La inserción internacional

Martín Sanguinetti y Pablo Messina / Imagen: Guillermo Lago
En este primer artículo intentaremos ahondar en distintas herramientas analíticas para analizar la inserción internacional de la economía uruguaya.

De todas formas, para este análisis no es posible ni deseable aislarnos de la realidad latinoamericana y abandonar la mirada histórica. Por lo tanto, este es un artículo que centra su mirada en la coyuntura, pero explicita que esta mirada siempre tiene por detrás un marco conceptual e ideológico que genera un accionar de política económica. En síntesis, el artículo busca comprender el hoy explicitando el marco teórico y discutiendo con las principales teorías que han debatido y han sido praxis del desarrollo en América Latina -liberalismo y estructuralismo económico-. En próximos artículos intentaremos esbozar algunos nudos problemáticos de estos enfoques, planteados por perspectivas críticas.

La inserción internacional tiene en la teoría de las ventajas comparativas de David Ricardo y en la neoclásica sobre la dotación relativa de factores (tierra, capital y trabajo) sus principales referencias. Estas teorías tuvieron su auge y praxis en la segunda mitad del siglo XIX, hasta la crisis del año 1929, y un renacer en su versión neoclásica luego de los años setenta, en lo que es por todos conocido como neoliberalismo.

La idea básica es sencilla: una economía debe especializarse en aquello en que es más productiva en términos relativos (ventaja comparativa o en el factor productivo más abundante). Esto dinamizaría no sólo el comercio mundial sino las posibilidades de crecimiento de todas las economías que lo integran. Un juego “ganar-ganar”.

A fines del siglo XIX, el optimismo de las economías latinoamericanas en su especialización productiva era reforzado con visiones “lineales” del desempeño económico. Se creía en una trayectoria “natural” desde la producción primaria, arcaica y de subsistencia, hacia la producción industrial de vanguardia tecnológica. Las economías más tecnológicamente rezagadas sólo tenían que tener el don de la paciencia para esperar el “despegue”.

Tras la crisis del 29 y el derrumbe del “laissez-faire” y el patrón oro, la creciente divergencia entre las economías latinoamericanas y las centrales era demasiado evidente como para ser obviada. En los años cincuenta, de la mano de Prebisch y la posterior creación del Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), aparece una primera respuesta latinoamericana a estas ideas, de las cuales en esta oportunidad solo esbozamos las ideas centrales para nuestro fin. (Para tener un conocimiento rápido sobre esta teoría, recomendamos ver el video al final de esta nota)

La idea de crecimiento en etapas no tenía sentido para los países de América Latina, habida cuenta de la estructura mundial bipolar de la producción. Por un lado, un centro productor de variados productos manufacturados y alta tecnología, y  por otro, una periferia productora de materias primas con poco valor agregado, con países donde cada uno produce una baja variedad de productos exportables. Esta relación comercial genera una estructura desigual que está condenada a perpetuarse en el tiempo [1]. Esto se debe a que, en el largo plazo, hay una tendencia a que el tipo de producto que exportan los países periféricos a los centros -commodities- sean más baratos que los importados desde los centros. Es decir, en el largo plazo los países latinoamericanos precisan producir más para poder importar los mismos productos manufacturados.

A su vez, en la estructura productiva de los países de la periferia conviven sectores productivos y especializados debido a la inserción internacional, con sectores muy improductivos orientados al mercado interno o regional, haciendo que las remuneraciones del bien productivo y exportable sean más bajas que en los centros y muy desiguales a la interna, generando grandes desigualdades en el ingreso de las personas. En el centro, en cambio, la estructura productiva es muy diversa en productos con alta tecnología y más pareja a la interna, haciendo que las remuneraciones sean más igualitarias entre sectores en relación a la periferia. Esta corriente da un importante rol al estado como agente que logre desviar recursos del sector exportador para incentivar la diversificación productiva y cambiar la relación centro-periferia.

Esta “vieja” discusión sigue a todas luces vigente. ¿Es posible el desarrollo a largo plazo especializándose en commodities? ¿Los recursos naturales son una bendición o una maldición en esa estrategia? ¿Opera China con la región como el imperio inglés del siglo XIX? Avanzar en estas interrogantes para el caso uruguayo resulta fundamental para ver el alcance del actual proceso económico. En este capítulo, haremos foco en la inversión extranjera directa (IED), para analizar en próximas ediciones el comercio internacional.

