Me han estremecido un monton de mujeres

Mariana Licandro / Foto: rebelarte.info
El pasado 8 de febrero participe por primera vez de una “Alerta feminista”, denominación de la movilización que se realiza luego de un feminicidio.

La convocatoria realizada por la Coordinadora de Feminismos era a las 18hs, yo salí de trabajar un rato antes, así que me tocó ser una de las primeras en arrimarme a la Plaza Libertad.

Sentada en un murito de la plaza empecé a observar aquel despliegue.

Llegaban las mujeres, a diferentes ritmos, algunas con paso ligero y zapatos formales, seguramente salían de trabajar y aún mantenían ese ritmo acelerado de la jornada laboral, otras a un paso veraniego, ese andar en el cual Montevideo aún te parece ajeno. Adolescentes, jóvenes, treintañeras (o sea jóvenes) y otras más veteranas despuntando canas, cual hormiguitas se fueron arrimando y armando rondas. Unas venían solas, otras con sus niños, o sus parejas, otras venían en grupitos de amigas. No importaba como llegábamos sino como nos iríamos, ninguna se fue sola.

El sonido de los pasos en el asfalto, los cánticos, los pañuelos violetas, los abrazos, el aplauso de la doña en el balcón, la mirada del varón en la parada, el encuentro entre compañeras, la impotencia de las lágrimas finales, la lectura y el abrazo colectivo. Así se armó aquella cofradía de mujeres, algo bien difícil de poder trasmitir en palabras, pero que tiene esa fuerza que contagia, una potencia hermosa que cualquier ser con un poco de humanidad sentiría admiración, respeto y muchas ganas de mandar a la mierda a aquellos que dicen “nadie menos”.

En el Uruguay somnoliento desde hace por lo menos cuatros años estas mujeres han decidido sacudirnos la modorra, han tejido y se han organizado por abajo. Con paciencia pero con tenacidad, han ido construyendo un nuevo sentir feminista, un feminismo que enamora, que entusiasma a nuevas generaciones, un feminismo radical que hace cuestionarnos de pie a cabeza, y por eso le tenemos miedo. Es un feminismo que contagia por su forma de hacer política, de poner el cuerpo y tomar la calle, es la política de la delegación y no de la representación, del convencer y no del vencer, es la política que cuida y no dinamita, es la política que construye en la deliberación colectiva y no desde el lobby de las oenegés. Un feminismo que cuestiona las raíces mismas  de esa compleja combinación mortífera entre patriarcado y capitalismo.

En el Uruguay somnoliento, institucionalizado y partidocrático, cuando el abajo se empieza a mover con autonomía la pinza del progresismo no tarda en aparecer. Una pinza de sujeción o de corte según el caso. Su pata partidaria presiona con las demandas presupuestales para la “agenda de derechos” y la representación por cuotas, intentando dirigir la lucha hacia los canales institucionales; mientras que su pata social contiene, amortigua e invisibiliza la lucha. Aferrados a la clase, como categoría teórica estática, invisibilizan a las que luchan, al proceso histórico real.

Es esa cofradía de mujeres que me contagia, que me interpela, la que me convoca a sumarme al paro  y a la movilización de la Coordinadora de Feminismos el próximo 8 de marzo.

“Si paramos las mujeres, paramos el mundo”