Lado A y Lado B. Por Marcos Falcón García

Creo que la cinta llegó a mí por una tía. Traía escrito de un lado “Carlos Puebla” y del otro “Daniel Viglietti” con un marcador negro, fuerte, imborrable. Los nombres de las obras los descubrí a posteriori. (Muy a posteriori, quince años por lo menos.) Hay que aclarar que si bien en aquella casa de la niñez también se escuchaba a Alfredo, alguna murga, Los Olimareños, El Sabalero, Pablito, Copani, La Negra, y a tantos o tantas que me estaré olvidando, mi casete preferido era el que comenzaba con Hasta Siempre o con Gurisito, dependiendo no más que del azar en que ponía el soporte, del lado A o del B.

Lado A

«Chante Cuba» y «Canciones chuecas». Ignoro cuántos años tenía el día en que llegó a mis infantiles manos un casete que registraba de un lado un álbum y al reverso el otro, pero sé que lo escuchaba a diario a pesar de su, por momentos, mala edición. La última canción de uno de los lados terminaba de forma abrupta, sin ningún tipo de aviso o armonía, excedía el tiempo tan limitado de aquel precario soporte y simplemente se desvanecía en un chillido instantáneo y en un silencio permanente. Debo decir que eso para un niño no era drama. Stop, Eject, media vuelta, y todo volvía a empezar.

¿Quién es el Chueco Maciel? solía preguntar yo a cualquiera que en mi casa tuviera intención de responderme. ¿Quién es Cantaliso? Algunas veces las interrogantes hallaban respuestas concretas, datos históricos, fechas, lugares, idiomas. Otras, las más, el dilema no era tan sencillo de resolver, a veces las respuestas eran frases incomprensibles para mis nueve o diez años, incongruentes latiguillos que dejaban perplejo mi frágil entendimiento. “No tiene por qué ser alguien. Hay muchas anaclaras, hay muchos gurisitos, hay muchas, hay muchos.” La ropa todavía tibia por el sol era acomodada sobre la mesa del comedor. Una montaña de camisas y pantalones recién sacada de la cuerda reposaba junto al grabador, en un escenario bastante extraño. Mi madre llevaba a cabo tarea tan cotidiana al mismo tiempo que profería sus profundas afirmaciones. Juro que hasta hoy guardo la imagen de tan antitéticas escena y palabras. La imagen del niño sigue todavía en mi mente, sentado de rodillas en su banco alto, con los codos apoyados sobre el mantel, pegado a un equipo de música que si pudiera hablar lo que quisiera seguramente diría que ya está harto de escuchar y de cantar una y otra vez las mismas canciones. Pero ese niño no consigue aburrirse, aún sigue escuchándolas.

Creo que la cinta llegó a mí por una tía. Traía escrito de un lado “Carlos Puebla” y del otro “Daniel Viglietti” con un marcador negro, fuerte, imborrable. Los nombres de las obras los descubrí a posteriori. (Muy a posteriori, quince años por lo menos.) Hay que aclarar que si bien en aquella casa de la niñez también se escuchaba a Alfredo, alguna murga, Los Olimareños, El Sabalero, Pablito, Copani, La Negra, y a tantos o tantas que me estaré olvidando, mi casete preferido era el que comenzaba con Hasta Siempre o con Gurisito, dependiendo no más que del azar en que ponía el soporte, del lado A o del B. Crecí con armonías y rimas sencillas que me hablaban de una tal Emiliana, del café y de unos barbudos. Canciones que a pesar de contarme de cuestiones un tanto complicadas de entender eran acompañadas de ritmos bailables. No tenía idea de qué era la OEA, pero había unas voces simpáticas que se reían a carcajadas de ella, y eso también me provocaba una sonrisa, inocente por cierto. Pero el mayor misterio y la magia más grande estaban a la vuelta. Una canción festiva que me hablaba directamente a mí, me prometía una tierra de cuentos, un lugar mágico, de madreselvas, primaveras. No importaba que fuera pobre, no importaba dónde había nacido; una voz serena me decía que a pesar de todo eso yo era necesario para construir un amanecer. También supe de historias, de un tal Chueco, uruguayo, de Tacuarembó; otras tantas hablaban de una muchacha, no sé el nombre, parece que eso no importaba, sé que era compañera, primavera... Y también me contaban de una niña o de un niño que se le había dado por escribir poemas en un lugar remoto, con nombre raro, lejos de la primavera que yo y otros gurisitos iríamos a construir, era un jeroglífico de sensaciones, versos corrompidos por el dolor, frases inacabadas, indescifrables, como destruidas. Estrofas violentadas, violentadas como la aldea. ¿Quién es el Chueco Maciel? ¿Quién es Ana Clara? ¿Van-Ding, Vietnam?

Lado B

Si quisiera podría revisar cajones como hace unas pocas semanas atrás y dar con el Puebla-Viglietti, pero eso no tendría sentido. La cinta está cortada y me resulta más sencillo y veloz ir a un buscador virtual y poner el nombre no solo de los álbumes si no de cualquiera de sus canciones. Viglietti canta en diversidad y con mejor calidad quince años después, de eso no hay dudas. Lo que sí me permití fue abrir otros cajones, los inmateriales, los de la memoria.