La inversión en Uruguay en los últimos años


Bajo una mirada liberal la inversión es el motor fundamental para el crecimiento económico, y en particular la privada que es mayor garante de eficiencia y competitividad. En este marco teórico, no importa tanto el origen de la inversión como que la misma [2] sea lo suficientemente elevada para que supere el desgaste del capital instalado, incorpore tecnología e infraestructura suficiente para asegurar la rentabilidad del capital y sostenga el crecimiento del producto en el tiempo. Las decisiones de inversión deben estar a cargo de los empresarios privados. En un mercado sin distorsiones del estado se cuenta con la información necesaria para tomar las mejores decisiones de inversión, lo que de manera indirecta garantiza el bienestar de la sociedad en su conjunto.

Uruguay ha tenido históricamente bajos niveles de ahorro y de inversión productiva, siendo esta una explicación del magro desempeño económico de largo plazo. Ahora bien, si analizamos la inversión en Uruguay de los últimos años podemos ver en el cuadro 1 un cambio respecto al pasado más reciente. El esfuerzo de inversión en los 20 años anteriores a la recesión económica del 2002 era del 15% del producto bruto interno (PBI) y en el período de recuperación de la economía hasta la actualidad es del 20%:

Cuadro 1. Inversión en relación al PIB y IED en relación al PIB según período (elaboración propia, fuente BCU)

Años

Inversión/PIB

IED/PIB

1983-2004

15

0,8

2005-2012

20

5,4

No obstante, este salto importante no se debe a un aumento de la inversión interna sino al importante flujo de IED recibido por Uruguay. En el informe de la CEPAL (2012) puede verse que este fenómeno ocurre en toda América Latina, debido a la rentabilidad de muchos commodities producidos en el continente en relación a los bajos niveles de rentabilidad en los países centrales debido a la crisis. Pero a su vez hemos ganado posición como receptores de IED en relación al PBI, pasando a ser el tercer país de América del Sur, luego de Chile y Perú.

En el gráfico 1 podemos ver que este afluente de IED a Uruguay generó que en la actualidad el patrimonio de capitales extranjeros sea casi un 36% del PBI:

Gráfico 1. Evolución y stock de la IED percibida por Uruguay  2001-2012 (extraído de Uruguay XXI, 2013)


En general, se suele comparar esta inversión productiva con el tipo de inversión extranjera de los noventa, que era una “inversión en cartera” muchas veces especulativa. Mientras la última busca una rentabilidad financiera de corto plazo, la IED se ancla en el sector productivo permitiendo mayor dinamismo económico de largo plazo y cierta transferencia tecnológica que puede ser desparramada al resto de la economía.

No obstante, bajo la mirada de un estructuralista, recibir IED también puede ser una buena noticia para la economía, pero es necesario el accionar del estado para lograr la diversificación y el agregado de valor de la producción que permita solucionar los problemas, antes comentados, de los países periféricos. Los bajos niveles históricos en la inversión son también un signo negativo y a mejorar en la economía uruguaya bajo este enfoque. Esta intervención puede ser cobrando altos impuestos a la rentabilidad de esta inversión que viene a explotar ventajas comparativas -recursos naturales para nuestro caso- o incentivando la  inversión en sectores no tradicionales y con alto valor agregado en el territorio nacional, así como poniendo fuertes condicionantes para que esta inversión realice transferencias tecnológicas y permita cierto “aprendizaje” para el resto de la economía. El ejemplo de manual suele mirar como buenas prácticas lo realizado en el sudeste asiático.

¿Constituye este el caso uruguayo? Los incentivos fiscales (por ejemplo, zonas francas) tienden a potenciar las ventajas comparativas para el capital en relación a la región. La transferencia tecnológica tampoco parece tener mucha cabida, aunque vale resaltar que gracias a los sindicatos y algunos sectores del oficialismo, la instalación de Montes del Plata tuvo como exigencia la producción de barcazas en Uruguay (aunque su andamiaje hoy no parece tan claro).

De todas formas, el gráfico 2 muestra el destino de la IED para el caso uruguayo. Allí se observa un primer momento del período con un peso muy fuerte de la agroindustria y otro en el que gana posición la construcción. Esto último se debe a IED proveniente de Argentina para la especulación inmobiliaria en el sector turismo y a la construcción de las plantas de celulosa.

Gráfico 2. Principales destinos de la IED que recibió Uruguay

A todas luces queda claro que el aumento de la inversión en Uruguay en los últimos años, y de la IED en particular, refuerza la especialización productiva en nuestro país y es una de las explicaciones que está detrás de la reprimarización de la economía, la concentración de la tierra y el avance del extractivismo que esto tiene como correlato.

[1] Esto lo llaman deterioro de los términos de intercambio.
[2] Un matiz con esta afirmación es que si la inversión es interna debemos tener el ahorro suficiente para financiarla.

  

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