Memoria del anfitrión. Por Emilio Martínez Muracciole

Un día antes del viaje de Viglietti a Florida Trochón llamó desesperado. Ahora precisaba una mano más grande. No recuerdo los detalles, pero palabras más palabras menos ocurrió que las deudas de la Intendencia con el hotel local hicieron caer el alojamiento que le habían prometido. "Tengo que conseguir un lugar para quedarnos. Por mí no importa porque igual duermo en el auto, pero el tema es Daniel, que tendría que dormir una siesta, y dormir después del espectáculo para salir mañana temprano" rumbo a otra ciudad; no me acuerdo cuál.

Aun prohibida, una canción de Daniel Viglietti supo caber en otra canción. Fue posible “burlando al censor”, escribió Coriún Aharonián. En plena dictadura, 'Los que iban cantando' presentaron Milonga de pelo largo como parte de su repertorio. Lo hicieron pasando sin problemas el filtro de los que levantaban o bajaban el pulgar, pero al momento de ponerla arriba del escenario la vistieron con otros ropajes: introducción (o más bien arpegio, porque dura lo que dura la canción) y contramelodía de Milonga de andar lejos, del prohibidísimo Daniel Viglietti. Era poner a Viglietti ante un público que no podía verlo ni oírlo, pero que lo quería ahí. Y ahí lo tuvo, camuflado en una canción de Dino.

Hasta hoy me sigue pareciendo un trasplante musical tan admirable como injustamente desconocido. Tanto, que por aquel entonces me inscribí como alumno de guitarra de un amigo (Nicolás Soria), para aprender la introducción. A duras penas la aprendí y hasta el día de hoy es de las pocas cosas que hago cuando agarro una viola. Una vez canto Milonga de andar lejos y otra vez Milonga de pelo largo, pero con esta última no puedo; hay un compás que me falta o unas notas que me sobran cuando intento encastrar el arpegio de Viglietti con la milonga de Dino. Se me hace imposible dar esas puntadas para coser las canciones. Cada vez que fracaso, aquel trasplante me parece más admirable todavía. Sin quitarle virtud a la canción receptora y a los cirujanos, supongo que habrá ayudado mucho la canción injertada, sus ganas de estar viva pese a tantos intentos de matarla.

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Dos o tres días después de la primera vez que se comunicó con El Heraldo, Luis Trochón llamó de nuevo y le pedí disculpas. Le expliqué que mi padre casi me mata al comentarle que al diario había llamado "un tal Trochón" para avisar que Daniel Viglietti tocaría en el teatro 25 de Agosto y que nos iba a hacer llegar material de difusión. Decir "un tal Trochón" era desconocerlo no sólo al propio Trochón, sino desconocer también a Los que iban cantando, algo imperdonable a mis entonces 22 años. Y supongo que lo y los desconocía tanto como hoy me parece imposible (e imperdonable, insisto) por haber tenido en mi casa, como la cosa más normal de este mundo, cientos de trabajos de autores nacionales editados en cassettes, discos y CDs. Estuvieron allí desde siempre (los discos y cassettes, claro). Después supe de la excepcionalidad –en mayor medida gracias a mi padre, aunque si no había menos fue siempre gracias a los estrictos controles de mi madre sobre qué y a quién iban los préstamos-. Supe de la excepcionalidad cuando algunos amigos pasaron a conocer a Mateo, Darnauchans y Cabrera recién al ir a estudiar a Montevideo, volviendo cada fin de semana muñidos de otro mundo, fundamentalmente con acordes que nunca sonaron en las radios locales (hablame del tipo que pasa música como decisor de políticas culturales…. ¡puf!).
Le pedí disculpas y Trochón se rió. Hablamos rato ese día y los siguientes, porque llamó un par de veces más para hacerme algunas preguntas sobre medios de Florida y otros menesteres que no eran tan fáciles de resolver con una Internet todavía tan de pocos.

