populares. A continuación algunas de las fotos que saqué.