Una mañana, caminando por Dieciocho de julio, como pensando en todo y en nada, con abultados encontronazos sentimentales (por un lado la honda tristeza por la pérdida irreparable que había sufrido nuestro canto popular y por otro la alegría que me contagió la pueblada que junto a mí reconocía a uno de sus principales juglares) volvió a hablarme aquel niño, me increpaban sus preguntas torpes que sin duda le sacaban una sonrisa a sus mayores. Volvió a hablarme y a enumerar cuestiones y dudas que habían estado dormidas por largo tiempo pero que renacieron por irónico que parezca con la muerte del cantor. ¿Quién es el Chueco? ¿Quién es Ana Clara? ¿La muchacha que salió en los diarios? ¿Negrita Martina? ¿El Hombre Nuevo?

Tuve oportunidad de ver al cantor en más de una oportunidad. Sentadito, solo, con su guitarra, pero no tan solo como parecía. Frente a él, o junto a él, un público coreaba versos y estrofas con alegría y emociones varias. Un público construido de luchadores y luchadoras de varias edades: mayores, más que mayores y jóvenes. Y niños. Yo tendría no mucho más que diez años, cantaba, pero todavía eran lejanas algunas de las palabras que escuchaba, algunos significados me eran difíciles de entender. Después de esas dos o tres veces jamás volví a ver a Daniel Viglietti. Mejor dicho, jamás lo volví a ver en persona sobre un escenario, pero, paradójicamente, años más tarde, lejano ya de aquel niño, asistí sin saberlo a cierto espectáculo glamuroso de premios musicales (por pura suerte y fuera de todo lo “vip”) donde se le hacía un reconocimiento al músico por su trayectoria. En el evento, en los pasillos y escaleras, había estrellas de todos los colores, tallas, voces y peinados. Pero solo una despertó mi real atención, y no es porque fuera un fanático enardecido o porque hubiera ido a allí solo por verlo a él. Creo que encontrarlo casualmente en ese edificio tan lleno de luces, vidrios y espejos, luciendo una chaqueta de cuero o de nylon desprendida y gastadísima, una boina tradicional, y zapatos y pantalón de vestir, creaba un contraste muy poderoso entre lujo y sencillez. Aquel niño vino corriendo de algún lado, inocente, impulsivo, y habló por mí: “Daniel, te iba a pedir una foto”. Antes y durante el flash el hombre permaneció serio, como acostumbrado a tal escena, y hasta frustrado por ella. Pero sonrío con profunda humildad y me palmeó el hombro con ternura cuando después de la foto le proferí unas sinceras palabras.

La mañana siguiente a la triste noticia yo iba caminando por una vereda vacía, recordando momentos claves de mis jóvenes años. Recordé cuando en mi adolescencia se acercó una figura estelar de la política a uno de los barrios carenciados donde estábamos yo y algunos más trabajando como voluntarios durante las ya lamentablemente célebres inundaciones. El muchachito apareció en una camioneta enorme ante la mirada atónita de los vecinos, con una camisa blanca, peinado y perfumado, con cara nueva pero apellido viejo. Contaba chistes o arriesgaba comentarios que pretendían ser simpáticos pero que no lo eran. La situación era de emergencia, había que llenar camiones de mudanzas y tomar fotografías con un teléfono no aportaba nada a las tristezas del barrio. Todos lo pensamos, pero por el momento nadie se atrevía a decirlo. Hasta que una madre, bebé en brazos, ya cuarentona, se animó a hablar, diciendo que estaban hartos de que durante el año electoral los reyes bajaran del Palacio para recorrer lugares que antes ni sabían que existían. Todos los vecinos del barrio asintieron tímidamente, como no atreviéndose a contrariar a la figura pública pero apoyando con firmeza las palabras de una fulana mal hablada y consecuente. Bien juntos, juntos los pies. Otro momento de la remembranza es más cercano, hace pocos años. Cómo olvidarme de una compañera que durante la ocupación de nuestro instituto por falta de becas, es decir, por falta de comida y alojamientos para nuevos estudiantes, se puso la causa en sus hombros. Corría de un lado a otro, iba a dirección, juntaba firmas por todo el centro y aunque hablaba ella sola, paradita en la entrada de un local enorme que parecía vacío, su voz resonaba como si estuvieran hablando miles. Toda duda que surgía terminaba en ella, ¿Cuál es el cronograma? ¿A qué hora es la asamblea? ¿Cuándo llegan las autoridades? Un saco de lana blanco, libros, y fibras de pizarrón. No sabía nada de bellas artes o bien poco, pero de haber tenido un grafo en el momento de pintar las pancartas, creería que había salido de una canción. Las respuestas de mi madre ahora cobraban real sentido. Todo lo abstracto ahora era palpable, visible. Podía hablar con los chuecos si me lo proponía, los hombres nuevos existían, las mujeres también. Estaban por todos lados y cantaban, guitarreaban, tomaban vino a veces y dormían en el suelo. Ocupaban. Y allí aparecían por montones las anaclaras, los muchachos del cielito. Visitaban a las negritas martinas que todavía nacen en nuestros rincones de casas enchapadas, a nuestros gurisitos.

“Yo soy de Paysandú. Mi madre me llevó a verte un par de veces cuando era chico. Gracias por la foto, era para decirte que viene gente atrás, que seguimos la lucha”. Esa sonrisa y ese abrazo volverán cada veinte de mayo, o donde se busque hacer la nueva canción, donde vengan las muchachas y los muchachos por doquier, con paciencia, desalambrando.