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‘Con un grafo, ella escribe en las paredes "resistir"’. Hay versos que solos, sueltos nomás, me anuncian un tornado.

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Con la acumulación de charlas, en pocos días pasé de ‘un tal Trochón’ a casi un amigo. Un día antes del viaje de Viglietti a Florida Trochón llamó desesperado. Ahora precisaba una mano más grande. No recuerdo los detalles, pero palabras más palabras menos ocurrió que las deudas de la Intendencia con el hotel local hicieron caer el alojamiento que le habían prometido. "Tengo que conseguir un lugar para quedarnos. Por mí no importa porque igual duermo en el auto, pero el tema es Daniel, que tendría que dormir una siesta, y dormir después del espectáculo para salir mañana temprano" rumbo a otra ciudad; no me acuerdo cuál. Serían las seis de la tarde y todavía me quedaba un lote de notas por terminar. Entre nota y nota pegaba un par de llamadas. "Ahh... me encanta, pero tengo gente en casa". "¿En serio? Sería fantástico, pero en el cuarto que hay de más en casa, metimos un piano y no tenemos para dónde sacarlo así, de un día para el otro". Uno por uno fueron cayendo. Con el paso de los minutos y las horas empezamos a ser dos los desesperados. Yo le había dicho que contara con eso. Para mí Viglietti era una de las llamas con las que encendí la mecha; era uno de los pocos números cantados en las interminables tardes de ermitaño anacoreta escapándole no sé bien a qué, aunque supongo que a mí mismo (uno puede querer escaparse de uno mismo encerrándose con uno mismo, sí).

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A Negrita Martina me la cantaba una amiga en el liceo. Me resultaba fascinante. Recién después se la escuché a Viglietti. De las pocas cosas que debo haber repetido en la crianza de un hijo y otro, con diez años de diferencia, una de ellas, seguro, es la canción de cuna. Una canción dulcemente cruel, como buena parte del cancionero latinoamericano. Es una canción muy breve, pero, cualquiera sabe, la vida es eterna en cinco minutos.

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Eran más de las once de la noche, y yo sin lugar para Viglietti todavía. Fui por una hamburguesa o un choripán, lo mismo da, a un carrito atendido por un artista (Ernesto Casella), que siempre tenía a otros artistas merodeándolo. Hoy lo recuerdo así; en aquel entonces sólo veía personas que trabajaban allí y otras personas que iban. Pablo de los Campos era de esas personas. En la charla, vaya uno a saber sobre qué, le hablé a Pablo sobre desasosiego por cuestiones locativas. "¿Me decís que viene Viglietti y que no tenés dónde llevarlo? ¡No! ¡Traelo para casa que yo duermo adentro de la estufa!". Si hay algo que recuerdo con exactitud de toda esta historia, es lo de la estufa. Pero Pablo pensó más y dedujo que Trochón andaba buscando otro lugar. La anfitriona ideal era Bocha Schettini, me dijo. "Mañana temprano llamate a Bocha y se soluciona todo".

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Los fines de semana, antes de 13a0 y después de Café Torrado estaba Tímpano, un espacio al que le debo el desasnarme de mucho más de lo que habría podido por otras vías. Con Tímpano empecé a admirar a Lazaroff, a escuchar y a pensar de otra manera a algunas composiciones de la música popular uruguaya que me resultaban simples canciones. Con Tímpano supe, entre otras tantas cosas, que a comienzos del siglo pasado los anarquistas argentinos, “ansiosos de aprender nuevas imágenes y usar palabras no muy conocidas”, según Osvaldo Bayer, le dieron cabida a obras repletas de palabras esdrújulas. Era, en cierto modo -tal vez más simbólico que práctico, claro- una forma de reivindicar el desarrollo intelectual del obrero, rompiendo la representación “obrero=inculto”, la cual vive y lucha hasta estas horas, a tal punto de que desde la propia clase trabajadora –portadora de imagen si las hay- se suele descreer de aquel que parece haber ido un poco más profundo en cuestiones culturales pero sin haberlo pasado a dinero. La maldición de un maldito, de Fernando Gualtieri, fue una de las obras insignes de esa movida.
Empecé a entender el porqué del negro y rojo de Esdrújulo, y el porqué del título de ese cassette de Viglietti que vi siempre en casa pero que había escuchado demasiado poco. Después el tiempo volvió a Esdrújulo el disco de Viglietti que más escuché y admiré.

