La muerte blanca de una bruja negra

Alana Moraes*
El estado colonial y sus formas narrativas operan domesticando la revuelta, silenciando los tambores, purificando los sacrificios. Marielle es nuestra encrucijada histórica. Su cuerpo vibra ahora desobedeciendo las fronteras entre mundos y nos convoca a pensar sobre la fuerza política de la ancestralidad. Marielle no es santa, sino bruja. Hechicera negra de un mundo que nunca se calló y que no se puede dejar que sea traducido.

Una niebla densa y ácida todavía habita nuestros pulmones.


Fue el estado.
 

La respiración experimenta un ritmo impreciso. Es fuerte y súbita como la ventolera que daba cuenta de Río de Janeiro en el instante en que Marielle fue ejecutada.
 

Fue el estado.
 

Dicen que es en el pulmón donde guardamos las tristezas difíciles.
 

Fue el estado.
 

Estamos inundadas por dentro, respirando el vendaval que dejó la ausencia forzada de Marielle.
 

Fue el estado.
 

La bala que perforó a Marielle pertenecía al estado y va a tener que probar su inocencia; pero a esta altura ya no somos tan ingenuos para creer en sus pruebas.
 

En el mismo momento en que intentamos reunir fuerza y coraje para juntar nuestros añicos y recuperar una voz que no sea puro grito, tenemos que ver como la red de televisión Globo se presenta para contar esta historia. La Globo está desapareciendo a Marielle por segunda vez. La Globo nos está arrancando una historia, un cuerpo, un grito. Y lo está haciendo con una habilidad que asusta, bien adelante de nuestros ojos.
 

Ya sabemos bien que la historia que nos cuentan es casi siempre la historia de los vencedores. “Hasta que los leones puedan contar su historia la caza glorificará siempre al cazador” dice un antiguo proverbio africano. El día de su ejecución, Marielle recordaba en twitter el nacimiento de Carolina de María Jesús, una mujer negra que osó contar su propia historia. El diario de una favelada fue un arma contra la autoridad narrativa de los poderes que traducen, explican, interpretan.
 

Lo que vimos en los informativos fue violencia narrativa, un ataque simbólico y extremadamente concreto a la fuerza de Marielle, a su voz y su lucha política. Sus imágenes entran en escena en los reportajes casi siempre silenciadas y narradas por un narrador externo. Cuando ella aparece hablando siempre es interpretada por una voz (¿blanca?) que explica su actuación: “luchaba por la paz”, “quería justicia”, “los brasileros que no toleran más la violencia, la cobardía y la impunidad”. La Globo es parte de esa ficción que produce miedo para vender seguridad, es cómplice de la política de militarización y saqueo de los recursos públicos. Muestra a los militares “llevando la ciudadanía” a la favela; la única salida posible. La Globo está vendiendo su renovado programa político.
 

Está en curso una operación de domesticación de la figura de Marielle, la fabricación de una conmoción que clama por “justicia” y “castigo”. Pero tenemos que saber: esta justicia no es la nuestra. Nuestra guerra tiene nombre. La guerra de Marielle era contra el estado penal, contra la cultura punitivista y patriarcal, contra el funcionamiento racista y colonial que todavía dirige la potente máquina de exterminar y encarcelar a los negros pobres. Esa máquina que también es dirigida por la emisora cuando legitima cotidianamente matanzas, ejecuciones, ocupaciones militares. Es un renovado régimen de gobierno sustentado por poderes al margen de la ley, en el que la “paz” asume el rostro de una guerra incesante.
 

No vamos a aceptar la violencia interpretativa de la Globo, no concedemos a esa empresa el derecho de narrar nuestros muertos. No vamos a aceptar el vaciamiento político de la ejecución de Marielle.
 

Hay que respetar el dolor, el luto, el sufrimiento de los allegados; pero también se necesita coraje para no dejar que el dolor sea capturado por la máquina de exterminio, por la necropolítica de la Globo y quienes defienden la militarización de Río de Janeiro, de Brasil. El filósofo camerunés Achille Mbembe suele decir que el capitalismo contemporáneo tiene el proyecto de volver negro al mundo todo, expandiendo así la experiencia de violencia y exclusión que es parte constitutiva de las vidas negras. Siguiendo al filósofo, esta necropolítica actúa por la “instauración de prácticas imperiales inéditas que deben tanto a las lógicas esclavistas de captura y depredación como a las lógicas coloniales de ocupación y exploración”.
 

