La vida después del temblor en la Ciudad de México

Ana Ivonne Cedillo (desinformémonos) / Fotos: José Luna
Tres testimonios dan cuenta de la reconstrucción de las vidas luego del sismo del pasado 19 de septiembre en la Ciudad de México. Se trata de Adela, Enrique Alejandro, esteticista, abarrotero y planchador respectivamente. Aquí sus historias

El Ángel de Adela

María Adela no quiere hablar sobre lo que pasó el 19 de septiembre, dice que fueron momentos dolorosos que al recordarlos la hacen llorar. Ella esquiva la mirada y limpia con un pedazo de papel las lágrimas que no pudo retener.

Adela era propietaria de la estética El Ángel, su local se encontraba a lado de la tienda del señor Alejandro. Así como Alejandro, aunque no habitaba en el edificio, la mayor parte del día se la pasaba con sus clientas a quienes cortaba y arreglaba el cabello. “Sé que existen casos más graves y dolorosos que el mío, sin embargo, mi estética era parte de las actividades que le daban sentido a mi vida”, platica Adela; y continúa: “Mi hija me había recomendado que dejara de trabajar y que solo rentara el local, pero ¿te imaginas encerrarme en la casa y no hacer nada?”, cuestiona mientras agranda esos ojos claros pero enrojecidos por el llanto.

Cuando tembló, ella se encontraba atendiendo en la estética, recuerda que el movimiento no la dejaba caminar. El edificio crujía y ahora sabe porque, “los vidrios se caían, las cosas caían, todo se venía abajo”, describe.

También pudo resguardarse en un lugar seguro, pero lo que más le preocupaba en ese momento era la señora Lupita, una mujer de más de 80 años a quien minutos antes había visto pasar por la calle. “Ella había salido a comprar pan, no había regresado, hubiera muerto si así hubiera sido pues su departamento fue el primero que se desplomó, Lupita volvió a nacer”, narra Adela sorprendida mientras busca las fotos que tomó con su celular para mostrar la forma en la que se derrumbó el edificio.

La construcción de cuatro pisos no se desplomó en su totalidad, se derrumbó solo de una esquina, justamente el primero en destruirse fue el departamento de la señora Lupita, sobre él los tres departamentos siguientes, uno sobre otro. Las viviendas que se encontraban al otro costado del edificio y los cinco negocios de la plata baja permanecieron. Sin embargo, después del sismo ya nadie pudo regresar.

Cuando se anunció la demolición total y al enterarse de que darían unos minutos para recuperar algunas pertenencias, Adela se apresuró para estar en el lugar e intentar rescatar lo que se pudiera. “cuando me asomé a la estética todo seguía ahí, pero no veía a mi virgen. Busqué, pregunté y nadie sabía de ella; la encontré colgada en la parte de atrás del edificio, seguramente alguien de protección civil la vio y la colocó ahí”, piensa Adela y saca otra vez su celular para buscar la foto que le tomó a su virgen después de encontrarla.

Quizá de sus pertenencias ella solo puedo recuperar lo mínimo, pero haber rescatado la imagen de la virgen la tiene satisfecha.

De pie y trabajando, Enrique plancha en la calle

 

Cuando a los vecinos de Concepción Béistegui se les pregunta por el señor Enrique, en seguida dan noticias de él, todos lo conocen, quizá porque desde el 19 de septiembre no solo vive en una carpa, ahora también labora ahí.

Una cama improvisada, una casa de campaña, un burro de planchar y docenas de ropa colgada en ganchos, es como se mira el espacio en el que ahora duerme aquel hombre de cabello cano y ojos tristes.

Antes del temblor del 19, Enrique vivía en un cuarto que le prestaban en el edificio de Béistegui 1503, además por nueve años fue empleado de la tintorería “La 12na”, uno de los negocios más afectados en el derrumbe.
Al igual que sus vecinos de los otros negocios, Enrique García sintió, miró y vivió el terremoto del martes 19. “No recuerdo como salí, no sé si abrí la puerta o brinqué el mostrador, solo recuerdo que antes de salir me regresé a apagar las planchas, las pastillas, todo lo eléctrico que teníamos en la tintorería; después de eso me caían cosas sobre mis hombros, vidrios, escombros; fue cuando pensé que esto era más grave de lo que imaginaba”, platica Enrique.