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Todavía me veo escribiendo en el rollo de apuntes de la cocina de la casa de mis padres los posibles alojamientos que me iba sugiriendo mi padre. Primero iba a probar con Bocha. No quería llamar muy temprano a nadie, pero la cosa era para hoy mismo y no necesariamente para la noche, porque Viglietti llegaba por la mañana para visitar un par de radios y pasar por una escuela, lo que pidió expresamente. Después de esas vueltas, almuerzo y siesta. Sólo quedaba saber dónde; un detalle para nada menor.
9.30 llamo a Bocha. Mientras espero que alguien responda, mi padre me aclara que se llama Adelina. Atiende Adelina y le explico quién habla y por qué (me pongo a pensar en eso de presentarse y acto seguido manguear alojamiento, y no sé si sentir admiración por aquella valentía mínima o vergüenza lisa y llana nomás). "¿Viglietti? ¿En serio? Me encanta. Pero no tengo dónde. Acá hay un cuarto, pero hay una mancha de humedad horrible y me daría vergüenza que Viglietti se quede ahí". ah.ok.bien.entiendo.gracias.no se preocupe.algún lado voy a conseguir.

Colgué y fui por la lista alternativa. No alcancé a tocarla cuando el teléfono de línea me estaba sonando en la mano. Era el nieto de Bocha, un más que músico, digamos. "¿Emilio? Habla Santiago Delgado. ¿En serio llamaste para que Viglietti se quede acá? No vayas a buscar otro lugar. La mancha de humedad es nada, y está atrás de un ropero. Se queda acá. ¿Ta?".
Respiré.

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El primer “gesto subversivo” del niño Daniel Viglietti, según le dijo él a Guillermo Pellegrino para el libro “Las cuerdas vivas de América” -libro que no dudé en comprar tras haber leído Cantares del alma- el primer gesto subversivo, decía, fue colarse a un dormitorio de la casa al que tenía prohibido ingresar. La casa estaba en Sayago y vivía con la familia de la madre. Tenía un entorno con mucho verde. Allí tuvo tiempo e incentivos, fundamentalmente durante una larga convalecencia, para leer e imaginar. Siempre me hice la idea de ese mundo como el pintado por Rubén Olivera en Interiores: “Y en el patio yo leía historias
de mágicas tierras con raro esplendor / y quizás no sabía que en casa / rondaba la magia esperando un cantor”. Es que Viglietti leía, entre otros, a Emilio Salgari, como también lo leyeron otros niños que un día narraron sus historias. Garo, por ejemplo.
El cuarto prohibido era una de las condiciones para un alquiler irrisorio. La familia dueña de casa quería que todo en el cuarto quedara siempre tal como había quedado después de la muerte de quien solía dormir allí: Delmira Agustini.
 
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Pasaron las dos o tres horas desde la llamada de Santiago. Llegaron a Florida. Abrazo y beso. Viglietti y Trochón primero fueron por una de las radios locales, y después fueron a saludar y dejar valija y guitarra en lo de Bocha. Yo ya me había sumado a esa altura. Llegamos y enfrente había una ambulancia. Atendió Santiago, creo. El médico de la ambulancia estaba ahí. Bocha: “no es nada. Me agarré un atracón ayer”. Después venimos, le dijo Trochón. Cuando nos íbamos, Viglietti comenta: “acá no podemos venir a molestar. Vamos a buscar otro lugar”. Pero primero había que pasar por la segunda radio, que no casualmente era en la que yo estaba haciendo, junto a unos amigos, un programa que se llamaba ‘Café ciudad’. De ahí nos iríamos a la escuela Artigas, cuya elección tampoco fue casual: era la que dirigía mi viejo. Además, queda a una cuadra de la radio. Salimos al aire. Para mí y para Juan Carlos Martínez fue genial. Ya nos íbamos. En el hall de la radio me lo encontré a Santiago sentado, como un pollo mojado. “Emilio. No vayan a dejar de ir. Lo de la abuela no es nada, y además se va para la casa de mi madre. Por favor”.

