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Los mejores de la clase

Hugo Dufrechou / Imagen: Zur
Diversos analistas políticos han dicho (y repetido varias veces) que quien ha sido la gran ganadora de la jornada electoral fue una palabrita muy particular: la “renovación”. Pero... ¿podemos hablar de renovación?

Este concepto se volvió carne en los cuerpos de los candidatos a la presidencia de la república por el partido colorado Juan Pedro Bordaberry Herrán, y sobre todo, el candidato a la presidencia por el partido nacional Luis Alberto Aparicio Alejandro Lacalle Pou.

La razón de la vinculación de estos candidatos a la mentada renovación de la política uruguaya viene de la mano de la edad de ambos (54 años Bordaberry y 41 años Lacalle Pou); la forma en que llevaron adelante la campaña desde su lenguaje, hasta la estética de sus propagandas y slogans. A esto, debe sumarse el efecto potenciador de comparar estas características con sus adversarios dentro de los partidos y con los partidos rivales.

No obstante, es difícil poder hablar de renovación teniendo en cuenta otros aspectos que hacen a la realidad política y social de nuestro país. Bastante se ha comentado del linaje político de ambos candidatos. Pedro Bordaberry, hijo de Juan María Bordaberry (entre otras ex dictador, ex miembro de la Liga Federal de Acción Ruralista) y nieto de Domingo Bordaberry quien también fue senador por el partido colorado. Luis Lacalle Pou, hijo del matrimonio entre el ex presidente Luis Alberto Lacalle de Herrera, y la ex senadora Julia Pou, bisnieto de Luis Alberto de Herrera quien fuese uno de los políticos uruguayos más influyentes en el SXX, y tátara nieto de Juan José de Herrera uno de los fundadores del partido nacional.

La vinculación de sus miembros a la política, no es lo que comparten estas dos familias características de las dos grandes divisas que parten la derecha en dos partidos. También las mismas comparten una similar posición económica y social que proviene desde finales del SXIX.

El apellido Bordaberry llegó al río de la plata con Jean Bordaberry, un inmigrante vasco-francés que llegó a Uruguay en 1866, radicándose en el departamento de Durazno. A partir de ese momento comenzó un derrotero que lo llevaría a pasar de ser un pastor de ovejas a poseer un campo de 25000 hás en Durazno antes del cambio de siglo. Ese campo llamado Estancia “El paraíso” fue trasladado a lo largo de la familia y fraccionado entre los sucesores hasta la actualidad.  La fracción del candidato a la presidencia por el partido colorado es la que lleva el nombre de “El Baqueano”. Además de la posesión de sus negocios vinculados a la tierra el precandidato era socio de la firma jurídica Jiménez de Aréchaga, Viana y Brause, vendiendo su parte de la firma en el año 2009. También Bordaberry tiene acciones de dos corporaciones, Billet S.A. y La Biline S.A.

Por su parte, el heredero político de la familia Lacalle de Herrera, vive en el barrio privado La Tahona, cursó sus estudios en el Brittish y la Universidad Católica donde se graduó de abogado dos años antes de comenzar su carrera como político profesional siendo diputado nacionalista por el departamento de Canelones.  Descontando presuntas ganancias por la venta del Banco Pan de Azúcar por parte de su padre, en el año 2009 sus padres poseían, una casa en carrasco, un apartamento en Montevideo, una casa en la barra de Punta del Este, pero además, la propiedad de una estancia en Cerro Colorado, llamada “Santa Margarita”, quien fuese propiedad de la bisabuela de Luis Lacalle Pou. En esa estancia donde se cría ganado vacuno y ovino y donde además hay reservadas unas hectáreas para forestación, pertenece a la familia desde 1896.

Estos candidatos, siguen la tradición familiar de tomarse el trabajo de representar políticamente los intereses económicos y sociales de la clase a la que pertenecen. También comparten estas familias, antecedentes que muestran que se han tomado muy en serio esta defensa, uno (como el padre de Pedro) apartándose del régimen constitucional para trazar a sangre y fuego (incluyendo todo tipo de lesiones a los Derechos Humanos) los cimientos del neoliberalismo en Uruguay. El padre del candidato nacionalista, intentó dar el golpe final  a la implantación del modelo neoliberal privatizando las empresas públicas, hecho que el pueblo pudo impedir mediante plebiscito en el año 1992. En su conciencia, Lacalle debe cargar también los asesinatos de Facal y Morroni, ocurridos en relación al episodio de represión en las inmediaciones del hospital Filtro.

Abstrayéndonos un poco de los nombres particulares, habría que ver qué significa que representantes de la oligarquía estén disputando puestos de poder en el estado. En primer lugar debemos rechazar la hipótesis de renovación, desde antes que las elites fueran elites, siempre han querido conservar su posición de clase ocupando cargos administrativos en los gobiernos. Por otro lado cabría ver si esta característica es una innovación uruguaya. Pues, no lo es. Por ejemplo el sociólogo brasilero Florestán Fernandes en la descripción de la sociedad latinoamericana, luego de caracterizarla como una sociedad dependiente de los países centrales, mantiene que para asegurar la dependencia, es necesario que en la máxima esfera de poder dentro de las fronteras nacionales sea ocupada por una casta plutocrática cuyos intereses políticos y económicos vayan en consonancia con la burguesía de los países dominantes. Exponentes claros de esto, son aquellos sectores vinculados al sector agroexportador.

Por último, ambos candidatos han apelado a la idea de innovación, de modernidad y de progreso. Estas ideas, ¿van de la mano con los sectores que representan? La respuesta también es negativa. Justamente, la ligación de las oligarquías tradicionales (no sólo de Uruguay, sino que de toda América Latina) a las oligarquías de los países centrales, ha sido el gran freno para la modernización (en términos de aumento del grado de autonomía de la división internacional del trabajo y de desarrollo) de nuestras economías y sociedades. Esto se puede ver en términos históricos, como los conflictos y reclamos del sector agropecuario ante la implantación del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones, la histórica baja tasa de inversión de los capitalistas locales, el poco esfuerzo en promocionar directamente la innovación científica dentro de sus empresas para aprovechar el esfuerzo realizado dentro de la UdelaR y la ANII.
 
La estrategia que están llevando adelante los sucesores de los Bordaberry y los Lacalle, no tiene nada de novedoso, y es lo que en su momento Antonio Gramsci definió como revolución pasiva o revolución-restauración. Detrás de la “renovación” solamente se esconde el interés de una clase a la que una vez en el poder, nada le preocupó más que la “innovación” en términos políticos, económicos y sociales que pudieran engendrar un cambio que removiera los privilegios que solamente pueden tener a costa de la explotación y la opresión de la mayoría de la población.