La ejecución de Marielle no fue producto de un “caos” o “desgobierno”; por el contrario, la ejecución es parte de un plan de gobierno.

Un gobierno cuyo programa es la producción incesante de miedo y de enemigos matables. La mafia de todas las mafias sigue siendo esa que compra diputados, compra la justicia y ahora decidió tomar un crédito extraordinario de más de mil millones para la intervención de Río de Janeiro. Pero nuestra guerra no se compra. La Globo está usando la conmoción en torno a la muerte de Marielle para convencer a todos de que no tenemos otra salida que no sea la intervención militar, pacificar para gobernar.
 

Para el candomblé, Exú es un orisha extremadamente poderoso, capaz de transitar entre lo sagrado y lo profano, entre el mundo de los vivos y el de los dioses. Exú es la figura más importante de la cultura yoruba: él es capaz de hablar todas las lenguas y, por lo tanto, se impone soberano en el arte de narrar. Él es el comienzo de todo y el comienzo fue su desobediencia negando las fronteras entre el mundo de los dioses y el mundo de la carne, de lo humano. 
 

Al fines de los setenta Renato Ortiz escribió un libro sobre las transformaciones y traducciones de la figura de Exú del candomblé para la umbanda. Con sus influencias católicas y kardercistas, la umbanda (en algunas de sus expresiones, no es posible generalizar) operó una “purificación” de Exú, tornándolo un “guardián de luz para las tinieblas”, un espíritu en constante “crecimiento y evolución”. Fue la muerte blanca de un brujo negro.
 

La potencia de Marielle debe ser cuidada y amplificada. Exú es el fin, pero antes de eso, es el comienzo. El estado colonial y sus formas narrativas operan domesticando la revuelta, silenciando los tambores, purificando los sacrificios. Marielle es nuestra encrucijada histórica. Su cuerpo vibra ahora desobedeciendo las fronteras entre mundos y nos convoca a pensar sobre la fuerza política de la ancestralidad. Marielle no es santa, sino bruja. Hechicera negra de un mundo que nunca se calló y que no se puede dejar que sea traducido. Denunciaba el marco maniqueísta del estado penal y profanaba su esquema de clasificación, que separa los matables de aquellos que merecen vivir. Los bandidos son los buenos, insistía Marielle.
 

Silvia Federici afirma que si Marx hubiera visto la historia del surgimiento del capitalismo desde la perspectiva de las mujeres no sería tan optimista con la noción de progreso. La ejecución de Marielle nos arrastra también a una perspectiva inevitable: el pilar de todo poder sigue siendo el estado colonial, racista y patriarcal. La reacción neoliberal en el mundo actual y lo que conocemos como “política de austeridad” tienen como modo de funcionamiento el genocidio contra el pueblo negro, el encarcelamiento y ni hablar de la explosión del feminicidio. Producir miseria y contener la revuelta. La guerra ha sido declarada y si la izquierda no asume esta perspectiva vamos a ser tragados por la máquina de exterminio neoliberal.
 

Precisamos reconstruir nuestra radicalidad a partir de una nueva lengua. Nombrar a aquellos que nos matan, convocar saberes ancestrales que hace siglos se están construyendo, narrando experiencias de sufrimiento y resistencia. "Para curar la división entre mente y cuerpo, nosotros, pueblos marginalizados y oprimidos, intentamos rescatarnos a nosotros mismos y nuestras experiencias a través de la lengua. Cuando preciso decir palabras que no se limitan simplemente a esperar la realidad dominante o referirse a ella hablo vernáculo negro" Aprender con bell hooks y el feminismo negro. El grito de libertad de Ángela Davis. La fuerza de vendaval de Marielle Franco.
 

* Publicado en Urucum. Traducido por Victoria Furtado para Zur.