Las elecciones en Bolivia y por qué no deberían importarnos tanto

Huáscar Salazar Lohman
Huáscar Salazar Lohman nos comparte su análisis sobre las elecciones nacionales de Bolivia a celebrarse en octubre de este año.

Enfilando hacia los comicios nacionales del 20 de octubre, poco a poco los tiempos electorales se van posicionando en el centro del debate político boliviano. Y todo lo demás empieza a quedar relegado a un aparente lugar secundario o marginal, o incluso postergado hasta nuevo aviso. Es como si las cosas que realmente importan (nuestro bienestar material y afectivo, nuestras luchas, el acceso a servicios, nuestros deseos, etc.) quedaran anuladas –o tergiversadas– por un objetivo que se presenta como superior: quién ganará las elecciones.

Junto a ello se nos presenta la dimensión más repugnante de la política. No son solo los pequeños trapitos los que se ponen al sol, es la exhibición melodramática de toda la pestilencia sobre la cual el sistema político se viene produciendo y que los gobernantes, y quienes aspiran a serlo, exacerban en aras de ganar votos. Mentiras, cinismo, acusaciones, narcotráfico, corrupción, violaciones, etc. Todo ello queda expuesto, no para hacer algo al respecto, sino para conseguir una ventaja en los comicios; luego de los cuales todo volverá a quedar en silencio, como parte de los pactos que los de arriba acostumbran a hacer en el momento de reequilibrar su poder. Y aunque sabemos que las elecciones suelen ser siempre eso, la repugnancia no se nos quita, la sentimos en el cuerpo, nos indigna.

Esta vez se suma un añadido que descomponen aún más la coyuntura: la manera en que el gobierno “habilitó” –en contra de la CPE y del referéndum popular del 21 de Febrero de 2016– la tercera candidatura de Evo Morales bajo el argumento de que de no hacerlo se estaría violentando sus derechos políticos. Esta actitud, que parte de un principio que infantiliza a una sociedad por el cinismo con que se impone, propician un escenario aún más desagradable: nuestra capacidad de decidir, ni siquiera es válida bajo los principios de la democracia liberal –que ya de por sí es en extremo restrictiva.

Pero lo más frustrante en este momento electoral es que nuestra reducida capacidad de decisión solo sirve para optar por candidatos que, más allá de los exaltados y radicalizados discursos, en la historia reciente de nuestro país han hecho cosas muy parecidas y todo señala a que lo seguirán haciendo. Entre los candidatos con mayores posibilidades, los defensores de Evo convocan a cerrar filas “contra la derecha”, mientras que los que apoyan a Carlos Mesa hablan de que solo él puede “recuperar la democracia”.

Ambas consignas maniqueas y con poca densidad histórica. Como es muy explícito hace ya varios años, Evo Morales y el MAS vienen gestionando la agenda de lo que se entiende como “derecha” en Bolivia (principalmente la oligarquía agroindustrial del oriente y capitales transnacionales). Por el otro lado, Mesa (quién también propugna esa agenda) ha sido parte de la producción de un proyecto neoliberal con profundas raíces anti-democráticas que desconoció la voluntad popular en los años de 1990 y 2000, en especial cuando fue vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, representante máximo del modelo de libre mercado en Bolivia.

Más allá de las formas, si se hace un análisis detallado de los proyectos políticos de Morales y de Mesa, ambos representan más una coincidencia que una diferencia en un contexto de profunda debilidad organizativa de lo popular y comunitario (aquello que ponía límites al avance de la derecha). Por eso la frustración: se nos plantea elegir lo “menos malo”.

Pero, ¿cómo vivir estos confusos tiempos electorales? Creo que la consigna básica debería ser: evitar, por todas las formas posibles, que las cosas se rompan todavía más hacia abajo. Seguramente, ya sea de manera personal o colectiva, en nuestros espacios familiares o de trabajo, en militancias u otras formas organizativas decidiremos no votar a nadie, votar nulo, votar en blanco o votar por alguno de estos señores, y lo haremos, por lo general, desde nuestras propias estrategias, convicciones y alianzas cotidianas, considerando nuestra historia particular y esperando que las cosas estén por lo menos un poco mejor. En estos momentos, en el que las elecciones se nos imponen de manera tan confusa y desagradable, lo importante es que ello no sea una causa más que ahonde la fractura al interior de nuestros espacios cotidianos de convivencia y de producción de decisión política no estatal –nuestras organizaciones barriales, nuestras comunidades, nuestros colectivos, nuestros movimientos, etc.– Y en especial, que no debilite más a quienes están luchando en diversas geografías de nuestro país contra todas las adversidades que un momento de tanta despolitización implica.

No podemos empeñar la poca energía que nos queda y nuestras debilitadas capacidades colectivas por esta dinámica electoral tan estéril. Una compañera a la cual escuché hace no mucho, para un contexto lejano pero no tan distinto, decía: “que cada quien haga lo que quiera en las elecciones y nos encontramos después”, creo que esa es una manera de proceder bastante sabia para un contexto como el nuestro. No perdamos nuestra capacidad de debate y deliberación, pero no nos quebremos por lo que sucede entre los de arriba, nuestro verdadero problema, antes y después de las elecciones, es el cómo recomponer la fuerza de nuestras diversas tramas asociativas en las que realmente decidimos y desde donde podemos construir resistencias y luchas para transformar las cosas. Esta es la fuerza que, estoy seguro, necesitaremos más allá de quien sea presidente.