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Sí, uno crece. Va atemperando algunas pasiones, barnizándolas con razones. Uno se cuestiona a uno mismo cuestionando lo que consume o consumía; cuestionando aquellos insumos. Uno quiere no volverse uno de los “zurdelis con pifia” a los que les cantó Lazaroff, pero aprende para adelante y empieza a ver que en los relatos épicos y mágicos repletos de ídolos incuestionables (y en los que una vez sí y otra también brotan algunas autorreferencias), hay piezas que a fuerza de color ocultan no pocos grises; como poco, los maquilla.

Y en tren de cuestionar, en tren de pelear contra la hemiplejía intelectual, me cuestioné a Viglietti. Pero nunca pude bajarlo, quizás porque se me había enquistado, o quizás porque la iconoclasia me permite dejar de mirar como católico que ve a la Virgen subir al cielo, pero sin que ello implique dejar de admirar dimensiones puntuales. Seguir admirando, dejando de idolatrar, porque esto último puede ser inflar o, más directamente, admirar el vacío.

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Yo tenía 22 y ser anfitrión de Viglietti era, efectivamente, lo que para un católico sería el ‘ver a la Virgen subir al cielo’, como dice Serrat.
En la escuela mi viejo le contó algunas anécdotas que por la tangente lo tocaban y después lo llevó a una clase. Entró, saludó, lo saludaron, y después de dos o tres palabras les propuso un trueque: una canción a cambio de una canción. Los niños aceptaron. Le cantaron El país de las maravillas. Él les elogió la versión y les contó que conocía al autor. Les pagó con Duerme negrito, a capela, sin saber que con los niños era trueque, pero que a Santiago y a mí nos estaba regalando una imagen sempiterna. Elevó la voz y estiró los brazos como un monstruo para cantar el ‘¡zas!’ y los gurises como que se asustaron. Hizo el quiebre con las patitas comidas y todo eso, y fue apagando la canción en retirada, y así se fue, saludando con ‘negritooo’, ‘chaucito…’. Santiago, que por ese entonces ya tenía escenarios y había asistido, además, clases particulares con gente bastante grande de la música popular uruguaya, me mostró su brazo. Los pelos erguidos; erizado.

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Pese a lo esdrújulo de Viglietti, su disco Trópicos no tuvo tilde. No sé. Tampoco el librillo de Esdrújulo. Ni si quiera la letra de la canción que le da nombre al disco. Una canción llena de esdrújulas pero sin una sola tilde. No sé.

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Yo fui a adelantar trabajo al diario, como nunca. Santiago fue a ajustar algunos detalles de la casa, y Trochón y Viglietti fueron a almorzar.
Hubo siesta, prueba de sonido y vuelta a lo de Bocha, que ese día era lo de Santiago. Yo tecleaba y tecleaba para quedar libre por la noche, que por ese entonces era mi horario habitual de trabajo.

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Dijo Cortázar: “En una época en que la mayor parte de los ‘cantos de lucha’ buscan el contacto a través de la excitación y el grito, la música de Daniel Viglietti se presenta como un mensaje más penetrante, durable y eficaz porque nace de una comunicación profunda con la conciencia y la sensibilidad del público”.