La pérdida del cuarto que le prestaban para dormir y sobre todo la pérdida de su empleo lo desanimaron por unos días. Sin embargo, a las dos semanas y gracias a la idea de un vecino, Enrique decidió colocar un burro de planchar en la calle y continuar con su oficio, planchar la ropa.

El trabajo ha resultado, no solo por el anuncio que colocó al principio, sino también por la ayuda que se difundió en las redes sociales. “Agradezco a toda la gente que me ha ayudado y me ha tenido la confianza de traer su ropa porque yo no tengo ningún lugar fijo para resguardarla, si no fuera por esa confianza júrelo que no tuviera ninguna prenda”, comenta.

Para trabajar, ahora Enrique ya no tiene un horario fijo, se ha organizado solo para cumplir con las docenas que le llevan y poder cobrar los 108 pesos que le dan por ellas.

Él no descarta que en un futuro logre obtener un lugar establecido y continuar con esta actividad, o conseguir un espacio para vivir; sin embargo, sabe que le llevará mucho tiempo. “No puedo ponerme en la situación de decir que voy a rentar un departamento si no tengo un ingreso fijo, en el que incluso pueda rentar un cuarto de 2000 pesos. Quizá logre dar el anticipo, pero si luego no puedo, me dirán: ¡oiga! ¡Fuchi! ¡váyase!”

Enrique no pudo ser acreedor a la ayuda de renta que el gobierno de la CDMX otorgó, pues él no era propietario, solo pudo adquirir el seguro de desempleo, pero hasta el momento no había recibido nada. Por lo pronto, continua en esa carpa con docenas de ropa por planchar, pero satisfecho por el apoyo de sus vecinos.

El edificio de Concepción Béistegui y Yácatas 1503, fue señalado por el gobierno de la Ciudad de México como dentro de los 13 inmuebles por demoler. El trabajo se ejecutó en una semana. Picos, palas y grúas fueron las encargadas de limpiar y desaparecer la construcción.

Ahora ya no luce igual a como lucia hace dos meses. Una gran cerca de madera rodea el terreno donde se encontraba el edificio, atrás quedaron 70 años de recuerdos vividos por los habitantes de ocho departamentos y cinco negocios que conformaban la estructura, quienes demandan:

“Pedimos al gobierno de Mancera, que así como nuestro edificio fue el primero en demolerse, sea el primero para la reconstrucción”.

Beístegui 1503, mi vida y negocio colapsados: Alejandro

Antes de que la tierra se sacudiera, en su tienda de abarrotes Alejandro había terminado de atender a uno de sus clientes, y ya solo, caminó hacia la puerta para charlar con los amigos que regularmente se sentaban en el quicio que tenía fuera de su negocio. Al dar el primer paso sobre la banqueta sintió la primera sacudida, de pronto todo comenzó a moverse.

Él pudo resguardarse en la acera de enfrente y mirar como el edificio de su negocio colapsaba ante sus ojos. Nunca olvidará el ruido que escuchó cuando esto sucedió. Sabía que lo que miraba en ese momento era “la conclusión de un capitulo y el comienzo de un cambio radical en su vida”.

José Alejandro Garibay era dueño de la tienda de abarrotes “Algeca”, uno de los cinco negocios que se encontraban en la planta baja del edificio de Concepción Béistegui 1503. Por 26 años, abrió y cerró su negocio de 6:00 de la mañana a 9:00 de la noche, “el mayor tiempo del día me la pasaba aquí, en Algeca dejé gran parte de mi vida, hora ya no existe”, comenta.

De la mercancía y material que existía en la tienda, solo recuperó el cinco por ciento, todo lo demás se quedó adentro. Ante este escenario, ve complicado comenzar nuevamente su negocio; dice: “necesitaría alrededor de cien mil pesos para lograrlo, así que prefiero esperar unos meses o quizá un año mientras dura la reconstrucción”.

Hasta el momento Alejandro ha recibido el apoyo de 3 mil pesos que el gobierno de la Ciudad de México otorgó a los damnificados, también los 2 mil pesos de la Secretaría de Desarrollo Económico (SEDECO), pero sabe que esa ayuda solo durará un tiempo.