Las malas víctimas

Tamara Tabárez / Foto. Agustín Fernández Gabard
El Sr. Ministro del Interior, nos advierte que debemos reconocernos como víctimas, de las buenas, de las que no dudan. Debemos estarnos quietecitas, y firmar contratos por si quedan dudas, mientras ellos merodean, amenazan, prometen, se enfurecen.

A Romina desde pequeña le hablaron de buenos modales, aprendió en casa y en la escuela lo que podía y lo que no podía salir de la boca de una señorita, a cruzar las piernas para sentarse y cubrir correctamente sus partes, a lavar los trapos sucios puertas adentro.

Le hablaron de la compañía y la salvación, al parecer llegaban de la mano grande de aquel hombre que le regalaría su amor. Un compañero que la protegiera del hambre, de las violencias del mundo y de la vergüenza de estar sola, inútil y expuesta.

Romina también sabía cosas sobre el amor, todo eso que se prendía como broche de oro, higiene y honradez al sexo (que había llegado antes y a los tropezones, sin pedir permiso, sin mediar deseo, como suele ocurrir a casi todas en ese tiempo borroso entre niñez y adolescencia) y a la gloria de parir uno o varios niños que llegarían cada uno con un pan abajo del brazo.

Romina supo entender que ver todos los días a Juan daba cuenta de ese amor que crecía, que su participación en cada uno de sus espacios (familiares, con amigas, de estudio, de trabajo) demandando toda su atención. Era ese purísimo amor rodando, que la fuera a buscar a todas partes tenía que ver con la preocupación y la protección, estaba bien que él tuviera sus contraseñas y atendiera su celular porque en el amor no hay secretos.

Cuando Juan se ponía tan tenso, tan serio, tan enorme y tembloroso ante las miradas de otros o las llegadas tarde o las salidas sin aviso o las risas que no eran con él (a solas, con amigas, con compañeros), supo entender que era pura angustia o impotencia por el miedo tremendo a que ella se le fuera.

Cuando Juan andaba nervioso porque faltaba el dinero o porque la casa era un desorden o porque el niño lloraba demasiado o porque no conocía ese vestido nuevo/prestado, a veces golpeaba cosas, a veces algo se rompía, a veces de puro nervio se le iba la voz tan alta, a veces decía cosas que en realidad no podía pensar (él no amaba a una puta, una inútil, una atorranta, una sucia) y Romina entendía el llanto desgarrador que acompañaba el pedido de disculpas ante tanto arrepentimiento.

Romina reconocía a la vuelta de tanto ruido al mismo Juan que le prometió todo eso que vio en las películas y que la llevaba a comer pizza y que sonrió tan ancho cuando la supo embarazada.

Alguna vez Juan la golpeó, eran tiempos difíciles, Romina lo entendía cuando decía que ella misma lo hacía poner así (por inquieta, por descocada, por distraída, por vaga) con la paciencia que Juan le tenía entre tanto juguete tirado y tanto guiso desabrido.

A Romina le habían enseñado que las mujeres cuidan, arrullan, embellecen. Así que lo defendió de familia y amigos, ellos no lo conocían. Romina dejó actividades fuera para ocuparse del niño, de la casa, de Juan, para verlo florecer todo de nuevo. Romina también sabía que el amor no es sin sacrificio.

A veces Romina estaba desorientada, dudosa, dolorida, no sabía qué hacer con tanta culpa y tanto miedo. Pero las amigas ya no estaban cerca y la familia no respondía, quien siempre estaba, día tras día, mes tras mes, año tras año, era Juan.

Un día a Juan se le fue la mano, y la voz, cayó cual tormenta de furia sobre el cuerpo de Romina, insistente, sin final, descargándolo todo. El niño lloraba y se interpuso, no salió ileso de allí.

Romina lo resolvió, tragó saliva, juntó un par de cosas y se fue a pedir ayuda a una oficina de desconocidos, a exponer los trapos sucios que tenían las huellas de aquel que amaba.


A Romina le enseñaron que el amor de verdad, incondicional, mágico, omnipotente, el de la media naranja y el felices para siempre, era ser uno con el otro, así que Romina mientras intentaba comprender en qué se había equivocado sentía el desgarro en las tripas por partirse de una vez. Y se miraba los zapatos, fija, inmóvil, temblorosa, pensando si habría marcha atrás, o a dónde se iba cuando se estaba tan sola y tan rota.


El Sr. Ministro del Interior, nos advierte que debemos reconocernos como víctimas, de las buenas, de las que no dudan, de las que se sostienen solas después de años de dependencia económica y afectiva, de las que resisten los efectos de tanto daño estoicas, derramando lágrimas sin incurrir en búsquedas desesperadas, esperando pacientes que de la tierra broten trabajo, pan, calma para el alma y el pedazo de nosotras que nos arrancaron. Debemos estarnos quietecitas y firmar contratos por si quedan dudas, mientras ellos merodean, amenazan, prometen, se enfurecen.

No podemos poner en riesgo a estos otros buenos hombres que cuidan nuestras espaldas uniformados. No podemos arruinar con nuestras muertes tanta inversión piadosa del Estado para borrar la vida que anduvimos hasta llegar a ver lucir flamantes tobilleras en quienes nos violentaron.

¿Cómo se le explica a Romina que anduvo caminos tramposos, que todo era una mentira, que no era ese el amor, que el amor romántico es una herramienta preciosa del sistema para establecer condiciones de posibilidad de la violencia? ¿Cómo se le explica que la responsabilidad ahora es de ella, que la culpa es otra vez de ella, que si ella trastabilla en ese campo minado, otra vez miraremos hacia otro lado?