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Hubo música en el teatro. Tocó Viglietti. Guardo todavía el afiche. Lo vi muchas veces más; lo entrevisté otras tantas. Pero aquel día fue aquel día, irrepetible. Y le quedaban horas todavía, y una despedida en la mañana.

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“Tanta distancia y camino / tan diferentes banderas / y la pobreza es la misma / los mismos hombres esperan”. Tenía más de treinta años, estaba arrancando algunas materias en la Facultad de Ciencias Sociales y esos versos se me aparecían (reaparecían, a decir verdad). A veces toda la acumulación teórica de decenas de autores cabe en cuatro versos. Esos, por ejemplo.

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La intendencia agasajó en un restaurante. Fuimos a un parador, e invitaron a Cono Castro, así que iba a ser fantástico. Viglietti, Trochón, Cono Castro, y nosotros más que contentos con Santiago. Pero, claro, por la intendencia venía un secretario engominado del entonces intendente (el mismo secretario al que en la interna de su propio partido lo señalaban como el responsable de los negocios más turbios) y un representante de Cultura que un día sí y otro también tenía prendida en su despacho una radio de la que salían versos como “¡cómo te hiede la tanga!”. Me volvió la desesperación de la noche anterior. El secretario solucionó el asunto. Le tiró un par de preguntas centro a Viglietti para hablar de movimientos revolucionarios centroamericanos y otros menesteres, y nadaron ambos sin problemas por esas aguas durante un rato largo.

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Hacía muy poco que Viglietti había dejado de ser un concertista de guitarra, o sólo un concertista de guitarra. Fue en la etapa en la que a las cuerdas le sumó el canto. Mi madre, sarandiense radicada en Florida, supo que iba a Sarandí y hasta allí se largó. Volvió a Florida en la misma Onda que viajaba Viglietti. El coche se rompió en La Cruz. Bajaron todos y les avisaron que la cosa iba para largo, porque había que esperar otro ómnibus. Kelly propuso: "tal vez Viglietti puede tocar algo para amenizar la espera". Viglietti quedó perplejo de que alguien lo conociera, y mi madre quedó con la impresión de que, efectivamente, sólo ella lo conocía entre todos los pasajeros. Viglietti accedió, e hizo más amena la espera..

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La cena fue amena. Disfrutable. Recuerdo especialmente la vuelta al centro. Santiago tenía un bagaje riquísimo e interesante para compartir, de historia propia y de historia familiar con algún exilio incluido.

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Me pregunto a menudo qué fue lo que más me mantuvo atado a la obra de Viglietti. Creo que fue en parte el haberla entendido siempre como un combustible a sueños colectivos. Más temprano que tarde fui descubriendo, y lo sigo haciendo hasta estas horas, no sólo a quienes nunca entenderán los impulsos colectivos porque sólo sueñan individualmente, sino también a los que se escudan en sueños colectivos para alimentar sus pretensiones totalizadoras. Cuando me enteré de su muerte, justo estaba analizando a un charlabarata de esa calaña.

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Todo había sido ayer. “Emilio, nos estamos yendo”, me avisó Luis Trochón, por teléfono, temprano en la mañana. Me agradeció a más no poder y me dijo que pasara por lo de Santiago a levantar “un regalo de Daniel”. Me dejó, dedicado, Esdrújulo, un disco enorme en el que se encuentran canciones suyas con algunas de otros autores (Yupanqui, Eliseo Salvador Porta, Alfredo Zitarrosa, Circe Maia y Jorge Lazaroff, entre otros), con arreglos de algunos gigantes, como Coriún Aharonian, Jorge Trasante, Mariana Ingold u Osvaldo Fattoruso.

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Ayer de mañana, justo, escuchaba a Rubén Olivera en Sonidos y silencios. Casi que por el sino habló de Viglietti, cuando hablaba de Los que iban cantando, de Circe Maia y Lazaroff.
“Pero ese canto / Voz en el viento / Tan de mañana / Sólo era un canto / Por el camino de madrugada”.

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