Los desafíos de la blancura

Carlos Santos / Foto: Graffiti Uruguay
Un muro en blanco. Una mente en blanco. El orden y la pureza como valores máximos. Estos son los elementos centrales que están puestos en juego en la campaña del sector del Partido Colorado “Vamos Uruguay” liderado por Pedro Bordaberry.

La anunciada y publicitada campaña que pretendía ‘limpiar’ la ciudad ante la suciedad que implican pegatinas y pintadas de la campaña electoral tuvo apenas dos desembarcos: uno en el Puente de las Américas –en la entrada a Montevideo desde la costa este- y otro en la zona de Villa Biarritz.

La idea de estas líneas es analizar brevemente a que apunta esta supuesta búsqueda de la limpieza de los muros en el discurso de Bordaberry.

En primer lugar, es clara la referencia a la ideología (o las ideologías) como suciedad, como sinónimo de algo que afea los espacios públicos de la ciudad. Por supuesto que el propio Bordaberry se ubica por fuera de estas peligrosas enfermedades de la mente incluso remarcando el carácter de iniciativa ciudadana de sus ‘blanqueadas’. De hecho, quienes pintan no son militantes, son ‘voluntarios’, convocados por una causa que se pretende trasciende lo ideológico o lo político (¿quién puede estar en contra de ‘limpiar’ y cuidar la ciudad?).

En este sentido es necesario resaltar que este posicionamiento anti-ideológico es propiamente ideológico: configura la autoadscripción de los partidos conservadores y sus referentes en la región. Así se ubicó Sebastián Piñera en Chile y algo similar intentó hacer Mauricio Macri en Argentina. Sus propuestas se ubican más allá de la política, remitiendo a una supuesta neutralidad que sólo busca gestionar bien lo público (lo que en la mayor parte de los casos, implica gestionar lo público de manera privada, cuando no privatizarlo).

Esta reconfiguración de la puesta en escena ideológica de la derecha, en nuestro caso del colorado Bordaberry, deja a la izquierda (quizás deberíamos empezar a hablar de las izquierdas, en plural) ante la necesidad de disputar ese carácter político del espacio público (del cual los muros son quizás la expresión más contundente).

Pero se podría decir – al menos a modo de hipótesis- que la campaña de la blancura promovida por Vamos Uruguay es el punto culminante de una fuerte disputa por los muros en la cual la(s) izquierda(s) ha(n) venido perdiendo terreno campaña tras campaña. Si a fines de la década de los noventa la salida pública de la llamada Brigada Palo y Palo (también de un sector de la derecha colorada, en este caso el orientado por Daniel García Pintos) el actual despliegue de Bordaberry no llama la atención. Si durante mucho tiempo los muros de Montevideo fueron un terreno hegemonizado por las izquierdas políticas y las organizaciones del campo popular, en tiempo de elecciones ya dejaron de ser novedad las pintadas y pegatinas de las organizaciones política de la derecha.

¿En qué consisten entonces los desafíos que esta campaña blancura de Vamos Uruguay plantea a la izquierda? Básicamente en la idea de que no hay mejor mensaje que un mensaje vacío. Este es sin dudas el terreno de mayor avance de la derecha sobre el sentido común –cada vez más- conservador de uruguayos y uruguayas del Siglo XXI. Si el neoliberalismo fue interpretado por muchos como la victoria de la pospolítica (esto es, una política desideologizada y reducida a la gestión) la campaña de Bordaberry acorrala y deja sin palabras –más propiamente sin pinturas ni engrudo- a la(s) izquierda(s) y a las organizaciones del campo popular.

Por ahora solamente algunos colectivos de arte callejero han planteado una respuesta contra el “Borra-berry”, demostrando que la capacidad de respuesta ante estos avances ideológicos y concretos de la derecha sigue siendo una capacidad del campo popular, aunque reconfigurado y desde organizaciones que no forman parte del núcleo histórico de ese campo. Lo que queda de la campaña electoral será un interesante laboratorio para observar cómo se expresa en los muros la disputa política en el Uruguay contemporáneo.

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